LA PERLA. Historia del hombre al que una perla convirtió en ostra. Gabriel Hernández.

Kino era un hombre feliz. Feliz en su mundo, ese al que todas las mañanas se asomaba, cuando las estrellas aún lucían, para contemplar el amanecer mientras escuchaba el suave romper de las olas sobre la playa. Todo aquello era música a la que el nacimiento del día iba añadiendo nuevos motivos melódicos, en un in crescendo cuyo colofón ponía el rítmico sonido de la muela donde Juana trituraba el grano para hacer las tortas. Kino habría llamado a  esta sinfonía la Canción Familiar.

Cuando su hijo fue picado por el escorpión, otra canción sonó; era la Canción del Mal o la Canción del Enemigo, tan ancestral como la primera. Fue entonces cuando Kino salió en busca de la perla con la que pagar al médico que salvaría la vida a su hijo. Sin embargo, fueron los remedios maternos los que empezaron a curarlo y él se encontró con una perla que ya no necesitaba. La perla había perdido gran parte de su utilidad, pero era muy grande y, si bien apenas tenía ya valor de uso, Kino sabía que tenía un gran valor de cambio, no entre la gente de su pueblo, que no habría podido darle casi nada por ella, porque casi nada tenían, pero sí en ese otro mundo que representaba la ciudad en cuyos arrabales vivían. A partir de ese momento cambia la lógica de su vida. Lo importante no será tener lo que se necesita sino necesitar lo que no se tiene, aunque se trate de cosas innecesarias para la vida. Coyotito ya estaba curado, Kino ya tenía a su hijo, sin embargo empieza a concebir la idea de que, con la perla, su hijo podría ser otro diferente al que él y Juana habían concebido desde el principio; otro del cual podría sentirse, incluso, más orgulloso. Quería la perla para ese hijo. Cuando el niño muere, la perla ya no tendrá valor. Kino no necesitaba una perla para tener un hijo; necesitaba un hijo para tener una perla. El cuento relata la historia de esta confusión.

La perla pone a Kino entre dos mundos, dos culturas, dos formas de entender la vida. Uno de ellos es antiguo, mágico, primitivo, sobrevive aún fuera de la ciudad, pegado a la naturaleza, tanto que si se alejase de ella desaparecería. El otro es un mundo urbano, moderno, que vive del negocio; no del trabajo, de hacer negocio con la explotación de los recursos naturales de aquel mundo primitivo. Kino y sus compatriotas extraen perlas del fondo marino y con ello alimentan la voracidad, cada vez mayor, del mundo moderno. Lo que sacan con este trabajo les basta para seguir viviendo en su mundo y seguir conservándolo frente a las amenazas del enemigo urbano. Se trata de un estilo de vida que el mundo moderno  ve como deficitario o insuficiente, ya que está regido por una economía de subsistencia, una economía sin crecimiento sostenido, que produce sólo lo necesario para subsistir. Producir un exceso sobre lo que se necesita para vivir no tiene allí demasiado sentido. Lo tiene en ese mundo moderno que monta su mercado sobre el excedente de lo necesario.

Cuando Kino extrae su perla produce un exceso, y eso le va a traer problemas. Tiene más de lo que necesita para subsistir y querrá hacer un buen negocio con ese exceso. La condición será abandonar su mundo, su casa, sus amigos, su música y emigrar a la gran ciudad; a ese mundo moderno donde se hacen mejores negocios.

Desde que la tiene en su poder, Kino ya no dice las mismas cosas que antes, su discurso cada vez se adecua menos al de su grupo social. Cuando decide marcharse, su hermano, que siempre ha estado cerca de él, ya no sabe qué decirle. Con su esposa apenas necesitaba hablar para entenderse; ambos escuchaban la misma música, tanto la familiar como la del enemigo. Sin embargo la perla trae también incomprensión y falta de entendimiento entre ellos.

Kino ya no se entiende con los de su pueblo. Todos opinan que lo mejor sería deshacerse de la perla, bien rompiéndola entre dos piedras, pagando misas o dándola a los pobres.“Todos deseaban que la súbita riqueza no enloqueciera a Kino, no hiciera de él un verdadero rico, no lo sumergiera en toda la maldad del orgullo, el odio y la frialdad”. Al decir de su gente, la posesión de la perla podría tener sobre Kino un efecto enloquecedor y de ruptura con el mundo al que pertenecía.“Has desafiado no sólo a los compradores de perlas, sino a la organización entera de nuestra vida, y temo por ti.” -dice su hermano. La cuestión es si Kino va poder vivir fuera de su mundo.

