Discurso de Gabriel García Márquez de aceptación del Premio Nobel

Lo ponemos en el blog porque es precioso y merece el gusto de leerlo.

LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA (1982)

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 millansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

Comentario sobre “La mala hora” de Gabriel García Márquez, por Mari Cruz Alba

La mala hora es una novela hecha de relatos sueltos con una estructura fragmentada con la que el autor nos habla de dos grandes temas como son la soledad y la miseria humana.

Hay en esta obra tres historias paralelas:

1ª El diluvio, que nos muestra la dureza de la naturaleza que afecta a los más desprotegidos y muestra la miseria de la vida.

2º. La corrupción política, representada en el personaje del Alcalde y la intransigencia y conservadurismo representado por el orden eclesiástico.

3º. Los pasquines, escritos anónimos que aparecen misteriosamente al amanecer en las puertas de las casas de algunos vecinos proclamando a los cuatro vientos,  secretos de sus moradores.  Secretos que por otro lado son conocidos por todos. Lo interesante es el efecto que estos pasquines tienen.

Voy a abordar este elemento literario del pasquín desde dos aspectos que me interesan.  Uno es el contenido mismo de los pasquines y el otro es el efecto que produce el hecho de la escritura en contra posición con lo oral.

¿De qué hablan los pasquines?  La mayoría de los pasquines, salvo alguna excepción, hablan del goce sexual, de lo prohibido, de las infidelidades,  y del amor furtivo.  Por ello es por lo que el cura quiere que dejen de aparecer.

Para  el psicoanálisis los pasquines apuntan al goce de los habitantes del pueblo.  Son la muestra palpable de  lo indomable.  Lo curioso es que lo que revelan los pasquines no es nada nuevo para los habitantes del pueblo, pues se trata de secretos a voces,   pero que una vez escritos y publicados agitan la vida emocional de tal manera que tienen una efecto devastador sobre los sujetos. Mientras que esos secretos a voces se mantienen en el campo del dicho, son soportables, asumibles, la convivencia con el secreto es posible.   Pero en el momento en el que pasan a ser escritos y hechos públicos, su efecto es devastador, desencadenando una violencia tal, que llega hasta el asesinato.

¿Por qué lo escrito tiene ese efecto? Como popularmente se dice, las palabras se las lleva el viento, pueden ser negadas y permiten mantener cierto grado de intimidad y de secreto.  Pero una vez  escrito y hecho público el pasquín es una bomba que estalla en lo más íntimo y que hace que, algo de la subjetividad se desanude. Efectivamente, el goce, según el concepto lacaniano, nuestra forma de gozar es lo más íntimo y al mismo tiempo más extraño a nosotros mismos que tenemos.

Según el cura los pasquines son terrorismo moral que hay que combatir con lo que se necesario, aunque sea con terrorismo de estado. Por ello incita al alcalde a ejercer su autoridad para descubrir al autor de los pasquines y que dejen de aparecer.

Siguiendo al cura, el alcalde, entonces,  declara el toque de queda, para atrapar al autor de los pasquines, lo que a su vez le dará la coartada para satisfacer su propio goce que no es otro que la codicia. Imponiendo su autoridad, el alcalde crea una situación donde impera el miedo y el terror que es resuelto  con el asesinato del supuesto autor de los pasquines, que en realidad es un opositor político.

Lacan decía que lo escrito tiene que con el goce, con el cuerpo y que si bien la escritura viene del lenguaje, es decir que 1º es el lenguaje  lo oral, la palabra y luego es lo escrito, y que lo escrito tiene efectos de goce en cuerpo.

El pasquín nos remite al derecho de la intimidad, pero sobre todo al secreto y a la mentira. La mentira y el secreto es lo más humano porque forma parte de lo que llamamos la estructura subjetiva, de lo más íntimo que todo ser humano quiere mantener para sí mismo fuera de la mirada de los otros. Por eso los pasquines no los escribe nadie y  los escriben todos y en la novela el protagonista no es un personaje concreto.

Hablemos del secreto.

