Intuición femenina. Comentario a “Demasiada felicidad”, por Concha M. Miralles

Una vez, mientras buscaba otra cosa en la enciclopedia Britanica, cayó casualmente en manos de una escritora avezada la biografía de otra mujer, y algo en ella llamó su atención. La escritora es Alice Munro; la mujer de la biografía Sofía Kovalevski.

Más allá del brillo que envuelve a la eminente matemática a la que conceden los máximos honores; más allá del arrojo que caracteriza a la mujer que, desafiando las estrictas prohibiciones que limitaban a las mujeres en la Rusia de la época, consigue ingeniárselas para viajar al extranjero y poder así cumplir su deseo de estudiar matemáticas; más allá de esos destacados logros de Sofía, Alice Munro lee entre las líneas que cuentan esa vida que Sofía no logró sentirse satisfecha ni ser feliz con lo que hacía, y con lo que dejaba de hacer mientras realizaba otras cosas.

La escritora sabe ver en ese más allá que otros no captan; por eso sus escritos son tan singulares. Se dice que ella sabe hacer que destaque lo original y peculiar dentro de lo más anodino y cotidiano; en eso se parece a Chejov –dicen-. Alice tiene esa mirada intuitiva, muy femenina, que percibe lo más íntimo y secreto, eso que a veces mueve los hilos de las cosas desde la sombra. Por eso, prestando atención a lo que lee sobre Sofía, Alice Munro ha  encontrado una pieza que no encaja en el puzzle de la vida de la matemática. ¿Qué puede ser eso que hace que, a pesar de todos sus logros, no sea del todo feliz? Sofía tiene un talento para las matemáticas fuera de lo común, y sin embargo su deseo de ser querida, como lo son las mujeres “normales”, provoca que a veces se aparte de las matemáticas; de ahí esas frecuentes idas y venidas a su estudio y a la investigación. Si se dedica con más pasión a ejercer de madre y esposa no se dedica en plenitud a las matemáticas, y cuando lo hace algo peligra en el otro lado, pues entonces duda de ser una buena madre y esposa. No se concilian ambos deseos en Sofía Kovalevski, a pesar de que de los dos lados parece haberlo conseguido todo. Sus logros no la acaban de satisfacer porque siente que cuando se producen en un lado ha perdido los del otro y, las consecuencias que eso tiene en su vida y en su obra es de una profunda insatisfacción y anhelo que a veces la aparta de lo más genuino en ella, de su deseo propio.

Es extraño o, cuanto menos llamativo el título que elije Alice Munro para este magistral relato donde enfoca precisamente ese detalle distorsionante en la vida de la ilustre matemática. ¿Qué significa “demasiada felicidad”? Tal vez cuando, en el relato de Munro, Sofía, al borde de la muerte,  pronuncia estas enigmáticas palabras simplemente se está destacando con el término “demasiada” justamente lo contrario: su carencia. Demasiada felicidad es un falso positivo; un término que se invalida irremediablemente porque parece estar reflejado dentro de un espejo. Si se mira desde el otro lado, desde el lado de la realidad, el título que se lee es otro, el que retrata precisamente ese punto secreto y oscuro en la vida de Sofía que le pone continuas zancadillas en el intento de alcanzarla. Entonces lo que parece “demasiada felicidad” resulta que sólo es un juego de palabras para denominar la carencia de ella. Demasiada felicidad en apariencia, cuando en realidad nunca es alcanzada por Sofia. Nunca no del todo. Lo sorprendente es el efecto diana del adverbio “demasiada” dentro del título que decide Alice Munro para este cuento, y todo lo que, sin decir, señala como decisivo dentro de la historia que nos cuenta.

Concha M. Miralles

“DEMASIADA FELICIDAD”, PARA EL DESEO. Gabriel Hernández

El final de este relato te deja una interrogante puesta sobre su principio. Demasiada felicidad es el título de la historia y demasiada felicidad es lo último que dice Sofía antes de morir, una muerte que le llega no precisamente cuando va sobrada de felicidad, sino, más bien, cuando aún sigue esperándola. Entonces, ¿por qué demasiada felicidad desde el principio hasta el final? ¿A qué se refiere el título y, sobre todo, esa frase final de la protagonista que bien podríamos entender como el epitafio que resume su vida?

