El silencio de Mario

¿Cómo es posible estar hablando durante cinco horas con un muerto como si estuviese vivo?

La vida de Mario está en el discurso de Carmen. También está “en el libro y en el suéter negro que reventaban sus pechos agresivos”. Para ella él aún no está muerto del todo; lo dice al principio, durante el funeral, mirándose el suéter ajustado: “estos pechos míos son un descaro, no son pechos de viuda”. Aún no son pechos de viuda, pero es sólo cuestión de tiempo, de cinco horas. Mientras tanto, se resisten a cubrirse de luto “estos pechos míos no son luto ni cosa que se le parezca”. Palpita allí un deseo culpable cuyo sostén debería seguir siendo Mario, o dicho de otra forma, el fantasma de Mario. Pero si Mario se muere del todo, de ese deseo culpable sólo quedaría la culpa, por eso hay que seguir manteniéndolo con vida. Carmen necesita que le haga un último favor, que la perdone y se lleve con él su culpa.

El problema es que Mario lo hace todo a destiempo. Le pide que se desnude cuando ella ya no es joven, y siempre elige el día más inadecuado para hacer el amor. Hasta para morirse parece haber elegido el momento más inoportuno, antes de tiempo. Lo cierto es que Carmen y Mario nunca estuvieron a tiempo de nada

Carmen necesita cinco horas de preámbulo antes de empezar a contarle a su marido lo que realmente le preocupaba y quería contarle: que cedió a los abrazos de otro hombre y ahora ya no le es posible seguir reconociéndose en la imagen idealizada de mujer honrada y de perfecta casada.

Las cinco horas de conversación tienen una única función: preparar el momento de esta confesión. Durante ese tiempo Carmen va tejiendo una tupida red de justificaciones con las que disculpar ese acto final, y de pruebas en las que se demuestre, sin lugar a dudas, que ella es una mujer de principios, que no es una cualquiera, que no tiene nada que reprocharse; han sido muchas las ocasiones en las que los hombres le han mostrado un interés  que ella ha dejado pasar de largo, a pesar de los sofocos, palpitaciones, enrojecimientos y demás signos del deseo que aquellas palabras y miradas le provocaban. Sin embargo, cuando finalmente llega al momento de la verdad, ninguna de aquellas razones sirven para amortiguar su caída. Para Carmen es una cuestión de vida o muerte poder conseguir el perdón de Mario, de vida o muerte de esa imagen idealizada de sí misma, de ese espejito mágico donde se contemplaba y que ninguno de los avatares del deseo podía venir a empañar.

Carmen siempre se resistió a las tentaciones de una sexualidad desordenada e ilícita -ella no es como su hermana Julia-, pero si a eso le sumamos la debilidad de su interés por aquella otra encuadrada en la legalidad matrimonial, se nos plantea una interrogante sobre sus condiciones deseantes. Está claro que le gusta sentirse deseada por los hombres, y en este sentido se queja de la falta de interés de su marido, pero le cuesta ir más allá; siempre hay un motivo de más o de menos para que su propio deseo no aparezca en respuesta al deseo del otro, para que no sea posible una entrega plena.

Y, sin embargo, un desliz amoroso, que ella jura y perjura a Mario que no llegó ni tan siquiera a consumarse, la sume en un profundo abatimiento y echa por tierra todo el edificio de virtud, principios y renuncia construido no sólo durante sus veinticuatro años de matrimonio, incluso desde antes, desde la primera vez que se sintió mujer en la mirada o en el decir de un hombre.

Podríamos pensar que se trata de una culpa demasiado mortal para un pecado demasiado venial, sobre todo si este juicio lo llevásemos a cabo como hacían los egipcios –también los cristianos-, mediante la psicostasis o pesaje de las almas.

