Amor, muerte y deseo. Comentario de El amante, de Marguerite Duras. Mª Cruz Alba

Marguerite Duras escribió sobre todo del amor. Y ¿qué podemos saber del amor? ¿Qué es el amor? Para Duras amor y muerte van de la mano. ¿Qué saben los amantes del amor?

Lo que se ha dicho y se ha escrito del amor, poco se refieren al amor feliz, y en todo caso al lado aparece el dolor del que ama, aunque solo sea por el miedo a perder lo que tanto ama.

En la novela nos encontramos con una historia vaga, incierta y al mismo tiempo determinada. “la historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie.” (pág. 14)

Determinada de tal manera que en la primera página de la novela dice algo rotundo “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los 18 ya era demasiado tarde”.  Leer esto  provoca la curiosidad morbosa de preguntar para que ya era tarde, y al mismo tiempo el recuerdo de haber tenido alguna vez una sensación parecida que no se sabe si se quiere recordar.

Ese “demasiado tarde” es su manera de decirnos que el tiempo subjetivo se mide con la lógica del inconsciente, cuyo soporte es el lenguaje y sus leyes, la metáfora y la metonimia.

Hay una determinación hacia el encuentro con el amante, hay una determinación hacia la escritura “Le respondí que lo que quería, por encima de todo, era escribir, nada que no fuera eso, nada. Está celosa.” le dice a la madre.

A cerca de la madre y de la familia describe de una manera sublime la impotencia de la vida, el desamparo y la imposibilidad,  habla de eso que no se puede decir, del silencio, del silencio de la familia, un silencio que, como en todas las familias gira alrededor de los secretos familiares, de lo que no se habla, pero de lo que todos saben y callan.

Esta corta novela autobiográfica no es ni realidad ni ficción, es una historia incierta y no cierta historia, en la que MD habla de los recuerdos de su infancia que hasta ahora había ocultado. Recuerdos de los paisajes, de los olores y del cuerpo puesto en juego en cada momento. El cuerpo está presente   como algo extraño, ajeno incluso. Esta extrañeza se deja ver cuando MD habla del recuerdo de sí misma en tercera persona para distanciarse del recuerdo, del dolor. Se mantiene fuera de la escena, está contando su vida pero esa niña no es ella, está más allá de ella, apareciendo entonces en 3ª persona.

MD habla del cuerpo del amor y del placer, y del cuerpo del dolor y del sufrimiento y de la muerte del cuerpo.

“Las dos aisladas. Solas, reinas. Su desgracia es evidente. Abocadas las dos a la difamación debido a la naturaleza del cuerpo que poseen, acariciado por los amantes, besado por sus bocas, entregadas a la infamia del goce hasta morir, dicen, hasta morir de ese amor misterioso de los amantes sin amor. De eso es de lo que se trata, de esas ganas de morir.”

Jacques Lacan hizo un homenaje a MD, escribió sobre ella, se interesó por su obra, eran  contemporáneos de la intelectualidad parisina en los años 60. Lacan opinaba de la autora que era lacaniana aún sin haberlo leído, “Marguerite DURAS resulta saber sin mí lo que yo enseño” dirá en ese homenaje de 1965. En la novela hay una frase que sirve de interpretación de un aforismo de Lacan “el deseo es el deseo del otro” y es la siguiente: ”A veces decía que quería acariciarme porque sabía que yo deseaba que lo hiciera y que quería mirarme en el momento en que el placer se produjera. “

UNA MUJER CON SOMBRERO. Lo que brilla por su ausencia. Gabriel Hernández (Psicoanalista)

Fijémonos detenidamente en la imagen de la chica acodada sobre la barandilla del transbordador. Calza unos zapatos de tacón alto, de lamé. Sin embargo, su figura es aún el tímido esbozo de lo que sería el cuerpo de una mujer, no es todavía lo que aquellos zapatos hacen prever. Avanzamos y después de los senos, aún de niña, reencontramos de nuevo a la mujer en la cara maquillada. Al final, lo más inesperado, lo más singular: toda la figura se corona con un sombrero de hombre. La pregunta nos parece obvia: ¿que clase de sujeto se comprende entre aquellos zapatos de mujer y este sombrero de hombre?; podríamos incluso preguntar: ¿qué clase de cuerpo?

No es un juego de niñas, no es una fantasía, no es un probarse frente al espejo de la madre para ver cómo le sienta. Es algo ya decidido. Es la forma en la que esta persona se da al otro, lo que quiere ser para el otro. Y lo saca a la calle, y lo exhibe.

