“Cosmética del enemigo” de Amélie Nothomb: Un título a descifrar, por Gabriel Hernández

“Cosmética del enemigo” es, como tantos otros de Amèlie Nothomb, un título a descifrar. Su sentido no parece estar en el texto; uno termina de leer la novela y sigue siendo tan enigmático como al principio; el relato apenas ha tenido algún efecto de sentido sobre aquélla primera inscripción.

Más que el texto, la clave de ese título parece tenerla Textor. Él es quien ilustra a Jérôme cuando éste le pregunta por la relación entre los productos de belleza y aquella historia:

“La cosmética, ignorante, es la ciencia del orden universal, la suprema moral que determina el mundo. No es culpa mía si las esteticistas han recuperado esta admirable palabra.”

Si nos retrotraemos a los orígenes etimológicos de la palabra cosmética, la encontramos allí ligada al término cosmos. Cosmos es el orden, la armonía y la belleza que surge del caos. En la cosmogonía griega ese orden se va imponiendo a base de violentas luchas entre los dioses antiguos. Así hasta que Zeus toma el poder. Entonces se instaura la armonía olímpica y las luchas intestinas entre los dioses pasan a ser intrigas palaciegas relacionadas con las rivalidades y desacuerdos que surgen entre ellos a propósito del favor o la desgracia que es preciso hacer llegar a determinados humanos.

Por su parte, en la cosmogonía judeocristiana el orden surgen del poder de la palabra de Dios que va separando los elementos que conformaban el caos primordial: la tierra de los cielos, la luz de la oscuridad, la tierra de las aguas.

Es decir, cosmética tendría que ver con el orden y la armonía de un cosmos surgido, mediante separación y nominación, del caos primigenio, de allí donde todo estaba mezclado y confundido. Podríamos decir que el cosmos, en contraposición al caos, es cosmético.

Cabe la posibilidad de que Textor estuviese medianamente de acuerdo con esa definición según la cual el cosmos olímpico del que hablábamos antes sería el resultado de una operación cosmética llevada a cabo sobre el caos original. Sin embargo él no es griego, es jansenista, y eso supone un cambio de orden moral: del aristocrático al absolutista. Así se define él mismo: “Soy una persona extremadamente formalista. Actúo según una cosmética rigurosa y jansenista”

La doctrina jansenista surgió en el siglo XVII en el seno de la iglesia romana. Se basa en la predestinación: Dios ha predestinado a unos a la salvación y a otros a la condenación. Y lo hace de la siguiente forma: creó al hombre con la gracia suficiente para salvarse, pero después del pecado una invencible delectatio terrestris (gusto por las cosas de la tierra) pasó a formar parte de su naturaleza y esa gracia suficiente con la que fue creado ya no bastó. Hizo falta un plus de gracia, la gracia eficaz, y es ese plus de gracia, esa gracia eficaz, es la que Dios otorga de forma discrecional, por no decir arbitraria o caprichosa. Es decir, entre Dios y los hombres no hay pacto, acuerdo, mediación, reparación de agravios, posibilidad de expiar la culpa…, en definitiva, no hay posibilidad perdón. El que ha sido condenado por la predestinación, el que no ha sido elegido por Dios, cumplirá su destino de forma implacable.

Ahí empezamos a reconocer el destino de Textor: “Cuando uno está destinado a ser culpable, no necesita tener nada que reprocharse. La culpabilidad se abrirá paso de la forma que sea. Es una cuestión de destino”

Entre Jerôme y Textor hay caos, desacuerdo, choque, falta de reconocimiento de Jérôme por Textor, y exceso de conocimiento de Textor sobre Jérôme. Viven demasiado juntos, como el anverso y el reverso de una moneda, y Dios ha perdido su poder para separarlos y ordenarlos: “¡no me gustaba la comida para gatos! ¡Era un enemigo interior quien me había obligado a comerla! Y aquel enemigo, que hasta entonces había permanecido en silencio, resultaba ser mil veces más poderoso que Dios, hasta el extremo de hacerme perder la fe no en su existencia sino en su poder”

Dios ha perdido su poder para obligarlo a separar la comida para gatos de la comida para personas, y ese poder diferenciador que ha perdido Dios, lo ha ganado el enemigo interior, cuya tarea parece ser precisamente la contraria, es decir, volver a mezclar de forma caótica lo que debería estar separado y ordenado.

