Sordo deseo, por Juan Serrano

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CRÓNICAS TERTULIANAS. “El Túnel”, Ernesto Sábato

CRÓNICAS TERTULIANAS. Tertulia 7 (22-03-2013)

El Túnel, Ernesto Sábato

A nadie dejó indiferente el carácter provocador y chulesco de Juan Pablo Castel, ese estar en contra de todo el mundo y su actitud, más que pesimista, violenta. A pesar de lo cual este singular personaje hizo en nuestra tertulia más amigos que enemigos, ya que si bien resultaba antipático cuando manifestaba estar harto de todos y no necesitar a nadie, también movía a la piedad su continuo desvivir en la búsqueda de ese alguien que lo supiese entender. Lo cierto es que nos lo puso muy difícil y después de dos horas de debate, análisis y discusión sobre el caso Castel, tampoco pudo salir de entre nosotros ese “al menos uno” que hiciese excepción a la regla de la falta de entendimiento. Hubo allí más producción de equívocos que de acuerdos y entendimientos: Túnel /Tú- en- él, Pintura/Tela de araña, Ventana/Agujero, Marido/Padre.

Tampoco hubo forma de acordar un diagnóstico; se lo nombró loco, cómico, trágico, maltratador…, términos que apenas consiguieron acotar al personaje.

La sombra de Sábato anduvo siempre cerca de su personaje, sobre todo por aquello de que él también era pintor y hacía gala de un carácter, al decir de muchos, difícil y bastante peculiar. Las referencias a la vida y obra del escritor fueron numerosas, tal vez buscando allí la luz que nos faltó echar sobre su personaje.

Y con la primavera recién estrenada nos despedimos hasta la próxima, que será con Amelie Nothomb y su “Cosmética del Enemigo”.

Alguien que estuvo allí

“El túnel”, de Ernesto Sábato: Amores que matan, por Gabriel Hernández García

AMORES QUE MATAN (comentario a El túnel, de Ernesto Sábato)

Antes de pasar al relato de las circunstancias más personales que motivaron su crimen, Juan Pablo Castel se presenta y explica las razones por las cuales quiere poner por escrito aquella historia. También dedica unas líneas a contarnos cosas sobre su madre; la quería perfecta, y le dolía descubrir en ella algún defecto de vanidad  u orgullo.

EL CUADRO

Tras este preámbulo, el protagonista inicia el relato de su relación con la mujer que mató. Todo empezó durante la contemplación de un cuadro en el que se representaba a la maternidad. Allí se veía, en primer plano, a una mujer que miraba jugar a un niño. Luego, al fondo, en el lado superior izquierdo de la pintura, se perfilaba el marco de una ventanita a través de la cual se veía a otra mujer que miraba el mar desde una playa solitaria.

Se trata de escenas diferentes, sin aparente conexión narrativa. Por un lado la que parece ser una madre amorosa y feliz ante la contemplación de su hijo, y por otro una mujer más bien melancólica y solitaria. ¿Qué relación hay entre ellas? El posible tránsito entre la una y la otra no está explicitado. Podría tratarse de la misma mujer situada en dos planos diferentes, dos planos superpuestos y una ventana que agujerea el primero de ellos para mostrarnos el segundo, lo que hay detrás, más allá de la maternidad, una ventana desde la que seguir proyectando la mirada hacia esa otra mujer, pero, en definitiva, una ventana desde la que se mira, no una puerta por la que se sale. El cuadro representa la prolongación, la continuidad de la mirada, no el corte, entre una mujer y la otra.

Pero, ¿hasta dónde se prolonga esa mirada? Lo hace hasta un lugar que no aparece representado. Entramos en el cuadro, atravesamos la primera escena donde la madre mira jugar al niño, seguimos a través de la ventana y vemos a la mujer de la playa solitaria que mira hacia el mar. La pasamos de largo y seguimos avanzando hacia ese lugar al que apunta su mirada. Pero ya no vemos nada. Se trata de un lugar, un objeto que no aparece en la imagen del cuadro, y nos quedamos sin saber qué mira, a quién, porqué, qué espera, qué desea esa otra mujer.
Así la describe el pintor: “Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta.”