Pero no son los complementos de orden femenino los que terminan de arreglar el cuerpo y hacerlo deseable. Es el sombrero (…) “bajo el sombrero de hombre, la delgadez ingrata de la silueta, ese defecto de la infancia, se convirtió en otra cosa. Dejó de ser un elemento brutal, fatal, de la naturaleza.”… “De repente, se hizo deseable”… “puesta a disposición de todas las miradas, puesta en la circulación de las ciudades, de las carreteras, del deseo”.

El sombrero no sólo tapa el defecto del cuerpo, como podría hacerlo el maquillaje, sino que le da un aire nuevo, insólito, inaudito. Sombrero y zapatos no casan, dice la protagonista. Lo curioso es que para el hombre chino que se le acerca en el trasbordador, no parece haber ningún tipo de distorsión en aquella figura. Todo lo contrario. Aquella imagen lo ha subyugado y no puede dejar de manifestarle su asombro y admiración. Y parece sincero, porque tiembla.

A partir de ese momento el relato se centra, tanto o más que en el desarrollo de una historia de amor, en la descripción de sucesivas escenas de goce. Las cosas de familia se llevan a la cama y las de la cama a la familia. De forma reiterada el relato de unas se interrumpe para dar entrada a las otras. Sin embargo no perdemos el hilo, no nos desorientamos. A pesar de estos súbitos cambios de escena y personajes en lo manifiesto del relato, hay algo a nivel latente que mantiene la continuidad del sentido, efecto de estilo en el que se reconoce la maestría del narrador.

No tardarán mucho en llevarse a la cama. Lo del barco fue un auténtico flechazo. Y digo llevarse porque no se sabría muy bien quién llevó a quién. De momento no nos contentaremos diciendo simplemente que los llevó el amor; podría haber sido incluso el sombrero

Lo cierto es que la primera vez que se exponen desnudos, el hombre chino da la espalda y llora. Es la chica del sombrero la que toma la iniciativa, la que explora el cuerpo del otro. Eso sí, lo hace con los ojos cerrados. ¿Y qué ve? Ve una piel de suntuosa dulzura, un cuerpo delgado, sin fuerza, sin músculos, imberbe, diríase estar a merced de un insulto, dolido. También el de ella lo está. Hasta aquí lo que ve la chica con los ojos cerrados es un cuerpo bastante parecido al suyo. No hay allí otra virilidad que la del sexo.

A medida que vaya avanzando la historia se irá poniendo de manifiesto la importancia de este único rasgo de virilidad. En relación a una mujer es, efectivamente, el único que este hombre puede mantener. Pero a ella le basta, es lo que busca. Ella quiere un amante, no quiere a un hombre. Nunca será capaz de decirle que lo ama, ni siquiera le pone un nombre que lo identifique como sujeto, no pasa de ser el hombre de Cholen o el amante chino.

Tampoco ella tiene un nombre para él. Bajo este anonimato y esta falta de reconocimiento se monta la escena de goce: ella es una puta y le pide que la trate como a cualquiera de las otras mujeres que lleva a su casa. La fantasía se completa con la idea de que él tiene a muchas mujeres y que sólo se dedica a eso en la vida, a hacer el amor con todas ellas. Tampoco en esta ocasión se quedará en un juego, un juego de alcoba. También se sacará a la calle y se exhibirá prestándole una consistencia que no tiene, intentando hacer de ello una historia de amor.

Lo cierto es que ni ella es una puta, por mucho que se esfuerce en mantener el equívoco sobre su conducta, ni el hombre es un conquistador. Más bien se trata de alguien que solo puede costearse la virilidad con el dinero del padre. “Dice que en París lo compró todo, sus mujeres, sus conocimientos, sus ideas… Dice que se marchó a París para estudiar en una escuela mercantil, por fin dice la verdad, que no hizo nada y que su padre le cortó los víveres, que le mandó un billete de vuelta, que se vio obligado a salir de Francia.”

Vuelto de Francia las cosas siguen igual, el padre continúa pagando las cosas del hijo, el apartamento donde se acuesta con la chiquilla del sombrero, el coche en el que la lleva y la trae, las cenas, las comidas a las que invita a toda la familia, el dinero que le da a ella para su madre. Todos ellos disfrutan de un goce a mesa puesta, sin coste alguno. Ese padre, tan lejano y olvidado que nadie parece tener en cuenta, es el que paga la cuenta. Cuando deje de hacerlo pasará por ser un aguafiestas.