Otro ejemplo de lo que el orden mantendría separado y el enemigo interior vuelve a juntar es el amor y la violación. Textor argumenta que violó a Isabelle porque estaba enamorado de ella. Cuando años más tarde vuelva a encontrarla y le explique que lo que hizo fue por amor, ella sentirá naúseas.  La mezcla de amor y violación es también comida para gatos, algo difícil de tragar.

Decíamos antes que había una falta de reconocimiento de Jérôme en relación a Textor. Textor una y otra vez, intenta hacerse reconocer por Jérôme. Lo que hace que Jérôme no pueda reconocer a Textor es el yo. Jérôme se aferra tanto a su yo que llega a exasperar a Textor: “Extraña religión, la del yo…”. “Soy yo, sólo yo, nada más que yo…”. “Así, por más que un espléndido filósofo de hace tres siglos dijera que el yo resulta odioso, o un extraordinario poeta del siglo pasado declarase que yo es otro…”.  “…yo soy yo, tú eres tú y cada uno en su casita”.

Textor se ríe  de la certeza yoica de Jérôme. Pero Jérôme tiene además otra certeza, la de que Textor es alguien real. En este personaje la certeza yoica, es decir la de que yo soy yo y únicamente yo, aparece ligada a la certeza de la existencia del otro, otro que, sin embargo, sólo él puede ver y escuchar. Textor no puede convencer a Jérôme de que forma parte de su ser precisamente porque Jérôme tiene la certeza de que Textor existe fuera de él, es decir , que es otro. La certeza sobre mi identidad se sostiene sobre la certeza de la identidad del otro. Por el contrario, si soy capaz de dudar de que yo soy yo seré también capaz de relativizar la existencia del otro, su deseo, su poder, su maldad, su amor.

Si ahora volvemos a la frase del poeta, ese “yo soy otro”, vemos que va en el sentido de poner en cuestión mi propia existencia yoica, puesto que soy otro, y la propia existencia del otro, puesto que podría ser yo.

Tanto yo como el otro tenemos una falta en la identidad, no sabemos a ciencia cierta quienes somos, y por eso nos dirigimos al otro en demanda de reconocimiento. Podríamos decir que el inconsciente, como reconocimiento de ese otro que me habita, es algo que le está vedado a Jérôme, el cual sólo puede reconocer a ese otro como situado fuera de él.

Y eso a pesar de que, como decíamos antes, Textor es alguien que sólo ve y escucha él mismo.

“Eres el único que me ve” –le dice Textor. “Ni siquiera yo puedo verme a mí mismo.”

Textor es una palabra sin sujeto, una palabra que habla sola, sin aparente portavoz. Es una voz alucinada.

Entre Jerome y la voz de Textor no parece haber posibilidad de mediación. Pero  si Jerôme, en lugar de sólo prestar oído a su oponente, se hubiese dedicado, mientras esperaba en el aeropuerto, a escribir el texto de Textor, tal vez habría conseguido acallar su voz.

Gabriel Hernández -Psicoanalista-

Comentario a “Cosmética del enemigo” de Amélie Nothomb, por Mª Luisa de la Oliva

Releo Cosmética del enemigo, y para mi sorpresa, encuentro esta segunda lectura mucho más interesante que la primera.

Lo primero que me suele llamar la atención en los libros de Amélie Nothomb, es el título. Por cierto que me extraña no ver en este libro su imagen en la portada, como es habitual.

Me pregunto ¿qué tiene que ver la cosmética con el enemigo? Según el diccionario de María Moliner, cosmética viene de Kosmetikós, derivación de  Kosmos: mundo, universo. Conjunto de todo lo que tiene existencia física en la tierra y fuera de ella. Ese conjunto considerado como un todo ordenado, por oposición al caos. Cosmético es cualquier sustancia empleada para embellecer el cutis, el pelo etc.

Veamos cómo se define Texel Textor :“Soy una persona extremadamente formalista. Actúo según una cosmética rigurosa y jansenista…..La cosmética, ignorante, es la ciencia del orden universal, la suprema moral que determina el mundo”. 

Veamos ahora cómo define lo que es el enemigo: “Es aquel que, desde el interior, destruye lo que merece la pena. Es el que te muestra la decrepitud contenida en cada realidad. Es aquel que saca a la luz tu bajeza y la de tus amigos. Es aquel que, en un día perfecto, encontrará una excelente razón para que te tortures. Es aquel que te hará sentir asco de ti mismo. Es aquel que, cuando entreveas el rostro celestial de una desconocida, te revelará la muerte contenida en tanta belleza”.