La perla, efectivamente, está maldita. Dirige la vida de Kino, lo embruja con su reflejo haciéndole ver cosas que sólo están en su imaginación y lo obliga a seguir caminos extraños que nunca pensó recorrer.

El desenlace final de la historia nos llevaría a concluir que, si bien Kino es un buen hombre, no fue un buen padre. No supo proteger la vida de su hijo, no cumplió aceptablemente con esa función. Coyotito tal vez habría estado mejor bajo la protección de su tío paterno. A pesar de que el motivo que lo impulsa parece tener que ver con el porvenir y el bienestar futuro de su hijo, es otra la cuestión que finalmente se impone. Se va a tratar más de una cuestión de hombría que de paternidad. Así es como se reivindica en varias ocasiones frente a su esposa: “Había dicho: «Soy un hombre», y esto significaba algunas cosas para Juana. Significaba que era a medias loco y a medias dios, quería decir que Kino era capaz de medir sus fuerzas con una montaña o contra el mar”. Si se cree medio Dios es porque ya es medio loco; una cosa lleva la otra. Más que un hombre, Kino parece creerse un superhombre, un gran hombre. El cura del pueblo también le transmite esta idea, haciendo alabanzas a esa nueva condición humana que parece haberle traído la perla: “Te llamas como un gran hombre, como un Padre de la Iglesia”, le dice. “Tu homónimo civilizó el desierto y pacificó las mentes de tu pueblo”. Son palabras de alguien que pertenece a una tradición religiosa en cuyo origen está Abraham, aquél que para ser reconocido como un gran hombre por Dios no hubiera dudado en sacrificar a su hijo. Siempre debería ser motivo de preocupación para los hijos el hecho de tener como padre a un gran hombre, ya que, como sucedió en el caso de Abraham, podría sentirse llamado a ejercer su paternidad sobre los pueblos, incluso a costa del sacrificio de sus hijos.

Si la función paterna es algo que se transmite de padres a hijos, resulta evidente que Kino se aleja de esa función en la medida que avanza perdiendo lo que tenía para transmitir a su hijo. Sus amigos, sus familiares, su cabaña, su canoa, todo lo que él ha recibido y debía pasar a su hijo se va quedando en el camino. Pero Kino sigue adelante. Cree haber encontrado para su hijo algo de más valor que lo que él mismo recibió de padres y abuelos.

La perla viene a romper la cadena de lo que, hasta ese momento, generación tras generación, había sido la transmisión paterna. De haber llegado al final de su viaje por este derrotero y logrado venderla, Kino no habría tenido nada que transmitir a su hijo, salvo el dinero ganado con la venta. De esta forma se habría convertido en el primer eslabón de una nueva cadena  de transmisión paterna, pero por la cual ya circularían otro tipo de valores, los adquiridos en el mercado de valores de la gran ciudad. Sin embargo, lo que se va dejando en el camino tiene para él un valor imposible de ajustar al valor de mercado. Su canoa es mucho más que una canoa. Si cuando pierde la suya no se permite coger la de otro hombre, es porque, según su sistema de valores, nunca  sería posible compensar esa canoa con otra, ya que esa otra canoa, por muy moderna y costosa que fuese, ya no sería la de ese hombre, la que recibió de su padre y éste de su abuelo y que estaba destinada a su hijo. La compensación económica, cualquiera que fuese, nunca habría tenido una equivalencia de valor y, por lo tanto, nunca habría sido suficiente para compensar el delito cometido contra ese hombre. El dinero no es aún en la cultura de la que procede Kino, ese operador universal mediante el cual se podría establecer una equivalencia de valor entre cualesquiera tipos de objeto.

Esta es la tragedia del personaje, que se obstina en hacer un viaje cargado con un equipaje moral totalmente inservible en ese mundo al que se dirige, y del que tendrá que ir desprendiéndose, lo quiera o no, conforme avance hacia ese destino. Sería como el esquimal que se empeña en irse a vivir al desierto vestido con su anorak y llevando sus herramientas de caza y pesca, todo aquello sin lo cual, como es bien sabido, un esquimal no podría vivir.

De esta forma, Kino avanza hacia un destino que lo convertirá en el primer padre de una nueva saga, una nueva dinastía en la que ya no será la canoa, ni las canciones del amanecer, de la familia y del enemigo, ni aquellas palabras propias que sonaban allí como en ninguna otra lengua, lo que se transmita de padres a hijos, sino…, quién sabe qué.