Sin embargo se trata de un goce desvitalizado, que no deja hacer otra cosa. Es el único goce de cada día. También ella, al igual que el hombre chino, irá arrinconando sus otras ocupaciones y obligaciones para dedicarse a solo hacer el amor. En este sentido podríamos decir que se trata de un goce adictivo. Siempre pegado a la muerte, “hasta morir de ese amor misterioso de los amantes sin amor. De eso es de lo que se trata, de esas ganas de morir.”

Por su parte, el hombre chino se muestra incapaz de amar a una mujer en la falta de esa potencia económica del padre, de jugarse su fortuna en el intento de hacer de una mujer su mujer. Se trata de un hombre poco dado a las causas perdidas. “(…)Descubro que no tiene energía para amarme en contra de su padre, para cogerme y llevárseme. Con frecuencia llora porque no encuentra fuerzas para amar más allá del miedo.”

Ya en la imagen que muestra la chica del trasbordador podríamos ver representada la clave o el motivo sobre el que se desplegará la posterior trama amorosa. Si en lugar de quedar capturados por la imagen total, hacemos una lectura pormenorizada, lineal de la misma, podríamos decir que se trata de un texto en el que lo que empezó afirmándose con los zapatos de tacón y confirmándose con el maquillaje de la cara, resulta, en el último momento, contrariado por ese elemento final que es el sombrero de hombre. No se trata de una negación, tampoco de una contradicción. Para el hombre chino la presencia del sombrero no niega ni contradice el carácter femenino de lo ya entrevisto, al contrario, parece hacerlo brillar más aún. Se trata solamente de contrariar la norma, no de negarla, de ser, precisamente, la excepción que la confirma. La presencia final del sombrero podríamos entenderla como un hacer lo contrario de lo que en el resto del cuerpo se venía diciendo.

Este mecanismo se hará efectivo una y otra vez a lo largo de la historia. Por un lado se afirma con rotundidad que hay que mantener esa relación en secreto “la madre no debe enterarse de nada, ni los hermanos”. Eso se dice, y lo que se hace es presentarse con ese hombre ante la madre y los hermanos para hacer todos juntos una comida familiar, y tras este ponerse en evidencia, seguir negando que haya algo oculto en aquella relación.

Son amantes, sin embargo se presentan a la familia haciendo uso del formato de la comida familiar, normalmente utilizado para presentar una relación de compromiso o noviazgo.

Sucede lo mismo con el regalo que le hace a la chica el hombre chino. Podría haberle regalado cualquier joya, pero le regala un anillo de pedida que ella exhibe ante todos. “Entonces las vigilantas dejarán de hacerme observaciones. Sospecharán que no estoy prometida, pero el diamante es muy caro, nadie dudará de su autenticidad y nadie tendrá ya nada que decir debido al precio del diamante que le han regalado a la chiquilla.” De nuevo se trata de hacer uso de una norma o de una costumbre social para contrariarla, incluso para abusarla.

Pero, además, se produce un efecto talvez más inesperado. Todos, a pesar de la sospecha, callan, se vuelven cómplices de la niña, entran en su juego. Incluso los responsables del pensionado, cuya normativa de estancia incumple la chiquilla de forma reiterada. “Reincidiré. Avisarán a mi madre. Vendrá a ver a la directora del pensionado y le pedirá que por las noches me deje libre. La directora aceptó porque soy blanca y porque, para la reputación del pensionado, necesita algunas blancas entre la masa de mestizas. La directora me dejó vivir en el pensionado como en un hotel.”

Volvamos, para terminar, al escenario sobre el que se representa la obra de la putilla blanca y el hombre capaz de hacer el amor con todas las mujeres. El paso inexorable del tiempo irá deteriorando la caracterización de los personajes y desmontando la escena amorosa. La chiquilla dejará de ser una menor, el uso de los zapatos y el maquillaje se harán más conformes a la mayoría de edad, menos escandalosos, y, posiblemente, el sombrero de hombre perderá la gracia con la que lo llevó la niña y pasará a ser un elemento más bien ridículo en una mujer adulta.

Por su parte, el hombre chino tendrá que contraer el matrimonio pactado por el padre y ya no podrá dedicarse únicamente a hacer el amor con las mujeres. Se trata de un cambio de formato que la relación no podrá soportar y la llevará a la quiebra. Tampoco se pudo aprovechar la oportunidad de mantenerla sobre ese otro formato que hubiese sido posible construir de haber tenido el hombre la suficiente energía como para llevársela y amarla en contra del padre. Todo lo cual permitiría concluir que más allá de aquellas condiciones escénicas que la hicieron posible, la relación entre ambos protagonistas pierde todo su sentido y ya no les merece la pena. Más allá de la escena de goce, casi nada queda entre ellos que merezca la pena.