Esa definición sobre la cosmética aparece después de haber soltado páginas antes los nombres de Spinoza, Max Stirner, Pascal, Jansenio, y otro que aunque no nombra, metonímicamente está presente, que es Fiódor Dostoyevski, autor de Crimen y castigo. Ahora lo empiezo a entender, se trata de un libro sobre moral, escrito de una forma en la que establece una dialéctica con todos esos autores, extrayendo sus propias conclusiones que a la vez son las que sustenta y conforman su libro. Nothomb va dejando nombres, a modo de pistas para que el lector construya el puzle que es este libro. Otra de esas pistas es el nombre de la estación de metro cercana a la vivienda en París de Texel Textor: Port Royal. Siendo él un hombre que de adolescente se entretenía con la lectura de Pascal, no es cualquier cosa.

Max  Stirner (1806-1856) fue un educador y filósofo alemán. Sus ideas sobre el soberanismo del hombre sirvieron de apoyo a diferentes corrientes anarquistas a lo largo del siglo XIX y XX. En su libro “Lo único y su propiedad”, plantea que el individuo es ante sí mismo el único ser supremo, es decir, liberado de las ataduras de Dios. Este individuo es el “único”, y se trata de que el hombre dé rienda suelta a su egoísmo para poder alcanzar la máxima plenitud. Su idea de la sociedad es la de una asociación forzosa de seres alienados controlados por el Estado, la iglesia, la educación. A esto, él opone la idea de la “libre asociación”, en la cual, los individuos soberanos se reúnen de manera libre y con fines mutuamente egoístas.

Esta es de alguna manera la moral de Texel Textor, alter ego de Jerôme Angust.

Frente a esto, estaría la moral jansenista, a partir de la cual se creó la comunidad de Port Royal con su Gramática General y Razonada. Cornelius Jansen (s. XVI-XVII) preconizaba una moral austera en la cual no era posible la expiación completa del pecado y la predestinación. La lógica de Port Royal proporcionó el arte de pensar a generaciones de franceses. El propio Pascal fue un defensor de esta comunidad.

Jansenio estaba en contra de la idea del libre albedrío. Para él, tan sólo la gracia de Dios permitiría realizar obras buenas. Pero para que esta gracia resulte vencedora, el hombre debe de renunciar totalmente a sí mismo y actuar de acuerdo con la voluntad divina. El propio Texel Textor se define a sí mismo como alguien que actúa según una “cosmética rigurosa y jansenista”.

Decía que hay un nombre que no aparece y es el de Fiódor Dostoyevski, pero su Crimen y Castigo está latente a lo largo de toda la obra de Nothomb. En torno a Crimen y castigo hay una pregunta que atañe a la moral: ¿es justificable un asesinato de una vieja  que se aprovecha sin piedad de los demás mediante la usura para evitar de esta manera que la hermana  del protagonista haga un matrimonio de conveniencia para ayudar a la madre y a él y después asesinar también a la hermana de la usurera al ser sorprendido? Un sujeto que a partir de entonces vive abrumado por las dudas acerca de su acto asesino y sin confesar a su hermana ese acto y entregándose finalmente  a la justicia.

Textor Texel es el nombre de ese extraño personaje que invade la intimidad de Jerôme Angust cuando éste se encuentra en pleno estado de nervios en un aeropuerto y después de recibir el aviso de un retraso en su vuelo. Este es el comienzo del libro. Todo se desarrolla en este lugar tan impersonal, que como dicen algunos sociólogos en un no-lugar.

Texel es el patronímico de una isla Frisia al oeste de Holanda. Por cierto que los habitantes de estas islas quieren la independencia de Holanda. Es el holandés errante, lo extranjero de uno mismo, como se verá al final de la novela.

Nos explica que el origen de Textor es texto, y que este procede del latín texere que significa tejer. Cuando le pregunta a Jerôme qué etimología cree que  tiene este nombre, Jerôme dice que escarmiento, castigo, lo cual interpreta inmediatamente Texel como que tiene algo que reprocharse a sí mismo, y que Jerôme niega diciendo que la justicia no existe y que siempre pagan justos por pecadores.

Así pues, Textor se refiere a un redactor como él mismo nos dice, el que teje el texto, y efectivamente este personaje es que teje la trama, y a la vez el que devela hilo a hilo lo que estaba escrito en Jerôme sin que este quisiera saberlo.

