El baile, de Irene Nemirovsky “…Si, pero ¿con qué música y qué letra?” Por Antonio J. Villahermosa

Baile. música y letra salen de la articulación  significante: El baile; “el” (otro) “va y  le” … hace… le dice

          “El baile” es, básicamente, un baile entre una madre y una hija, su hija. Es un baile en el que las protagonistas bailan, a ratos, muy “pegadas” y a veces a distancia; pero en ambos casos con pasmosas consecuencias.

         “El baile” ya había empezado mucho antes de que a la Sra. Kampf,(*) Rosine, se le ocurriera la idea de hacer los preparativos de un baile, en su casa, al que invitaría a la “crème de la crème” del todo Paris; ellos que provenían de una clase modesta y ahora estaban en la cresta de la ola parisina.

(*) Es interesante  pensar que la autora haya puesto el apellido Kampf a sus protagonistas, ya que, Kampf del alemán, es “lucha”; pertenecer a esa clase social de la aristocracia había sido su ideal, su lucha… y se me ocurre otro guiño que es perturbador si se piensa: la autora, Irene Nemirowsky, era judía; había leído, o era consciente del libro de Hitler “Mein kampf”(1925), “Mi lucha”, ideario político del nazismo. Al final, ella será, y su marido, objeto de desecho, como otros millones, para el nazismo.

          Cuando acabé de leer este relato, “El Baile”, éste, también me hizo bailar a mí pero con ritmos distintos: ¿de qué se trataba? :   ¿Era la introducción más o menos desgarradora en la adolescencia de una niña de 14 años? ¿Era la preparación, en sus primeras 50 páginas para llegar a un  thriller de una psicópata? ¿O era más bien la puesta en marcha de una comedieta… de un vaudeville.

          Sin duda, tanto las descripciones de los personajes (nariz puntiaguda, píes grandes, mejillas encendidas…etc.) como el escenario, básicamente, la casa de los Kampf, como la clase social, alta y decadente, del período de entre guerras, en aquellos maravillosos y locos “años 20” parecen sacados de un “vaudeville” y claro, su baile: “el charlestón”.

          Pero todo vaudeville que se precie tiene que ser irónico, sarcástico, satírico… veámoslo:

          Arranca la autora con dos secuencias a las que le otorga el rango de RECUERDOS; del 1º nos informa que es un recuerdo que no tiene la niña, la hija, Antoinette, y de la madre, Rosine, no nos dice nada; así es un  recuerdo que va a la atención del lector, es este… “la madre sentaba a la hija en sus rodillas y la apretaba contra su pecho y la acariciaba y la abrazaba…”. Es el 1er. baile entre madre e hija, pero del que la autora no nos informa de nada, así, la letra y la música todavía no están definidas. Parece un RECUERDO REPRIMIDO. En este punto pienso que la autora ha debido de leer a Freud, por lo menos es coetánea  con él y con la expansión de su obra: el psicoanálisis; pero más lo pienso porque al final del relato hay  como un retorno.

          En cuanto al 2º recuerdo, repite, que éste, sí que era consciente tanto para la hija como para la madre. Sobre todo para la hija:…..”recordaba la voz irritada, los estallidos de la madre: siempre encima mía, manchándome, quítate pequeña imbécil…”. Es el segundo baile entre ellas, en donde, claramente, la madre es la que marca los pasos del baile, y que, como ponía en el título: “ella… va y le… y le dice, ella va y le hace…” poniendo así la letra y la música de ese baile.

          De este segundo baile, el consciente, va a ir surgiendo otro ritmo, más estático, más íntimo, quizás, más interiorizado, en el que la niña baila sola y al tiempo va “rapeando”, hacía sus adentros una letra. Cuando alguien la rechaza, la desprecia… ella articula su ritmo: “ el rap de Antoinette”, que tiene dos estrofas y sigue dos direcciones: la 1ª cuando piensa en porqué la tratan así: …”quieren humillarme, quieren torturarme… y más, quieren atormentarme también ¡¡¡…”. La 2ª cuando piensa qué les haría, ella, a aquellos: …” quiero desfigurarlos y todavía más, quiero matarlos ¡¡¡…”.

          Llegados aquí tenemos la melodía y su letra; ya sólo falta que ¡ que empiece el baile!.

