Benedetti dona su biblioteca a la Universidad de Alicante

La Biblioteca madrileña de Mario Benedetti EN ALICANTE

Mario Benedetti repartía su tiempo entre sus residencias de Uruguay y España, atendiendo a sus múltiples obligaciones y compromisos. Después del fallecimiento de su esposa Luz López, el 13 de abril de 2006, víctima de la enfermedad de Alzheimer, Benedetti se trasladó definitivamente a su residencia en el barrio Centro de MontevideoUruguay. Con motivo de su traslado, Benedetti donó parte de su biblioteca personal en Madrid, al Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante

Esta biblioteca responde a los años del duradero exilio iniciado en 1973, y vivido en España desde 1980. Tras la posibilidad de regresar a su país en 1985, Benedetti prolongó su vida en Madrid durante varios meses cada año, en los que la biblioteca continuó creciendo hasta el año de su donación a la UA.

Esta cronología indica los más de treinta años que ocupa esta biblioteca en la vida de Benedetti, su atención permanente a la literatura y la sociedad, que son las materias temáticas que la forman principalmente. Ediciones dedicadas de muchos creadores, libros comprados que demuestran sus preocupaciones e intereses, anotaciones en los márgenes de algunos ejemplares que expresan su atención por la poesía contemporánea y por la sociedad en que vivía, volúmenes propios recién editados e inmediatamente sometidos a correcciones y variaciones que señalan su inquietud por el texto; todos ellos conforman esta biblioteca que es reflejo de una parte sustancial de la vida del escritor. Discos y vídeos completan esta donación que revela también la vida cotidiana de Benedetti.

Como las bibliotecas suelen ser la historia intelectual de sus propietarios, adentrarnos en la biblioteca madrileña de Mario Benedetti puede ser una aventura de descubrimiento de un escritor entre los exilios y “desexilios” que ocupan el último período de su vida. Para ello enlazamos aquí el catálogo de los volúmenes que pueden ser consultados en el CEMAB, advirtiendo que una parte la biblioteca se encuentra todavía en proceso de catalogación.

Fuente: https://web.ua.es/es/centrobenedetti/la-biblioteca-madrilena-de-mario-benedetti.html

Feliz navidad y próxima tertulia

Queridos amigos de Deletreados, las tertulias de Literatura y Psicoanálisis:
Abriremos el nuevo año viendo cumplido el deseo de realizar la tertulia del cuento “Puentes como liebres” de Mario Benedetti, con la participación de nuestra amiga Antonia Alonso, que realizó su tesis doctoral sobre la obra de este escritor  y que tuvo ocasión de tratarlo personalmente.
Nuestra próxima cita será el VIERNES 13 DE ENERO A LAS 19 HORAS EN EL CAFÉ ZALACAÍN.
Hasta entonces, os deseamos una Feliz Navidad y que el próximo año, a punto de comenzar, sea un tiempo de armonía que permita ver realizados vuestros proyectos. Que no falte en él la buena literatura y la ocasión de compartirla. 
Un fuerte abrazo.

“UNA ROSA PARA EMILY”. Retrato de familia

“Ningún joven era lo suficientemente bueno para la señorita Emily y su familia. Habíamos pensado durante mucho tiempo en ellos como si fueran un cuadro, la delgada figura de la señorita Emily en el fondo y la figura de su padre al frente, con la espalda vuelta hacia ella y sujetando un látigo, ambos enmarcados por la puerta principal abierta”.

Aunque padre e hija se sitúen fuera de la casa es el marco de su puerta de entrada el que los delimita como cuadro. Para aquéllos que esperan y miran desde fuera, atravesar el marco de aquella puerta será algo tan imposible como meterse dentro de un cuadro. Pero tampoco los que han quedado enmarcados por esa puerta podrán salir de su cuadro.

“El día siguiente a la muerte de su padre, todas las damas se prepararon para ir a su casa y ofrecer sus condolencias y ayuda, como es nuestra costumbre. La señorita Emily las encontró en la puerta, vestida como siempre y sin señal alguna de aflicción en el rostro. Les dijo que su padre no estaba muerto”.