¿Quién no tiene un secreto? Todos tenemos secretos, que sean confesables o no confesables importa poco, pues lo importante del secreto radica en el valor y la función que tienen en la subjetividad de cada uno al establecer una barrera entre lo privado y lo público, una barrera ante la mirada del otro y sobre todo ante el deseo del otro que me hace interrogarme ¿qué quiere saber de mi? Lo cual constituye siempre un enigma a descifrar.

Y es que el secreto puede ser algo que el sujeto incluso ignora de sí mismo; ese no saber se convierte en defensa y se atrinchera en la intimidad.

El por qué de esa defensa, según el psicoanálisis tiene su causa en la relación que existe entre el secreto y la sexualidad; la mayor fuente de secretos en la cotidianeidad están en relación con la vida amorosa y sexual.

Como dije antes, el secreto tiene una función y es salvaguardar la vida subjetiva del sujeto.Es más, la subjetividad tiene su punto de partida en el descubrimiento de la posibilidad de mentir y de tener secretos.

Podemos afirmar que el secreto es condición de la intimidad, y que esa intimidad está seriamente amenazada por una constante vigilancia cibernética. Hoy tenemos totalmente asumida la intrusión en la vida cotidiana de las tecno-ciencias, a través de internet  y de la telefonía.

Saber que en la actualidad existe la posibilidad de que nuestros secretos puedan ser desvelados nos precipita a la catástrofe subjetiva y a la paranoia constante.

Hay una exigencia social de transparencia que entra en lucha con eso que en cada uno se resiste a ser compartido y dicho, y que tiene que ver con lo más singular y particular de cada uno de nosotros.

Tener presente estas cuestiones nos ayudara a mantener vivo nuestro  derecho a la intimad, al secreto y a la mentira.

Mari Cruz Alba -psicoanalista.

“LA MALA HORA”, de García Márquez. Las dos caras de la obscenidad. Gabriel Hernández.

Los relatos de García Márquez suelen caracterizarse por contener un gran número de personajes, todos perfectamente singularizados por una historia particular. También en esta novela encontramos ese desfile múltiple y variopinto de sujetos cuyas vidas se entrecruzan en una compleja red de la cual siempre resulta difícil destacar al que podría ser personaje central de la historia, lo cual puede suponer una dificultad a la hora de hacer el comentario de sus obras, en tanto no se dispone de un referente a partir del cual organizar y estructurar la lectura.

De esta forma, la falta de un personaje que de forma clara y concluyente se sitúe como el protagonista central de la historia, a falta de un sujeto, nos lleva a buscar dicho protagonismo en un objeto. La cuestión sería cual es el objeto de esta historia, alrededor del cual giran todos los personajes, el objeto, la temática, la idea… ¿De qué trata esta historia, no de quién?

El relato transcurre en un momento en el que el pueblo está dividido entre vencedores y vencidos. Al parecer hubo una guerra civil –que no es cualquier tipo de guerra- y no sería extraño que ese conflicto armado volviese a repetirse. Se trata de un contexto postbélico pero que también podría calificarse de prebélico. El bando derrotado sigue manteniendo guerrilleros por la zona.

Por otro lado se puede diferenciar entre dos tramas que no se sabe con certeza si se desarrollan paralelamente o de forma consecutiva: una es la trama política o militar, la disputa o rivalidad entre el mando oficial o gubernamental y los partidarios de la guerrilla, de los derrotados en aquella guerra. Otra es la trama de los pasquines con la que comienza la historia, pasquines que, no se sabe quien o quienes, colocan en la puerta de las casas particulares para hacer públicas las infidelidades y bastardías familiares que se llevaron o se están llevando a cabo en ese momento, una trama más civil, más del ámbito de la convivencia cotidiana entre los vecinos, de los chismes, enredos y murmuraciones que se dan en todos los pueblos. Y luego hay dos figuras de autoridad interesados respectivamente en una y otra: el cura, más preocupado por el escándalo de los pasquines, y el alcalde, más interesado por controlar a los revolucionarios o alteradores del orden político instaurado por los vencedores tras la guerra civil. Podríamos decir que representan a la autoridad militar y a la autoridad moral, ninguna de las cuales es legítima, en tanto han sido impuestas por las armas.

