Bartleby y el que escribe, por Antonio J. Villahermosa

 

 

Pretendo indicar con este título, que en el relato de Herman Melville, Bartleby el escribiente, lo que hay es: un nombre, Bartleby, y un sustantivo, el escribiente; pero este sustantivo no pertenece al nombre, sino que alude a otro nombre que está elidido, ausente,  y que se refiere al que escribe; es decir, al narrador, al que cuenta la historia, su historia.

Entiendo que es esto lo que subyace en el texto de Herman Melville: hay “alguien”, casi podríamos decir, hay “algo”, Bartleby, y luego un sujeto, que queda epatado, impactado, por ese “alguien” o ese “algo”. Y será, tras el impacto causado por el encuentro con ese “alguien-algo”, lo que a ese sujeto, le hará escribir; escribiendo, así, sobre sí mismo.

Y esto es lo precioso del relato de Herman Melville, que nos hace creer que el narrador escribe acerca de ese “alguien-algo” que es Bartleby, cuando, realmente, está escribiendo sobre sí mismo; siendo el narrador el escribiente de  sí.

Esta construcción literaria de Herman Melville, articulada alrededor de ese “alguien-algo” Bartleby, hecho personaje, producirá numerosísimos estudios de distintos autores tratando de dilucidar que significa dicha construcción; es decir, impactados ellos también; pero, insisto, no necesariamente por el texto de Herman Melville, sino por esa construcción literaria encarnada en ese “alguien-algo” que es Bartleby…

A mi modo de entender, ¿qué ha construido Herman Melville?:

Primero, desde el título, Bartleby el escribiente, lo que   decíamos: no hay en ese título, UNO…sino que convergen en él, DOS: ese “alguien-algo” que es Bartleby, y el narrador, el que escribe, el escribiente.

Veamos y juguemos un poco con esto: el texto que yo tengo del relato de Herman Melville, es de “Alianza Editorial”; pues bien, en él, no hay ningún momento en que aparezca la “COMA”, entre el nombre Bartleby, y el sustantivo, el escribiente… ¿por qué?… no sé en otras traducciones pero en el mío es así. En cuanto al original está escrito así: “Bartleby the Scrivener”. En fin, esto de que no aparezca la coma, me parece significativo.

Sigamos y juguemos ahora con los significantes que están inscritos-escritos en ese título: Bartleby, el escribiente:

  • En castellano, ¿qué pasaría si deslizáramos un

poquito la “y” final del nombre?, quedaría así: “Bartleb y el escribiente”.

  • Y si lo planteamos en inglés: si deslizamos un poquito

ese “by” final del nombre, quedaría así: “Bartle by the Scrivener” ; ese “by”, en inglés se traduce por, “por”; y quedaría: “Bartle by- por  el escribiente”.

En fin, son pequeños juegos con el  lenguaje, sí; pero veamos como nos lo platea Herman Melville, por boca, del narrador; éste, en su relato, dirá:… “a lo largo de los años de experiencia laboral, pude escribir sobre tal o cual amanuense o copista… disponía de datos… de biografías…etc”. Pero no lo hace; entonces, ¿para qué esperar a que aparezca Bartleby, del que nada sabe, nada, del que no tiene biografía ninguna, nada, para escribir?. ¿Cómo entender esto?, pues porque si hubiesen datos, biografías, tendría que “escribir del otro”… no habiéndolos, y rebotando, como decíamos, en ese “punto opaco”, al narrador sólo le queda escribir de sí mismo, ser el escribiente de sí.

Veamos un poco más todo esto: de Bartleby sabemos de su aspecto sobrio y de su infinita soledad. Jorge Luís Borges dirá de lo primero que es un rasgo identificable del propio autor, la sobriedad; del segundo, dirá que la soledad del personaje es una constante en la azarosa vida de Herman Melville, además de un tema recurrente en su literatura. ¿Pero qué sabemos con certeza de Bartleby?: que, conforme vamos leyendo el texto, todo está supeditado a una frase-respuesta para todo:…” preferiría no hacerlo…”y en este posicionamiento, de más en más hasta el final: la muerte del personaje por Bartleby por inanición.

Este único color en la paleta, este  punto absolutamente opaco que es Bartleby, será lo que epatará en el narrador, y le hará como decíamos, escribir sobre su propio apocamiento, sobre su falta de decisión, sobre su dificultad para resolver, sobre su rabia, sobre su simpatía, sobre su antipatía, sobre su  posibilidad de ayudarle, sobre su compasión…etc. hasta llegar a esa idea final que la de sostener a Bartleby como una imposición divina, para más gloria de él.

Y todo esto porque Bartleby, la construcción de este personaje, de este “alguien-algo”, está radicalmente, absolutamente, como decíamos, construido sobre un solo eje: no responder a la demanda del otro: ser insondable para uno… y es por eso que pedimos, queremos que Bartleby hable, porque si así lo hiciera, se haría demandante; es decir, deseante; disipando, en cierta medida, nuestra propia angustia. Pero no lo es, ni demandante ni deseante… es por ello, que para distintos autores, este personaje de Bartleby, es identificable con la figura del autismo o de la psicosis. En cualquier caso, esta opacidad del personaje, hace que seamos nosotros quienes nos tengamos que poner en juego.