Pero esta confusión o conflicto que podríamos catalogar de ideológico o cultural, se sostiene sobre otra, cuya vertiente subjetiva pone de manifiesto ese desconcierto de músicas que acompaña a Kino durante su viaje. La música del enemigo se va confundiendo con la música familiar, pegándose a ella tanto como lo estuvo la perla a la ostra. Cuando ya no se puedan diferenciar vendrá la locura.

Tras conseguir la perla, Kino empezó a verse reflejado en ella. Todos sus proyectos y fantasías tenían allí cabida, hasta el punto de que la perla le transmitió su gran valor. Cuando su hermano le pregunta por última vez si quiere desprenderse de ella, le contesta: ”Esta perla es ya mi alma…Si me desprendo de ella perderé mi alma”. Kino se confunde con la perla, creía ser la perla cuando, en realidad, sólo era la ostra. Esta es su mayor confusión. Y de ahí su cerrazón ante las advertencias y consejos de los suyos: cuanto más le piden que la deje caer, con más fuerza cierra el puño sobre ella.

Cuando Kino encuentra la perla entra en una cadena depredadora. Se deshizo de la ostra y se quedó con la perla, y a partir de ese momento es él quien ocupa la función de la ostra. Él es ahora la ostra que contiene a la perla y otros depredadores más poderosos intentarán hacer lo mismo, deshacerse de él para arrancarle la perla. Más que matarlo, lo que quieren sus perseguidores es pescarlo o cazarlo. Su muerte vale para ellos tanto como para Kino la de la ostra a la que quitó la perla.

Creerse un hombre siempre, contra viento y marea, en cualquier lugar y al margen de todo contexto sociocultural, forma parte de su delirio. Cuanto más hombre cree ser más ostra se vuelve. Su viaje es esta metamorfosis durante la cual va perdiendo aquellos objetos y vínculos sociales que hacen a su condición humana, mientras se dirige a un mundo donde no tendrá ningún valor como hombre, donde sólo será reconocido como el contenedor de la perla.

Los hechos no son nunca los hechos. Son siempre hechos dentro de un determinado contexto social y discursivo que es del que reciben su sentido y valor. Tampoco una perla, por muy grande que sea, tiene un valor en sí misma. El cuento nos explica cómo una perla puede ser un objeto diferente dependiendo del mundo en el que se ubique. Veamos cuales son los efectos de la perla sobre la ciudad: “La noticia despertó algo infinitamente negro y malvado en la ciudad; el negro destilado era como el escorpión, como el hambre al olor de la comida, o como la soledad cuando el amor se le niega. Las glándulas venenosas de la ciudad empezaron a segregar su líquido mortífero y toda la población se inflamó, infectada”.

En el pueblo de Kino la perla ocupa otro lugar: “Los vecinos sabían ya que acababan de presenciar algo maravilloso. Sabían que en adelante el tiempo se contaría a partir de la perla y su hallazgo, y que este momento sería discutido durante largos años”. Aquí la perla será motivo de leyenda, una historia que los padres contarán a los hijos. Pasará a formar parte del acervo cultural del pueblo y la gente se sentirá orgullosa de poder decir que estuvo allí y vivió ese momento histórico. Aquí la perla sirve para hacer discurso y favorecer la cohesión social; allí sirve para amontonar dinero mediante la estafa, la muerte y la destrucción de los bienes. Aquí “La música de la perla se había unido con la de la familia de tal modo que una embellecía a la otra”. Allí la perla suena de forma diferente, hace sonar la música del enemigo. Ambas músicas, como ya vimos, estarán confundidas mientras Kino siga escondiendo su perla.

Tampoco un gran hombre es el mismo en las diferentes culturas. En aquella a la que se dirige Kino para vender su perla, un gran hombre es un hombre rico y exitoso en los negocios. En esa otra de la que le habla el cura, el gran hombre, incluso el gran dios, es aquél capaz de sacrificar a su hijo a cambio de ejercer su paternidad sobre los pueblos. En la cultura de la que proviene Kino son otros los caracteres que definen al gran hombre.

Cuando Kino encuentra la Perla del Mundo da el primer paso para convertirse en un gran hombre, no en cualquier lugar, sólo entre los suyos. Pero no basta con eso para reconocerlo como tal, queda otra condición: que, después de haberla encontrado, sea capaz de desprenderse de ella.

