La ciudad de cristal, Paul Auster. Comentario de Concepción M. Miralles

Después de terminar de leer el relato “La ciudad de cristal”, de Paul Auster, me pregunto por su título. Pienso que, tal vez, no sea del todo adecuado, y busco otros posibles: “La muñeca rusa”. “La ciudad de los reflejos”. “El hombre reflejado”. “Y al principio fue el verbo”…

El título “La ciudad de cristal” sugiere una ciudad frágil, de reflejos y espejos –tal vez-, pero en esta historia los espejos no pueden quedar al azar. Tienen que estar, o al menos, el cristal debe cumplir esa función: la de reflejar y duplicar las imágenes de los habitantes de la ciudad, la de fragmentar en trozos los rostros que se miran y que ya nunca más serán los mismos, dentro de ese laberinto que los multiplica y los divide a la vez.

Entramos en relato, y hemos de estar dispuestos como si lo hiciéramos dentro de una muñeca rusa. La externa, la más grande, la que se expone con su título y su portada, dice: “La ciudad de cristal”, el primero de los tres relatos de la Trilogía de Nueva York. Al lado, el nombre del autor: Paul Auster. Pero, ¿es seguro todo eso? Nada lo es. Acabamos de dar el primer paso en un terreno de arenas movedizas y de dobles sentidos, pero nadie nos advierte. Al poco, encontramos que dentro de la primera muñeca, del primer personaje, del autor mismo, hay otro… Tiene su mismo rostro, adopta su nombre, su identidad; es su doble, o semeja serlo. Tal vez esta pieza haya sido tallada por el mismo artesano y proceda del mismo trozo de madera que la primera; tal vez, incluso, tengan el mismo nombre… Y así hasta que la pieza sea tan anónima y desnuda, tan infinita y lejana como una estrella en el firmamento, sin rasgos que la distingan de sus hermanas gemelas.

En “La ciudad de cristal” hay un texto dentro de otro texto, una ficción dentro de otra ficción, unos personajes dentro de otros, un autor que es otro… Un laberinto de espejos y reflejos por todas partes… La historia que se perpetúa a sí misma más allá de los personajes y del propio autor; los personajes que siempre podrían ser otros más allá de aquellos que han escrito la historia, incluso pueden suplantar al propio autor; el autor que puede ser al mismo tiempo un personaje…

Las historias, en esta historia, tienen vida propia, parecen existir independientemente de las personas que las han escrito, que las narran o que las traducen. Y entre todos, con sus reflejos, ofrecen la maravillosa reinterpretación de una obra ajena que convierten en propia: un espacio anónimo, una ciudad en la que todo es posible, y en la que todos, incluido el propio lector, puede encontrar la imagen reflejada de sí mismo, la expresión perfecta de su propio desconcierto ante una identidad disgregada que necesita de las palabras como soportes para existir. Porque, “¿Qué sucederá cuando ya no queden más páginas en el cuaderno rojo?”, se pregunta Daniel Quinn. No sucederá nada más. Ahí será el silencio, tal vez el vacío, tal vez la muerte… después de un inmenso ruido de cristales rotos.

 

Concepción Martínez Miralles

 

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CRÓNICA TERTULIANA: “LA CIUDAD DE CRISTAL”

CRONICA TERTULIANA. CIUDAD DE CRISTAL

Varios de los compañeros de viaje con los que recorrimos las laberínticas calles de la Ciudad de Cristal acudían por vez primera a la tertulia. Ni que decir tiene que fueron recibidos con los brazos y los libros abiertos.

Fue difícil seguirle los pasos a Quinn. En más de una ocasión nos dio esquinazo dejándonos perdidos en algunos puntos de su recorrido, y aún seguiríamos allí, intentando orientarnos, si al cuaderno rojo no se le hubieran terminado las hojas y al tiempo de la tertulia los minutos. Incluso se dejó asomar por la reunión un término nuevo con el que intentar caracterizar al personaje. Costó trabajo, pero al final, entre todos, pudimos decirlo: Quinn estaba pseudonominalizado.

Son tantas las incógnitas que deja la historia planteadas y sin resolver que pareció no merecer  la pena ni siquiera  preguntar por ellas. Había demasiada locura suelta pululando por las calles de esta ciudad, y no era sólo la de Stillman padre y Stillman hijo.

Las lecturas que pudieron hacerse fueron parciales y fragmentarias, como si sólo fuese posible encontrar en esta historia fragmentos de sentido, lenguas diferentes en una Babel que se derrumba porque los hombres no se entienden ni encuentran traductor. La Ciudad de Cristal, resulto ser también una ciudad Babel donde los personajes tampoco se entendían entre sí ni se dejaban entender por el lector. Cuando alguien, personaje o lector, encontraba un hilo de sentido mediante el cual tirar de la historia, no pasaba mucho antes de que apareciese el hilo cortado. De forma sorpresiva, alguien había decidido cambiar de nombre, suicidarse, asumir que era quien no era, no asumir quien todos creían que era o desaparecer sin dar aviso ni noticia de su paradero. Entonces se hacía necesario buscar otro hilo.

Algunos intentaron preguntar al autor sobre este caos, y la sorpresa fue que había estado ausente durante el transcurso de la historia, de viaje por África, regresando in extremis, en la última página, para hacerse cargo de la cesión de autoría que le hace aquél en el que todos veníamos pensando como tal, con lo cual también resultó bastante confusa la actitud de este autor.

Creo que más o menos todos estuvimos de acuerdo en que la Ciudad de Cristal resultó ser una ciudad fascinante, sobre todo para perderse en ella. Y con esa fascinación aún reciente nos despedimos dejando la tertulia dentro del paréntesis veraniego, paréntesis del que esperamos salir allá por finales de Septiembre o principios de Octubre con una nueva historia en la que perdernos y nuevos contertulios con los que encontrarnos.

                                                                                                            Alguien que estuvo allí

LA CITA QUE VIENE

A lo largo de los años Work se había hecho íntimo de Quinn. Mientras William Wilson seguía siendo una figura abstracta, Work había ido cobrando vida. En la tríada de personajes en que Quinn se había convertido, Wilson actuaba como una especie de ventrílocuo, el propio Quinn era el muñeco y Work la voz animada que daba sentido a la empresa. Aunque Wilson fuera una ilusión, justificaba las vidas de los otros dos. Aunque Wilson no existiera, era el puente que le permitía a Quinn pasar de sí mismo a Work. Y, poco a poco, Work se había convertido en una presencia en la vida de Quinn, su hermano interior, su camarada en la soledad.

La Ciudad de Cristal. Paul Auster