EL HORLA: historia del hombre que se volvió loco por no creer en fantasmas, por Gabriel Hernández -Psicoanalista-

Una de las primeras cuestiones que se me plantearon tras leer este cuento fue la de responder a la pregunta sobre quién era el protagonista: ese sujeto que vive tranquila e idílicamente en su hacienda hasta que empieza a tener sensaciones y visiones extrañas, o ese otro ser que viene a perturbar su paz y al que, finalmente consigue nombrar como El Horla. Elegí a este último como protagonista de mi lectura. Y lo hice así porque parece que todo el misterio de este relato se centra precisamente en torno a él; quién es, de qué está hecho, qué quiere, de dónde viene, etc. Son las mismas cuestiones que se plantea ese otro personaje que sufre la presencia agobiante del Horla. La cuestión estaría en saber a quién se plantean y de dónde surgen las respuestas.

El Horla se escribe entre 1886 y 1887. Estamos en el siglo que podríamos llamar de la literatura fantástica. Ese mismo año -1886- aparecen el Doctor Jekyll y Mr Hyde;  los hermanos Grimm repoblaban los bosques de duendes, gnomos, hadas y brujas, Mary Shelley daba vida a Frankenstein, los vampiros remontaban el vuelo a partir de novelas como “Varney el Vampiro”  y “Drácula”,  y la doctrina del espiritismo, surgida en Francia a mediados de siglo, daba un nuevo impulso literario a las historias de fantasmas. La lista podría hacerse mucho más extensa.

Pero, a la vez, es también el tiempo en el que los médicos psiquiatras más importantes descubren territorios inexplorados del psiquismo humano mediante la hipnosis.  Charcot, Berheim, y el propio Freud, quedan fascinados ante esos otros estados de conciencia o de inconsciencia, esos diferentes estratos del psiquismo sobre los cuales, si bien la hipnosis no explica demasiado, si servirá para poner de manifiesto que en la constitución del sujeto hay muchas cosas por explicar. Podríamos decir que El Horla surge en esa encrucijada entre un mundo de leyenda poblado de personajes fantásticos, y ese otro mundo que el campo de la psiquiatría abre con la llave de la sugestión hipnótica sobre los estratos más profundos del psiquismo; de hecho, el recorrido de este personaje va a ser un alternativo deambular entre uno y otro ámbito en busca de unas respuestas que no encontrará allí.

Cuál es la naturaleza del Horla

 Un primer acercamiento a esta cuestión se podría hacer desde el formato literario en el que finalmente será escrito.

El texto sobre El Horla va a adoptar, finalmente, la forma de un diario. Un diario es una forma de escritura que, en principio, excluye a otro lector que no sea el propio escritor. No se escribe para que lo lea cualquiera. Se escribe para sí mismo, para ir depositando secretos que en ese momento se quieren mantener guardados; es decir, cosas que, al menos de momento, no se quiere o no se pueden compartir.

Pero este cuento no fue en principio pensado bajo este formato. Al parecer, Maupassant  hizo tres versiones de El Horla. La primera de ellas toma la forma de una carta del protagonista a su médico. La segunda versión se publicaría varios meses después, esta vez en forma de relato en tercera persona, contado por el médico que atiende al protagonista. La tercera, que es la versión definitiva, es la que toma la forma de un diario. Podríamos decir que en esta serie de formatos literarios lo que se va perdiendo es al interlocutor. En la forma inicial, la carta, el interlocutor está claramente definido, mientras que en la forma final, la del diario, ya no podemos precisar a quién se dirige. Se trata de la forma más cerrada e intimista, más personal, la que menos vínculo hace con el otro.

Desde este punto de vista podríamos decir que El Horla es, antes que nada, una experiencia personal.

Cómo va surgiendo el Horla, cómo se va conformando, cual es el proceso de su alumbramiento.

Vamos a seguirle los pasos a este hombre que no va sin el Horla a cuestas. Lo primero que intentará será alejarse de la casa donde le están pasando todas estas cosas. Hará dos salidas, y lo interesante es que estas excursiones lo llevan a esos dos lugares que mencionábamos antes.

En la primera de ellas, la excursión al monte Saint Michel,  habla con un monje. “El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas”, entre ellas la del viejo pastor que caminaba por la playa cubierto con una capa y delante del cual iban un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer.