El objeto de esta historia tiene la particularidad de venir a enlazar y establecer continuidad entre dos situaciones, dos formas de relación con los demás, que, en apariencia son completamente opuestas, como pueden ser la amistad y el odio, el amor y la guerra, la sexualidad pública y la privada.

Se dice de una guerra civil que es una guerra entre padres e hijos, una guerra entre hermanos, con lo cual la guerra civil ya es una situación donde se da ese tránsito entre la fraternidad y el odio. El vecino, el amigo, lo que resultaba más familiar, la guerra civil lo convierte en extraño y odioso. Por otro lado los pasquines hacen pasar algunos comportamientos sexuales desde el ámbito privado a la vergüenza pública.

Una de las cosas que más me sorprendió de la gente de este pueblo, y a lo que, en principio, no se le encuentra demasiado sentido, era que en ese contexto que hemos descrito de odios a muerte, enfrentamiento armado, venganzas cumplidas o aún por llevar a cabo, ese ambiente tanto postbélico como prebélico, a la gente le diese por ir poniendo papelitos en las casas sobre la conducta sexual de los vecinos. Hay muchos personajes de la historia que califican esto de cosas sin importancia pero molestas, tonterías, vainas. La palabra vaina es habitual en Colombia y viene a significar una cosa sin sentido, una pamplina molesta. Sólo el cura parece darle importancia, dice que son actos de terrorismo moral y pide ayuda al alcalde para que descubra quienes son los responsables. En cualquier caso es un dato, es un hecho que caracteriza a esta historia: tras la guerra civil sufrida por el pueblo, surge este, para algunos, extraño interés por desvelar la sexualidad de la gente, la sexualidad vergonzosa, ilícita etc.

Hay sin embargo un personaje civil que, ya al principio de la historia, después de la muerte que provoca el primer pasquín, advierte sobre las consecuencias que puede tener aquella práctica: “El secretario no tenía deseos de seguir conversando, extenuado por el hambre y la sofocación, pero no creyó que los pasquines fueran una tontería. «Ya hubo el primer muerto» dijo. «Si las cosas siguen así tendremos una mala época.» Y contó la historia de un pueblo que fue liquidado en siete días por los pasquines. Sus habitantes terminaron matándose entre sí. Los sobrevivientes desenterraron y se llevaron los huesos de sus muertos para estar seguros de no volver jamás.”

Para este personaje la importancia de los pasquines no tiene que ver con una cuestión moral, sino de supervivencia, podrían provocar otra guerra civil, y es precisamente entre la guerra civil pasada y la que podría estar por venir, en ese paréntesis de entreguerras, cuando aparece la curiosidad morbosa por la sexualidad inconfesable del vecino.

¿Cómo calificar esa práctica que consiste en sacar y poner a la vista de todos los goces privados de cada uno? Creo que podríamos calificarlo de acto obsceno, y no me refiero al acto o actos que llevasen a cabo el fulanico y la menganica en la intimidad de su retiro, sino al acto de llevar esa escena desde el ámbito privado al ámbito público, al acto de publicarla.

Si buscamos el significado de la palabra “obsceno”, vemos que se trata de algo que ofende al pudor, es decir, a lo que debe estar guardado, oculto, recatado. Por otro lado, el significado del prefijo “obs” tiene que ver con un “poner algo delante”. “Obstáculo” algo que se pone delante, “obsequio” es algo que uno lleva delante en su relación con el otro, “obsesión” algo que no puedes poner a un lado o dejar atrás, sino que está siempre delante, siempre presente, y “obsceno”. En este caso se trataría de un poner delante de los demás algo que no tendría porqué estar ahí. La escena que pertene al ámbito privado, que, en todo caso, tendría que ver con lo que pasa de puertas a dentro, mediante el pasquín se coloca de puertas a fuera para que la vea todo el mundo que pase por allí. Una escena que, mientras se desarrolla detrás de esa puerta, no tiene porqué ser necesariamente obscena. Todo depende de si esa escena la ve o se hace ver a alguien que no tendría porqué verla. Es el pasquín el que vuelve obscena una escena, en la medida en la que la coloca delante de todos. Es decir, no hay una sexualidad obscena, sino, sino un manejo obsceno de la sexualidad.