Sofía se va muriendo de una forma muy particular, sin darse cuenta, sin ser consciente de la gravedad de su enfermedad, con el ánimo puesto en los grandes proyectos matemáticos y literarios que aún se veía capaz de llevar a cabo. Hablaba a todos del que iba a ser su nuevo relato, así como del estudio matemático que estaba preparando, y que sería “el más ambicioso, el más importante y más hermoso que había investigado hasta entonces”. Y parecía muy feliz, tanto que no se daba cuenta de que se estaba muriendo. Se diría que ese exceso de felicidad actúa como un narcótico que hace perder la conciencia sobre la propia muerte, deteniendo y entreteniendo el tiempo en el ajetreo de los goces presentes y futuros.

 Lo cierto es que Sofía no es un personaje que se contente fácilmente. A pesar de haber conseguido superar todos los obstáculos que se oponían a su plan de vida, a la realización de su vocación científica y literaria, a pesar de los éxitos y el reconocimiento alcanzado, no es suficientemente feliz, y es entonces cuando lo abandona todo y se vuelve a Rusia con Vladimir en busca de ese plus de felicidad que parece encontrar como mujer casada con un hombre al que no ama pero gracias al cual puede instalarse cómodamente en una entretenida vida familiar y social. “Adquirir lo necesario para una vida cómoda y después llevar una vida pública y social de entretenimiento te evita el aburrimiento e incluso la ociosidad, y al final del día tienes la sensación de haber hecho exactamente lo que complace a todo el mundo. Sin necesidad de angustiarse”.

Complacer a todos. Esta parece ser la gran tarea personal y, a la vez, el íntimo conflicto de Sofía. Cómo dedicarse a las matemáticas y a la literatura y, a la vez, contentar a todos aquellos que pensaban que esas no eran tareas propias de una mujer, incluidos su padre y su marido Vladimir Kovalevski, por no citar al propio Maksim, el cual también parece molesto y envidioso de sus éxitos profesionales. Complacer a todos para evitarse la angustia de la falta de amor

 Weiertrass le rogó que no abandonase el mundo de las matemáticas, que siguiese trabajando y publicando. En aquél momento a Sofía no le interesó lo más mínimo. Guardó su título académico y allí lo dejó olvidado durante varios años. Hasta que la burbuja de aquella felicidad explotó en medio de la ruina económica y los conflictos conyugales. Entonces Sofía vuelve a interesarse por las matemáticas, y lo hace tan bien que le conceden el premio Bordin y con ello el reconocimiento a su trabajo de todos los grandes matemáticos de la época.

Pero Sofía vuelve a estar enamorada, y cuando le anuncia a Weiertrass su proyectado enlace matrimonial con Maksim, el maestro se entristece y le dice que ese matrimonio de nuevo pondrá fin a su trabajo con las matemáticas. Ella le contesta que con ese matrimonio será libre, vivirá en un clima maravilloso, en el sur de Francia, tendrá muy buena salud y trabajará más. Como ya sabemos, nada de eso fue posible.

Lo cierto es que se trata de una relación sobre cuya bondad no dejan de planear sombras. No parece estar muy claro que ese hombre la quiera. En una ocasión, al final de una carta en la que se niega a recibirla en su casa de la costa francesa, le escribe: “Si te amara, habría escrito de otra manera.” Se casará con ella sólo porque le dio su palabra y es un caballero.

Pero siempre que alguno de estos nubarrones planea sobre aquélla, Sofía intenta ahuyentarlo a base de ilusión, optimismo y esperanzas poco fundadas. Poco antes de uno de sus encuentros con Maksim, le escribe a su amiga Julia para decirle que no sabía  si iba camino de la felicidad o de la amargura. Luego, durante la entrevista, nota en él una cierta reserva respecto al proyecto matrimonial, pero se dice a sí misma que no debe pensar en eso y vuelve a escribirle a la amiga para decirle que “después de todo, va a ser feliz. Después de todo, felicidad. Felicidad”.

Se trata de una felicidad a la que se dirige de una forma un tanto alocada y  que siempre parece dejar al margen su vocación profesional y su deseo por las matemáticas. Sofía ha demostrado con creces su talento, rigor y capacidad analítica para afrontar las verdades matemáticas, pero cuando se trata de la verdad que dirige su elección amorosa y su búsqueda de la felicidad, esas virtudes parece volatilizarse y dejar paso a la falta de objetividad, al descuido de datos y observaciones y a ese autoengaño ilusionante del que hablábamos antes.

