“El diablo enamorado”, de Jacques Cazotte. Comentario de Gabriel Hernández

El juego de apariencias y apariciones que se desarrolla en este relato genera una cierta confusión en relación al protagonista del mismo, ese que anuncia el título, ese Diablo Enamorado: ¿se trata de un diablo o de una mujer?, ¿se trata del diablo camuflado bajo la forma de una mujer o de una mujer que puede convertirse en un diablo? Ambas transformaciones se suceden en la historia, una al principio y otra al final.

Pero, más allá de los semblantes bajo los cuales aparece este ser, si nos preguntarnos por el deseo que lo habita, comprobamos que, de principio a fin, se trata de un deseo femenino, de una mujer enamorada de un hombre, podríamos decir, “enamorada como un diablo”, en el sentido de lo desorbitado y extremado de su pasión. Y a este respecto no podemos olvidar cual es la solución que finalmente se adopta para curar a don Alvaro de su mal. En un principio él piensa ingresar en un monasterio. Luego reflexiona y se da cuenta de que ese diablo podría aparecérsele incluso en aquel encierro sagrado. La solución para escapar de esta mujer que “ama como un demonio”, es la madre. Es allí donde él encuentra sosiego, reposo y defensa frente a aquél deseo. Una madre que parece hablar por la boca de aquél venerable doctor cuyo diagnóstico solicita para su hijo cuando éste  sentencia: “estableced unos vínculos legítimos con una persona del sexo femenino. Que vuestra noble madre guíe vuestra elección; y aunque aquella que os venga de su mano posea gracias y talantes celestiales, nunca, don Álvaro, se os ocurrirá confundirla con el diablo”.

El remedio aplicado nos orienta respecto al objeto del mal. No se trata de evitar que el diablo aparezca confundido bajo la forma de una mujer, sino de elegir a una mujer tal que no pueda ser confundida con un diablo.

El problema de don Álvaro es que se trata de un hombre capaz de desatar en las mujeres las más bajas y extremas pasiones. Ahí tenemos el ejemplo de la “bárbara Olympia”, otra mujer endemoniada por una pasión despechada y vengativa que intenta asesinar a Biondetta cuando se siente abandonada por don Álvaro y vencida por su rival.

Sólo en los prostíbulos podía don Álvaro estar con una mujer sin correr el riesgo de que se le transformase en un diablo; en todo caso en una diablesa, de la que siempre podía escapar después de haber pagado con dinero el goce recibido; con dinero, no con su alma.

Sin embargo, en última instancia, el matrimonio con una mujer hecha a imagen y semejanza de la madre, tomada por una madre, parece ser el parapeto más seguro frente a la mujer-diablo…, o no.

La incertidumbre, el misterio, el horror que el deseo femenino puede provocar es puesto de manifiesto por Lacan cuando hace girar toda esta historia alrededor de la pregunta “¿Che vuoi?”, qué quieres, o qué me quieres, pregunta que, cada vez que aparece en el texto lo hace resonando en una voz que provoca el espanto.

No parece haber respuesta para aquella pregunta diabólica. Don Álvaro se queda pasmado, sin palabras. Y en lugar de la respuesta verbal que no puede articularse, aparece otra cosa, aparece una mujer, Biondetta. ¿Es ella la respuesta al Che vuoi? El problema es que ese objeto que Don Álvaro recibe en respuesta a su deseo no es cualquier objeto; se trata de un objeto animado.

Por mucho que Biondeta se entregue bajo aquella apariencia de mero objeto cuya única función sería la de satisfacer todos sus deseos, Don Álvaro no se fía, sabe que, detrás de aquella sumisión objetal,  hay otro ánimo, otro deseo, y ese puede ser terrible. Llega un momento en el que Biondetta deja de ser una mujer-objeto para empezar a reclamar lo que le pertenece, lo que se ha ganado por todos los servicios prestados. Y lo que reclama es la voluntad de don Álvaro. Es entonces cuando él vuelve a verla como un diablo, cuando entiende que ella quiere poseer no sólo su cuerpo, sino también su alma.

Y para proteger su alma hace un camino de regreso hasta su madre, hacia su “Alma Mater” –talvez no haya otra-, lo que literalmente significa hacia la “madre nutricia”.

Don Álvaro huye del deseo del Otro, del deseo que él mismo provoca y al que ese Otro podría dar respuesta. Toma todo tipo de precauciones para no desatar el deseo diabólico de Biondetta. Ella intenta hacerle creer que no es un espíritu infernal sino un espíritu del aire, una sílfide que ha renunciado a su naturaleza semidivina por amor a él. Cuando consigue seducirlo y la verdadera naturaleza de aquel deseo queda al descubierto, es cuando se trasforma para don Álvaro en un ser infernal.

Escapando de uno sólo consigue acercarse al otro, al deseo materno. Quién sabe si, andando el tiempo, este personaje no habría vuelto a replantearse lo del monasterio.

                                                                                                                 Gabriel Hernández