– segundo: otro aspecto fundamental del relato de Herman Melville, es el escenario que construye. Es un escenario en el que, prácticamente, se desarrollará la totalidad del relato: se trata del despacho, de la oficina, del narrador, de un abogado. Veámoslo, pero pensémoslo haciendo el ejercicio de pintarlo sobre un papel: es un rectángulo: se abre la puerta de entrada por uno de los lados cortos y en una primera estancia aparece: a un lado, la madurez, TURKEY (un personaje cercano a los 60 años), al otro, la juventud, NIPPERS (sobre los 25 años), y  por último GINGER NUT, lo infantil; éste tiene la mitad de edad que NIPPERS y este último a su  vez, la mitad de edad de TURKEY: infancia, juventud, madurez. Curioso ¿no?. Lo infantil está más o menos alejado, entrando y saliendo; saliendo y entrando; GINGER NUT es el niño de  los recados. Luego, la juventud y la madurez, en esa alternancia de a dos, en la que, cuando uno desaparece, aparece el otro, y cuando el que había aparecido, desaparece, aparece el que antes no estaba… así, Herman Melville jugará con esa estructura, con esa construcción bipolar. Entonces, ¿hay tres personajes?.

Sigamos, y sigamos dibujando sobre el papel: en la  parte central del rectángulo, una puerta, que da acceso a la segunda estancia; allí al fondo la mesa del despacho del narrador, del abogado, como punto central; y en un ángulo de esa estancia, y oculto tras un biombo Bartleby. Es decir, dos personajes, ¿no? así, en total ¿cuántos personajes hay en el despacho?: cinco, tres en la primera estancia, y dos en la segunda; ¿estamos seguros de eso?. ¿Y si lo vemos así?: hay un sujeto que cuenta una historia, su historia, el narrador, el abogado; a su lado, algo que está oculto, opaco… un poco más allá algo que aparece cuando otro algo desaparece y viceversa: la juventud y la madurez; y por último algo que entra y sale que está y no está, la infancia. Ahora ¿cuántos son?; ¿cuántos hay en uno? En fin…

-tercero: acabo con este planteamiento que, a mi me lo deja ver la construcción del texto de Herman Melville: pienso que hay algo a la vez cómico y trágico: supongo que  os habréis dado cuenta de lo siguiente: a tres de los personajes, los conocemos por sus motes, por sus apodos; a otro de los personajes, lo conocemos por el nombre, Bartleby, pero que precisamente es del que nada sabemos; y otro personaje del que no sabemos ni su nombre ni su mote, sólo que es el narrador.

Por último, ¿sabríamos llegar, localizar, el despacho del abogado si anduviéramos por Wall Street?: juguemos, de nuevo, con los significantes: en el texto, el narrador, el abogado, dice explícitamente: …”mis oficinas ocupaban un piso alto en el número X de Wall Street…”. Parecería entonces que si, ¿no?…pero se me antoja que esa “X” más que referirse a un número, el díez, es realmente, una X, es decir, una incógnita.

Jorge Luís Borges decía que Herman Melville, trataba de encontrar claves para el enigma del universo… una podría ser, entonces, esta:

“porque hay un Bartleby en cada uno de nosotros, es que somos Bartleby para los otros…” ¿entonces?

Tal vez esto sea lo que Herman Melville se plantea al final de su relato, cuando lo acaba diciendo:

…¡ Oh Bartleby!… ¡Oh Humanidad!…

Antonio J. Villahermosa -Psicoanalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crónica tertuliana.”Bartleby el escribiente”

Lo primero fue dar la bienvenida a las personas que acudían por primera vez a nuestra tertulia, hecho que nunca pasa desapercibido y siempre tiene alegres efectos reforzantes sobre el deseo de continuar.
Lo siguiente ya no fue una sorpresa, sino algo premeditado; se leyó el comentario sobre “Bartleby el Escribiente” que Alberto Estévez publicó en Liter-a-tulia hace poco más de cinco años (http://liter-a-tulia.blogspot.com.es/search/label/MELVILLE%20-%20Bartleby%20el%20escribiente). Con ello concluyó el homenaje que bajo el título “Leyendo con Alberto” ha dedicado esta tertulia a su forma de ser, de leer y de escribir. .
Bartleby pasó de contertulio a contertulio sin que ninguno fuese capaz de retenerlo. Era como un trocito de hielo que se derrite en las manos al calor de las interpretaciones y explicaciones que intentaban contenerlo. Luego, Bartleby ya era agua que se escurría entre las manos, agua que sólo parecía volver a solidificarse en los fríos paréntesis de silencio abiertos entre los comentarios que se sucedían. De allí era de nuevo rescatado por otro contertulio, para volver a diluirse entre esas nuevas manos y al calor de nuevas palabras.
Al final los contertulios se interpelaron entre ellos: ¿qué habrías hecho tú con Bartleby? Lo cierto es que todos se mostraban comprensivos con el abogado y entendían su perplejidad, su incertidumbre y el permanente conflicto que le suponía el manejo de este empleado. ¡Qué hacer con Bartleby! Parecía una cuestión alarmada y alarmante, hasta que poco a poco fue serenándose y tomando una forma casi bartlebyana: ¿por qué hacer algo y no nada? Tal vez lo mejor hubiera sido dejar hacer a Bartleby y uno mismo preferir no hacer nada con Bartleby.
Alguien que estuvo allí

(Murcia. Café Zalacaín. Viernes 12 de febrero de 2016)