Presentación

Se cuenta que a finales del siglo XVI un grupo de escritores acordó reunirse una vez por semana para hablar sobre literatura, leer poesía y debatir sobre diferentes cuestiones relacionadas con la crítica literaria. El lugar elegido fue el palacio de los Catalá, en Valencia; la hora, ya bien entrada la noche. Dado que la noche formaba parte del escenario en el que tenían lugar sus encuentros, decidieron que cada uno de ellos tomaría a su cargo uno de los personajes que la pueblan, adoptando para sí y ante los demás un nombre que le hiciera referencia: “Sombra”, “Vigilia”, “Centinela”, “Silencio”, “Tinieblas”, “Secreto”, “Sueño”… De esta forma se pasaba a ser miembro de la que se llamó Academia de los Nocturnos, agrupación que muchos sitúan en el origen de la tertulia literaria.

Siguiendo el ejemplo de los nocturnos, y ya entrado el siglo XVII, surgen en el reino multitud de academias similares. Allí se dieron cita los grandes ingenios literarios de la época, y no sólo para compartir sus obras, también para combatirse a través de ellas. Mejor la pluma que la espada. Pero lo cierto es que el tránsito vital de muchos de aquellos poetas, dramaturgos y novelistas, transcurrió en una continua intermitencia entre la una y la otra, oscilación que sólo se detenía finalmente en la pluma cuando el paso del tiempo se llevaba con él las fuerzas necesarias para sostener la espada. En una de esas coyunturas surgió la figura de Don Quijote, cuando el escritor guerrero que lo compuso, ya viejo y empobrecido, había colgado las armas.

Lord Byron afirma que la pluma de Cervantes, con una sonrisa, infligió un golpe mortal a la caballería española. No será ésta la única ocasión en la que el éxito literario hunda su raíz en el fracaso militar. Derrota significa camino, rumbo, y la literatura siempre parece estar pronta para hacer de aquella el cauce, el derrotero por el que dar salida y sentido a sus letras. Eso es lo que mayor ánimo daría a la creatividad literaria: la causa perdida, de la cual Don Quijote podría ser considerado el más representativo de sus defensores, pero también el más loco, el más inconsciente y el menos advertido, a pesar de Sancho.

Asimismo, el psicoanálisis se orienta por una causa, respecto a la cual hace Lacan la siguiente aclaración: “la palabra causa debe ser entendida en su ambigüedad, causa que defender, pero también función de la causa a nivel del inconsciente”. Defensa y ofensa no van la una sin la otra, y lo que el psicoanálisis defiende es, desde sus inicios, algo que, inevitablemente, ofende. Y sigue diciendo Lacan: “esta causa ha de ser concebida intrínsecamente como una causa perdida. Es la única posibilidad que tenemos de ganarla”.

También en el decir de sus pacientes encontró Freud un rasgo literario ligado a la pérdida. A medida que va sintiéndose expulsado del supuesto paraíso infantil, ese lugar donde unos padres todopoderosos y omniscientes cuidaban amorosamente del príncipe heredero, el sujeto, a base de ensueños diurnos, construye una obra de ficción cuyo fin es restaurar el antiguo régimen. Freud la llama “la novela familiar del neurótico”. Lo único que tenemos de esa novela es la voz del narrador. Pero lo que posiblemente nunca sepamos es quién fue el autor.

Literatura y Psicoanálisis se emparentan en la causa perdida. Eso es lo que nos permite poner una conjunción copulativa entre ambos; también lo que nos anima a sostener ese pequeño puente de palabra entre la una y el otro.

Durante algún tiempo estuvimos ensayando títulos posibles para esta tertulia. Hasta que al fin, no se sabe de dónde, llegó Deletreados. Esta palabra hace referencia a un juego de letras y, movidos por la curiosidad de saber qué sentido no previsto traía consigo, asumimos el carácter lúdico que nos proponía y empezamos a jugar con ella. Se trataría de hacer una tertulia de-letreados. ¿Pero qué es un sujeto letreado? A primera vista parece un neologismo, es decir, no encontraríamos su significado en un diccionario. Intentamos entonces darle sentido oponiéndola a otra y la homofonía nos sugirió “letrados”. Con ello llegamos a una primera conclusión: no sería ésta una tertulia de letrados, sino de letreados. Pero si letrado es aquel que tiene un dominio sobre las letras, letreado, por contra, sería el que ha sufrido la impresión de las letras –la letra es lo que se imprime-, es decir, aquél que más que planear sobre el espíritu de la letra, hace de soporte al cuerpo de la letra. Este sería nuestro punto de partida, hablar sobre un texto desde la particular impresión que su lectura haya dejado. No se trataría  tanto de descubrir lo que el texto quiere decir como de desvelar lo que le ha dicho a cada uno.

Para llegar a formar con esas letras una palabra que pueda ser comunicada a los demás hacemos Deletreados, un espacio en el que intentaremos que no falten aquellos elementos que caracterizaban a la tertulia clásica: la caballerosidad, el bien decir, un punto de ironía y el afán de profundizar en los temas.

Gabriel Hernández García

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