Entrevista a Julio Cortázar, a propósito del doble de Edgard Allan Poe

Minientrada

Publicamos en el blog esta curiosa entrevista a Cortázar en la que reflexiona sobre el enorme parecido que hay entre Poe y Baudelaire. Julio Cortázar afirma que Baudelaire es el doble de Poe…

Usted me decía que el doble, para usted, es una vivencia antes que nada. ¿Puede ponerme un caso?

-Una vez yo me desdoblé. Fue el horror más grande que he tenido en mi vida, y por suerte duró sólo algunos segundos. Un médico me había dado una droga experimental para las jaquecas -sufro jaquecas crónicas- derivada del ácido lisérgico, uno de los alucinógenos más fuertes. Comencé a tomar las pastillas y me sentí extraño pero pensé: “me tengo que habituar”.

Un día de sol como el de hoy -lo fantástico sucede en condiciones muy comunes y normales- yo estaba caminando por la rue de Rennes y en un momento dado supe -sin animarme a mirar- que yo mismo estaba caminando a mi lado; algo de mi ojo debía ver alguna cosa porque yo, con una sensación de horror espantoso, sentía mi desdoblamiento físico. Al mismo tiempo razonaba muy lúcidamente: me metí en un bar, pedí un café doble amargo y me lo bebí de un golpe. Me quedé esperando y de pronto comprendí que ya podía mirar, que yo ya no estaba a mi lado.

El doble -al margen de esta anécdota- es una evidencia que he aceptado desde niño. Quizás a usted le va a divertir pero yo creo muy seriamente que Charles Baudelaire era el doble de Edgar Allan Poe. Y le puedo dar algunas pruebas, en la medida en que se puede dar pruebas de este tipo de cosas.

Primero hay una correspondencia temporal muy próxima, lo que no es muy importante pero de todas maneras tiene su sentido: porque no tiene mucha gracia imaginar que su doble haya sido un ateniense del Siglo IV, ¿verdad? Lo que le da calidad dramática a la a situación es que su doble esté ahora en Londres o en Río de Janeiro.

Baudelaire se obsesionó bruscamente con los cuentos de Poe a tal punto que la famosa traducción que hizo fue un tour de force extraordinario, ya que no era nada fuerte en inglés y en la época no había diccionarios con modismos norteamericanos.

Sin embargo Baudelaire, con una intuición maravillosa, jamás falla. Incluso cuando se equivoca en el sentido literal, acierta en el sentido intuitivo; hay como un contacto telepático por encima y por debajo del idioma. Y todo esto lo he podido comprobar porque cuando traduje a Poe al español siempre tuve a mano la traducción de Baudelaire.

Pero hay más: si usted toma las fotos más conocidas de Poe y de Baudelaire y las pone juntas, notará el increíble parecido físico que tienen; si elimina el bigote de Poe, los dos tenían, además, los ojos asimétricos, uno más alto que otro.

Y además: una coincidencia sicológica acentuadísima, el mismo culto necrofílico, los mismos problemas sexuales, la misma actitud ante la vida, la misma inmensa calidad de poeta.

Es inquietante y fascinante pero yo creo -y muy seriamente, le repito- que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas.

-Además de éste del doble, los investigadores ven otros temas, recurrentes en su obra: por ejemplo, el del incesto. Aparece en “Bestiario”, el cuento que le da titulo al libro.

-Sí, y otro ejemplo sería “Casa tomada” donde está bastante explícitamente dicho. Se trata de dos hermanos pero en alguna parte se dice “ese simple matrimonio de hermanos”, imagen que tiene bastante que ver con la relación que viven.

 

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CRÓNICA A LA CARTA ROBADA

Fuimos doce las personas que acompañamos al detective Dupin en la búsqueda de esa carta que alguien, en algún momento de la tertulia, dijo que no había sido robada, sino desviada del recorrido que le habían programado.