          Pero, madame Nemirowsky, en su relato, nos plantea, otros bailes, otras melodías y otras letras que irán sumando en la vida de los personajes:

En el siguiente baile, como no, la impulsora será la madre y la receptora su hija: “ES EL GRAN BAILE DEL AMOR”: para madame Rosine no es el amor con su marido, no, es el amor que ella vislumbra en los libros; libros y novelas de amor era lo que ella leía, y por los rincones, se la oía entonar su melodía y sus letras: …”me duele el corazón de pensar en toda esta gente que vive bien y es feliz… y yo estoy perdiendo mis mejores años… zurciendo calcetines en este sucio agujero…”: (¡¡¡ y yo suspirando… quizás… quizás… quizás….estoy perdiendo el tiempo…!!!).

Esta cancioncita conmovía a la hija que se acercaba y besaba a la madre, hasta que un día la madre la rechaza:…”quítate de encima imbécil…” y al procurarle esa distancia, la hija oía, sí, el lamento de su madre, sobre su falta: falta de amor, de felicidad y de riqueza: (¡¡¡ tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor..!!!). Pero ella puede hacer su propia versión y ésta exclusivamente, sobre el AMOR :…”ella quiere ser una mujer amada- no amante sino amada- y ser hermosa… a la que los hombres acariciaban y admiraban…”.

Estos bailes, estos sones y letrillas, nos dice la autora, son anteriores a la época actual; esto era cuando eran pobres… y ahora son ricos. Los Kampf quieren demostrar lo inmensamente ricos que son y madame Rosine  planea y prepara el baile; y a sus invitados: a los que querían parecerse, ser como ellos, a todos los que son, la crême de la crême. Ser iguales a  aquellos otros con los que fantaseaban cuando eran pobres…”ser ellos”… así, que se cumpla la fantasía, el ideal… y ¡ que empiece el baile!. Esto era lo que realmente “encendía” a los Kampf, más a la Sra. Kampf, (recordemos que el mote que tenía el señor Kampf, antes de ser rico era “ Feuer” que del alemán se traduce por: fuego, llamarada, incendio…)

De este modo, si encendida está la madre con los preparativos del baile, encendida está la hija, que pedirá…rogará y hasta suplicará que le permitan la asistencia al mismo. Pero los padres se la niegan, más la madre en su habitual mecanismo de rechazo, así, el baile-sueño de Antoinette se ve roto: …” la música frenética… los perfumenes… las palabras de amor… y los hombre que sabrían que los Kampf tenían una bella hija y podía verse ceñida por los brazos de un hombre…”.

Y emerge el baile-sueño de la madre:…”todavía no he empezado a vivir yo, como para tener que preocuparme por una hija casadera…”. Así ¿ tu canción? no, la mía.

         Acaba el pasaje con una composición rítmica de “a tres”, realmente interesante: es el BAILE DE LA ESTRUCTURA FAMILIAR: Madame Rosine dirá: …”no… si yo era como ella a su edad… pero yo no soy como mi madre… que nunca supo negarme nada…”. Otro gran baile entre Madame Rosine y su propia madre; entonces ¿qué?… de una madre buena ¿una hija, primero, una mujer después y una madre finalmente, mala,?; y de una madre mala… ¿Qué hija?…¿peor?.

          Tales son los estragos del SÍNTOMA “SER MADRE”.

          En este instante Antoinette, hace un gran descubrimiento; para mí de los pasajes más preciados del relato:…”al irse llorando, después del rechazo de su madre-acudir al baile- se percata de que éste, el llanto, es sin muecas, sin hipos… era un llanto silencioso… un llanto que hace mujer a una niña… sólo lloraría por amor…”. Entonces…¿qué MUJER?.

          Y descubre más cosas:…”mirándose al espejo, se ve fea y rapeara, 1º soy fea porque soy una niña maltratada y que desea morirse, y 2º su polaridad: que Dios castigue a los que me maltratan…”. Por fin reflexiona sobre la MENTIRA:  la mentira de Dios, de la Virgen, de los padres buenos, de la infancia feliz… y también de sus DESEOS MALIGNOS, su envidia, su odio, y por fin, ve los ojos maternos fríos, son ojos fríos de mujer… de enemiga… y desde aquí… se ve ella siendo otra,  ¿delirándose?:… “yo soy la que tiene que vivir, soy yo la joven, la bella… la más deslumbrante para los hombre…eclipso a todas… y mi madre una cochera… y mi cuerpo… un cuerpo preparado para el amor…”.

