El comentario de Juan Serrano a Carta al padre, de Kafka: carta de respuesta

Esta vez Juan Serrano nos sorprende con una original carta de respuesta de Hermann Kafka a su hijo.

Blog: Blao  Entrada: Carta de Hermann Kafka a su hijo Franz

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Comentario de “Carta al padre” de F. Kafka , por Maricruz Alba

Kafka,  considerado como uno de los grandes pensadores del  S.XX,  creó un estilo literario tan universal  que en nuestro idioma decimos “esto es kafkiano” para designar lo absurdo, el sin sentido, y lo imposible.

Se ha escrito mucho sobre Freud y Kafka, incluso muchos estudiosos de Kafka piensan que se leyeron mutuamente.

Al leer  el texto “Carta la padre” resulta inevitable que aparezcan una gran cantidad de referencias a la teoría y a la clínica psicoanalítica sobre todo a la ley.

Ambos hablaron de los problemas que tiene la ley en la constitución de la subjetividad.

El padre de la ley en el  psicoanálisis

Preguntarse por  la cuestión del padre desde el psicoanálisis  es ir más allá de su dimensión biológica, aunque si bien es cierto que hoy día con las nuevas vías de adopción y los avances de la ciencia y la tecnología, el psicoanálisis está muy atento a los efectos que estas nuevas modalidades de acceder a la paternidad van a tener en la subjetividad.

Hablar del padre desde el psicoanálisis es hablar de una figura que ocupa un lugar y cumple una función, siendo la figura del padre un concepto  fundamental  ya que  tanto la teoría como la clínica psicoanalítica se edifican sobre la pregunta por la cuestión del padre.

Para Freud,  como después para Lacan, el padre es un artificio, una construcción cuya función es instaurar la ley, ley que regula lo permitido  y lo prohibido.

A partir de la importancia que los pacientes en sus relatos daban a la figura del padre y apoyándose en los estudios antropológicos, como la tesis de Darwin sobre la existencia de las hordas primitivas con los celos respecto del miembro más viejo que poseía varias mujeres, y la  tesis  de Atkinson sobre el asesinato del  tirano paterno, Freud en su texto “Tótem y tabú”  se sirve del mito para explicar la función del padre.

El mito del  padre de la horda primitiva, es un padre terrible,  poseedor de todas  las mujeres que es asesinado por los hijos varones por la relación de rivalidad con él. El resultado de dicho asesinato es formalizar, dentro del orden social, el pacto de instituir una mujer prohibida: la madre.

La figura del padre muerto es la marca de una ausencia, de una falta, de una prohibición que limita el goce y que abre el deseo por otra mujer que no sea la madre.

La función del nombre del padre es operar en está  prohibición de acceder al goce y al deseo de la madre y es a través de las palabras, del significante, como opera la función del nombre del padre.

En este sentido, en la carta como Kafka rechaza la interdicción del padre, lo acusa de  interponerse  entre él  y  su madre, sentimiento de rechazo que le produce una gran culpabilidad:

 “Es cierto que mi madre era infinitamente bondadosa conmigo, pero para mí todo aquello estaba en relación contigo o sea, era una relación mala, …no había una reconciliación propiamente dicha, que la madre sólo me protegía de ti a escondidas, me daba, me permitía algo a escondidas, y entonces yo era para ti ese ser retorcido y falso que se sabe culpable…aquello a lo que creía tener derecho….volvía a aumentar el sentimiento de culpabilidad…siempre quedaba todo en relación contigo”.

La función del padre es una función simbólica, una metáfora, un nombre que sustituye al padre. No se trata del padre de la realidad, pues no hay adecuación absoluta de la persona a la función.

De entrada hay que hacer una puntualización importantísima: La función del nombre del padre es ser agente de la ley, pero no ser la ley. Sólo el padre sometido a la ley es el que puede funcionar como agente de la misma.

Y el padre que nos presenta Kafka en su carta no es un padre sometido a la ley, sino un padre que es la ley, y lo que nos muestra es su sentimiento de ser invadido del padre; no es el padre en su función de agente de la ley, sino la ley misma, incluso una ley tiránica. “No se podía roer los huesos, tú sí. No se podía sorber el vinagre, tú sí….no acatabas los mandamientos que me imponías a mí….vivía bajo unas leyes que sólo habían sido inventadas para mí y que además, sin saber por qué, nunca podía cumplir del todo”.

La escritura como síntoma

En la operación de inscripción de lo simbólico en la constitución psíquica siempre queda un resto, es como las divisiones que no son exactas y queda un resto. Y eso es así porque el padre siempre decepciona, siempre abandona. Como bien dice Kafka: “tú por principio a aquel niño tenías que darle siempre esas decepciones;…esos desengaños del niño no eran desengaños de la vida corriente sino que, por tratarse de tu persona, medida de todas las cosas, llegaban hasta la médula.