Esta segunda escena nos lleva a pensar que no todo lo representado en este cuadro se comprende bajo el título del mismo, “Maternidad”. Algo de la mujer queda fuera de la maternidad. Lo vemos por esa ventanita que el pintor sitúa en uno de los extremos del lienzo, en otro plano, en otra perspectiva. Pero sigue estando en el mismo cuadro.

Se trata de una obra donde se intentó representar algo que no se pudo pintar y eso aparece como una gran interrogante para el propio pintor. Su vida dará un vuelco cuando crea haber encontrado en María Iribarne a la mujer que lo comprende. Pero esa mujer sólo puede ser la del cuadro. Sólo ella podría contestar a todas aquellas preguntas que nos hacíamos antes. Sin embargo, María Iribarne miraba el cuadro de la misma forma que la mujer de la playa solitaria miraba el fondo del mar. Sólo ella se fijó en aquella mujer, mientras que el resto de la gente sólo veía “a la gran mujer en primer plano, la mujer que miraba jugar al niño”, esa sobre cuya mirada no había puesta ninguna interrogante.

Cuando llega María es como si aquella mujer hubiese salido del cuadro. Ella comprende, ella sabe. A partir de ese momento Castel ya sólo vive para obtener de María la respuesta a su pregunta sobre el deseo de la mujer del cuadro, una respuesta que, sin embargo, ella tampoco podrá darle, porque él quiere toda la verdad, toda o ninguna, y ella no puede decirle toda la verdad entre otras cosas porque él forma parte de la verdad que busca, y esa es la parte que permanece siempre velada para él.

Este cuadro es, a su vez, el marco de la historia que se desarrolla a continuación, su motivo: una madre cercana y una mujer distante.

Así es como Castel verá a María

“yo vivía obsesionado con la idea de que su amor era, en el mejor de los casos, amor de madre o de hermana.”… “Lo que más me indignaba, ante el hipotético engaño, era el haberme entregado a ella completamente indefenso, como una criatura”. Esta idea siempre irá pareja con aquella otra según la cual María se jugaba su amor de mujer con otro hombre.

Aquello fue un auténtico flechazo, un amor a primera vista. Castel ve su propio reflejo en María: “Usted piensa como yo. Usted miraba aquella escena como la habría podido mirar yo en su lugar. No sé qué piensa y tampoco sé lo que pienso yo, pero sé que piensa como yo”. Esta relación especular se mantendrá también cuando lleguen los malos tiempos. Cuanto más despreciable la vea a ella más despreciable se verá a sí mismo, cuanto más la maldiga más se maldecirá él.

EL ARGUMENTO DE OTELO

Aquella relación especular es terreno fértil para el argumento de Otelo. Allí echa raíces y se vuelve consistente, creíble. Castel lo hace suyo: “el padre de Desdémona advirtió a Otelo que una mujer que había engañado al padre podía engañar a otro hombre. Y a mí nada me ha podido sacar de la cabeza este hecho”.  Lo que no tiene en cuenta Castel, o lo que no le entra en la cabeza, es que Desdémona no engañó a Otelo. Lo que engañó a Otelo fue precisamente este argumento. La cuestión es por qué, a pesar de todo, resulta tan convincente, tanto para Otelo como para Castel.

Nos sorprende que un argumento que podría servir para el amor, sirva, asimismo, para el odio. ¿Abandonar a su padre no es acaso un signo del amor que Desdémona sentía por Otelo? ¿Por qué, entonces, se lo toma al contrario, es decir, como prueba del odio en lugar de como prueba de amor.

Además, con ese argumento Castel introduce en su historia un elemento imprevisto: el padre. Pero, ¿a qué padre ha engañado María? ¿Por qué Castel hace equivaler el engaño de María a su marido y el de Desdémona a su padre?

Lo cierto es que ella tampoco parece haber hecho una buena transición entre el padre y el marido. No quiere a Allende y no ha cambiado su apellido, sigue utilizando el de soltera, es decir, el de su padre, María Iribarne. Así es como se presenta ante Castel, no con su apellido de esposa sino con el que la reconoce como hija. De esta forma Castel toma al marido por el padre, lo llama señor Iribarne, y es el propio Allende el que le aclara el malentendido y le dice que él es el marido. Podríamos decir que el padre, aunque sea bajo la forma de un malentendido, también tiene presencia en esta historia. Lo cual, no deja de tener relación con el hecho de que en ninguno de los dos casos, ni en el de Otelo ni en el de Castel el crimen guarda relación directa con el adulterio: Desdémona no fue una esposa adúltera, y María, en todo caso, no lo fue con Castel.