Gabriel Hernández García

Quién es quién en “El amante”, de Marguerite Duras. Por Concha M. Miralles

Afirmaba Marguerite Duras en una entrevista que, después de su rehabilitación como alcohólica, ella seguía siendo alcohólica. Se definía como “una alcohólica que no bebe”, como si el haberlo sido fuera una condición que ya nunca podía borrarse, algo que la definiría de por vida. Eso, y mucho antes, su condición vital de escritora la marcarían definitivamente. A los 9 años ya sabía que, por encima de todo, ella quería ser escritora. Más allá de querer, necesitaba hacerlo y ser escritora también se convirtió en una condición de su vida. Pero… ¿de qué escribió M.D?

Su escritura es tan personal que creó un estilo propio: “el estilo Duras”, que formó escuela. Criticadas y admiradas al mismo tiempo, sus experimentaciones técnicas siguieron un camino nuevo y cautivador.

Por otro lado, siempre, detrás de su obra estuvo la influencia del alcohol. Sólo hay dos libros que M.D reconoce como escritos sin la influencia del alcohol: Le ravissement de Lol V. Stein (1964); el otro es precisamente El amante.

Escribió este último libro a los 70 años, después de emerger de un duro proceso de desintoxicación alcohólica. Cuarenta y un años después de publicar su primera novela, Marguerite Duras se convierte de la noche a la mañana, con El amante, en una autora solicitada por todos los públicos. Y, además, recibe poco después, en noviembre de 1984, el prestigioso Premio Goncourt. Doscientos mil ejemplares del libro estaban ya vendidos cuando esto ocurrió. A todos emociona sin duda esta narración autobiográfica en la que la autora expresa, con la intensidad del deseo, esa historia de amor entre una adolescente de quince años y un rico comerciante chino de veintiséis.
Inmediatamente se hizo célebre el nombre de Marguerite Duras, cuando ya po­seía una obra abundante y dispersa. Para los aficionados a la literatura, pese a todo, su obra ya era conocida, y el premio no resultaba ni sorprendente ni injustificado. Contaba en su haber con veinte novelas, dieciocho películas, catorce obras teatrales propias y seis adaptaciones ajenas, numerosos artículos, cuatro libros más de ensayos… Pero El amante resultó ser en aquel momento el final y el resumen de esta escritora prolífica. Contribuyó, sin embargo, a potenciar el boom de ventas una entrevista con la escritora aparecida en la revista Le Nouvel Observateur, y despues una emisión de televisión que le fue consagrada, dentro del programa literario semanal Apostrophes. La reaparición de Marguerite Duras ante su público, después de unos años de carrera literaria minoritaria y vacilante, y de su curación del alcoholismo atrajo numerosos lectores. Esto no es nuevo, aunque cada vez que ocurre cabría preguntarse por qué, ¿por qué atrae de una manera, en cierto modo morbosa, el devenir de la vida personal de los artistas y personas célebres…? En este caso se decía que la obra era autobiográfica, que  indagaba en los aspectos íntimos de los amores de juventud de M. D., prohibidos en varios sentidos.

Las tres principales corrientes del arte «narrativo» de Marguerite Duras se bifurcan entre la novela, el teatro y el cine. Desde su tercera novela, Un barrage contre le PacifiqueUn dique contra el Pacífico»), considerada una obra maestra, se contenían ya los principales datos argumentales de la obra de la escritora. Se publicó ésta en 1950 y fue adaptada al cine por el director Rene Clément, y su argumento sería una constante en toda la obra posterior de la escritora: las desventuras de una mujer viuda y con tres hijos, pequeña funcionaría francesa en Indochina, que adquiere una concesión agrícola según el sistema de la administración colonial para hacer fortuna mediante su explotación. Fue exactamente lo mismo que le sucedió a la madre de la escritora, que obtuvo -pagando las prescriptivas corruptelas coloniales- una concesión agrícola que resultó ser inviable, ya que las aguas del Pacífico la inundaban durante seis meses al año. La madre lucharía por estas tierras, construyendo un dique que las salvaguardara de las inundaciones, pero fracasó, y tuvo que malvivir con sus tres hijos. En su obra teatral L’Eden Cinéma y en El amante surgen los mismos episodios, los mis­mos personajes y los mismos escenarios, con decididas variaciones de enfoque, como si en cada una de sus obras fijara la atención en alguno de los personajes o de las escenas y se recreara en ellos, o como si se tratara de las variaciones musicales de una pieza musical…