—“¿Cree usted en eso?—pregunté al monje.

—No sé—me contestó.”

La segunda salida será a París, donde asistirá a la experiencia hipnótica de su prima realizada por un médico.

Estudiará, asimismo, el tratado de Hermann Herestauss sobre todos los seres invisibles que han sido soñados por los hombres. Y concluye: “Pero ninguno de ellos se parece al que me domina”.

El personaje no puede enganchar su experiencia con el Horla a ninguno de estos discursos. Llegará un momento en el que ya no podrá abandonar la casa para hallar una explicación en su entorno discursivo. A partir de aquí podríamos fijar un nuevo sentido a su búsqueda. En la medida en la que no pueda estar dirigida por un “fuera de aquí” se pasará a un “fuera de sí” –recordemos que la primera parte de este neologismo es asemejada por Lacan a la palabra francesa “hors”, fuera.

Una de las experiencia iniciales de este “fuera de sí”  es aquella en la que siente  “la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo… ¿de qué?… Hasta ahora nunca sentía temor por nada… abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho… escucho… ¿qué?…”

Lo único que puede decir en este momento sobre lo que le está pasando es que le está pasando algo; no sabe nada más.

Poco después, durante un paseo por el bosque, creerá sentir que alguien lo sigue, pero el sendero estaba “pavorosamente vacío”. Esa extraña presencia estaba aún demasiado cerca como para poder ser vislumbrada.

El siguiente paso es sentir que alguien se inclina sobre él, pone su boca en la suya y le bebe la vida. El Horla ya está fuera, fuera de sí, pero aún demasiado cerca, pegado a él.

Por fin conseguirá alejarlo lo suficiente de sí como para poder nombrarlo, incluso para poder verlo en el espejo.

 Una de las posibles lecturas de este texto podría llevarnos a considerarlo como el relato del proceso que va desde la aparición del fenómeno elemental hasta la construcción del delirio; desde aquella interrogante sin pregunta en la que se enmarca el pavoroso vacío, hasta el sentido pleno de todas las respuestas por fin halladas por este sujeto sobre el Horla.

                                                                       Gabriel Hernández García -psicoanalista-

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El Horla: una metáfora de la angustia

Guy de Maupassant, al igual que otros escritores de finales del siglo XIX, contemporáneos de Freud, tuvieron cierta relación con la psiquiatría e incluso con la locura. Maupassant se interesó por la hipnosis y no solo conoció a Charcot, sino que siguió los cursos que éste impartía en el hospital de la Salpêtrièr. Mas tarde fue su propia locura la que lo llevó a estar ingresado en un hospital psiquiátrico, dónde murió.

Es inevitable, que a algunos nos surja la fantasía de que Maupassant y Freud se conocieran.

El Horla  que es como un pequeño tratado de psicopatología,  nos habla de la angustia, de lo siniestro, de lo incognoscible, de lo real y lo imaginario y sobre todo de la locura

Hagamos pues una lectura de lo que, en este maravillo texto,  Maupassant nos dice de la angustia, introduciéndonos en el diario de un ser angustiado.

De la angustia como concepto se han ocupado la filosofía, la psiquiatría, y por supuesto el psicoanálisis y la literatura, como bien nos muestra la obra de Guy de Maupassant.

Podríamos decir que es un concepto que va más allá de la clínica y del psicoanálisis. Lo común a  todos los saberes al hablar de la angustia es que se refiere, está ubicada en el campo del ser. En el Horla vemos como, tras la angustia, pronto aparece la duda sobre la identidad ¿quién soy? ¿Quién se bebe mi agua?, ¿soy yo o es el otro?

El cuento, al estar escrito en forma de diario, nos sitúa en la escena cotidiana y más íntima del personaje. Personaje, al que el autor no pone nombre, pues El Horla es el nombre de un ser extraño. Un ser extraño que forma parte de lo cotidiano, el Horla es el nombre de la cara extraña de lo cotidiano, es decir, el nombre de lo siniestro.

¿Qué es la angustia? La angustia es una experiencia límite, radical, la mas radical posiblemente, pues, como le sucede al personaje del Horla, puede llevar a la muerte.

Si Freud, eligió el cuento “El arenero” de Hoffmann, como metáfora para explicar la angustia, Lacan eligió El Horla.