Sofía pone de un lado la felicidad que da el amor y el reconocimiento de amigos y familiares y de otro el deseo por las matemáticas y la investigación, una vía llena de obstáculos que, si bien tuvo el tesón y la valentía de irse abriendo, también abandona para ir en busca de una felicidad que nunca termina de encontrar.

Aquélla felicidad imaginada es también refugio y protección frente a ese deseo que la llevó por caminos inexplorados, rutas que ella misma despejó y volvió transitables, pero que, a su vez, la apartaron de aquéllos otros caminos-paseo prediseñados por la sociedad de la época para las mujeres. Sofía parece añorar la felicidad tranquila del ámbito conyugal y familiar, el trato fraterno y las ocupaciones sencillas. Tal vez sea una reminiscencia infantil. Pero su deseo está puesto en las matemáticas, y fue movida por ese deseo que tuvo que abandonar a su familia, su gente, los paisajes de su infancia y juventud en Rusia para irse al extranjero, para ser extranjera no solamente en un país sino, dada su condición de mujer y la época que le tocó vivir, extranjera también en su vocación y en su profesión. Se diría que el deseo la apartó de la felicidad, de una felicidad que ella se empeñaba en recuperar, pero que, en su demasía, le paraba el deseo.

Gabriel Hernández

DEMASIADA FELICIDAD, O EL BINOMIO DE UNA ECUACIÓN INDESCIFRABLE. Antonio Villahermosa

No supe nada, hasta ahora que he leído el libro, de Sofía Kovalevski ni de Alice Munro, protagonista y autora, respectivamente, de este relato: Demasiada Felicidad.

No obstante, la peculiaridad del relato puede que sea la vehemente y exaltada devoción de la autora por la protagonista, porque sabemos que la protagonista fue una persona real, de carne y hueso, y la autora no dudó en soterrar a la persona convirtiéndola en personaje imaginario; así, ¿podría ser este su homenaje?

Sin saber demasiado me introduzco en el relato propiamente, no en los últimos meses de la vida y muerte de Sofía, sino en cómo Alicia articula el relato.

Esta falta mía de saber tanto de la una como de la otra, me hace pensar en el título, Demasiada Felicidad, y apoyándome en mi falta y en lo que leo, lo reconvierto en Demasiado Saber, demasiado saber de la autora, demasiado saber supuesto.

Todo arranca en el cementerio con un saber mistérico, esotérico, fuera del saber, “uno de los dos morirá este año”, le dice Sofía a su amante Maksim. ¿cómo lo sabe?, “…estamos a día 1 de Enero, en un cementerio “. Es un saber cabalístico, que dice que hay otro que lo sabe todo lo por venir, lo que sucederá.

Claro, Alicia, la autora, lo sabe, pero lo introduce así. Hay otros momentos en los que la autora juega con este saber: el gato negro, augur de lo malo, o el médico agorero hablándole de la viruela que nadie sabe, o el propio viaje a Estocolmo “adentrándose en un crepúsculo estremecedor”.

El lector se ha montado, desde el principio, en este saber supuesto –el lector que no conocía la historia de Sofía Kovalevski-: ¿quién de los dos morirá? Pero como es el comienzo se le olvidará mientras va leyendo, mientras va viviendo.

Pero hay otros saberes a lo largo del texto:

-La respuesta de Maksim: eso son cosas de mujeres. Los hombres no están en esas historias.

-El encuentro de los dos amantes, pletórico, exuberante, de una comprensión inmediata, tanto que le hará pensar, saber, a Sofía, que él estaba decidido a convertirla en la mujer de su vida, algo que no deja de ser uno de los modelos del saber sobre el amor en las neurosis histéricas.

-La carta que Maksim le escribe a Sofía desde Beaulieu: “… si te amara…”. O cuando le hace pensar que su hija la necesita, ¿es que no era ella una buena madre?, cuestión que no se responde, que no llega a saber.

-Lo que sabe ella de Suecia: carácter comedido, correcto…, a diferencia de París o San Petersburgo que eran todo lo contrario.

-Lo que le dice a su amiga Julia tras el encuentro en Beaulieu con Maksim: voy a ser feliz, feliz.

-Lo que sabe su amiga maría Mendelson: cuando un hombre sale de una habitación, se lo deja todo allí. Cuando sale una mujer , se lleva todo lo ocurrido allí.