 

Sabemos que siempre hay algo que no puede decirse con palabras, que no puede simbolizarse, y es precisamente esa imposibilidad de decirlo todo lo nos lleva a no parar de intentarlo.

Pero sucede que es esta decepción, este fracaso el que abre la puerta al éxito, abre la puesta al deseo, podríamos decir que el éxito está en su fracaso. Un fracaso que aparecerá como síntoma.

En Kafka la escritura funciona como síntoma, es la falla del padre la que le hace escribir. Incluso podemos ir un poco más allá y decir que la escritura es su partenaire. Kafka a lo largo de su vida tuvo varias mujeres, y no solo que no llegó a casarse con ninguna, sino que fue un novio a la fuga en varias ocasiones.

A una de sus novias le escribía diariamente, cartas en las que hablaba del amor infinito y del futuro encuentro, que sin embargo nunca se produjo. En Kafka, las cartas suplen la imposibilidad de construir un partenaire femenino, su verdadera novia es la escritura, y llegó a manifestar que lo único que realmente le interesaba era la escritura y de hecho dedicó su vida a escribir.  Su partenaire era el acto mismo de escribir, hasta tal punto de no querer dar a leer ni por supuesto publicar sus escritos.

 

¿Qué relación tiene Kafka con la ley?

El sometimiento de Kafka a la ley impuesta por el padre, es total, todo está bajo la ley del padre, llegando incluso a la admiración y a una obediencia total. De este lado la demanda de amor dirigida al padre llega incluso hasta la queja de no ser siquiera insultado por su padre como prueba de su amor.

Para Kafka todas sus ideas tienen que estar confirmadas por su padre, pero como el padre no las confirma, Kafka se encuentra capturado en una infinitud, en una infinitud de ideas, en una infinitud de culpa y de deuda.

Esa es la misma infinitud que podemos captar en “Carta al padre” en la que sin tregua alguna, vemos cómo página tras página insiste la culpa, la deuda y la vergüenza.

Carta al padre es un texto abierto al infinito, nunca llega algo que pueda parar esa deriva, una deriva que incluso va más allá de la propia muerte de Kafka.

Gracias a que su amigo Max Brond, saltándose la debida lealtad, no cumplió con el deseo de Kafka de quemar su obra tras su muerte, el mundo puedo conocer su obra.

Una vez más vemos cómo desde la excepción surge algo nuevo.

La Ley de la Desproporción en la Carta al padre, de Kafka. Concha M. Miralles

La carta que Kafka dirige a su padre no es uno de sus escritos literarios, sino que corresponde a los estrictamente biográficos, en esa serie de diarios escritos a lo largo de más de diez años, cartas, etc. que finalmente –y aún contra su voluntad- quedaron como testimonio de su vida. “La carta al padre” nunca llegó a su destino, su padre jamás la leería, pero por el contrario, con su publicación póstuma, alcanzó un destino universal. Julie, la madre de Kafka, lo convenció para que no se la entregara, de forma que Hermann Kafka nunca leyó lo que su hijo pensaba sobre él.

Toda la obra del escritor, tanto la biográfica como la de ficción, no es más que un eco de este esfuerzo por explicar la relación con su padre, quizá indagando un conocimiento íntimo de una relación que le era dolorosa, para poder así  desprenderse y tomar distancia. Según su amigo y editor, Max Brod, Kafka le había confesado que quería poner toda su obra bajo un solo título: “Intento de escapar de la esfera paterna”.

También los escritos literarios de Kafka parecen tener ese fondo de litigio con el padre: La condena, El castillo, En la colonia penitenciaria… todas ellas plantean un proceso difícil de resolver, interminable, y la ley que podría regir un orden o no existe o es desconocida por alguna de las partes.

En relación a la carta ésta no concluye, sino que apunta a que el proceso continúe abierto, pues cada cual, padre e hijo, permanecen impasibles en el lugar en el que cada uno está y ha estado desde siempre. La carta es como una fotografía, estática e inamovible, y no concluye porque no es una misiva de reproche ni de súplica, sino de reconocimiento. El hijo reconoce al padre su falta de responsabilidad y por lo tanto, de culpa, en sus actos como padre y en las consecuencias que ha tenido en él. Al igual que nadie es responsable de sus sueños, K. intuye que la relación padre-hijo está guiada por fuerzas independientes de la voluntad. Sólo el hecho de ser padre ya significa estar en una posición de relevancia con respecto al hijo y, por lo tanto, la relación entre ambas partes siempre va a ser desproporcionada (“Te ruego una vez más. No olvides que nunca, ni remotamente, creí en culpa alguna por tu parte. Tu influjo era tal como debía, solo que debes dejar de considerar como una especial maldad por mi parte el hecho de haber sucumbido a él”. Pag.5). Hay un punto, sin embargo en el que el planteamiento es diferente, y es cuando habla de sus intentos frustrados de matrimonio: de que entienda eso el padre “dependerá el éxito de la carta”. Sin embargo el padre no intervino prohibiendo esos matrimonios, sino mostrando su desacuerdo por ellos.