Textor es la Voz de Jerôme. Esa Voz, que él quiere acallar, le va recordando todo lo que no quiere escuchar, como por ejemplo el suicidio de sus padres a la edad de cuatro años, a los que encontraron ahorcados uno al lado del otro de la viga del comedor, sin dejar ninguna nota,  y su vida posterior con los abuelos en Holanda. También que a los 8 años creyó haber matado a un compañero. Se trataba de un niño al que envidiaba y odiaba apasionadamente por sus excelentes resultados académicos, sobre todo en gimnasia. Rogó a Dios que le matara, y a la mañana siguiente la profesora les informó de que este niño había muerto de una inesperada crisis cardiaca. Esta concatenación de sucesos fue lo que constituyó su certeza de que él era el causante de su muerte. Este primer “asesinato” no le suscitó culpa. La culpa apareció en el mismo momento en que perdió la fe a los 12 años, cuando descubrió que su repugnancia inicial hacia la comida de los gatos se transmutó en un ansia por devorarla, no porque le gustara sino porque un enemigo interior se apoderó de él hasta el extremos de hacerle perder la fe en el poder de Dios, que no de su existencia. A partir de ese momento se convirtió en un ser torturado, angustiado, y empezó a comer como un poseso.

A partir de aquel momento se encontró con un Dios débil, un “mamarracho”, impasible a sus insultos, y al cual él se veía en la obligación de  hacerle reaccionar. Descubrió pues la nulidad de Dios y el poder omnipresente del enemigo interior que residía dentro de su estómago. Estas reflexiones de Textor recuerdan mucho a las amargas acusaciones del Presidente Schreber a Dios, un Dios que no comprendía a los vivos.

Jerôme Angust cree que el enemigo está afuera y no en su interior. Es un hombre que, como dice Textor, necesita ponerse enfermo, pues tan solo hay curación cuando hay enfermedad, y Jerôme no se sabe enfermo. Eso lo sabemos los psicoanalistas, que tan solo es reconociendo los propios síntomas que estos se pueden curar.

El segundo asesinato del que habla Textor, es de una mujer a la que encuentra en el cementerio de Montmatre. Se enamoró de su rostro, de su imagen. Era la primera -y única- vez que deseaba a una mujer, y decide violarla. Fue la única experiencia sexual de su vida. A partir de entonces, se dedicó a vagabundear por París buscándola. Después de diez años, la encuentra y decide seguirla, esta vez en otro cementerio, el de Père Lachaise. Solo quería dos cosas: saber su nombre y que ella se pudiera vengar. La justicia que buscaba es la que ella hubiera podido ejercer de su propia mano matándole. No necesitaba morir sino que le mataran, entendiendo por ello no un remordimiento por su acto, sino la reciprocidad del amor, haciendo equivalentes el sexo y el asesinato. En este punto Jerôme descubre que está ante el asesino de su mujer.

Esta alianza entre el amor y la muerte es frecuente en las novelas de Nothomb. A falta de una inscripción simbólica de la castración, que es lo que marca que la relación entre los sexos no sea simétrica, que haya siempre un punto de imposibilidad de subsumir un sexo en el Otro, lo que aparece es la muerte como lo que permitiría un corte.

Ella ni le dice su nombre, ni se presta a matarle. No quiere complacerle. Finalmente el cuchillo acaba clavándose en el cuerpo de ella, no en cualquier día, pues fue un Viernes Santo, día de la muerte de Jesús, hijo de Dios.

Es la locura de este personaje lo que le hace decir cosas como que nadie mejor que él la conocía puesto que la había violado y la había asesinado. Qué idea tan bizarra la de creer conocer a alguien por haber violado su intimidad y por haberse creído el poseedor de su cuerpo al disponer de él mediante el asesinato. Pero, lástima, le faltaba su nombre. Esta es la parte más dramática del libro, en la que Textor le pide a Angust que le estrangule -al igual que murieron sus padres-, solo que con una cuerda, algo a lo que Angust se niega, pues prefiere  que sea la policía la que resuelva el asunto. No se trata de que la justicia la aplique la ley, sino uno mismo con sus manos. No se trata de una responsabilidad civil, sino de una culpa. Asesinar a Textor sería el camino natural, el “destino cosmético” de Angust, y sería desviarse de su destino

Textor necesita un castigo, por eso quiere que Angust acabe con él, pues necesita liberarse del remordimiento de haber matado a Isabelle, ya que no experimentó placer alguno al hacerlo, así como sí lo tuvo al violarla. Es la falta de placer lo que le causa culpabilidad. El placer que le proporcionan o no sus actos es la es la vara de medir lo moral. Así pues, puro principio de placer: lo placentero es bueno, lo que no es placentero lo expulso porque lo considero malo. Es en este punto de la obra que menciona a Max Stirner y a su libro “Lo único y su propiedad”, representante de una moral en la que el otro solo interesa en tanto que puede complacer al sujeto.

