“LA SEÑORA DEL PERRITO”: UN MARIDO EQUÍVOCO. COMENTARIO DE GABRIEL HERNANDEZ.

Una de las claves que abren y cierran muchos de los cuentos de Chéjov podría ser: “la vida sigue igual”. Por mucha relevancia que parezcan tener algunos acontecimientos, apenas cambia nada en la vida de los personajes, y al final todo parece quedar como estaba al principio. Lo cual no deja de ser algo a tener en cuenta: no es necesaria la presencia de sucesos traumáticos o desenlaces inesperados para conseguir que una historia conmueva.

Este relato termina mientras Gurov y la señora del perrito siguen metidos en una relación que no llega a ningún tipo de desenlace, dejándose llevar por ella como lo han hecho desde el principio y posponiendo la toma de una decisión que cambie el rumbo o el formato de la misma. .

Se publica en el año 1899, en el ocaso de un siglo que vio nacer a algunos de los grandes mitos literarios del amor, como son Madame Bovary, Ana Karenina o La Regenta, la más tardía de ese género literario amoroso al que nos referimos como del amor pasión. Todas ellas son novelas de desenlace trágico, presentando un recorrido que va desde el amor hasta la muerte, aunque en el caso de La Regenta ya se observan algunos cambios en la estructura y desenlace que apuntan a un final de ciclo.

El cuento de Chéjov podríamos situarlo casi fuera y casi dentro del amor pasión. Ya no encontramos aquí ese final trágico que liga la muerte con el amor, ni los personajes tienen aquella grandeza de ánimo que los empujaba resueltamente al encuentro con su destino. Son personajes más banales, mas afectados de mezquindad, fatuidad,  y cobardía. Y es en la indecisión y la cobardía donde se estanca su relación y donde, posiblemente, termine cronificándose y dejándola sin desenlace, sin el desenlace heroico que dieron a su historia aquellas grandes señoras del amor.

Sin embargo sigue habiendo una cierta semejanza en su temática argumental, en tanto tiene que ver con el adulterio o la infidelidad. Algo sigue conectando aún esta historia con las anteriores, y talvez sea posible encontrar dicha conexión en el título.

Aquéllas grandes novelas de amor se titulaban con el nombre de la heroína. Y la particularidad de este nombre que da título, es que, en todos los casos, se trata del nombre de casada, no del parental. Emma Rouault es “Madame Bovary”, Ana Arkadievna es “Ana Karenina” y Ana Ozores es “La Regenta” -casada con el Sr. Regente.

Nos preguntamos si queda algo de este carácter en el título del cuento de Chéjov, si sería posible añadir a la serie Sra. de Bovary, Sra. de Karenin, Sra. del Regente, la Sra. del Perrito, y, en ese caso, cuales habrían sido las vicisitudes que sufrió el nombre del marido en este título.

Como personaje, el marido apenas tiene presencia explícita en el cuento. Normalmente aparece aludido, y en muchas ocasiones aludido para indicar que no está. Lo caracteriza, sobre todo, el equívoco. Varias escenas dan cuenta de este carácter, por ejemplo la escena en el muelle: “Ana Sergeyevna miró a través de sus impertinentes al vapor y a los pasajeros como esperando encontrar algún conocido, y al volverse hacia Gurov sus ojos brillaban. Habló mucho y preguntaba cosas desacordes, olvidando al poco rato lo que había preguntado; al hacer un movimiento con la mano dejó caer los impertinentes al suelo. La gente empezaba a dispersarse; estaba demasiado oscuro para ver las caras de los que pasaban. El viento se había calmado por completo, pero Gurov y Ana Sergeyevna permanecían allí quietos como si esperasen ver salir a alguien más del vapor”.

¿Quién es ese alguien al que ambos hacen como que esperan? El relato no aclara nada más, pero sospechamos que únicamente podría tratarse del marido. El día que se conocieron, Ana comentó que estaba casada desde hacía dos años y que posiblemente su marido se reuniese allí con ella. En esta escena aparece innombrado, pero todo apunta a que el marido sea el pasajero fantasma, ese “alguien” que podría descender del vapor.

Durante aquella primera entrevista la señora del perrito se presenta a Gurov como Ana Sergueyevna. Luego, casualmente, él se entera de que no es ese el nombre con el que ella se ha inscrito en el hotel. “-Al pasar por el vestíbulo he visto su apellido escrito en la lista: Von Diderits -dijo Gurov-. ¿Su marido de usted es alemán? -No; creo que su abuelo sí lo era, pero él es ruso ortodoxo”.

El equívoco es evidente. La señora del perrito informa de que está casada pero se presenta con su apellido de soltera. Se presenta casada y, a la vez, sin marido.

Tampoco sabe explicar a qué se dedica su esposo, a pesar de estar viviendo dos años con él: “Mi marido podrá ser bueno y honrado, pero ¡es un lacayo! No sé qué es lo que hace allí ni en lo que trabaja; pero sé que es un lacayo.” Luego, el portero del hotel en el que Gurov se hospeda cuando, tras la primera separación, decide ir a buscarla a la ciudad donde ella reside, le da información más explícita: “Von Diderits vivía en una casa de su propiedad en la calle antigua de Gontcharny; no estaba lejos del hotel. Era rico y vivía a lo grande, tenía caballos propios; todo el mundo lo conocía en la ciudad.”

Al parecer el marido no era un lacayo, en todo caso tendría lacayos. El término que emplea su esposa para definirlo habría que tomarlo en su sentido difamante: persona servil, baja y rastrera, a pesar de que también podía ser bueno y honrado, según admite la protagonista.

También el señor Von Diderits parecía gozar del equívoco en relación a las excursiones amorosas de su señora: “Cada dos o tres meses abandonaba S. diciendo a su esposo que iba a consultar a un doctor acerca de un mal interno que sentía. Y el marido le creía y no le creía”.

¿De quién podría estar siendo “lacayo” un hombre rico y conocido en toda la ciudad? Tampoco esta cuestión queda demasiado clara, pero lo cierto es que el lacayo anda pegado a su amo como el perrito faldero a su dueña.

Todo ello permitiría plantear la hipótesis de que el título de este relato también da cuenta del nombre del marido, aunque sea bajo la forma de una alusión equívoca.

En cualquier caso podríamos considerar ésta más una historia de simple adulterio que de infidelidad, con lo cual no se trataría de una verdadera historia de amor al uso de las que la precedieron.

 Gabriel Hernández.

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La cita que viene: Memorias de un loco, de Gustave Flaubert

“Sin duda habrá alegría sobre la tierra cuando ese vampiro mentiroso e hipócrita que todos llaman civilización termine de morir. Dejaremos el manto real, el cetro, los diamantes, el palacio que se derrumba, la ciudad que cae, para volver a juntarnos con la yegua y la loba. Tras haber pasado su vida en los palacios, gastado sus pies sobre las baldosas de las grandes ciudades, el hombre irá a morir a los bosques.”

En 1938, a los diecisiete años, Flauber termina la redacción de este relato autobiográfico, que es tal vez la víspera de su consagración a la literatura. En estos recuerdos de un joven, que funden episodios reales y ensoñaciones, su primer amor, la incomprensión de los demás, la inadaptación al mundo que lo rodea, puede vislumbrarse al gran escritor que será Flaubert en su edad madura.