El padre no estaba muerto. ¿Acaso se muere alguien dentro de un cuadro? Allí sólo hay cosas que están y cosas que no están, y el padre estaba: “En un caballete dorado deslustrado que se encontraba frente a la chimenea, se erigía un retrato al carbón del padre de la señorita Emily”.

El padre es una pintura dentro de una pintura. La diferencia entre el personaje del cuadro y el personaje del cuadro que está dentro del cuadro sólo la  puede hacer el que, desde fuera del cuadro, puede relatarlo, comentarlo o historiarlo. Pero, si los personajes del cuadro tuvieran conciencia, ambos serían conscientes de que son pintura, la misma pintura, la misma conciencia y la misma presencia.

“Entonces no decíamos que estaba loca. Creíamos que tenía que hacer lo que hizo. Recordábamos a todos los jóvenes que su padre había ahuyentado y sabíamos que, ahora que nada le quedaba, tendría que aferrarse a quien la había robado, a aquello mismo que la había despojado como cualquiera en su lugar lo haría”.

Es esta una observación de gran profundidad psicológica. Aferrarse, amar a aquél que te ha despojado de todo es propuesto como un mecanismo común que, si bien contraría todo sentido común,  explica cómo es posible sostenerse indefinidamente dentro de una relación degradante o mortífera, como es el caso de la señorita Emily.

“Estuvo enferma durante mucho tiempo y cuando volvimos a verla, se había cortado el cabello, lo que la hacía parecer una niña, con un ligero parecido a esos ángeles de los vitrales de las iglesias —entre trágicos y serenos”.

Tras la muerte del padre la señorita Emily se aniña, se infantiliza, tal vez para centrarse más en el papel de niña de su padre. Años antes, cuando empezó a convertirse en mujer, el padre se dedicó a espantarle los novios. Tras su muerte, Emily podría haberse soltado el pelo, pero lo que hace es cortárselo, es como si hubiese optado por seguir siendo la hija de su padre antes que la mujer de un hombre, y en la medida en la que se sigue considerando como la consideraba el padre, el padre sigue vivo para ella. Emily no ha hecho el duelo por su padre, podríamos decir que aún no lo ha enterrado, un no enterramiento simbólico que, al no haberse producido, retorna al final del cuento en un no enterramiento real.

También está presente el padre en el funeral de Emily, con su cara al carbón “meditando profundamente por encima del ataúd”, y los vecinos del pueblo, los hombres imaginando que en su juventud tuvieron algún trato con aquél amor imposible y las mujeres envidiando, no se sabe muy bien si la clase social o la elevada clase sexual de la señorita Emily, que la hizo inaccesible a todos. Pero todos estaban allí para velar, sobre todo, el secreto de la señorita Emily.

“Ya sabíamos que había una habitación en el piso de arriba que nadie había visto en cuarenta años, cuya puerta debería forzarse. Esperaron, sin embargo, hasta que la señorita Emily estuviera decentemente bajo tierra antes de abrirla”.

La expresión “decentemente bajo tierra” es de una conmovedora fuerza dramática y narrativa. Porqué los vecinos tienen el cuidado, el pudor de no abrir la puerta que esconde el secreto mientras que la señorita Emily esté de cuerpo presente. Se trataba de que la señorita Emily no coincidiese con su delito, con su locura. Se trataba de velarlo hasta que ella estuviese enterrada. Después, lo que ocurrido detrás de aquella puerta ya sería historia, incluso habría prescrito para la señorita Emily. Y en este sentido hay que resaltar el trato cuidadoso, respetuoso y tierno que el pueblo tuvo con la huérfana y enferma Emily.