La angustia es un afecto, nos dice Lacan. La angustia es un afecto que no engaña. No es un sentimiento, pues el sentir, miente; tampoco es un síntoma. Es un afecto, un afecto que no engaña y dice una verdad.

¿Donde situar la angustia?  ¿Está dentro, está fuera? ¿Dentro de qué, de la habitación, de la casa, de él mismo? En la búsqueda del personaje para encontrar la causa de su angustia he situado tres momentos.

En un primer intento lo sitúa en los objetos del exterior: ¿Será el aire o las formas de las nubes,  o quizás el color del día? Será, concluye, cualquier cosa que le rodea, y mediante la preciosa metáfora del viento, nos traslada al poderoso mundo de lo invisible, al que pertenece la angustia.

Así en la pag.: 123 “¡Qué profundo es este misterio de lo invisible! No lo podemos sondear con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que no saben percibir ni lo demasiado pequeño ni lo demasiado grande, ni lo demasiado próximo ni lo demasiado remoto.”

En la pag. 128: “¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Mire, ahí tiene el viento, que es la mayor fuerza de la naturaleza, que tira al suelo al hombre, que derriba edificios….el viento, que mata, que silba, que gime, que brama, ¿lo ha visto usted, y puede usted verlo? Y  sin embargo, existe.”

En un segundo momento, dirige su mirada hacia sí mismo, piensa que esta enfermo, que ha perdido la razón, que se ha vuelto loco, no entiende nada: pag. 124 “Estoy enfermo…mi estado es verdaderamente raro…una inquietud incomprensible…una terrible amenaza….intento leer, pero no entiendo las palabras; apenas distingo las letras…”

 En un tercer momento la búsqueda de la causa de su mal  gira hacia el exterior donde sitúa la presencia de un otro: pag. 125  “… y noto también que alguien se acerca a mi, me mira, me palpa, se sube en mi cama,….para estrangularme…enciendo una vela. Estoy solo.”

El nombre Horla, es un neologismo, no existe en francés ni en ninguna otra lengua. Hay autores que lo descomponen en Hor-la, del francés, hors: fuera,  y lá, allá, que sin dejar de ser una interpretación, es útil para hablar de la deslocalización que supone la angustia. La angustia es un estar fuera de la escena, la angustia nos desubica, nos desconecta del espacio y del tiempo y por tanto del semejante. Cuando uno está angustiado no sabe ni donde está, ni lo que sucede a su alrededor, no está para nada ni para nadie.

La angustia no es lo mismo que el miedo. El miedo es algo que se sabe, podemos decirlo, la angustia sin embargo se refiere a algo que se desconoce.

En la angustia todo el peso recae sobre el estado mismo y el objeto no puede ser nombrado. Es algo que se experimenta, es un malestar del cual en todo caso podremos saber a través de las señales que envía el cuerpo, pues sabemos, que si se le escucha, el cuerpo habla: pag. 124: “Estoy enfermo, ¡no cabe duda!.”  Dice el personaje,  “es un enervamiento febril que me atormenta el alma tanto como el cuerpo. ”

La angustia nos dirige a un objeto que no forma parte de la percepción, no se puede ver, ni tocar. El objeto que causa la angustia no lo vamos a encontrar en el mundo de los objetos perceptibles. Es la presencia  de algo extraño y amenazante.

Cuando somos capaces de hablar, de poder enlazar una representación a la angustia, ya sabemos qué es lo que nos angustia y se convierte en miedo. En el miedo el acento está puesto en el objeto y hay una acción de fuga, como  correr, hablar, matar… El miedo es un mecanismo de defensa.

Cuando el personaje,  de forma delirante, atribuye al Horla la causa de su angustia y su sufrimiento,  cuando es capaz ponerle un nombre a lo que le pasa, éste se transforma en el objeto a temer. En la pág. 145 “Él ha venido, ¿cómo se llama?…parece que me grita su nombre, el Horla…es él….¡el Horla….ha venido!. El personaje con su delirio encuentra la solución a su angustia. Sabemos que todo delirio es un intento de solución. Situando su malestar en el Horla, aparece la acción de fuga, y encerrándolo y quemándolo acabará su angustia.