Compara su apuesta de ser estrangulado con la apuesta de Pascal, que era un argumento creado por Pascal sobre la creencia en la existencia de Dios, basado en que esta sería una cuestión de azar. Aunque no se conoce de manera segura la existencia de Dios, lo racional sería apostar a que sí existe, pues aun cuando la probabilidad de que existiera sea muy pequeña, esa pequeñez compensaría por la gran ganancia que se obtendría, que es la gloria eterna

La idea de asociar lo bueno con lo placentero y lo que produce alegría, y lo malo con lo que produce tristeza y sufrimiento, también están en Spinoza. Para Spinoza lo bueno y lo malo son relativos. Deleuze lo explica con estas palabras en su ensayo sobre Spinoza: “(bien y mal) se expresan uno en relación a otro y ambos en relación a un modo existente. Se trata de los dos sentidos en que varía la potencia de acción; la disminución de esta potencia (tristeza) es mala; su aumento (alegría) es bueno. Objetivamente, desde este momento, es bueno lo que aumenta o favorece nuestra potencia de acción; malo lo que la disminuye o impide; y solo conocemos lo bueno y lo malo por el sentimiento de alegría o tristeza del que somos conscientes”.

Después del intento fallido de Angust de llamar a la policía, tiene lugar un diálogo fundamental en la novela. Textor le dice a Angust: “yo soy tú”…”soy esa parte de ti que no conoces pero que te conoce demasiado bien. Soy la parte de ti que te esfuerzas en ignorar….alienado de ti mismo…..Tienes el enemigo interior más molesto del mundo: yo”… “soy la parte de ti que no olvida nada”…, y le dice que precisamente esa ignorancia en la que ha vivido es lo que ha provocado que surgiera esa Voz en el interior de su mente, pues ya no era posible aguantar más semejante escotomización de su inconsciente.

Textor le recrimina a Angust cómo ha hecho de su yo una religión extraña que no querría saber nada de las pulsiones que lo habitan. Le explica que es posible la cohabitación de opuestos en un sujeto, que el ideal de hombre de negocios esconde otras cosas bien diferentes, y que un sujeto puede tener un fantasma que se oponga a sus ideales.

Textor es la parte de Angust que se niega a sí misma y la que le proporcionó el sueño, la fantasía de violar a su mujer. Una mujer a la que mató después, y como se desvela, la mató porque creía ser quien más la amaba, locamente. “Soy esa parte de ti que te destruye. Todo lo que crece acrecienta su propia capacidad de autodestrucción. Soy esa capacidad”.

Según Textor, todos matamos aquello que amamos, y esa sería la razón de que Angust matara a su esposa. “…Incluso el más enamorado de los hombres (sobre todo el más enamorado) desea, un día u otro, aunque solo sea durante un segundo, asesinar a su mujer. Ese instante soy yo”. Angust no soportó que su mujer  rechazara su abrazo mientras la miraba con ojos de pervertido, y por eso la mató, en silencio, pues la pulsión siempre actúa en silencio.

El desenlace de la novela nos narra cuál es la única salida de la situación para Textor-Angust: arriesgar la vida, en la medida que si mata a Textor y resulta que es él mismo, morirá. Pero si no la arriesga y no le mata, su vida será una cárcel, pues en su interior no dejará de preguntarse si él era el asesino de su mujer. Así pues, hay una elección forzada, haga lo que haga, implica un riesgo, luego una pérdida. Afirma que la verdadera libertad la hallará si mata a Textor, y esa es la palabra que repite cuando se lanza contra la pared. Una vez que la cabeza de Textor estalla, Angust “dejó el cuerpo y se marchó´”.