Durante sus cinco horas de conversación con Mario, Carmen pasa revista a su vida y va atiborrando el platillo de las obras buenas, esas que te llevan al cielo, convencida plenamente de que ha cumplido con sus deberes de madre y esposa. En el otro, el que la podría llevar al infierno, no pone prácticamente nada, sólo el deseo, muy respetable y natural en una mujer, de gustar a los hombres. También algún momento de placer, “que es nada –dice la protagonista-, que yo, las más de las veces, ni me entero”. Y, sin embargo, se siente abrumada por la culpa.

Podríamos pensar que lo que pesa en el platillo de las obras malas es, precisamente, la nada que allí coloca. Ese platillo esta rebosante de renuncias, y eso también tiene todo su peso a la hora de la culpa.

Traemos en este punto la pregunta que Lacan dirige a lo más íntimo del sujeto: ¿Has actuado en conformidad con tu deseo? Porque según él, uno sólo puede sentirse culpable de no haber actuado en conformidad con su deseo, de haber cedido en su deseo.

Mario leía la Biblia, y seguramente de ahí sacaba algunos de los preceptos con los que intentaba dirigir su vida. Por su parte, el evangelio de Carmen eran los dichos parentales, sobre todo los de su madre. Esos dichos, plenos de sabiduría constituían su regla de vida. Pero hubo uno al que Carmen no le prestó suficiente atención. Cuando se hizo novia de Mario, la madre le advirtió: no confundas el amor con la compasión. Carmen se casó con un hombre al que no amaba, y ese acto, no conforme a su deseo, forma parte de su culpa

En el último capítulo, Carmen le pide perdón a Mario por haber deseado a otro hombre; más aún, por haber deseado durante toda su vida otro tipo de hombre distinto de aquel con el que finalmente se casó. De aquella aventurilla amorosa que finalmente le confiesa a Mario, no es el acto que no hubo lo que la culpabiliza, sino el deseo que sí hubo, y lo que la pone en la evidencia de ese deseo es que no fue ella, sino el hombre, quien puso fin a aquella escena amorosa. Carmen intenta restarle importancia: “Si Paco no hubiese reaccionado hubiese reaccionado yo… Yo se lo iba a decir y él se me adelantó.” Lo cierto es que la salida precipitada del hombre inevitablemente la deja en la incertidumbre. Nunca podrá estar segura de si ella hubiese sido capaz de cortar aquella relación, porque lo que sí ha experimentado Carmen es que su deseo estaba puesto allí, en ese otro tipo de hombre del que toda su vida había estado huyendo.

Podríamos decir que ese fue también el momento de la verdad para Carmen, el momento de la verificación de su deseo, de que no se trataba de una ilusión, un sueño, un anhelo, un señuelo, sino que allí se estaba poniendo en juego algo que tenía que ver con la verdad de su deseo, una verdad que llega pidiendo confesión y perdón.

Una vez muerto Mario, Carmen ya no sabe dónde colocar su culpa. Le urge desprenderse de ella, pero su demanda de perdón chocará frontalmente con el silencio desesperante de Mario, un silencio que viene a significar que la absolución por ese tipo de culpa no te la puede dar nadie.

Es a partir de esa falta de respuesta y de mirada, cuando el cuerpo de la protagonista parece someterse totalmente al luto riguroso de una pérdida irreparable: “Carmen está doblada por la cintura, como entregada, como si los pechos que empujan tercamente el entramado de lana negra, y que siempre ha soportado gallardamente la pesasen ahora demasiado.

                                                                   Gabriel Hernández

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Crónica de la tertulia a “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes

El viernes 19 de octubre, a las siete de la tarde, el cielo estaba encapotado. Amenazaba lluvia, cuando iniciamos la tertulia sobre “Cinco horas con Mario”, amenaza que se fue consumando a medida que avanzaba la tardenoche. Eso, unido a la coincidencia horaria con otros eventos culturales que se celebraban en la ciudad, hizo que al principio de la reunión sólo estuviesen seis personas. Por suerte, poco a poco, acudieron más hasta formar un grupo de doce.

En las paredes de La Azotea, esta vez, la exposición “Fabrica de ruinas”, de Fernando Ordoñez, interesantes pinturas, entre urbanas y oníricas, que conformaban un fondo propicio para hablar de literatura.