No pudimos pasar por este cuento sin hacer una semblanza del autor, Edgard Allan Poe, y las referencias a su vida y al resto de su obra fueron recurrentes. A su obra, dado su peculiar modo de escribir, donde todo parecía hallarse medido y pesado y nada sujeto a la azarosa inspiración. A su vida, por esa cruz a cuestas que siempre llevó y que otro de los tertulianos identificó como la letra que le faltaba al apellido POE para llegar a significar POET, poeta. Al parecer fue lo que siempre quiso ser y apenas pudo. Seguramente habría sido interesante hablar sobre el destino aciago de Poe y el de ese otro poeta que protagoniza el relato, el ministro que cargó con la carta. Pero la conversación no derivó por ahí.

Hubo asombro y desconcierto en alguno de los tertulianos por el hecho de que estuviésemos todo el tiempo hablando de una carta cuyo contenido se desconocía. ¿De qué estábamos hablando?

También hubo tiempo para recordar la historia de Atreo y Tiestes, así como la diferencia que establece Dupin  entre la matemática y la moral, entre el registro del saber y el de la verdad.

Cuando salimos a la calle la amenaza navideña ya planeaba por la ciudad. Por suerte pasaremos estas fechas protegidos por Dickens y su Cuento de Navidad. Esperemos que todo vaya bien y podamos volver a encontrarnos a la vuelta del año, en la próxima tertulia.

Alguien que estuvo allí

LA CARTA DISIMULADA. Comentario a La carta robada, de Poe. Gabriel Hernández

Si tomamos como asunto central de este relato aquél al que hace referencia su título, la carta robada, de entrada hemos de admitir que se trata de un extraño robo: el hecho tiene lugar delante del dueño del objeto y éste es incapaz de reclamarlo, defenderlo, pedir en ese momento ayuda para recuperarlo. Por el contrario, deja que otra persona se lo lleve sin poder mover un dedo para evitarlo.

Según Lacan, otras traducciones posibles del título original podrían haber sido La Carta distraída o La Carta desviada. Incluso, y tras la lectura del relato, podríamos decir que se trata de La carta disimulada o La carta disfrazada.

Es la policía la que entiende en todo momento que la carta ha sido robada, y puesto que así lo entiende, concluye que debe estar oculta, que el ladrón le ha buscado un escondite que la mantenga fuera de la mirada del que vaya a buscarla. A partir de ese momento utilizará todos sus medios técnicos y su experiencia en la recuperación de objetos robados para encontrar, no la carta, sino el escondite donde la supone oculta. Y es allí donde no la encuentra. La carta no había sido escondida, había sido disimulada, disfrazada.

Vayamos a la escena en la que el ministro se lleva la carta. ¿Qué ve en esa escena? Ve dos cosas: primero la turbación de la reina ante la presencia del rey, después el objeto que causa esa turbación, una carta que ella ha dejado caer sobre la mesa con descuido, exponiéndola a la vista de todos para dar la impresión de que no tiene nada que ocultar; en lugar de ocultarlo, lo expone, precisamente para mejor disimular ante el rey su interés por ese objeto, lo proteje afectando indiferencia. Si el rey se diese cuenta del interés de la reina por ese objeto se preguntaría  por el deseo de la reina, pregunta impropia del matrimonio regio, ya que el único interés de la reina debería ser el de servir al rey, sostenerlo en el trono, no socavar su legitimidad, y ese interés queda en entredicho si hay otro que no sea ese. La reina sólo debe ser la parte femenina del rey.

Por su parte, lo que el ministro se atreve a mirar es ese otro objeto del interés de la reina que la desajusta de su mera función de esposa del rey. Y no sólo se atreve a mirarlo, se atreve también a apropiarse de él, no sin antes haber dejado en su lugar otra carta que, verdaderamente, no tendría interés para nadie; se lleva la que el rey no podía ver y deja otra insignificante que podría ver cualquiera. Por un lado ha prestado un gran servicio a la reina alejando la carta comprometedora. Incluso podría haber sido ésta su primera intención: salvar a la reina del apuro en el que se encontraba, luego, devolverle la carta y esperar de ella recompensa por este leal servicio. Se habría portado como un caballero. Aunque también podría habérsela entregado al rey. Se habría portado entonces como un leal servidor. ¿Y a qué puede aspirar más un súbdito que a convertirse en el hombre de confianza del rey o de la reina? Cualquiera de estas habría sido la forma más ventajosa en la que el ministro podría haberse desposeído de la carta.