          Madame Rosine encargará a Miss Betty, la institutriz inglesa de Antoinette, que eche las invitaciones al correo. Aprovechando que acompaña a la niña a sus clases de piano se lleva las invitaciones. Antoinette le dará en mano una de ellas a su profesora Isabel; a la postre la única que llegará a su destino. Pero a Miss Betty le puede más su placer que su obligación, y diciéndole a la joven que tiene otras cosas que hacer, le pide que sea ella la que las eche al correo…. Esto pone en alerta a Antoinette y lo que va a ver precipitará los acontecimientos: ¿qué ve?, que Miss Betty tiene un enamorado….un amante…y su pensamiento vuela:…”es libre… sola con un hombre… que felicidad….”, y al verlos juntos se siente celosa y también siente la necesidad de hacer daño: destroza todas las invitaciones y las arroja al Sena; el daño se lo ha hecho a la madre, tirando al río todas sus expectativas e ilusiones…. Pero ¿Qué ha contemplado Antoinette para crearle la necesidad de hacer daño?.

          Creo que la autora trabaja muy bien las estructuras en el espejo…del espejo. Si antes planteábamos los descubrimientos que hace Antoinette viéndose “FEA” en el espejo, veamos qué pasa con la madre al verse “HORRIBLE” en el espejo: las palabras, la imagen que nos ofrece la autora me parecen admirables:….” Madame Rosine, mirándose en el espejo: cogió el espejo, y sus ojos devoraron su imagen con una atención apasionada, ansiosa, lanzándose miradas duras, desafiantes, astutas…”. Mientras la hija reflexionará sobre la  MENTIRA –como ya dijimos- la madre lo hará sobre la  VIDA:….” Con 20 años tenía las mejillas  ardientes, encendidas… pero las medias zurcidas…ahora soy rica, tengo joyas, dinero, vestidos… y arrugas…. Antes pensaba que tenía que apresurarme a vivir; a agradar a los hombre, amar… ahora, siendo rica, nada vale sin un hombre… un joven amante…es mi última oportunidad… y cerrando los ojos imaginó unos labios cargados de deseos… se vistió, se engalanó con sus joyas… se miró y sonrió feliz… la vida comenzaba…”. Magnifico.

          Así mientras la hija descubre que la verdad de la realidad imaginada es mentira… la madre descubre que a dicha verdad de la realidad  se la puede mentir… maquillar.

          Y ya, el final: “el baile que no hay”: al no haberse enviado las invitaciones, no llegan los invitados al baile; tan sólo a la única a la que le llegó: Isabel, la profesora de música, a la única a la que Madame Rosine quería ver allí: para que viera y contara, luego, el gran acontecimiento, para más gloria de los Kampf. Pero lo que va a ver Isabel es el desastre acaecido y las elucubraciones de la anfitriona: 1º piensa que ha debido ocurrir algo excepcional para que no  haya venido nadie; 2º dirá que ha sido una afrenta, un insulto hacia ellos; y 3º es una conspiración de sus enemigos para acabar con ella. No lo sabe bien….

          Entonces, el “ROCK AND ROLL”: Rosine estalla echándole la culpa a su marido: …”ha sido por tu vanidad… te crees que la gente no sabe quién eres, de donde sales?…. Tus amigos te la han jugado…” Y Alfred, el marido, a su mujer:…”¿y los tuyos esos marqueses, condes, gigolós?, creí que eras bella e inteligente… pero eres una verdulera, una solterona con modales de cocinera…” se va y desaparece. Madame Rosine se queda paralizada y luego con rabia tira todos sus adornos.

          Todas estas escenas son vistas por Antoinette que, finalmente se escondió en el salón sin ser vista y al ver la angustia, el quebranto de su madre, se quedará primero indiferente, pero luego también decepcionada y pensará : …”¿Cómo  se puede llorar por esto?, ¿y el amor qué?. Y entiende que los mayores –su madre- también sufre; ella que les tenía tanto miedo…”.

          Entiendo que este descubrimiento es cuanto menos enigmático, sino iniciático y porque no, siniestro…

          Antoinette, se descubre, y sale al encuentro de su madre; ésta, como siempre, la rechaza, pero luego la recogerá y le dirá lo feliz que es, por que ella no sabe nada de la vida, de la injusticia… y Antoinette calla.