La única salida posible que nos plantea Nothomb a esta división del sujeto, y más aún a la polarización de las pulsiones, es la muerte, que sería el fracaso de la intrincación pulsional, tan característica en la psicosis. Este suicidio del único personaje que realmente hay en la novela, nos habla de cómo un sujeto psicótico puede vivir su cuerpo y las pasiones en relación a su cuerpo. Un cuerpo al que puede abandonar, dejar como la serpiente deja la piel cuando la cambia. Un cuerpo que a falta de una significación fálica vive las pulsiones como algo terriblemente amenazante y a la deriva. Una imposibilidad de amar sin que eso implique el terror a verse absorbido por el otro en el juego de la especularización infinita, y cuya opción mortífera es siempre: el otro o yo. De ahí queTextor afirme en un momento de la novela, que en  la reciprocidad  amor, el sexo y la muerte son equivalentes.

Nothomb se sirve de las oposiciones de Jansenio y Stirner en cuanto a la moral, y a quienes parece poner cara a cara, para mostrar la confrontación entre Jerôme y Texel, que son un único personaje desdoblado. Esta novela tiene un claro carácter moralista e irónico, donde la autora toma a un prototipo de sujeto contemporáneo como puede serlo Jerôme Angust, un hombre de negocios que se ve obligado a tener que viajar mucho y a llevar una vida en la que no hay tiempo para pensar, esclavo de los ideales asociados a los logros profesionales, y al cual hace representante de la religión del yo, que es la religión que rige en el mundo actual, consistente en pensar únicamente en los propios goces, y que Colette Soler llama narcinismo.

Textor es como él mismo dice, esa parte de sí mismo expulsada, ignorada, y a la vez responsable de la autodestrucción, que justamente es lo que el sujeto del capitalismo ignora. Ignora la parte de vida que pierde en la carrera sin fin de la que ha hecho su vida, con la creencia de que finalmente obtendrá una pequeña ganancia –como la apuesta de Pascal- que le compensará de tanto sacrificio, para descubrir finalmente que eso no llega nunca, condenando a los sujetos a la desesperación, al sentimiento de fracaso, al hastío y de nuevo a la carrera para recuperar lo que pierde, en un círculo infernal.

Mª Luisa de la Oliva (Psicoanalista)

La creación artística y la locura, por Mari Cruz Alba

En la historia del arte y de la literatura encontramos numerosos ejemplos de la conexión entre la creación artística y locura, llegando incluso a tener cierto halo mítico la idea de que para crear es necesario estar un poco, o incluso bastante loco, como si la genialidad estuviera en directa proporción con el grado de locura del  creador. Algo de cierto hay en ello.

Freud y Lacan, como otros tantos psicoanalistas,  han utilizado la creación artística,  sobre todo la literatura,  como soporte material privilegiado para ejemplificar sus estudios sobre el inconsciente y sobre la locura.

Desde el psicoanálisis afirmamos  que toda obra es autobiográfica. Freud decía que “el poeta dirige su atención al inconsciente de su propio psiquismo”.

Si bien es cierto que no se puede psicoanalizar la obra de arte, ni tampoco hacer un psicoanálisis de un autor a través de su obra, la conexión entre biografía y obra es una constante tanto en el campo de la creación artística como en el campo del psicoanálisis. Digamos que son intrínsecamente inseparables.

Al ponerme a la tarea de escribir este comentario, he de confesar que me sentí mas atraída a hablar de la biografía de la autora que de la novela en sí misma, cosas del oficio, supongo.

Pero teniendo en cuenta las peculiaridades de la autora no deja de ser inevitable profundizar en su biografía.

Amélie N.,  la autora  de La Cosmética del enemigo,  sabe de su locura, algo de lo que ella misma habla en público.  Sus novelas son un éxito, sobre todo en Francia y Bélgica. Cada 1 de septiembre publica una novela, cuya aparición  esperan ansiosamente sus fans, hasta el punto que a los pocos días de publicarse alcanza verdaderos records de ventas.

Pero a pesar de su diagnóstico , ¿podríamos afirmar que A. N. está loca?  La respuesta no es sencilla.

Desde el punto de vista del psicoanálisis los límites entre la cordura y la locura no son definitivos ni están definidos de manera taxativa.

En una entrevista para un programa de TV, la autora cuenta que escribe todas la noche de 4 a 8 de la mañana y que escribe para no volverse completamente loca y que el hecho de publicar una novela cada 1 de septiembre es para ella una prueba de su conexión con el mundo, pues ella, muy bien sabe, que la desconexión con el mundo es la prueba  irrefutable de la locura.

Amélie N. ha conseguido hacer algo con su locura.  Se trata de un buen uso de la locura,  como bien dice con su cita a Pascal, se trata del buen uso de la enfermedad.