En su lugar, prefiere tomar posesión de la misma e investirse del poder que le da, no la carta, sino la reina. Si se hubiese tratado de sus joyas o su dinero no la habría necesitado a ella para sacarles beneficio. Pero esa carta no va sin la reina. Teniendo esa carta tiene a la reina en su poder y cree tener el poder de la reina, y será eso lo que marque su destino funesto.

Según Dupin, el ministro era tanto un matemático como un poeta, pero era más poeta. Si hubiese podido ser mejor matemático, en ese momento habría hecho un mejor cálculo de sus intereses. En lugar de eso se deja arrastrar por la verdad, la verdad sobre la condición femenina de la reina que se vehicula en la carta. Dejarse arrastrar por la verdad es más la condición de un poeta que la de un matemático, el cual, como nos indica Dupin, se ciñe más al saber, un saber circunscrito a un determinado contexto. Un matemático es alguien que sabe hacer algo con los números, pero el registro de la verdad es otro.

Una vez que ha decidido conservar la carta, en lugar de entregarla al rey o a la reina el ministro sigue sin hacer un cálculo correcto sobre el destino final de esa posesión. Tiene dos opciones: o mostrársela al rey en el caso de que la reina no atienda sus demandas, no acepte su chantaje, o no mostrársela incluso llegado a ese punto. Si llegase a hacer lo primero, la reina ya no tendría ninguna razón para ocultar que durante un tiempo ha sido chantajeada por él, lo denunciaría ante el rey y él también sería castigado. Y si no piensa hacerlo, debería haber roto la carta para que ni la policía ni Dupin la encontrasen. De esta forma podría haber seguido presionando a la reina haciéndole creer que aún poseía la carta, pero con la seguridad de que no sería descubierto.

Este personaje, que siempre es definido como un hombre de genio, brillante y audaz, parece apocarse y ver disminuidas sus facultades desde el momento en que entra en posesión de la carta. Su incapacidad para darle cualquier otra salida más provechosa para él, es significativa. Parece haber quedado maniatado por la propia carta

En este sentido se podría decir que una carta no se puede robar, porque no pertenece a nadie en particular, ni al que la escribe, ni al que la recibe, ni al que toma posesión indebida de ella. En este último caso la carta simplemente se desvía del trayecto programado por el que la escribió o el que esperaba recibirla. Una carta describe un circuito que no termina necesariamente cuando la recibe el destinatario al que va dirigida. Cualquiera que venga después puede volver a ponerla en circulación, y la carta seguirá produciendo efectos no previstos, de tal forma que todo el que entre o haya entrado en ese circuito quedará afectado de una u otra manera por lo que allí había sido depositado.

Para Lacan la carta es el signo del deseo de una mujer, y en tanto el ministro se hace cargo de ella sufre el efecto de una cierta feminización. Será incapaz de hacer con la carta otra cosa que lo que ya vio hacer a la reina; es decir, disimularla. Utiliza la misma estrategia que ella para esconder la carta: la deja a la vista de todos. Además, tal y como hizo la reina frente al rey, simulará sentirse desinteresado y aburrido con todo cuanto le rodea.

En esta actitud, que podríamos decir de bella indiferencia, lo encuentra Dupin cuando lo visita. Él ya conocía al ministro y le sorprende encontrarlo en esa actitud que no se correspondía con su carácter de persona enérgica y siempre dispuesta a aprovecharse de todo aquello que pudiese proporcionarle algún beneficio. Había adoptado una pose que no era propia de él.

Al igual que la reina frente al rey, también el ministro frente a Dupin lleva a cabo esta especie de mascarada para ocultar su turbación ante la presencia evidente de la carta.