La solución de la señorita Emily al conflicto que planteaba su relación con un hombre es original. Se pone de manifiesto a propósito de aquél único novio que al padre no le dio tiempo a espantar. Emily ni rechaza a ese hombre ni lo acepta. Quiere a un hombre, pero a condición de que esté muerto, sólo puede acostarse con un hombre muerto. Muerto en lo real. También podría haber sido en lo simbólico. En la antesala de aquella macabra cámara nupcial, el padre sigue meditando profundamente. En tanto el padre siga vivo Emily sólo podrá estar con un hombre muerto. Tendría que haber hecho el duelo por el padre, tener un padre muerto, para poder estar con un hombre vivo.

                                                                                Gabriel Hernández.

DON JUAN TENORIO. BREVE RECORRIDO LITERARIO

La obra “El Burlador de Sevilla” –atribuida a Tirso de Molina- se publicó en el año 1630. Según recientes estudios, trece años antes, en 1617, se estrenó “Tan largo me lo fiáis”, obra en la que ya aparece el personaje de Don Juan Tenorio y toda la temática argumental sobre la que giran sus andanzas. Sería ésta la primera versión literaria del mítico personaje, lo cual deja abierta polémica sobre la autoría literaria del mismo, que algunos críticos atribuyen, no a Tirso, sino al dramaturgo murciano Andrés de Claramonte[1].

Más allá de esta cuestión, lo que nos interesa señalar es que el nacimiento de la figura del Tenorio es coetáneo de la muerte literaria de un personaje  que durante varios siglos ocupó un lugar destacado en la literatura, desde el siglo XI con la novela caballeresca, y a partir del XIV con los libros de caballerías, y cuyo último y trasnochado héroe será Don Quijote de la Mancha.

Cervantes publica la segunda parte de su obra en el año 1615, poniendo fin y dando entierro a la figura del Caballero Andante. Dos años después salta a  escena el Tenorio de “Tan largo me lo fiáis”, el cual podría considerarse sucesor e hijo literario del Quijote, un hijo, eso sí, granuja y calavera, que no respeta los ideales caballerescos con los que el hidalgo manchego regía su trato con las damas, y al que, de haberlo conocido, habría traído continuos quebraderos de cabeza y puesto en vergüenza la nobleza de su estirpe, todo lo cual viene recogido en la propia obra del Tenorio. Allí, el conflicto con la paternidad pasa a ser argumento central.

Pero algo se mantiene en Don Juan de aquélla figura del caballero andante, y es que sigue siendo un guerrero. La palabra conquistador  conserva en él ecos de batalla. No en vano, en el Tenorio, el verbo amoroso que seduce a las mujeres ha de ir siempre acompañado de la espada que entra en lid con los hombres.

Aquélla filiación caracteriza y liga de forma significativa la figura del Don Juan con la cultura española. El Don Juan francés, inglés, italiano o de cualquier otra nacionalidad, no deja de ser un personaje desenraizado cuyo trasplante cultural sólo consigue hacer de ellos, en muchas ocasiones, malas copias del original que sacó a la luz la literatura española del siglo de oro.

Durante el siglo diecinueve Don Juan renueva su protagonismo literario. Pero ya los usos y costumbres han cambiado. Su época ha pasado y vuelve sólo para anunciar su declive. En el año 1837, la obra de Espronceda “El Estudiante de Salamanca” da vida a don Félix de Montemar, segundo Don Juan, se dice allí, personaje cuya adhesión a los principios del Burlador sigue siendo notable, a pesar de que ya descuida alguno de sus preceptos. Al igual que su antepasado, no temerá llegar hasta el infierno siguiéndole los pasos  a una mujer. En este caso se trata de doña Elvira. Pero será también la primera vez que Montemar siga dos veces a la misma mujer. Doña Elvira pondrá fin a su carrera donjuanesca. Don Félix se pierde por no haber seguido el precepto según el cual una mujer, ya conquistada, ha de ser luego  definitivamente abandonada. Tal y como se pone de manifiesto en esta historia, la mujer ya conquistada está muerta para el Don Juan.