Para ella, la escritura es lo que la sujeta al mundo, es algo que viene a cumplir la función de anudar lo que en su estructura psicótica no se anudó, no se inscribió.

Y es porque, ese algo que no se inscribió, tiene que ver con el lenguaje, por lo que la escritura es un medio privilegiado de suplir esa falla.

Esa falla en el lenguaje la autora nos la muestra en la novela a través de esa voz delirante que quiere hacer enfermar al personaje.

Desde el psicoanálisis también hablamos del buen uso de la enfermedad e incluso de la necesidad de hacer síntoma para la cura, lo cual significa tomar una posición ética a partir de la cual el acto tomará otro sentido.

Esto lo podemos leer claramente en la novela, pues una vez que el sujeto de la locura ha conseguido enfermar al personaje, el acto criminal de asesinar a su mujer, se le presentará ya como un horror, como algo insoportable con lo que no se puede ya convivir, es decir se ha hecho síntoma.

Y es entonces y sólo entonces cuando se ve movilizado a buscar una salida, una liberación, liberación que el personaje encuentra  en el acto radical de suicidarse.

Obviamente no es la mejor salida, sabemos que hay otras que están del lado de la dialéctica, como por ejemplo, la escritura.

 Mari Cruz Alba

Crónicas tertulianas. “Cosmética del enemigo”, de Amélie Nothomb, por Alguien que estuvo allí.

Que Textor no es un personaje corriente ya lo sabíamos algunos de los que habíamos leído el libro. Pero fue en la tertulia cuando nos dimos cuenta de lo complicado que resultaba hablar sobre él. Tal vez fue porque las veinte personas que nos dimos cita allí éramos, en general, gente bastante corriente. Por el contrario, Jérôme pasaba por ser  un personaje bastante vulgar; parecía destinado a cumplir un papel de figurante. Podría haber ocupado cualquier lugar en la obra, mientras que Textor daba la impresión de desbordar permanentemente el marco de la ficción, como viniendo de fuera. Su lógica implacable no era de este mundo. Parecía un autor a la busca de su personaje, un personaje que, como era normal, se negaba a serlo. El relato termina precisamente cuando se deja convencer.

Entonces, ¿de quién hablar?

Hablamos del jansenismo, de la religión como forma de consuelo frente a la muerte y también como motivo de desencadenamiento psicótico, de la escritura como forma de hacer buen uso de la enfermedad, de la incomodidad y la tensión emocional que este relato transmite, de la ironía como suplencia, de cómo Textor coloca el inconsciente de Jerôme a cielo abierto y con ello lo imposibilita para reconocerlo en su intimidad, y, por supuesto, hablamos de Amèlie Nothomb, de ella y de sus otros libros, siempre con la ilusión y el deseo de que allí puedan encontrarse claves que nos den cuenta y razón de la inhumanidad de Textor.

Acabada la tertulia, cosméticos y liberados del enemigo, los asistentes celebramos el primer cumpleaños de Deletreados.

Alguien que estuvo allí

ENEMIGOS CÉLEBRES EN LA LITERATURA

1. Poema “El enemigo”, de Charles Baudelaire:

EL ENEMIGO 
Charles Baudelaire

Mi juventud no fue sino un gran temporal
Atravesado, a rachas, por soles cegadores;
Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros
Que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón.

He alcanzado el otoño total del pensamiento,
y es necesario ahora usar pala y rastrillo
Para poner a flote las anegadas tierras
Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.

¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño,
Hallarán en mi suelo, yermo como una playa,
El místico alimento que les daría vigor?

-¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,
Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,
Crece y se fortifica con nuestra propia sangre.

2. “Episodio del enemigo”, de Jorge Luis Borges:

“Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la
ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no se griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
– Uno cree que los años pasan para uno – le dije -, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Me dijo entonces con voz firme:
– Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
– En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
– Precisamente porque ya no soy aquel niño – me replicó – tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
– Puedo hacer una cosa – le contesté.
– ¿Cuál? – Me preguntó.
– Despertarme.
Y así lo hice”.

En Borges, J.L. (1972) El oro de los tigres, en Jorges Luis Borges (1974) Obras Completas, Buenos Aires: Emecé.

3. El retrato de Dorian Gray.

El retrato de Dorian Gray

4. El doctor Jekyll y Mr. Hyde

Doctor Jekyll y Mr Hyde

“Cosmética del enemigo”, de Amélie Nothomb: Lo que se cuenta el enemigo, por Concha M. Miralles.