La historia muestra que no es posible proteger la perla como lo haría una ostra y proteger a un hijo como lo haría un padre.

Como venimos diciendo, la perla se ubica en dos diferentes comunidades sociales, dos diferentes sistemas de valores. En uno de ellos la perla sigue una deriva sin posible salida, pasando de mano en mano y contaminando a su paso todo lo que toca. Siempre encontrará un hombre ostra que la proteja. Allí sería impensable que nadie quisiese desprenderse de ella. En el otro sistema sí hay previsto un lugar para que la perla sea evacuada. El objeto perla podrá ser metabolizado y de ella sólo quedará una leyenda, un mito, una historia, un resto que será fructífero en tanto dará cohesión  a dicho sistema de valores y reforzará el vínculo social de los sujetos implicados en el mismo. Todo lo contrario de lo que sucede en el primer caso, donde el efecto de esa perla, que ha llegado allí para quedarse, es el de una continua degradación de los valores sobre los que se cimenta la relación social.

Gabriel Hernández.

La perla y sus oscilaciones. Comentario a La perla, de J. Steinbeck, por Concha M. Miralles

Si se lee y se escucha con atención, La perla de Steinbeck es un relato con reiterativos movimientos pendulares: lo conocido y lo desconocido se alternan; también la historia oscila entre dos mundos enfrentados: el de los ricos y el de los pobres, el de los colonos y el de los indígenas.Las relaciones sociales son de dominio, control y poder de los ricos sobre los indígenas, a quienes oprimen y explotan. El destino de éstos es de lucha y oposición o bien de aceptación y sumisión; no hay otro. Las escala de valores de  uno y otro lado son no sólo diferentes, sino contrarias, y será la perla el objeto que haga oscilar también el deseo de abandonar los propios valores de Kino para abrazar los valores del lado de los ricos. Otro eje de oscilaciones es el de la fortaleza y la debilidad: referida a las clases sociales y  también presente en la escena del bebé indefenso picado por el maligno escorpión.

Kino y Juana viven tranquilos, conformes y hasta felices con la vida que les ha tocado. Nunca antes había ocurrido porque era algo innacesible para ellos, pero ahora se atreverán a acudir al médico de los ricos para pedirle el remedio, la cosa mágica y terapéutica que salve al hijo herido de muerte por la picadura de un escorpión. Ya no están conformes con lo que tienen en su pequeño mundo, porque necesitan algo que tienen los ricos y de lo que ellos carecen: dinero para pagarle al médico que salvaría la vida del pequeño.

Hay una fantasía de curación frente al mal-dolor-muerte del pequeño Coyotito y en esa fantasía el dinero es la condición. El médico es un sujeto de poder, un burgués ávido de riqueza y poder; cura el mal, el dolor y la enfermedad con sus remedios y éstos se compran con dinero. Imposible para los pobres y los  indígenas acceder a este privilegio… Pero Kino y Juana  necesitan urgentemente remedios para impedir la muerte de Coyotito provocada por la picadura de un escorpión, y tanta es la fuerza de su deseo que “la perla del mundo” viene en su ayuda mientras Juana la convoca con sus plegarias al cielo. El discurso de la posibilidad de la muerte genera desesperanza –música del mal- ; el antídoto –la perla, que traerá el remedio- repara, recupera y restaura, y se acompaña de la música del bien.

La perla traerá la posibilidad de sanar al pequeño envenenado por el escorpión, pero a cambio también traerá otro tipo de veneno. La música familiar se altera en los oídos de Kino y surge la música del mal para avisarle, a modo de intuición, de las malas intenciones de algunos: envidia, avaricia, deseo de robar, matar o hacerles daño con tal de arrebatarles la perla… Se alterna la música pacífica y tranquilizadora de su mundo con la amenazante del mundo al que pretende acercarse. Juana habla de que está maldita y querrá devolverla al mar, pero Kino se lo impide.

El veneno de la perla hace que aparezcan el reverso de los propios sentimientos, pero ahora contrarios y nuevos: la envidia, la avaricia y el deseo de poder y de conseguir un supuesto saber frente a la humildad, el conocimiento ancestral y la aceptación de la vida sencilla que antes llevaban.