La disposición de las mesas y sillas era otra, diferente, como más informal. Me pedí un botellín de agua, otros tomaban café, refrescos… Mis intuiciones fueron ciertas: algunos de los habituales no habían podido ir, pero, en cambio, esta vez se sumaron a la tertulia caras nuevas, voces nuevas con interesantes puntos de vista.

Para algunos, se trataba de una obra pesada y antipática, dos de los caracteres que mejor definían a Carmen, la protagonista. A otros, sin embargo, les resultó una  obra apasionante. Para la mayoría esta lectura suponía el  reencuentro con un vieja conocida, una obra leída muchos años atrás, incluso que habían visto representada en el teatro.

Los temas más recurrentes sobre los que se centró el diálogo fueron:

-La ideología de la época en la que fue escrita la obra, vista siempre desde la óptica del discurso de Carmen. Allí se dibujaba en anti-ideal lo que por nada del mundo a uno le gustaría ser.

– El erotismo, la sexualidad y el dinero (estos dos últimos temas traídos a propósito de una conferencia de Carmen Martín Gaite sobre esta obra –colgada en este mismo blog-).

– Se debatió sobre la infidelidad y el sentimiento de culpabilidad de Carmen, así como su desesperada necesidad de obtener el perdón de Mario.

-Se habló sobre el Edipo de Carmen, a raíz de la fuerte influencia que tienen los padres de ésta en su discurso.

– Se destacaron recursos estilísticos y literarios importantes en esta obra, como el uso del monólogo, el espacio, el tiempo, el uso de bucles o repeticiones, en estructura y contenido, que actúan a modo de estribillo…

– Se plantearon interrogantes sobre el carácter de Mario, sobre la relación entre el erotismo y la muerte, y hasta se leyó un poema escrito desde la inspiración inconsciente de esta obra, que su autora descubrió a raíz de la relectura de la misma. Un hallazgo que relaciona si cabe más el psicoanálisis con la literatura.

Era la hora de terminar, pero nadie se levantaba de su sitio. La tertulia había ido creciendo en intervenciones y el debate transcurría con saludable intensidad y riqueza de apreciaciones; había ganas de continuar.

Después de más de dos horas debatiendo sobre el libro aún quedaban muchas cosas por decir, por analizar, por descubrir en el discurso desgranado de Carmen. Seguramente, ni cinco horas más de tertulia hubieran puesto punto y final a todo lo que, desde la literatura y el psicoanálisis, todavía se podía decir y compartir de “Cinco horas con Mario”.

Alguien que estuvo allí

Los tiempos de un poema: un autodescubrimiento literario

Era una adolescente de diecisiete años cuando leí por primera vez “Cinco horas con Mario”. La presión de figurar como lectura obligada en el plan de estudios del curso que entonces yo hacía, C.O.U, y de tener que estudiarlo en profundidad, porque podía entrar en el examen de las pruebas de acceso a la universidad, no impidió que esta obra me cautivase de principio a fin, desde su inicio tan poco habitual, con una esquela mortuoria, hasta su página final, después de cinco horas de conversación entre la viuda recién inaugurada y el impertérrito esposo de cuerpo presente.

Reconocí de inmediato que aquello era LITERATURA –con mayúsculas- y, al igual que ya me había ocurrido con las obras de Kafka, me llenó de una especie de ilusión y esperanza vislumbrar que  la literatura era un espacio con una reglas muy peculiares y amplias, donde piezas tan originales tenían un lugar privilegiado y propio, porque  la forma de decir podía aliarse consustancialmente con lo que se quería contar, de manera que forma y contenido se unían para componer una obra de arte en su totalidad. Hacía tiempo que yo había experimentado que la literatura era un juego de habilidades imprecisas, movido por hilos de una sabiduría que se regía por unas normas ocultas, diferentes a las de la inteligencia propiamente dicha, pero libros como aquel me demostraban, además, que el descubrimiento de esas reglas ocultas podía convertirse en un reto y en un disfrute en sí mismo.