Interesante también es el hecho de que el nombre de ese ser extraño se le imponga, le es gritado, le es hablado. Excelente metáfora para expresar que en realidad, mas que hablar, somos hablados, de cierta forma, somos, lo que los demás dicen de nosotros.

En cuanto al aspecto amenazante de la angustia, se trata de un presentimiento, como nos dice en la pag. 124  “Un presentimiento que es sin duda efecto de un mal todavía ignorado,…”.

La respuesta a ese presentimiento amenazante la encontramos en la pag. 129 “Esta noche he notado a alguien agazapado sobre mí y que, con la boca pegada a la mía, se me bebía la vida entre mis labios. Si, la sorbía de mi garganta, como hubiera hecho una sanguijuela.”

Lo amenazante,  pareciera ser  el deseo de ese ser extraño, su deseo de devoración.

¿Pero cuál es entonces el quid de la cuestión en relación al deseo de ese otro? ¿De qué verdad habla la angustia en relación con ese deseo?

En realidad lo que nos angustia es la pregunta ¿qué soy para el otro? ¿Qué soy para mi marido, para mi hija, para mi jefe? ¿Para qué me quiere?

Lo vemos claro en las rupturas amorosas, cuando le preguntamos al partenaire ¿qué he sido para ti? Ojo que no decimos QUIÉN he sido, sino QUÉ, qué objeto he sido para ti.

Si ya no soy ese objeto de tu deseo, entonces, ¿qué soy?.

Mari Cruz Alba

Los delirios de Guy de Maupassant

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Los delirios de Guy de Maupassant

El apasionado interés de Guy de Maupassant por el tema de la locura es recurrente en su obra literaria. Aparece en novelas como Mont-Oriol, Une vie…, en relatos, cuentos, artículos, prólogos de libros… El autor de Fort comme la mort  había puesto en escena el delirio, el manicomio, la demencia, la alucinación, las ilusiones de los sentidos. Algunos títulos son reveladores por sí mismos: Fou? Un fou, Un fou?, La Folle, Lettre d’un fou… El más celebre de sus relatos, y el más emblemático a este respecto, es sin duda le Horla, historia de una misteriosa epidemia de locura llegada de Brasil bajo la forma de un personaje invisible que se apodera de sus víctimas. En el momento de su publicación en volumen, en 1887, el riesgo de una asociación entre el estado mental del narrador y la salud del autor no había escapado incluso al mismo Maupassant: « He enviado hoy a París el manuscrito de Le Horla, diría a François; antes de ocho días comprobará usted que todos los periódicos publicarán que estoy loco. Que digan lo que quieran, pues yo estoy sano de espíritu, y sabía muy bien lo que hacía escribiendo ese relato.»

En el certificado, hoy inédito, firmando por el doctor Meuriot, quien atendió a Guy de Maupassant en el hospital de Lamballe, donde finalmente moriría, se lee que éste sufre de «delirio semi-hipocondríaco y semiorgulloso ». Entre los delirios que describe destacan:

  • «Dice que Dios ha proclamado desde lo alto de la Torre Eiffel que él es el hijo de Dios y de Jesucristo, acusa a su asistente de haberle robado 70000 francos, luego 4 millones, luego seis millones. Habla con los difuntos, pues según él no están muertos.
  • Mantiene conversaciones con Flaubert, con su hermano que se lamenta de estar en una tumba muy estrecha. Dice ver a distancia paisajes de Suecia, de Rusia, de África, etc.
  • Pretende también hablar a distancia con su madre y sus amigos, haciéndose responsable de la autoría de un artículo del Figaro que ha sido la causa de una nueva guerra con Alemania que ha costado 400 millones a Francia
  • Se dice perseguido por el populacho de Paris que quiere matarlo por haber quemado su casa, y a causa del olor a sal que él cree emanar,
  • Se considera la víctima de sus enemigos que le han enviado, mediante un método nuevo al que llama la medicina viajera, la sífilis y el cólera, cree que está agónico, que sus alimentos pasan por sus pulmones y tiene dificultades para alimentarse.20
  • En el desorden de su delirio, se encuentran todas las obsesiones de Maupassant: la torre Eiffel21 a la que odiaba – y que tenía, para su desgracia, a la vista tras los jardines del hospital de Lamballe… -, la guerra de 1870, la sal a la que culpa de reblandecer su cerebro, la visión a distancia y los fenómenos telepáticos… El escritor cita sobre todo a tres personas vitales en su entorno próximo: Flaubert, su madre y su hermano Hervé.