Las relaciones sociales que se describen en el relato son las que se establecen entre dos mundos enfrentados, de amos y esclavos. Los indígenas trabajan para los ricos, cogen las perlas con las que ellos se enriquecen y por las que les pagan una miseria. El relato y la denuncia de las injusticias sociales son una constante en la obra de John Steinbeck, y La perla es otra historia que las ejemplifica. El médico manipulador quiere y necesita enfermos que le autoricen en su poder ilimitado sobre la vida y la muerte. Enfermos al borde de la muerte que justifiquen su saber y le consoliden en su poder.

¿Qué hacer con la amenaza de muerte, con la impotencia, el destino, con el fracaso y el miedo cuando no se tienen armas con las que luchar para vencerlo? Kino y Juana tendrán dos opciones: resignarse o luchar por intentar cambiar ese destino. El cielo está de su lado, y por una vez sus ruegos son escuchados. La perla es el comodín, el objeto de poder que podrá darles lo que necesitan y, si bien al principio sólo la necesitaban para pagarle al médico poco a poco Kino acaricia la idea de que gestionándola bien podrá conseguir mucho más para su hijo y para ellos mismos, pero no es tan fácil salir del mundo de los pobres para pasar al de los ricos.  La historia de  La perla remite a la inevitable imposibilidad de alcanzar el paraíso y el sueño americano.

Kino y Juana, a medida que avanza la historia y tienen que protegerse de la amenaza de muerte y robo de la perla, se convertirán en otros nuevos Ulises de Homero. Harán un arriesgado viaje que finalmente volverá a llevarlos al mismo lugar, derrotados pero con un íntimo conocimiento de la crueldad de sus destinos. Al final es como si nada en realidad hubiera ocurrido. Al final vemos cumplido el destino de muerte que en las primeras páginas se escribía para Coyotito, cerrándose así un sencillo círculo que parece ampliado en espirales concéntricas, al indagar en los anhelos, en las debilidades  y en las pasiones de los distintos personajes.

Dice el Talmud: Si no es ahora, ¿cuándo? Si no soy yo, ¿quién? Kino, tratando de poner a salvo la perla, hará todo lo posible e imposible no sólo por salvar la vida de su hijo y las suyas propias, sino también por cambiar el destino de pobreza y miseria. La perla también se convierte en un objeto del mal en sí misma (Juana quiere deshacerse de ella).

Decía Alphonse Lamartine: un solo ser  os falta y todo queda despoblado. No basta con tener vecinos, con vivir rodeado de personas para estar integrado en una comunidad. Para ser un ser social hay que estar vinculado al mundo con los otros, hay que hacer lo que se llama lazo social; es preciso poder crear y mantener vínculos de afecto. Pero a veces estos son tan intensos que si se rompe esa relación o la persona desaparece entonces es el desierto, el vacío, el autismo…

Con la muerte de Coyotito el mundo entero deja de tener sentido para Kino y Juana y todas las ilusiones se desvanecen a medida que regresan, con el hijo muerto en brazos, sobre sus pasos y vuelven al poblado de donde partieron. El mundo de pobreza y penuria en el que vivían será a partir de ese momento sólo la imagen especular de su propio estado anímico, el refugio donde únicamente se podrán alojar a partir de ese momento, fijando un determinismo en sus vidas que va más allá de lo meramente social o geográfico.

Concha M. Miralles

La per la per la per la per… principio y final de todas las cosas. Antonio J. Villahermosa

El cuento “La Perla”, de John Steinbeck, entiendo que sigue un determinado rumbo, fijado en el autor, por el autor: el de intentar hacer patentes, evidentes, las desigualdades humanas, los desajustes sociales, las injusticias, pero también se adentra en un determinismo obscuro, que afecta a los pobres y a los que nada tienen, a los parias, a los necesitados, y eso está bien.

Entiendo que es de esos textos que, aún siendo cortos, desde él se pueden decir numerosas cosas, por el hecho de que está atravesado sobre todo por la vieja tradición judeo-cristiana, y nosotros, que lo leemos, también, y por eso tan bien lo entendemos. Es la base de una de las estructuras fundamentales del ser humano en su condición psíquica, las neurosis, en las que se aderezan tanto el bien como el mal, la culpa y el pecado, los límites ¿cuáles?- de lo que está decidió, determinado, etc.

Desde ahí son innumerables las cosas que se podrían decir.