          Y al final, en ese preciso momento en el que, en un baile, los dos cuerpos siguen todavía juntos, aunque la música se haya acabado, se oye decir a la madre : …” sólo te tengo a ti…mi pobre niña…” y se la abrazó contra su pecho. Este es -como dije al principio- aquel recuerdo que la autora nos dirige a nosotros los lectores… y somos ahora nosotros los que  lo vemos retornar… pero con una extraordinaria diferencia: la SONRISA de la hija…sonrisa que la madre no ve y que nosotros la vemos en el rostro de Antoinette: la niña, ahora, se ríe… se ríe mientras le dice a su madre: …”¡ pobre mama!…”. De esta manera, ahora, será ella, la hija, la que va a dictar, tanto los nuevos pasos de baile, como su letra, y su música.

           La diferencia entre este final del baile entre madre e hija con el del principio del relato está… en esta sonrisa; una sonrisa extraña, que incluso te puede helar…quedándote con la gana de que, en ese instante final, un gran telón baje y cuando, unos segundos después, vuelva a subir, puedas ver a la madre y a la hija saludando, de pie, al público; iniciándose así estos grandes bailes corales –tan de moda en nuestros tiempos- aunque eternos de todos modos, con los que pudiéramos creer que la verdad…es mentira; que la mentira… es verdad.

          Pero no, no, la autora no hace concesiones- este es su mérito y la hace escritora- y con esa sonrisa, al final del baile, nos hace entender que no hay devolución del espejo, que éste se rompió y que, lo que  percibimos en nuestro rostro, es si acaso una mueca, un rictus.

                                                                                                 Antonio J. Villahermosa

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La maternidad como estrago: entre la demanda, el amor y el deseo. Por Mari Cruz Alba

 El texto que hoy comentamos, “El Baile” de Irene Némirovsky, es una novela corta,  y yo diría ¡menos mal!

Porque lo que no va en extensión va en intensión.  El baile, es un texto intenso y duro, como intensas y duras, con frecuencia, suelen ser las relaciones entre las madres y las hijas, sobre todo en la pubertad.

La trama de la novela gira alrededor de la relación entre una madre y su hija y las demandas que mutuamente se dirigen. Ya en las primeras  páginas la autora nos muestra la rivalidad y la envidia en la que se sustenta esta relación.

La trama comienza cuando la madre, nueva rica en París, quiere organizar un baile. Me resulta interesante que la autora elija un baile y no una fiesta. Leo en esta elección una connotación libidinal, puesto que bailar implica una libidinización del cuerpo y brinda también la ocasión de hacer lazo con los otros a través del contacto con otro cuerpo, al ritmo de la música.

La hija, entusiasmada ante la noticia, le pide a la madre asistir a ese baile, a lo que la madre se niega en rotundo, pues el placer de ser mirada es un don que la madre se reserva para ella y se lo niega a su hija.

La madre, le pide a la hija que escriba de su puño y letra las invitaciones a esa fiesta a la que la madre le niega asistir.

La hija quiere asistir a ese baile pues para ella es una oportunidad  para dejar de ser una niña, hacerse mayor  y mostrarse como mujer. Esto es precisamente lo que la madre le niega.  La madre no la deja asistir  porque quiere ser ella la única admirada y reconocida, negándole esta posibilidad a la hija.

A mitad de la novela aparecen las consecuencias de esta negativa. Hay un acto de la hija que supone un corte radical, un antes y un después en la historia.

Las dificultades de una adolescente de 14 años para saber hacer con su cuerpo y con su sexualidad quedan señaladas en la novela cuando la protagonista  ve a otra mujer, la miss, besándose con su amante, visión que  en el cuerpo de Antoniette provoca la irrupción de un goce, con el que Antoniette no sabe que hacer.  La combinación de esos dos acontecimientos, la negativa de la madre a dejarla asistir al baile y la visión de una mujer besando a un hombre  llevan a Antoniette  a un acto de venganza,   un acting out:  romper y no enviar las invitaciones al baile organizado por la madre. La guerra está declarada y como en toda guerra, el daño, la pérdida  es para todos.