En los primeros meses de internamiento del escritor en la clínica Blanche habrían visto aflorar los delirios más variados:

–       Maupassant dice haber visto unos insectos « que arrojan morfina a grandes distancias », afirma que los muertos hablan y que su casa es la más hermosa de todo París.

–        Se asusta de lo que se quiere hacerle probar: « El vino blanco es de barniz; el Saint-Julien es de agua salada. Entonces ¿qué beber? » Durante el día pasa la mayor parte del tiempo contra el muro escuchando las respuestas que parecen hacerle.

–       El dinero y la religión cristalizan la mayoría de sus angustias. Justifica a su hermano por colocar su fortuna en Panamá, asegura que su pensión en Passy está pagada por los Rothschild, sostiene que se le ha robado el dinero destinado a su viaje al cielo y reclama un sacerdote para confesarse: « Si no me confieso, dice, iré al infierno. François ha escrito a Dios una carta para acusarme de haber enculado a una gallina, una cabra, etc.».

–       En Passy, Maupassant se preocupa siempre de los muertos y declara « haber escrito al Papa Léon XIII para aconsejarle la construcción de tumbas lujosas donde el agua alternativamente fría y caliente lavaría y conservaría los cuerpos. Una pequeña ventana instalada en lo alto de los mausoleos permitiría conversar con los difuntos»

–        Todos los católicos tienen unos estómagos artificiales» Es en esta época cuando dice poseer « 1200 huevos guardados en la bodega del Doctor Meuriot », presentando una anorexia casi total. El 11 de febrero, se niega a comer categóricamente. El 18, los médicos se ven obligados a alimentarle mediante una sonda esofágica.

–       En el mes de marzo, habla de viajes en globo, de locomotoras, de New York donde habría nacido el primer Maupassant.

–       El Doctor Meuriot anota en el registro: « alucinaciones continuas, se niega a orinar, diciendo que su orina está hecha de diamantes». Cree también tener « una bola de cólera en el vientre » y espera ser operado a fin de retirarle esa enorme bola de metal instalada en sus entrañas.

–       Su estado mental ruinoso se acompaña de un comportamiento cada vez más violento. Durante un acceso de ira, habría lanzado una bola de billar a la cabeza de otro enfermo. En su verborrea inagotable, lanza invectivas a todo el mundo comenzando por el doctor Blanche: «El Director pederasta de la casa me ha destruido el cerebro con su sonda urinaria.

Laure de Maupassant, madre de Guy de Maupassant, que no irá nunca a visitar a su hijo al hospital, solicita la opinión de otro médico: Jean Martin Charcot. Este dejará su informe, sobre un papel con el membrete de la clínica Blanche: « A instancias de su madre, acabo de examinar al señor Guy de Maupassant. El estado físico no deja nada que desear. Por desgracia no está igual en lo relativo a su estado mental. El delirio es incesante, acosado por alucinaciones de todo tipo. Resulta una absoluta necesidad, en el momento presente, mantener al enfermo en las condiciones de instalación y tratamiento en las que se encuentra. No sería cuestión, sin peligro, de hacerle vivir, actualmente, en otra parte que no fuese una residencia de salud especial. No veo en este momento nada que cambiar o añadir al tratamiento seguido.»

El caso de Guy de Maupassant, en 1892, sobrepasa los conocimientos del saber de la época: la medicina no podía hacer nada más por él que proporcionarle un final de su vida decente.

Por orden de Laure de Maupassant, ninguna mujer había sido autorizada apenetrar en el recinto del hospital de Lamballe. Maupassant temía más que otra cosa sucumbir a la locura y había hecho prometer a una mujer que le proporcionase veneno si llegaba a internarse en una casa de salud.

El 6 de julio de 1893, el Doctor Blanche toma la pluma para escribir enel registro: « Fallecido a las doce menos cuarto de la mañana después de unas convulsiones en el curso de una parálisis general » Guy de Maupassant « se apagó como una lámpara a la que le falta el aceite », murmurando estas últimas palabras: «¡Las tinieblas, oh! Las tinieblas ». Habría cumplido cuarenta y tres años el mes siguiente.