Pero del texto extraigo también, como si tuviera algo de una construcción bipolar, otra cosa que me satisface más que lo anterior: más allá de las palabras que delimitan a los hombres, a los personajes y sus vicisitudes, las palabras que evocan  los lugares, los sitios, los momentos; la luna, el sol, el mar, la bahía y sus espejismos, las montañas, los animales, los árboles, los desiertos, el agua…, y lo que hay más allá de todo ello. Todo esto me gusta, aunque sea corto, por cómo está escrito. Apunta a la naturaleza, sí, pero es la mirada de un hombre cuando mira a la naturaleza, y no cuando mira a otro hombre. Apunta a la vuelta, a los inicios… pero, ¿a qué inicio? En lo demás, en lo otro, es una obra más sobre la condición humana, una más.

Pero, ¿qué quiere Kino?, que su hijo, Coyotito, no sé si de coyote, sepa, tenga el saber, ¿Cuál? También quiere casarse, tener ropas nuevas, un arpón… y un rifle.

Pero el discurso de Kino, como decía al principio, esta inoculado por la tradición judeocristiana, y tal vez el saber que importa para él, el que quiere para su hijo, no sea el que él tiene, y su padre tuvo y que le enseñó el abuelo y a este el tatarabuelo…, el saber ancestral sobre el vivir.

Aunque habla de los ancestros, Steinbeck se queda cuatrocientos años atrás, cuando la poderosa España llegó e inoculó sus formulas vitales a los que allí estaban. Pero tampoco podemos pedirle a Steinbeck más; al fin y al cabo él no es ni paleontólogo, ni antropólogo, ni arqueólogo, es un escritor, que no es poco, y atravesado, él también, por la estructura religiosa.

Entonces, ¿qué quería para su hijo? Que sepa, que sepa la verdad, ¿cuál?, ¿la que atesoran aquéllos que, estando también atravesados por la misma estructura religiosa, ética, moral etc, la atraviesan, la profanan, la mancillan sin más ni más? ¿qué saben ellos sobre esto?, ¿es esa la verdad que quiere saber, que son sólo redes, redes de palabras, de estructuras simbólicas que tienen consecuencias en el hombre, pero que hay quienes saben acerca de los subterráneos de esas redes? ¿Por qué quiere un rifle? ¿Por qué no quedarse con un saber que es el que ya tuvimos y con el que fuimos, el de las necesidades? Porque, tal vez, entonces, ya no seríamos hombres, sino animales. Es lo que posiblemente haga que se pase de las necesidades a algo más, las demandas, los deseos, las ilusiones. Esto sería la condición humana propiamente dicha.

No sé por qué una ostra, a la que le entra un granito de arena, hace una perla. Nosotros sí hemos inventado qué hacer con ella, y, además, sabemos provocarlas, a ellas, a las ostras, para que hagan perlas. Como la perla es a la ostra la condición humana es lo que ha ido creciendo en aquello que hemos dicho que era, desde hace miles de años, el hombre.

Muerto Coyotito, que sin duda era la perla de Juana, desde ya, y el proyecto de perla para Kino, ¿qué les queda? A esta pobre pareja se le ha inoculado, como un granito de arena, algo que ya ha hecho perla: un rifle. Ya no les va a importar la perla, la tirarán. Entonces, ¿qué tienen? ¿Acaso la locura?

Tendríamos que saber qué o de qué estamos inoculados, uno por uno, para, por lo menos, saber qué hacer con ello, y no creer que lo que ya hubo, porque ya lo fue, no sigue haciendo perla en uno.

Antonio J. Villahermosa

CARTA AL PADRE FANTASMA. Gabriel Hernández

Kafka tenía miedo de su padre. Por eso le escribe la carta, para explicarle las razones de su miedo. Tal afecto parecería estar referido a un padre de naturaleza malvada y feroz . Sin embargo la carta nos va mostrando del mismo otras caras que no se ajustan a ese perfil y que no es precisamente miedo lo que suscitan en el hijo.

Para dar cuenta de ello he escogido algunas de las referencias que allí se hacen a ese padre no tan feroz y he ido subtitulando cada una de ellas con el rasgo que me ha parecido corresponderle.

 “Es verdad que tú, en el fondo, eres un hombre blando y bondadoso”: El padre blando

 “No se podían roer los huesos, tú sí. No se podía sorber el vinagre, tú sí. En la mesa sólo había que ocuparse de la comida, pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, afilabas lápices, te limpiabas los oídos con un mondadientes”: El padre inconsecuente y maleducado.