Recuerdo que este libro me gustó, tuvo algo de especial para mí, pero acabado de leerlo también yo creía haberle puesto mi punto y final. Hasta hace unas semanas, “Cinco horas con Mario” había permanecido durante más de 32 años en ese estatus de obra que dejó un buen sabor de boca, durmiendo sin ningún contratiempo en los estantes de mi memoria literaria.

Cuando se decidió llevar esta lectura a la tertulia de “Deletreados” me alegró tener de nuevo la oportunidad de encontrarme con ella después del tiempo transcurrido. Sé, por experiencia, que ese reencuentro después de los años trae nuevos y curiosos descubrimientos, que a veces resitúan el libro en cuestión en una escala de valores muy diferente a la que de ellos se tenía. Sin embargo, el descubrimiento en esta ocasión ha sido en otro sentido.

Hará unos siete años que escribí un poema, La viuda, publicado en 2007 por la Editorial Torremozas dentro del poemario titulado “Libertad condicionada”. Escribí ese poema porque sí, porque me salió de no sé dónde y me quedé tan a gusto después de terminarlo. Eso creía yo…, pero resulta que no, que los caminos del inconsciente son muy sabios y siempre saben dónde conducen y por dónde nos llevan y nos traen, aunque nosotros lo ignoremos. Igual que los sueños, esos caminos también encuentran en la literatura fuentes llenas de agua fresca para calmar la sed de decir.

Fue al releer una escena del libro, donde Carmen alude con desconcierto a “esos pechos que no son pechos de viuda”, que se resisten a caer bajo el luto por un marido recién muerto. Reconocí de pronto, con un escalofrío que me recorrió entera, que mi poema “La viuda” salía de allí, de esa habitación, de esa escena mágica donde sentí que se mezclaba de una forma soberbia el erotismo con la muerte. Habían pasado 26 años desde que leí ese libro hasta que escribí el poema, y no tenía ni la más remota idea de que ambos estaban relacionados de algún modo.

No sé si hubiera hecho este autodescubrimiento literario –y personal- alguna vez por otros medios diferentes, de no haber sido releyendo de nuevo esta obra. Lo cierto es que, después de tantos años y vida recorrida, me ha sorprendido reconocer que lo que verdaderamente nos impresiona tiene la virtud de conservarse intacto durante el tiempo que sea necesario, hasta que encuentre el momento y la forma más adecuada de expresarse. Hasta que llegue su momento oportuno. Y esa es una de las reglas del inconsciente. Y, por lo visto, también de la literatura…

LA VIUDA

La viuda regresó sola a la casa.

Con los ojos hinchados

y el cabello en desorden

la mujer sólo quería descansar,

dormirse de sueño largo y frío.

Hasta olvidarse,

ebria de pérdida,

quebrada de dolor.

No despertarse nunca,

¿para quién?…

Su cuerpo apenas

era otra cosa que prisión.

Cerró la puerta, las ventanas,

apagó las luces.

La oscuridad era tan nueva

que apretaba en todas partes.

Pero debía acostumbrarse,

sobre todo a la habitación

con la cama que fuera de los dos.

La falda negra resbaló ligera

hasta la alfombra.

Se quitó el resto del luto:

la blusa, poco a poco.

Los zapatos rodaron como cuervos cayendo.

Las medias negras le habían marcado

una línea roja en los muslos blancos.

Sintió alivio al bajarlas con cuidado.

El sujetador -cómo estuvo-, era violeta.

Una espina de culpa se clavó en sus pechos

y provocó la erección de sus pezones.

Indeseada, inexplicable, inapropiada.

Enrojeció, aunque no fuera consciente.

El ojo de la cerradura, de pronto,

se abrió y miró a la viuda atento, 

sin parpadear siquiera.

                                                                  Concha M. Miralles

El fracaso de un ideal de amor

“El fracaso de un ideal de amor”

 Algunos apuntes sobre la novela “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes.