Más que de adulterio podríamos estar hablando de infidelidad. El padre de Desdémona sólo puede acusarla de infiel, no de adúltera; infiel a sus principios, a su moral, incluso a su religión, infiel,en definitiva, al buen nombre de su padre. La infidelidad religiosa también tiene que ver con el buen nombre de ese padre que tienen en común judíos, árabes y cristianos, y que cada uno de ellos piensa que ha sido maltratado por el otro. Desdémona, además, ha tomado por esposo a un moro, a un infiel.

El fanatismo religioso siempre llega de la mano del fanatismo sexual.

Del caso de Juan Pablo Castel se podría inducir que no es el marido el que mata a la esposa, y de la tragedia de Otelo, que cuando la mata, lo hace en nombre del padre.

Gabriel Hernández García (Psicoanalista)

El túnel: tres pinceladas a un cuadro, por Concha M. Miralles

EL TÚNEL: TRES PINCELADAS A UN CUADRO

Primera.

El Túnel (1948), junto a Sobre héroes y tumbas (1.961) y Abaddón el exterminador (1.974)] es una de las tres novelas de Ernesto Sábato. Las tres obras tienen en común los mismos códigos simbólicos, y estructuras similares. Como dijo el propio Sábato, “todas son formas de los mismos fantasmas“. Hay referencias de unas obras en las otras, por ejemplo en “Sobre héroes y tumbas”, en el Informe sobre ciegos, Sábato, en su inclinación hacia las disgresiones, realiza una larga referencia metaliteraria a El túnel, donde analiza el “caso Castel”.

El túnel comienza teniendo una estructura narrativa de tipo periodístico. La novela, en su inicio, pretende relatarse como una «crónica policial»:

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel…”(capitulo I, pág.11.)

“Como decía, me llamo…” (capitulo II, pág.13).

“Todos saben que maté a María Iribarne Hunter.” (capitulo III, pág.16).

Al final, tras la larga digresión que constituye la novela en sí, donde Juan Pablo Castel explica sus motivos para matar a María Iribarne Hunter, vuelve a cerrarse la “crónica periodística”, esta vez con el diario abierto durante el desayuno de cualquier persona, cualquier ciudadano, cualquier posible lector…

Desde su calabozo, Castel dice: “Pensé que muchos hombres y mujeres comenzarían a despertarse y luego tomarían el desayuno y leerían el diario e irían a la oficina.” (Cap.XXXVIII, pág.127). Ahora ese público lector, esos destinatarios anónimos (los mismos para los cuales Castel escribe su relato) van a leer la crónica del asesinato de María Iribarne. Es decir, el discurso nombrado en este enunciado cierra el discurso del asesino, la confesión que hace de su crimen desde la cárcel.

Sin embargo se trata de una estructura de discurso periodístico muy singular, ya que hay una especial manera de alterar la secuencia narrativa. Desde el primer instante se nos da a conocer el final de la trama, el asesinato de una mujer, y todo el relato irá desenvolviéndose hacia la explicación de las razones que llevaron al protagonista a realizar ese asesinato. La historia interna de ese crimen es la novela, y como para relatar esa historia el protagonista se sumerge en su propio yo, el tiempo va a subjetivarse, rompiéndose el estricto orden lógico en la presentación. Es evidente pues que tanto la pérdida del hilo de la narración como la ruptura del orden lógico responden a necesidades propias de la narración, y son por lo tanto parte del discurso narrativo.  

La función de la crónica policial es la de informar de los crímenes cometidos, registrar los incidentes sucedidos; en ningún momento pretende explicar el asesinato. Podemos preguntarnos cuál es el propósito de Castel al contar su historia: “Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó…”(Cap.II, pág.14). Pero no es lo que hace Castel con su relato de los hechos; por el contrario, hay una “manía de querer encontrar explicación a todos los actos de la vida”. Que la afirmación de Castel es falsa lo prueba la “debil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme”

 

Segunda.