Sabemos que en nuestra época la obscenidad, ese poner delante de un público anónimo los trapos sucios de los particulares, suele tener una gran audiencia. Al parecer también la tenía en este pueblo.

Y luego está la cuestión sobre los autores del los pasquines, ¿Quién los ponía? El relato termina sin que los responsables hayan sido descubiertos. Se trata de una pregunta que sólo resuelve bajo una forma enigmática. Cuando el alcalde recurre a la adivina Casandra para resolver el misterio, ella le responde: “Es todo el pueblo y no es nadie”. Si todo el pueblo es culpable, entonces no hay nadie que pueda señalar a los culpables y castigarlos. Este tema se resuelve en una total impunidad.

Pero la respuesta de Casandra aporta otro dato interesante. El pueblo estaba dividido en dos bandos enfrentados, se vivía en un estado de creciente tensión agresiva que en cualquier momento podía romperse y llevar a un acto homicida o de ajusticiamiento. Sin embargo, no encontramos que  esta división en facciones influya, condicione o tenga algo que ver con la colocación de los pasquines. No hay bandos ni diferencias políticas en base a las cuales se organice la colocación de los pasquines. No se trata de una actividad que uno de los bandos organice para desprestigiar o provocar en el otro bando efectos de ruptura y división. No encontramos allí una confrontación entre vencedores y vencidos, guerrilleros y gubernamentales, izquierdas y derechas. Es como si ese pueblo al que han dividido y enfrentado cuestiones ideológicas, políticas, económicas etc, volviera a hermanarse y ponerse de acuerdo en esta práctica que tiene que ver con la obscenidad de un goce.

Los pasquines, más que venir a señalar diferencias y enfrentamientos entre la gente del pueblo, los engloban, los unifican. Sería la otra cara de la moneda, la otra cara de la guerra civil, del enfrentamiento y la rivalidad mortífera. Es todo el pueblo y nadie. Es todo el pueblo, y, por lo tanto, a nadie puede hacerse responsable.

La tragedia de Sófocles, “Edipo Rey”, podría ser una forma simplificada de ejemplarizar todo esto. Ni Edipo reconoce a su padre, ni Layo reconoce a su hijo cuando se encuentran en un estrecho camino por el que circulan en sentido contrario. Ambos suponen un obstáculo para el otro, ambos se obstruyen el camino. El carro en el que avanza Layo a toda velocidad arrolla a Edipo y lo arroja fuera del camino. Es en ese lugar donde se da el enfrentamiento en el que Edipo mata a su padre y al soldado que lo acompañaba. No hay palabras que vengan a ser, entre ellos, como un obsequio. Hay, en todo caso, la obscenidad del enfrentamiento, del choque frontal entre padre e hijo. Lo que vino después de esta pelea familiar fue que Edipo tomo por mujer a su madre ante el pueblo de Tebas.

Si intentásemos hacer una especie de algoritmo o fórmula  de lo que venimos diciendo, podríamos escribirlo así:       Guerra Civil/Pasquines

Los que por encima de la barra se enfrentan en una lucha a muerte, por debajo comparten un objeto de goce -en el caso de Layo y Edipo, Yocasta.

Estas podrían ser las dos caras de la obscenidad que nos presenta la historia de García Márquez.

Gabriel Hernández.

CRÓNICA TERTULIANA. “La mala hora”. Gabriel García Márquez.