Y, si se trata de una variación, sobre más de lo mismo en otra obra ¿cuál es el punto de enfoque que adopta la autora en El amante? Para empezar, el tema sobre el que se sitúa es un motivo de escándalo: se trata de los amores entre una niña blanca de quince años de edad y un joven y rico comerciante chino, en el Vietnam –entonces se llamaba Indochina– dominado por el colonialismo francés de los finales años veinte. Ya se sabe que la obra de Marguerite Duras surge precisamente de aquellos mismos parajes, donde nació y vivió la propia escritora. El argumento resuena como el reflejo de múltiples ecos, como si proviniera de muchas de las obras anteriores de Marguerite Duras. Otra variación de una misma obra, de un mismo argumento, pero enfocando de pronto a la provocadora jovencita con sombrero de hombre. En efecto, El amante parece suceder temáticamente a Un dique contra el Pacífico,  y en sus páginas vemos cómo aparecen los personajes de L’Eden Cinema, y los de India Song.  Estos argumentos proceden de la propia autobiografía de M.D, aunque por otro lado, ella misma se desdice una y otra vez de una ‘historia’ que no desea historizar (es famosa la desvirtualización que solía hacer de los hechos reales relacionados con su vida: cambiaba fechas, datos, sucesos…). ¿Qué es entonces lo autobiográfico en la obra de M.D? Tal vez esos supuestos datos autobiográficos es preciso tomarlos como fruto de la fantasía de una escritora que reinventa su vida una y otra vez.

El lector, en El amante no encontrará la dosis de erotismo exarcebado de otras obras, sino que  se sentirá arrastrando hacia oscuros dominios donde el placer rinde homenaje a la búsqueda omnipotente del deseo.  En El amante el deseo se escribe con mayúsculas. Se trata de la historia de un aprendizaje, iniciática, de una joven ante el descubrimiento de su propio deseo: el sexual, por un lado, y el deseo vital de ser escritora, por otro. El descubrimiento de una feminidad, de un deseo como mujer frente a un mundo en el que se sitúa con valentía y decisión.

Ella -¿una joven y atractiva Marguerite Duras reinventada por ella misma muchos años después?- sabe en El amante lo que quiere, y sabe lo que tiene que hacer para lograrlo… Y parece como que ambos deseos: el que le impone el descubrimiento de su feminidad, y el deseo de ser escritora, confluyen en algún punto común de su existencia difícil de encuadrar en un tiempo lógico, aunque sí en el tiempo del inconsciente. Tal vez es allí donde el deseo de escribir y la escritura del deseo se funden en Marguerite Duras.

                                   Concha M. Miralles

Crónica tertuliana a “El amante”, por Alguien que estuvo allí

Fuimos dieciséis los contertulios que nos dimos cita el viernes 15 de febrero para hablar sobre “El Amante” de Marguerite Duras. Pero lo que centró la mayor parte del debate no fue el amante, sino la chiquilla del sombrero. Resultó ser un personaje difícil de definir. Su relación con el hombre chino se explicó motivada por las adversidades económicas que la llevan a prostituirse como medio de ayudar a la familia. También se interpretó como una forma de separarse de la familia y de una relación mortífera con la madre. Podrían ser contradictorias, pero ambas explicaciones parecían ser verdaderas. Un recorrido de ida y vuelta en el que se incluía tanto el salir como el volver a la familia, tanto la pelea como la complicidad con la madre.

Del amante se hizo notar que la chica no nos dice su nombre, lo cual se interpretó como una falta de amor. Asimismo se destacó el uso racista que en ocasiones se hace de él por el hecho de ser chino

El probable carácter autobiográfico del relato nos llevaba hasta la autora cuando hablábamos de la protagonista. Se habló de su relación con el alcohol y se comentó su escrito sobre el alcoholismo. También se trajo a relucir su apellido, ese Donnadieu que se borró como escritora, en cuya traducción nos entretuvimos un ratico: mujer de Dios, don de Dios, mujer Dios…, mientras alguien recordaba las escasas referencias que hay en la historia al padre de la familia.

Se trató sobre los originales recursos estilísticos presentes en la obra, sus juegos con el tiempo, ese vaivén continuo entre el pasado y el presente; la narradora, alternándose entre la primera y la tercera persona; el corte en las escenas para dar entrada a otras y volver a retomar la anterior, así como sobre el carácter fuertemente poético y visual de la narración.

A la salida de la tertulia algunos buscaron un lugar donde seguir manteniendo charla y compañía. Allí se hizo un brindis de recuerdo y despedida por alguien que nunca estuvo allí, pero que estaba entre nosotros.

Hasta siempre, Eduardo

Alguien que estuvo allí