 “Los insultos los reforzabas con amenazas…«Voy a despedazarte como a un pez», aunque yo sabía que eso no iba seguido de nada malo (cuando era muy pequeño, sin embargo, no lo sabía), pero encajaba casi plenamente con la idea que yo tenía de tu poder el que también fueses capaz de eso. También era horrible cuando corrías dando voces en torno a la mesa para agarrarle a uno, por lo visto no querías hacerlo, pero fingías quererlo y la madre, por fin, parecía salvarlo a uno”: El padre comediante.

 “También es verdad que apenas me has pegado alguna vez de verdad. Pero aquellas voces, aquel rostro encendido, los tirantes que te quitabas apresuradamente y colocabas en el respaldo de la silla, todo eso era casi peor para mí”: El padre asustaniños.

 “En total desacuerdo con esa actitud frente a tus hijos parecía estar el hecho, muy frecuente, de que te lamentases públicamente. Confieso que de niño no podía comprenderlo en absoluto (de mayor sí) y no veía cómo podías esperar que sintieran compasión por ti. Tú eras tan gigantesco en todos los sentidos”: El padre quejica.

 “Qué fácilmente, por ejemplo, te dejabas deslumbrar por personas que eran, casi siempre, sólo aparentemente superiores a ti, por otra parte, me dolían también esas cosas, que tú, mi padre, creyeses necesitar tales vanas confirmaciones de tu valía y que te dieras tono con ellas”: El padre vano.

 “O también observaba tu afición a las expresiones indecentes, dichas en voz bien alta, riéndote con ellas como si hubieses dicho algo verdaderamente genial, siendo como eran una pequeña y vulgar indecencia”: El padre vulgar.

“Pronto empecé a observar, a catalogar, a exagerar pequeñas ridiculeces que veía en ti”: El padre ridículo.

“Cosas que al principio me parecían normales, ahora me hacían sufrir, me abochornaban, sobre todo tu forma de tratar al personal”: El padre que abochorna.

A los empleados los llamabas «enemigos pagados», sólo te disculpaba un poco la inconsciencia de tu furia. Pero como eran gente adulta, casi siempre con unos nervios a toda prueba, se sacudían tranquilamente tus insultos y el daño terminaba siendo mucho mayor para ti que para ellos”: El padre perdonavidas.

Estas diferentes versiones del padre dan cuenta de una atomización o fragmentación de la función paterna que la vuelven inoperante. Se podría decir que Kafka no sabe a qué atenerse con este padre. Son varias las ocasiones –como hemos podido ver en algunos de los fragmentos citados- en las que diferencia entre la imagen que tenía de él cuando era un niño -aquel ogro feroz del que lo salvaba su madre- y la vanidad, vulgaridad e inconsistencia con las que se lo representa cuando ya es adulto. La carta sería la crónica donde se va relatando el progresivo e imparable desmoronamiento de aquel padre de la infancia firme, poderoso, sabio, valiente, cuyo exceso de vitalidad siempre constituía una amenaza para los más débiles, y del cual sólo parece haber quedado la fachada, también a punto de derrumbarse, sin nada que la sostenga, salvo el propio hijo.

En este sentido podría resultar ilustrativo un sueño que Kafka escribe en su diario: en la calle hay un desfile militar. Para su padre es un espectáculo memorable. Se asoma a la ventana para seguirlo con todo detalle, abre los brazos y está a punto de caer. Kafka consigue agarrarlo por la bata y evitar su caída, pero el peso del padre lo va arrastrando. En esa situación piensa que si él pudiese agarrarse a otra cosa podría sujetarlo mejor, pero no tiene ningún asidero lo suficientemente cerca, tendría que soltar al padre para poder alcanzarlo. El padre sonríe con malicia, no hace nada para evitar la caída. En ese estado de tensión Kafka se despierta. No llegamos a saber si ha soltado al padre o se ha dejado arrastrar por él.

Lo que sí sabemos es que Kafka nunca pudo alejarse demasiado de su padre, nunca lo suficiente. La última parte de la carta gira en torno al tema del matrimonio. En las últimas diez páginas es una palabra que aparece más de treinta veces. Al parecer el tiempo en el que se escribe es contemporáneo al de la ruptura de su segundo compromiso matrimonial, y hay estudiosos de su vida y obra que hacen de esta ruptura la causa de la carta.

¿Qué le pasa a Kafka con el matrimonio? “desde el punto y momento en que decido casarme, no puedo dormir, la cabeza me arde día y noche, ya no vivo, desesperado doy tumbos de un lado a otro.” El matrimonio lo pone enfermo, lo sintomatiza.