Las exequias de Maupassant, inhumado en el cementerio Montparnasse después de una misa en Saint-Pierre de Cahillot, tuvieron lugar el 8 de julio. Zola, Ollendorff, Jacob, su abogado, y Louis Fanton d’Andon, hermano de la viuda de Hervé sujetan las cuerdas de la polea. Su madre, en Nice, se hace representar por Marie May, su dama de compañía.

Laure de Maupassant fue la gran ausente de esos dieciocho meses de agonía. Aunque toma las decisiones importantes (es ella quien prohíbe o autoriza las visitas, pide consulta a Charcot, se escribe con Blanche…), está lejos de su hijo. Separada de su marido cuando Maupassant era apenas un adolescente, había sido la educadora y la confidente de Guy. Es ella quién le orienta hacia Flaubert y le alienta a escribir. Maupassant que, siendo niño, había tomado partido contra un padre voluble e inconsecuente, le prodigaba un afecto sincero mezclado con una secreta admiración. Él tenía también la frialdad de la que ella era capaz, si se creen las profecías contenidas en Madame Hermet, historia de una mujer que se niega, a pesar de las recomendaciones de los médicos, a ver a su hijo morir de sífilis. A la muerte del niño, Madame Hermet se vuelve loca. No sería ése el caso de Laure, fallecida en su domicilio en 1904, a los ochenta y tres años.

Crónica de la Tertulia 2, “El Horla”, de Guy de Maupassant

Ayer, 8 de Junio, tuvo lugar la segunda tertulia de Deletreados en La Azotea, donde unas 20 personas se reunieron para comentar “El Horla”, un inquietante relato del escritor francés Guy de Maupassant que narra de manera breve e intensa el viaje de un hombre hacia la locura.

El narrador del relato cuenta su delirio a modo de diario, explicando la angustia que le produce una extraña presencia que él llama “lo Invisible”. Tratando de ubicar el inicio de la locura, una tertuliana señalaba el momento en el que el narrador saluda, “sin saber por qué”, al barco donde viajaba ese Ser invisible al que después llamará “El Horla”. Se trata de la idea de “el doble”, comentaban, “una percepción alterada de la propia identidad”. Un sujeto cuestionado hasta el punto de que alguien aseguró que “es casi una ausencia, porque nada se sabe de su aspecto”.
Esa angustia por una presencia que lo persigue y que trata de asfixiarlo en sus pesadillas, es la sensación imperante en el relato. “La angustia es una experiencia límite distinta al miedo, porque se refiere a algo que se desconoce”, comentaba una tertuliana.

Pero, ¿en qué contexto cultural escribe Maupassant este relato? Un asistente recordaba que en la literatura del siglo XIX se produce un contraste entre fantasía y realidad con personajes como Drácula o Jekyll y Mr. Hyde, y aumenta el interés por los saberes alternativos como el espiritismo. “El Romanticismo cuestiona la racionalidad de la Ilustración, y establece que “lo real” es frágil”.

  Un asistente trataba de dar una explicación lógica al delirio del personaje de Maupassant. “Estaba completamente solo. ¿No tiene amigos, no tiene mujer? ¿Cómo alguien en una soledad tan dramática no va a tener alucinaciones?“ Alguien respondió que en la época de Maupassant se daba una aristocracia del dolor. “El personaje romántico está solo, apartado, débil y casi enfermo”. También se habló del posible carácter autobiográfico de “El Horla”, ya que Maupassant sufría de delirios debido a su sífilis y tuvo varios intentos de suicidio.

                Al final de este fascinante viaje por el mundo de Maupassant, un tertuliano pedía una obra menos angustiosa para la siguiente tertulia. Veremos si Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, satisface su petición.

EL HORLA, de Maupassant. Un cuento a ritmo de rock progresivo. Concha M. Miralles

“8 de mayo. ¡Qué día tan espléndido” El Horla comienza en un tono apacible y relajado; demasiado, tal vez para lo que sigue a continuación… Si habláramos en términos musicales es como si se asemejara a esos contrastes rítmicos, que alternan versos sutiles con estribillos estridentes y distorsionados de un subgénero del rock, el rock progresivo, que tuvo su apogeo en los años ochenta con bandas como Pink Floyd o Jethro Tull, o incluso de otras más actuales como Dream Theater. Algo parecido, extrapolado de la música a la literatura, ocurre aquí,  por esa peculiar progresión en el ritmo del relato, que va de lo más suave y sosegado a lo más tenso y agitado. Y este símil de estructura compositiva musical se puede pensar tanto en los aspectos más estéticos como en el fondo argumental del cuento: hay en él una dolorosa convivencia entre la razón y la locura, entre el sentido y el sinsentido; momentos que se van alternando, marcando una creciente tensión y angustia.