Lo que va a resultar trágico para el ministro va a ser, finalmente, el no haber podido desprenderse a tiempo de la carta, bien sea entregándosela a la reina, al rey o rompiéndola. Podríamos decir que ese destino aciago que Dupin le anuncia al ministro en la nota que le deja cuando recupera la carta de la reina, es el que espera a todo hombre que entra en posesión del secreto de una mujer: si decide mantenerlo en su poder, se feminiza, y, si lo denuncia, él también sufrirá el castigo. Incluso aunque ese secreto nada tenga que ver con él, sino con ese Otro que en este caso es el Rey.

Gabriel Hernández García (Psicoanalista)

El ladrón poeta de la carta robada y la poesía robada a la razón en Edgard Allan Poe

Cuando todavía no existía la palabra detective, Edgard Allan Poe inventa un personaje, Auguste Dupin, un investigador –no profesional- que haciendo uso del raciocinio y combinando inteligencia con creatividad resuelve tres casos de muertes y robos, escritos en tres cuentos independientes conocidos como La saga o la trilogía Dupin:”Los crímenes de la calle Morgue” (1841), considerado como el primer relato policial, “El misterio de Marie Rogêt” (1842) y “La carta robada” (1844).

No se sabe a ciencia cierta qué pudo inspirar en Poe el apellido Dupin, pero parece provenir del inglés duping, engañar o timar. El caso es que este personaje sentó las bases para la creación de otros detectives de ficción que pronto cobrarían fama internacional, como Sherlock Holmes, y estableció los elementos clave del género policial.

El detective Dupin guarda memoria exacta de sus anteriores casos resueltos. Así, en La carta robada” recuerda datos de Los crímenes de la calle Morgue” y del caso  Marie Rogêt, lo que le otorga mayor realismo y credibilidad, al tiempo que conecta los relatos entre sí. En “Los crímenes de la calle Morgue”, Dupin investiga el asesinato de una madre y su hija en París. El mismo personaje investiga otro asesinato en “El misterio de Marie Rogêt”. La historia se basa en la verdadera historia de Mary Rogers, una vendedora de cigarros de Manhattan cuyo cuerpo fue encontrado flotando en el Río Hudson en 1841. Por último, en “La carta robada”, Dupin investiga el lugar donde se esconde una carta que le fue robada a la reina de Francia. Poe calificó a esta historia como “quizá, mi mejor historia del raciocinio”.

Movido por el afán de obtener una recompensa económica, para hallar la carta robada Dupin se identifica con la forma de pensar del ladrón –un poeta- para el que no valen de nada los rigurosos métodos tradicionales de la investigación policial. Dupin se adentra en la mente del ladrón-poeta, sabiendo que éste es capaz de burlar con su capacidad creativa, de ilusionista, las sesudas y milimétricas pesquisas de la policía y que es preciso jugar con sus mismas armas de imaginación y originalidad para descubrirlo. Pero nada será improvisado para el verdadero artífice de este juego, el autor, Edgard Allan Poe, que es el que mueve los hilos de ese entramado perfecto que combina la lógica científica con la imaginación artística, de forma que convierte a Dupin en un sagaz observador, capaz de prestar especial atención en aquello que nadie nota, como un simple gesto de inquietud o indecisión, el rostro arrebolado de una dama, un mínimo detalle, una casual o involuntaria palabra… Dupin es retratado como una deshumanizada máquina de pensar, un hombre cuyo único interés es la lógica pura, pero para encontrar la carta robada defiende que no seguirá la forma de pensar de un matemático, sino que debe identificarse con la forma de pensar de un poeta.