 El título de la novela, pareciera un desplegable, pues ni son cinco horas, sino toda una vida, ni tampoco es posible estar con Mario, pues Mario está muerto, de forma que a lo largo de la novela, Carmen, la protagonista, habla sola, y quizás más que hablar sola, se escucha.

La estructura literaria de monólogo que tiene la novela  viene determinada por lo que Delibes quiere contarnos en ella. Por un lado Carmen,  la viuda de Mario, se dice a sí misma lo que no puede contar a nadie, sus frustraciones matrimoniales y sociales, su insatisfacción sexual y sobre todo su infidelidad. Por otro lado el presentar a Mario muerto le permite a Delibes dos cuestiones. Una es sabotear la censura de la dictadura franquista de los años sesenta expresando la ideología progresista de Mario,  no de una forma directa, sino a través de las críticas y quejas de Carmen. Ideología que según el mismo autor reconoció, tiene un claro carácter autobiográfico. De esto da testimonio la coincidencia entre las iniciales del autor MD y las del protagonista Mario Díez.

Es a través de las desavenencias conyugales, de la incomprensión y de la incomunicación entre Mario y Carmen como Delibes nos va dando a conocer a sus personajes. Él, un catedrático de instituto y escritor de ideología progresista con un gran interés por los problemas sociales de su época. Ella, una mujer de familia burguesa de ideología conservadora y reaccionaria pero con un  gran erotismo y atracción por los hombres.

Esta distancia entre los personajes y sus desencuentros muestran lo que de ambas posiciones en la vida no funciona, lo imposible para cada uno de ellos. En Mario su falta de libertad para expresar sus ideales, su asfixia ante la censura franquista, sus inhibiciones sexuales, su falta de pragmatismo en la vida y su carácter melancólico, de lo que tanto se queja Carmen. Por parte de ésta, su incapacidad para entender la vida de otra manera que repitiendo los ideales heredados por su familia y los de la ideología y la moral dominante en ese momento en España. Hasta finales de los años ochenta era la Sección Femenina la institución  encargada de transmitir las consignas falangistas y franquistas que reservaba a las mujeres el destino obligatorio de casarse y tener hijos y hacerlo con total dedicación y sacrificio. Pero las quejas y las frustraciones sobre las que el personaje de Carmen vuelve una y otra vez a lo largo de toda la novela nos muestran  el fracaso de ese ideal de amor.

Es significativa la insistencia de Carmen en su propuesta a Mario para que escribiera una novela sobre un hecho real  protagonizado por un tal Máximo Conde, un hombre que abusa de su hijastra. Este detalle sumado a la gran admiración y devoción incondicional que Carmen tiene por su padre me lleva a interpretarlo como la realización fantasmática de su propio deseo incestuoso hacia su padre, por supuesto reprimido y por ello inconsciente.

Respecto a la infidelidad, Carmen, ya en el primer capítulo, nos habla de Paco y su tiburón rojo y muy poco a poco, capítulo tras capítulo va  añadiendo detalles de esos encuentros, pero sin revelar nada cierto hasta el último capítulo en el que confiesa su total abandono en los brazos de Paco. Haber dado rienda suelta a su deseo le genera una gran culpa, y por primera vez en toda la novela Carmen tiene dudas morales y le suplica a su marido que la entienda y la perdone. Quizás su empeño  a lo largo de la novela en criticar y desvalorizar a su Mario, así como sus celos tenga el fin de justificar su propia infidelidad y calmar su culpa.

 Mª Cruz Alba Castaño

TERTULIA 3. Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes

Minientrada

NUEVA FECHA PARA LA TERTULIA 3: VIERNES, 19 DE OCTUBRE DE 2012, A LAS 19 HORAS.

Obra literaria: Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes.

Aclaración: Esta tertulia, que en principio estaba prevista para el 28-09-12, hubo que posponerla debido a las fuertes lluvias ocurridas ese día que impidieron a muchos de los participantes su asistencia. Lamentamos este incidente y pedimos disculpas por las molestias ocasionadas.