Hay momentos, sobre todo en las primeras páginas, en los que el protagonista está libre del dominio de ese ser invisible y fantasmal, ese espectro, el Horla, que le roba la voluntad y el deseo y quiere arrebatarle la vida, y en esos momentos, que siempre ocurren en ambientes alejados de la casa, se respira paz; hay armonía, belleza, esperanza… Pero a medida que el relato se centra en lo que ocurre dentro de la mansión, en la habitación y en el propio cuerpo del protagonista, dominan el texto la tensión, el terror y la angustia y ya no hay un aliento de tranquilidad en sus páginas.

Por otra parte, hay un juego de espejos que se puede seguir a lo largo del cuento, pero es un juego de espejos con una peculiaridad que no es la lógica en estos objetos ya de por sí misteriosos, porque los que aparecen en este relato no son espejos normales, capaces de reflejar con su imagen la realidad que hay delante; por el contrario, hay una subversión a las leyes físicas que rigen su funcionamiento. Los espejos que aparecen en El Horla están investidos de extraños poderes y ninguno actúa como debería: el primero aparece en la escena de la hipnosis que ocurre en casa de la Sra. Sablé, prima del protagonista. El hipnotizador hace creer a ésta que una tarjeta de visita es un espejo, y sosteniéndola en su mano ella describe a la perfección a quién ve en él: a su primo, y los movimientos que éste hace. En el segundo espejo –este sí, un espejo real- que está en el armario de luna de su habitación, ocurre uno de las escenas más inquietantes de la historia: a pesar de estar frente a él no puede verse reflejado. En el primer caso no debería verse, y se ve; en el segundo, debería verse y no se ve. Pero, sin embargo, el protagonista grita: ¡lo he visto! En la ausencia de su propia imagen cree estar viendo la del Horla. La imagen representada, o no, por un motivo u otro siempre está alterada en El Horla.

Y al hilo de este juego de imágenes, representaciones y realidades lo que está ocurriendo es que un ser sobrenatural y diabólico quiere arrebatarle el ser, poseerlo y dominarlo, suplantarlo en su identidad (¿convertirse en él?), mientras que el protagonista lucha inútil y angustiosamente por evitar que esto suceda y alejarse de su influencia maléfica. Quiere mantenerse del lado de una realidad y cordura que en cada página son más cuestionables. La imagen del otro lado del espejo pretende convertirse en la real, mientras que la persona real lucha para que no llegue ese momento, para no ser atrapado y pasar al otro lado de la realidad, al otro lado del espejo, al terreno de la locura. Si lo pensamos desde esta perspectiva, todo el relato refleja esa transferencia vampírica. El protagonista –la víctima- pierde poco a poco la salud, la tranquilidad, el sueño; se ve privado de razón y libertad…La integridad psíquica del yo se diluye en la locura, mientras que el Horla se va haciendo más fuerte, se enseñorea entre sus cosas y cobra mayor presencia y dominio sobre su víctima. Incluso, es llamativo que, mientras que no se sabe quién es el protagonista, en un momento dado el ser invisible “pronuncia” su nombre, el máximo exponente de una identidad; es a partir de ahí cuando podemos llamarlo El Horla.

¿Cómo podemos saber que el Horla no es producto del delirio del protagonista, fruto de su locura, que no es él mismo su propio enemigo, el que se bebe el agua y la leche por las noches y quiere arrebatarse su propia alma en una furia autodestructiva? Las últimas palabras del relato son reveladoras en éste sentido: si no ha podido matarlo prendiéndole fuego a la casa, tendrá que matarse él… ¿No será que, después de tan trágico desenlace de sucesos, sólo queda por reconocer que el Horla está dentro de sí mismo, y que los dos, víctima y verdugo, instinto de vida y de muerte, son las dos caras de una misma moneda?

                                                                 Concha M. Miralles (Psicóloga y escritora)