-Lo que sabe Weierstrass: Sofía sería la alumna que lo cuestionaría, que volaría más lejos que él.

-Lo que Sofía sabe mal hecho no contestando a las cartas de Weierstrass y alejándose de las matemáticas

-Lo que sabe Aniuta para elegir a Jaclard en lugar de a Dostoievski, a pesar de que es egoísta, infiel y cruel, pero del que está enamorada. Y lo que sabe también sobre el futuro de la mujer-

-El saber de su marido, Vladimir, que lo lleva hasta el suicidio.

-Lo que sabe Urey, su sobrino, sobre la inutilidad de los estudios matemáticos.

-Lo que sabe Sofía sobre lo inaguantable de la vida si no existiese Dios, un saber ancestral.

Pero como último saber me quedo con el de la experiencia de Sofía cuando, a los doce años, se introduce en el lenguaje nuevo y gozoso de la trigonometría. Dándose cuenta de que lo comprendía “no se llevó una gran sorpresa pero sí una enorme alegría”. Las matemáticas eran en ella un don natural.

Y este puede ser el asunto de “Demasiada Felicidad”.

Hacia el final del cuento, hacia el final de la vida de Sofía, casi en un estado alucinatorio, piensa en la realización de un nuevo estudio matemático que era el más ambicioso, más importante y hermoso que había investigado. Y luego, recordando su infancia en Palibino, le vino una idea para un nuevo relato: había un momento hacia adelante y hacia atrás, había un pulso en la vida, algo oculto que descubría. Así, al final, demasiado saber y, según creyó oir Teresa, demasiada felicidad.

Tal vez la conjunción de estas dos fórmulas darían como resultado el extravío, o lo que es lo mismo, el ser pleno.

Puede que Sofía, en algunos de sus aspectos conjugue bien con su etimología: la que posee sabiduría. Pero es un saber de los conocimientos técnicos. En cuanto al saber del que se trata pienso que no sabe o no quiere saber nada, en correspondencia con la tipología histérica.

Pero, ¿y Alicia? Su etimología viene también del griego, Aletheia: A, sin, y Letheia, ocultar; la verdad sin ocultar. Pero la verdad no se puede decir, toda. Tal vez por eso Alicia se administra con ese saber… supuesto, y hace a la verdad cuento. Un cierto tipo de cuento, porque, desde luego, no es la Alicia de Carroll, la que se metía en todos los charcos; sería la que ve los charcos y da un salto por encima de ellos. Puede que sea este un estilo de vida o un estilo de escribir.

Y puestos a pensar, pensaba: ¿qué pensaría Sofía del cuento escrito sobre ella por Alicia? Tal vez diría que es un relato correcto, adecuado, conveniente… como el que haría una buena sueca, sueca del norte de América.

Esto, claro, lo pienso yo.

Antonio Villahermosa.

Entrevista a Alice Munro

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Alice-Munro-entrevista-Premio-Nobel-2013_0_1044495952.html

“En la infancia hay que apartarse de lo que la madre quiere o necesita”

Alice Munro, Premio Nobel de Literatura 2013, repasa en esta entrevista su dura infancia y su carrera literaria. “Ya no puedo seguir escribiendo: en dos o tres años voy a ser muy vieja”, dice.

Dostoievski y Sofía Kovalevskaya, la protagonista de “Demasiada felicidad”

http://www.matematicasyfilosofiaenelaula.info/conferencias/Dostoievski%20Y%20Sofya%20Kovalevskaya.pdf

Fedor Dostoievski y Sofía Kovalevskaya
(Una instantánea de dos grandes figuras)
Diego Pareja Heredia. Universidad del Quindío

Retrato de Sofía Kovalevskaya en 1870. Su admiración y afecto por Dostoievski se ven reflejados en su libro “Memorias de Infancia”, de donde es tomada esta foto.

 

LA CITA QUE VIENE

“Estaba aprendiendo, con bastante retraso, lo que muchas personas de su entorno parecían saber desde la infancia: que la vida puede ser plena sin grandes éxitos. Podía rebosar de actividades que no te dejaran exhausta. Adquirir lo necesario para una vida cómoda y después llevar una vida pública y social de entretenimiento que te evita el aburrimiento e incluso la ociosidad, y al final del día tienes la sensación de haber hecho exactamente lo que complace a todo el mundo. Sin necesidad de angustiarse.”

DEMASIADA FELICIDAD. Alice Munro