La maternidad es un tema relevante en la obra, si bien aparece de una forma muy simbólica. El cuadro que pinta Juan Pablo Castel y que tanto llama la atención de María Iribarne, se titula “Maternidad”, y la matriz de una madre es comparada con un túnel del que, por otra parte, nunca saldrá Castel. Por tanto, al matar a María (nombre de la mujer– madre por antonomasia), el protagonista también está matando a su propia madre, y en cierta medida a sí mismo.

Hay que recordar que la figura materna tiene una importancia primordial en Sábato. En el capítulo II de su libro Memorias antes del fin (1.998) se lee que la madre de Sábato perdió a su madre con solo 8 años y, a su vez, ella perdió a un hijo de 2 años de edad, Ernestito, mientras estaba embarazada de Ernesto. También el propio Sábato perdió a un hijo cuando tenía 83 u 84 años (aproximadamente en 1.994). La madre de Sábato, por tanto, estando nuevamente embarazada de él se siente triste, afligida y sacudida por fuertes sentimientos ambivalentes ante la muerte de su otro hijo. Lo peor es que resuelve su duelo de una forma terrible, que tendría importantes consecuencias en la personalidad de Sábato: el nuevo hijo es identificado al nacer con el mismo nombre del que hacía poco había fallecido. No fue otro el hijo que nació, sino que es el hijo que murió. Sábato acusaría a su madre de aislarlo del mundo, de convertirlo en un niño solo, que vive una especie de infancia prestada, que se siente en el mundo en sustitución de otro. Tuvo una infancia difícil; Sábato sufría alucinaciones de pequeño, e incluso alteraciones en su conducta, como pincharles los ojos con alfileres a los pájaros y a los gatos (esto sale en sus novelas) y padecía sonambulismo.

En cada una de las tres novelas antes mencionadas de Sábato, en un momento dado cada protagonista se transforma en un animal. En El túnel Juan Pablo Castel se convierte en un pájaro en uno de sus sueños (capitulo XXII) – (a lo largo de El túnel solo se relatan tres sueños, todos de gran simbolismo).

Tercera.

La última pincelada de este comentario la vamos a situar propiamente en el cuadro del protagonista, el pintor Juan Pablo Castel; un cuadro que lleva por título “Maternidad”. Las referencias descriptivas a esta obra pictórica dentro de la novela de El túnel, son las siguientes:

“(…) un cuadro llamado “Maternidad”. Era este cuadro, según se describe en la obra (…) sólido y bien arquitecturado. Tenía los atributos que esos charlatanes [los críticos] encontraban siempre en mis telas, incluyendo “cierta cosa profunda e intelectual”. Pero arriba, a la izquierda, a través de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba al mar (…) , como esperando algo, quizás algún llamado distante y apagado. La escena sugería, en m opinión, una soledad ansiosa y absoluta”. (capitulo III, pág.16).

Es al romper la tela que contenía la pintura, cuando cita algunos elementos que forman el resto del cuadro ( y podemos saber qué hay en él, aparte de “la ventanita”):

“(…) columnas en pedazos, estas estatuas mutiladas, estas ruinas humeantes, estas escaleras infernales!” (capitulo XXXIV, pág.118).

Los críticos consideran que es un cuadro “bien arquitecturado”, donde predomina la razón y ni siquiera ven en la esquina superior izquierda a la mujer que espera junto al mar, porque ya escapa a los límites de la razón para entrar de lleno en el arte, en lo intuitivo, en lo espiritual. Este es un rasgo importante, un trazo visible y denso en El túnel:   la dicotomía entre la intuición y la impulsividad del protagonista y, por otra parte, el pensamiento racional que guía su obsesiva y milimétrica búsqueda de pruebas, de “la verdad” acerca de la infidelidad de María. Esa es la forma que cobra la razón en esta obra. La búsqueda de la razón es una de las grandes obsesiones del autor, presente también en sus otras novelas. Sábato considera la simbología de las “altas torres” como una metáfora del conocimiento, el cual se divide en dos grandes axiomas: por un lado estaría el conocimiento científico o la razón, representado por las “altas torres”  , y por otro, el conocimiento intuitivo, representado tanto por el agua y la tierra, elementos que encontramos en El túnel embelleciendo esta novela con las poéticas descripciones que hace del mar y de la naturaleza.

Concha M. Miralles