Así explica la relación ente el padre y esta dificultad para contraer matrimonio: “El matrimonio es sin duda lo más grande y confiere la independencia más noble pero al mismo tiempo está estrechamente ligado a ti”. “…el matrimonio me está vedado precisamente por ser tu terreno más personal”.

Sólo su padre puede ser un hombre casado y tener hijos, ser el padre. Si Kafka formase una familia se metería en su terreno, y eso podría ser horrible. Horrible porque sería como tirar al padre por la ventana y ocupar su lugar. Para Kafka no hay otra posibilidad, dado que no ha habido una transmisión simbólica de esa función en la que pueda sentirse autorizado. Y si no ha habido transmisión de esa función es porque al padre tampoco parece que nadie se la haya transmitido. Se trata de un hombre de esos que se hacen a sí mismos. Es otro de los mensajes que transmite a su hijo. Que tuvo que trabajar desde niño sin un padre que se ocupase de él como él se ocupa de su hijo. No hay en la carta ninguna referencia a ese abuelo transmisor de la función paterna . El padre de Kafka se presenta como un padre que se ha hecho a sí mismo. Nada tiene, entonces, que transmitir.

Kafka no puede llevar su relación con una mujer al marco legal. Su deseo por una mujer sólo puede ser ilegal, es decir, culpable. En su caso ha habido una falta de articulación entre la ley y el deseo que los hace irreconciliables. Es lo que sucede en su novela El Proceso. Allí, casi todas las escenas donde se instruye la causa abierta contra Josef K., llevan pegada otra de naturaleza sexual, cuyo carácter ilícito implica tanto a acusados como a acusadores, volviendo insensato y sin sentido todo el proceso.

 Kafka escribe una carta al padre, pero se la da a leer a la madre –supuestamente para que sea ella quien la entregue al padre. Lacan dice que una carta siempre llega a su destino, un destino que no tendría porqué coincidir con el destinatario al que la dirige el remitente. La madre lee la carta y entiende que en lugar de pasarla a su marido tiene que devolverla a su hijo. Tras este primer recorrido la carta deja de lado al destinatario y sigue otro derrotero. Si esa carta hubiese llegado a su padre posiblemente ahora no se encontraría entre sus obras completas. Pero el destino final de esta carta nos indica que realmente se trataba de una obra de ficción, es decir, una obra literaria, y es el propio Kafka el que tiene que hacerse cargo de su obra, de ese padre que es suyo en tanto él lo sostiene y le da vida como personaje central de su novela infantil. Así podríamos interpretar el gesto de la madre: le devuelve la carta porque lo que ahí va escrito forma parte de la propia creación kafkiana. Kafka, en esa carta, se representa a sí mismo como la obra de su padre, lo que su educador ha creado y hecho de él. El acto de la madre invierte el mensaje para venir a decir que el padre que va escrito en la carta también es una obra de Kafka, con lo cual señala una diferencia entre su marido, Hermann Kafka, y el padre kafkiano; no son figuras completamente superponibles. Esta carta cumple su destino cuando se edita y llega a nosotros, los lectores de Kafka.

Al final de su vida hizo algo parecido, le encarga a otro que se ocupe del destino de su obra, le dice a Brod que la destruya, y Brod, al igual que la madre, tampoco carga con la responsabilidad de una obra que no es la suya. Fue Kafka quien nos dejó su obra, no Max Brod, y fue también él quien no hizo llegar a su padre la “Carta al Padre” dejándola vagar hacia su propio destino, un destino, podríamos decir, a su pesar, pero también a su deseo. En esta carta Kafka se cita a sí mismo: «Teme que la vergüenza aún le sobreviva», alusión a la última frase de la novela El Proceso, publicada póstumamente. La vergüenza, síntoma freudiano del deseo. Por suerte la vergüenza de Kafka no se llevó por delante ésta y otras obras. Pudieron sobrevivir a aquella verguenza.

Kafka propone y su obra dispone. Él también sufrió las consecuencias de ser un gran escritor; fue sobrepasado por su propia obra. Incluso por aquella parte de su obra que no publicó en vida porque estaba inacabada, falta de fin, algo en lo que, sin embargo, la posteridad reconoce uno de los rasgos más característicos del universo kafkiano, la inacabable espera, el interminable deambular, el continuo ir y venir por caminos, pasillos y despachos en busca de una ley que, en definitiva, pueda dar cuenta del deseo que habita al sujeto.

Gabriel Hernández