Para Edgard Allan Poe, la máxima expresión literaria era la poesía, y aunque su éxito no se debió tanto a ella como a sus cuentos, a la poesía dedicó sus mayores esfuerzos. Su primer libro publicado, “Tamerlan y otros poemas” -1827-, fue de poesía y suyos son los poemas “El cuervo” (The Raven, 1845), donde su dominio del ritmo y la sonoridad del verso llegan a su máxima expresión, “Las campanas” (The Bells, 1849), que evoca constantemente sonidos metálicos, “Ulalume” (1831) y “Annabel Lee” (1849) –que Joan Baez y Enrique Bumbury versionaron en sendas canciones. Fue éste poema, “Annabel Lee”, lo último que escribió Edgar Allan Poe, días antes de su muerte. Cuatro días antes de morir, el 3 de octubre de 1849, Poe fue encontrado en las calles de Baltimore en un estado delirante. ¿Alcohol?, ¿drogas?, ¿suicidio?, ¿asesinato?, ¿cólera?, ¿sífilis? Todavía se discute la causa exacta de su muerte, y éste desconocimiento ha puesto una aureola de intriga en torno a la figura del autor de los mejores cuentos de terror y misterio que se han escrito.

En 1850, un año después de su muerte, se editan sus ensayos críticos y estéticos “El principio poético”. En él trata de explicar, desmenuzándolo, el proceso de creación de su poema “El cuervo”. Se extraña Poe en este trabajo de que ningún escritor se haya atrevido antes a describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización. Escribe:

Quizá la vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa que justifique esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición extática; experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público echar una ojeada tras el telón, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos. La verdadera decisión se adopta en el último momento, a veces sólo como en un relámpago y que durante tanto tiempo se resiste a mostrarse a plena luz, el pensamiento plenamente maduro pero desechado por ser de índole inabordable, la elección prudente y los arrepentimientos, las dolorosas raspaduras y la interpolación. Es, en suma, los rodamientos y las cadenas, los artificios para los cambios de decoración, las escaleras y los escotillones, las plumas de gallo, el colorete, los lunares y todos los aceites que en el noventa y nueve por ciento de los casos son lo peculiar del histrión literario.  No se me podrá censurar que salte a las conveniencias si revelo aquí el  modus operandi con que logré construir una de mis obras. Escojo para ello El cuervo debido a que es la más conocida de todas. Consiste mi propósito en demostrar que ningún punto de la composición puede atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla avanzó hacia su terminación, paso a paso, con la misma exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema matemático”.

Poe sabe que la poesía tiene dos caras, la que emociona y toca el sentimiento del lector, tan pura e inocente en apariencia, tanto más meritoria cuanto más ocultos se encuentren los enrevesados mecanismos y artificios de su creación. Poe no cree en la improvisación, ni  en el éxtasis del poeta por una intuición; no cree que la inspiración baste para construir un buen poema. Por el contrario, estaba absolutamente convencido y quiso demostrar que la poesía, al menos la “mejor” poesía, debía cimentarse en los principios que rigen el pensamiento analítico. Cada palabra, la propia estructura, la elección del argumento… todo debe ser medido y sopesado con exactitud milimétrica; nada debe dejarse al azar ni a la intuición.

Poe era capaz de hacer poesía siguiendo las leyes y principios de un pensamiento matemático; era capaz de llevar las matemáticas a la poesía, de convertir su esencia en esencia poética a partir de la manipulación apropiada de cualquier situación o experiencia. Al menos, que él reconozca, eso fue lo que hizo conscientemente cuando escribió su poema “El cuervo”. Por eso, el detective Dupin, maestro del engaño y del timo, también es capaz de reducir a su mínima expresión el pensamiento del ladrón-poeta de la carta robada, y cuando lo hace todos los elementos de su deducción resultan tan simples y tan evidentes como los de la poesía, porque ésta, según estos principios de Poe, no precisa necesariamente de exóticos paisajes y de estados de ánimo cargados de melancolía, sino que bien trabajada puede encontrarse en cualquier escena cotidiana, en los sentimientos más sublimes y también en los más deleznables, en la sombra de un pájaro de negro plumaje y en el infinito mundo de lo cotidiano…, como por ejemplo dentro de un viejo y destartalado tarjetero.

Concha M. Miralles

El comentario de Juan Serrano sobre La carta robada

Con estas palabras Juan Serrano nos envía su comentario sobre La carta robada, de Edgard Allan Poe: “Esto es lo que, después de leer y compartir La carta, he subido al blog. Como siempre, un punto de vista desde la iletralidad y por supuesto, discutible”. Juan Serrano

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