Podemos interpretar este acto como un acto característico de la reivindicación femenina frente a la omnipotencia materna, como un intento de hacer justicia ante el capricho materno de no dejarla asistir al baile. El baile lo tomo como una metáfora de lo que toda hija espera recibir de la madre y no recibe nunca, porque en realidad una madre (como otro primordial) nunca va a tener con qué satisfacer esa demanda, pues como sabemos, la demanda, a diferencia de la necesidad, por estructura no se satisface nunca.

El primer amor de todo individuo, tanto de hombres como de mujeres es la madre. Este fue  un descubrimiento que hizo a Freud cambiar su teoría sobre la constitución psíquica y sobre la sexualidad infantil. El hecho de que recién nacidos nuestra subsistencia dependa, durante largo tiempo de otro ser humano es de una importancia radical en el ser humano.  Es el amor lo que humaniza.

En El Baile, la relación entre esta madre y su hija, mientras esta era niña si aparece la dimensión del amor, dimensión que  vuelve a insinuarse al final de la novela.

Mientras que la madre, con el objeto baile, aparece ante la hija como un otro omnipotente, no castrada, la hija queda pegoteada a la madre, al capricho materno, no pudiendo negarse a la demanda de la madre de escribir las invitaciones. Qué lugar podrá ocupar un hombre en la vida de una mujer mientras esté envuelta en el estrago materno?

Al final de la novela, la autora no se interesa por desvelar cuál ha sido el motivo del fracaso del baile.  Obviamente no le interesa eso.

¿Qué le interesa mostrar al final de la novela? Lo que le interesa, es mostrarnos que la madre, como otro primordial, no tiene palabras que den un  sentido a lo acontecido, ante lo que cual la hija responde: ¡Pobre madre¡ señalando con ello la falta en la madre y es en ese momento  cuando la autora nos muestra algunos resquicios de amor y de deseo en la madre y la hija.

“Un día, muy pronto diría a un hombre “mama gritará pero no importa”.

 

 

 

 

Crónica tertuliana. El baile, de Irene Nemirovsky

La primera obra incluida bajo el epígrafe “leyendo con Alberto” tuvo una grata acogida entre los contertulios. La relación madre-hija como temática de tertulia era novedosa en nuestro caso y todos nos sentimos convocados por este drama familiar, sorprendidos por su desenlace y conmovidos por su patetismo.

El acto de Antoinette, tirando las invitaciones de su madre al Sena fue diferentemente interpretado, desde una clara manifestación de heroísmo hasta un acto simplemente malvado y loco contra su madre.

La lectura de un fragmento del comentario que escribió Alberto Estévez sobre “El baile” en Liter-a-tulia nos puso de acuerdo, entre otras cosas porque venía a articular entre sí a los diferentes personajes que protagonizaban la historia: “Como consecuencia, lo que obtenemos es una función paterna devaluada que fracasa como elemento que pudiera apaciguar la tensión madre – hija. Función paterna que encontramos deteriorada en la persona de la madre cuando nos confiesa que ella no es como su propia madre, que nunca supo negarle nada. Entonces se ve guiada por su propia ley caprichosa que la lleva a detestar al criado sin saber porqué, o incluso a preparar un baile sin desearlo, no hay deseo en ello, porqué lo iba a preparar ella si no fuera por lo que pueden llegar a envidiarla.
¿Qué opción le queda a Antoinette? O consiente ser el objeto de los caprichos de su madre, o se arranca a sí misma de esa posición de niña.”

Alguien apuntó que, a pesar de no haber habido baile, sí hubo puesta de largo para Antoinette, salida de su posición de niña.

Despedimos la tertulia hasta el año que viene. Continuaremos leyendo con Alberto, y en esa ocasión será a Bartleby el Escribiente, de Herman Melville.

 

Alguien que estuvo allí

 

 

“El baile”, de Irene Nemirovsky. La madrastra que era y la Cenicienta que no fue

Cuando Antoniette echó a perder aquel baile que tanto significaba para su madre y en el que tantos sueños y esperanza de goces tenía puestos, posiblemente fuesen la envidia y la venganza lo que la impulsaron a hacerlo. Sin embargo, y a tenor de los efectos que aquello tuvo, también se podría decir que hizo justo lo que había que hacer, ya que, con ello, restauró el orden familiar poniendo a cada uno en el lugar que le correspondía.