La dificultad en el cumplimiento de aquélla prescripción se hará aún más notoria en el Tenorio de Zorrilla, publicado siete años después. De este nuevo Don Juan dice Pérez de Ayala que “al habérselas por vez primera frente a la feminidad selecta y cándida adolescencia de Doña Inés se entrega como un doctrino, abomina de su mala vida pasada y quiere contraer matrimonio. Si en tal coyuntura el Don Juan de Zorrilla, no ingresa en el apacible gremio de los casados, es por culpa del Comendador, que es un bruto, y no achaque ni tibieza de Don Juan”

Doña Inés no es una conquista más, sino la que pone fin a una serie de conquistas, al igual que lo hizo Doña Elvira con el estudiante.

Pero la transformación del mito ha seguido avanzando. Don Félix de Montemar aún le guarda al Tenorio la suficiente fidelidad como para aceptar condenarse al fuego eterno por sus principios, mientras que el de Zorrilla será un Don Juan salvado. No irá al infierno, sino al purgatorio. Gracias a la intercesión de doña Inés “el amor salvó a Don Juan al pie de la sepultura”. Este Don Juan ya no se condena, se arrepiente de ser Don Juan Tenorio y a partir de ese momento sólo se le exigirán penitencias y purga culpas: “Mas es justo: quede aquí al universo notorio que, pues me abre el purgatorio un punto de penitencia, es el Dios de la clemencia el Dios de Don Juan Tenorio”.

El que sí se queda en el infierno es el Comendador, el padre.

La obra de Zorrilla supone un punto de clivaje, un cambio de agujas que llevará al personaje, o lo que vaya quedando de él, por otro derrotero, otra vía distinta de aquella que lo trajo, casi intacto, desde el diecisiete hasta el diecinueve.

Pocos años después surge otra figura literaria ya notablemente alejada de los orígenes donjuanescos. Se trata de seductor decimonónico. El Rodolphe de Madame Bovary, el Mesía de la Regenta y, sobre todo, el Vronsky de Ana Karenina, cada vez tienen menos que ver con los rasgos que caracterizan al Burlador.

Lo primero que van perdiendo es aquél espíritu guerrero puesto al servicio de la conquista. Ahora se trata de nobles de posición acomodada, desoficiados con la vida resuelta que quieren disfrutar tranquilos de sus negocios amorosos, que evitan enfrentamientos y duelos de honor y que cuando estos llegan se ponen a temblar –como le sucede a Mesía en su enfrentamiento con Quintanar, o los desmorona el remordimiento y la culpa, como a Vronsky, que, tras una entrevista con Karenin, llega a hacer un intento de suicidio. Nada más alejado del espíritu del Tenorio

Cambia, asimismo el objeto de seducción. En el caso del Burlador suele tratarse de mujeres ya comprometidas, pero aún no entregadas. En el caso del seductor decimonónico, se trata siempre de mujeres casadas. Ello hace que, más que el marido, sea el padre o el representante paterno el que da la réplica al Tenorio y sale en defensa de su honor.

Además, de la misma forma que el amante decimonónico no hace de Don Juan, Don Juan tampoco hace de amante. Abandona su conquista una vez conquistada, mientras que aquél juega su rol de amante todo el tiempo que le sea posible, lo cual termina por hacer de aquélla relación extraconyugal una relación casi conyugal.

Conforme avanza el siglo los rasgos propios del Don Juan se van desfigurando y el estallido final le llega en el año 1897 con la obra de Edmond Rostand “Cyrano de Bergerac”. Dos son las herramientas de las que hace uso el conquistador cuando se va de conquista, la apostura y la elocuencia, y cada una de ellas sólo extrae su eficacia de su combinación con la otra. Pero en la obra de Rostand apostura y elocuencia se han separado y caído sobre personajes diferentes. El Don Juan se ha desintegrado, la apostura la lleva Christian y la elocuencia Cyrano, lo cual vuelve una y otra totalmente ineficaces. De ahí que ambos intenten unir esfuerzos para conquistar a Roxane, fundirse en un solo hombre que haga de Don Juan, algo que a estas alturas del siglo ya parece tarea imposible. Ni siquiera les bastaría con unir apostura y elocuencia. Eso sólo sería suficiente para alcanzar el grado de amante decimonónico, algo a lo que tampoco ellos aspiran. Christian sólo busca convertirse en marido,  mientras que Cyrano sólo hace uso de su espíritu guerrero para defender a la mujer de los donjuanes, no para conquistarla.