Desde hace casi treinta años La Puerta Falsa es uno de los locales emblemáticos de Murcia, sobre todo en lo referido a actuaciones musicales en directo. Pero no es esa la única actividad cultural que este lugar acoge, también es posible disfrutar de la fotografía, el teatro, la magia o la literatura mientras se toma una copa. Allí inició el pasado viernes la tertulia de Deletreados su nueva etapa. El libro, “La mala hora”, de Gabriel García Márquez.

El texto resultaba  extraño en su temática, demasiado abierto, poco unitario, y la historia parecía fragmentada en las diferentes historias que contaba, pero el desarrollo de la tertulia fue dejando sobre el mismo una sensación de mayor coherencia

A propósito de la autoría colectiva del uso de los pasquines, se hizo referencia a la similitud que podría haber entre este pueblo y el que Lope de Vega presenta en su obra Fuenteovejuna, cuestión que, por añadidura, venía también a plantear la diferencia entre el “todos” de Fuenteovejuna frente al rey y el “todo el pueblo y nadie” que caracteriza al relato de García Márquez.

Otro de los tema que suscitaron el interés de los contertulios fue el efecto resonante que tuvo sobre la gente del pueblo el hecho de pasar a la forma escrita de los pasquines las murmuraciones y cotilleos que, posiblemente, ya se andaban diciendo por el pueblo desde hacía tiempo. Se concluyó que la forma escrita del pasquín o del panfleto guerrillero añadía al mensaje una autoridad que no tenía la transmisión hablada, en tanto suponía la existencia de un Otro diferente y más autorizado que el otro en su simple condición de vecino, amigo o paisano.

Se habló del carácter invasivo y amenazador que la naturaleza suele presentar en los relatos de García Márquez. La selva, las inundaciones, los animales, son una amenaza constante para aquellas pequeñas y mal comunicadas sociedades, siempre en peligro de ser tragadas por el avance de aquella naturaleza salvaje. Y de la plaga de ratones que asola la iglesia del pueblo, contra la que el cura presenta batalla diaria en una guerra que nunca ganará. Algún contertulio lo entendíó como una metáfora de la corrupción, como si aquellos ratones ya hubiesen llegado a formar parte de aquella iglesia.

Cuando nuestra tertulia terminó, una chica abrazada a una guitarra ya ensayaba sobre el anexo escenario la actuación que ofrecería una hora después. Le deseamos suerte, y creo que ella a nosotros también.

Si no pasa nada la próxima volverá a ser en La Puerta Falsa, y en esa ocasión nos convocará “La Señora del Perrito”, de Antón Chejóv.

Alguien que estuvo allí.

LA CITA QUE VIENE

“El secretario no tenía deseos de seguir conversando, extenuado por el hambre y la sofocación, pero no creyó que los pasquines fueran una tontería. «Ya hubo el primer muerto» dijo. «Si las cosas siguen así tendremos una mala época.» Y contó la historia de un pueblo que fue liquidado en siete días por los pasquines. Sus habitantes terminaron matándose entre sí. Los sobrevivientes desenterraron y se llevaron los huesos de sus muertos para estar seguros de no volver jamás.”

LA MALA HORA. Gabriel García Márquez

LA PRÓXIMA TERTULIA EN “LA PUERTA FALSA”

Queridos amigos de Deletreados:

Esperamos que la vuelta a las actividades tras el descanso vacacional haya transcurrido sin contratiempos.
Nuestras tertulias sí que sufrirán algún cambio en lo que se refiere al local donde las celebrábamos, ya que La Azotea ha cerrado por problemas de financiación. Desde aquí queremos darle las gracias a La Azotea, en especial a Eva, por habernos hecho sentir tan bien y haber permitido iniciar y desarrollar este proyecto. Les deseamos toda la suerte y el éxito que se merecen en lo que emprendan.
La próxima reunión la tendremos en La Puerta Falsa. 
Será con el texto LA MALA HORA, de GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ el viernes 26 de SEPTIEMBRE, y de forma excepcional un poco antes que de costumbre, a las 18.30 horas en La Puerta Falsa –Calle de San Martín de Porres, 5, 30001 Murcia.
Hasta entonces felices días, semana y lectura.
Saludos cordiales.