Una carta siempre llega a su destino, dice Lacan. Si es así, el destino de aquellas cartas o invitaciones al baile eran la propia Antoinette y luego el río Sena. Sería como si, más allá del goce particular que conlleve para cada uno su acto, hubiese una lógica, un orden que, antes o después, de una forma o de otra, termina imponiéndose y haciéndose valer por sus efectos.

Y desde este punto de vista, también podría decirse que Antoinette actuó en legítima defensa, en el sentido de que su madre había prefijado y dispuesto para ella un destino que excluía la posibilidad de que pudiera inscribirse en el discurso social como mujer deseante y deseada.

El diálogo que mantienen las dos mujeres da cuenta de ello: “Sé que a los quince años se hace la presentación en sociedad; yo ya los aparento, y el año que viene… Su madre estalló súbitamente. —¡Pero bueno! —exclamó con la voz enronquecida por la cólera—. Asistir al baile esta chiquilla, esta mocosa, ¡habrase visto!… Espera y verás cómo hago que se te pasen todos esos delirios de grandeza, niña… ¡Ah!, y encima crees que vas a presentarte «en sociedad» el año que viene. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? Que sepas, niña, que apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?, yo, y que no tengo intención de preocuparme tan pronto por una hija casadera…”

Tras aquel episodio, la guerra de guerrillas que mantenían madre e hija desde que en Antoinette empezaron a manifestarse los primeros signos de la mujer que llegaría a ser, pasa a ser una franca declaración de guerra, no ya entre madre e hija, sino entre dos mujeres.

Hay un lugar para la madre y un lugar para la hija, pero, entre ellas, sólo parece haber uno para la mujer, para la mujer de la casa o para la mujer del baile y este se lo disputan en la tensión imaginaria del o tú o yo, un registro sobre el que el deseo se pierde o se extravía. Como apunta Alberto Estévez, la madre es llevada a “preparar un baile sin desearlo, no hay deseo en ello”. No puede poner en juego su deseo femenino, su ser de mujer, si no es siendo la mujer, la única, una empresa que sólo le es posible mantener invirtiendo grandes cantidades de maquillaje y disimulo. A la hija, sin embargo, esto no le  hace falta, y se sonríe lastimosamente de una madre sonrojada cada vez que es sorprendida cubriendo apariencias ante los criados, a los que toma como el agente encargado de llevarle un buen semblante al discurso social.

Hay cierta semejanza entre esta madre y la madrastra de Cenicienta. Tampoco la Sra. Kampf deja que su hija acuda al baile por temor a que luzca demasiado. También una notable diferencia entre esta Antoniette y aquélla Cenicienta.  Antoniette no es obediente y sumisa, no se queda encerrada en el trastero esperando al hada madrina o al príncipe azul. Quiere ser mujer y para eso debe dejar de ser hija, quiere ganar un hombre y para eso ha de perder una madre. Al final la madre todopoderosa se ha convertido en una débil, fracasada y avejentada mujer con la que ya es posible no mostrar tanto odio y sí un poco más de ternura. Ese “pobre mama” del final, que también subraya Alberto Estévez, sustituye al “pobre hija mía” que la madre dirigía a su hija. Uno servía para aplastar una feminidad naciente; el otro no está claro que incluya, el lamento por la pérdida de una madre caída de un pedestal en el que sólo hubiesen podido mantenerla unos invitados que no vendrán. Esperemos, como sugiere Alberto, que Antoinette termine el combate con su madre y pueda  empezar a hacer su duelo.

 

Gabriel Hernández

 

 

 

A propósito del estrago materno

A propósito de la última tertulia sobre la novela “El baile”, de Irene Nemirovsky, y el debate que surgió, una compañera nos envía este enlace, un interesante artículo titulado “La otra mujer y el estrago materno”,que ejemplifica este tipo de relaciones extremas que pueden darse entre madre e hija:

http://elgocedelamujer.blogspot.com.es/2009/08/6.html

La cita que viene

“Qué, siempre temblando como una niña? No era digna de ser una mujer. ¿Y esos dos que seguían besándose? No habían separado los labios… La embargó una especie de vértigo, una necesidad salvaje de desafío y de hacer daño. Con los dientes apretados, agarró los sobres y los estrujó, los rompió y los lanzó todos juntos al Sena. Con el corazón ensanchado, los contempló flotar contra el arco del puente. Luego, el viento acabó por llevárselos río abajo”.

“El baile” Irene Nemirovsky