Tanto en la forma como en el fondo, ambos son ya figuras antidonjuanescas.

[1] Tan largo me lo fiáis; Deste agua no beberé. Andrés de Claramonte. Cátedra.

Gabriel Hernández

 

 

 

 

Dalí y el Don Juan Tenorio

Don Juan Tenorio de José Zorrilla es la obra más popular y emblemática de toda la historia del teatro español. Desde su estreno en el Coliseo de la Cruz de Madrid en 1844, se han sucedido cientos de versiones e interpretaciones de tenorios por todos los teatros de España. Una de ellas, convertida en legendaria es el denominado Don Juan Tenorio de Dalí.

Fue en 1949 cuando Luis Escobar decidió hacer una versión revolucionaria e innovadora del Don Juan Tenorio de Zorrilla, para lo cual encargó la realización de los decorados y el vestuario a Salvador Dalí. La obra fue estrenada en el Teatro María Guerrero de Madrid, el 1 de noviembre de 1949, bajo la dirección escénica de Luis Escobar y Huberto Pérez de la Ossa. Después lo haría en el Teatro María Guerrero, el 3 de noviembre de 1950, y la última en el Teatro Español, el 30 de octubre de 1964. La crítica no fue unánime, pasó del entusiamo al rechazo.

Dalí había acogido con gran entusiasmo el encargo de diseñar la escenografía y los figurines para el Don Juan Tenorio. Él había dicho: “Estaba escrito que yo tenía que hacer un Tenorio. Es una obra típicamente daliniana. Era absolutamente inevitable.

La finalidad del proyecto era modernizar la puesta en escena del Tenorio ajustándose al original y potenciando el carácter fantástico-religioso .  Dalí quiso crear un ambiente sugestivo y poético, utilizando decorados simples pero con una fuerza y gran carga simbólica representadas en: la azucena en Doña Inés, la tornera sin rostro, el destino en las Parcas, la inocente paloma en la jaula, el mal augurio en la rotura de un plato y en las mariposas o las continuas calaveras. Todo ello presagiaba el fatal destino que parecía conducir a Don Juan.

Aunque han desaparecido muchos de los bocetos originales, todavía hoy se conservan algunos esbozos de decorados y de vestuario firmados por Salvador Dalí entre 1949 y 1964, y que afortunadamente se guardan en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y el Museo Nacional del Teatro.

Cartel del Don Juan Tenorio, de Dali

Boceto para el fondo de escenario de «Don Juan Tenorio»

 

Bailando con Don Juan…

 

 

«Have you ever really loved a woman?» es una canción escrita por Bryan Adams, Michael Kamen y Robert John “Mutt” Lange en 1995, para la película Don Juan DeMarco, una recreación del Don Juan Tenorio del director Jeremy Leven, producida por Francis Ford Coppola y protagonizada por  Johnny Depp y Marlon Brando.
El tema cuenta con la presencia del reconocido guitarrista flamenco Paco de Lucía. Además fue nominada al Oscar como Mejor Banda Sonora por la película de la cual formó parte.

Los donjuanes de la literatura. Machado y su retrato.

Rastreando antecedentes del mito del Don Juan en la literatura encontramos la referencia que hace Antonio Machado en su poema “Retrato” a Miguel de Mañara, personaje real que nació en Sevilla en 1627. En su juventud fue un seductor, pero encontró paz en el matrimonio con la mujer amada y al morir ella dedicó el resto de su vida al servicio de los pobres. Pronto surgieron leyendas que intentaban explicar su conversión: la seducción de una monja, único tipo de mujer que faltaba en su lista, o quizá la visión de su propio entierro.

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.