Se sabe que Kafka le entregó a su madre la carta y que ésta en lugar de dársela al padre, se la devolvió al hijo. Ella no consideró conveniente hacerlo. ¿Por qué hace esto Kafka?, ¿por qué no le entregó directamente  la carta a su padre y decidió que fuera la madre la intermediaria? ¿A quién va dirigida la carta entonces?  ¿Qué teme la madre que ocurra si el padre lee la carta? ¿Qué cabe esperar que haga el padre de Kafka teniendo en cuenta lo que ya conocemos sobre su forma de ser, de pensar y de actuar? ¿Dónde y cómo quedaría el hijo, F.K, una vez que sus palabras llegaran al padre? ¿Tanto es el poder que tiene el padre sobre él y tan poca la fuerza del hijo como para defender el deseo de ser escuchado –o leído- por el padre? ¿Por qué se dejó convencer K. por su madre?, ¿bajo qué argumentos lo convencería y qué efectos subjetivos tendría en K. no haberle dicho nunca a su padre lo que sentía? Son muchas las preguntas que surgen.

Un hijo que no llega a cumplir el ideal que el padre tiene puesto sobre él; un padre que es el ideal a los ojos del hijo y que, por serlo, tiene todas las armas a su favor para ganar esa batalla de yo a yo que supone sin remedio una rivalidad entre ambos, en una relación dual pero desigual que se decide a favor de quien tiene la autoridad y el don del ideal propio y del que espera de su vástago. Y este es un don que concede el lugar del padre, independientemente del estilo educativo, de los valores morales y de la ética que gobiernen su vida. Si “A” fuera el padre y “B” el hijo en una fórmula imaginaria que expresara la relación entre ambos, “A” siempre iría elevado a una potencia “X” que haría que los dos términos no puedan jugar sus papeles en igualdad de condiciones, porque entre padre e hijo –o hija- siempre rige la Ley de la Desproporción. Y aunque la relación entre ambos sea subjetiva, la misma regla será privilegio o condena del padre  tirano y del cabal,  del sacrificado y generoso que cuida con esmero y se desvive por sus hijos y del que los abandona, ignora o maltrata, porque en la fórmula de la relación que une o desune al padre y al hijo, el primero siempre lleva la parte poderosa, determinante, elevada siempre a una potencia que le hace superior al otro sólo por el hecho de ser padre. E intuyo que, se quiera o no, en esto no se decide nada… Por eso, ¿qué hacer cuando esta relación se plantea en el sentido de lucha, rivalidad o simplemente cuando se convierte en dañina?

Quizá haya que atreverse a cuestionarse que es algo de uno mismo lo que concede los valores a los términos de  esa relación desproporcionada; algo de la verdad más íntima, y que para salir de la fórmula, siendo entonces ni “A” ni “B”, sino un término nuevo en la vida, habrá que estar dispuestos a perder algo dentro de ella. Y, si fuera necesario, hay que estar dispuestos a perderlo todo, porque  si no se quiere saber ni perder nada, posiblemente se pagará un precio bastante más caro, instalados en la queja, en la dependencia o en la culpa. Desprenderse entonces de la fórmula cuándo ésta cobra dimensiones insoportables, salir de ella a fin de conquistar territorios nuevos y algo mejor para la propia vida; poder elegir a los amigos, a la pareja, el trabajo, perseguir los proyectos y deseos propios y entregarse a ellos. Hasta que la vida empuje y de nuevo, al convertirnos en padres, nos denomine con la letra “A” y un exponente “X” del que desconoceremos los efectos que pueda provocar en nuestra descendencia. Ley de vida…; aunque de eso también habremos sido responsables.

Concha M. Miralles

Conferencia de Francisco Jarauta sobre Kafka

Os enlazamos la grabación de la extraordinaria conferencia de Francisco Jarauta sobre Kafka, con motivo de 130º aniversario de su nacimiento. La actividad, enmarcada en el Aula de Humanidades que dirige Vicente Cervera Salinas, se realizó el pasado 16 de octubre en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Murcia:

http://edit.um.es/cultura/kafka-la-literatura-y-el-mundo-conferencia-de-francisco-jarauta-en-la-universidad-de-murcia/

La cita que viene… Carta al padre, de Kafka

Mi madre sólo se limitaba a protegerme de ti a escondidas; a escondidas me daba algo, me permitía algo; entonces yo volvía a ser ante ti la criatura afectada de fotofobia, falsa, consciente de su culpa, que, a causa de su nulidad, sólo podía llegar por caminos tortuosos incluso a aquellas cosas a las que creía tener derecho. Naturalmente me acostumbré a buscar también por esos caminos unas cosas a las que ni siquiera en mi propia opinión tenía derecho alguno. Y de nuevo se acrecentaba mi sensación de culpabilidad.