El argumento del enemigo ha sido tratado muchas veces en la literatura. Por citar alguna obra recordemos el “Episodio del enemigo”, escrito por Jorge Luis Borges. En esta, como en la “Cosmética  del enemigo” de Amélie Nothom, el enemigo presentado en la pesadilla del protagonista no es más que su otro yo, quien viene a presentar a la muerte como el fin de los conflictos que han tenido a lo largo del tiempo.

El enemigo, cuando actúa de esta manera es capaz de poner en su boca las palabras que el otro no quiere escuchar. Pone voz a lo indecible, y por eso precisamente no puede ser otra cosa que enemigo.

Pero, ¿qué es lo que sabe el enemigo? ¿Se puede saber lo que otro piensa con más certeza que uno mismo? ¿Pueden decirse los recuerdos y deseos más recónditos cuando su propio dueño no desea escucharlos ni saberlos y preferiría ignorarlos para siempre? ¿Quién es ese otro que puede tener tanto saber y tanto poder como para hacerlo? Jerôme Angust insta con insistencia a su interlocutor, Textor Textel, para que se calle  y no lo moleste más, para que no prosiga en su discurso omnisapiente. Este excéntrico visitante que se le acerca en la sala de espera de un aeropuerto le resulta inoportuno, odioso, ofensivo. Una y otra vez lo insulta, le dice que se vaya y que lo deje en paz. Todo lo que cuenta el intruso es una agresión a sus oídos, un desvelamiento al que se resiste inútilmente, porque no hay nada que pueda detener a Textor Textel: él se ha propuesto aprovechar la larga espera en el aeropuerto de Angust para desgranarle una verdad insoportable: relatarle lo que no se atreve a reconocer de sí mismo, su parte más abyecta e inconfesable. Es el retrato escondido de Dorian Gray expuesto de pronto ante él para su propio horror y vergüenza.

Las palabras de Textor, lo que sabe y le cuenta al indefenso Jerôme, son las que él no quiere pronunciar, las que lleva toda la vida escondiendo, pero de repente surge alguien que todo lo sabe, y Textor Textel hace suyas las palabras y la vida de otro; sólo él puede poner voz a los secretos. Palabras a las que se renuncia, que se niegan. Palabras que queman, que hacen daño, que causan estupor. Palabras amordazadas, enmudecidas, arrojadas al olvido. ¿Acaso esas palabras que trae Textor Textel no tenían dueño antes de que el enemigo las hiciera suyas…? ¿Es necesario inventar este alter ego para poder hacerlas audibles? Angust concede este don a Textor Textel: el don de la audición. Le concede las palabras que él debería confesar pero que no puede y las pone en boca de otro para, así, hacérselas escuchar. Es una concesión bastante egoísta, en cierto modo. Sin querer, queriendo…

¿Cuál es el procedimiento por el cual las palabras pasan a ser propiedad de otro? ¿Es en ese proceso donde el enemigo se convierte en tal y se hace también dueño de su alma y de sí mismo?

Textor y Jerôme son la misma persona, pero a este conocimiento llegamos cuando la historia está muy avanzada. Lo sorpresivo es que a este descubrimiento llegamos porque Textor puede contar cosas que nadie sino Jerôme puede saber. Se ha hecho el dueño de sus palabras y con ellas se ha convertido en él mismo, en su doble o en su nada, porque no hay nada más auténtico y singular que las propias palabras. Por eso nadie puede verlo: Textor Textel es invisible para otros ojos que  no sean los de Jerôme. Ni siquiera podrá matarlo, y en el intento la única vida que se pondrá en riesgo será la de Jerôme. El cuerpo de uno es el reflejo del otro. Las palabras de uno están en la boca del otro y hacen daño a los oídos del primero. Hacen falta dos cuerpos para eso. El delirio de Jerôme pasa por esta condición: construir un enemigo con la suficiente consistencia como para ser el guardián, el soporte de su realidad, hasta que esta se haga tan insoportable que sea preciso destruirlo para dejar de escuchar.

Únicamente matando a Textor Textel dejarán de escucharse las palabras que sólo el peor de los enemigos podría traer. Un regalo envenenado  envuelto en el celofán de la cosmética mejor organizada.

Encontrar el orden de esa singular cosmética ya es asunto de otro análisis.

Concha M. Miralles (Psicóloga y escritora)