EL JUGADOR. AMOR Y LUDOPATÍA. Comentario de Gabriel Hernández

Este cuento de Dostoievski nos plantea una interesante cuestión: la relación entre el amor y la ludopatía. Lo primero es el amor, luego vendrá el juego como un intento de arreglar lo que allí está averiado.

Durante la última entrevista que mantienen Polina y Aleksei, el jugador, se desarrolla el planteamiento final de la extraña relación que mantienen estos dos personajes. Comencemos por ahí.

Polina acaba de ser abandonada por Des Grieux, del que parecía estar enamorada, y acude pesarosa y enfadada a la habitación de Aleksei para contarle lo sucedido. Cuando la encuentra allí se queda muy sorprendido, casi asustado. La idea de que ella pudiese estar enamorada de él le resultaba inconcebible, sin embargo, en ese momento, parece caer en la evidencia: “Estaba claro que me amaba. ¡Había venido a mí y no a míster Astley!”. Pero Polina también manifiesta su furia contra Des Grieux, que se va dejándole cincuenta mil francos en compensación por las molestias que habría podido causarle: “con qué gusto le tiraría ahora a su cara infame esos cincuenta mil francos! ¡Cómo le escupiría y le restregaría la cara con el escupitajo!”. Es entonces cuando Aleksei decide ganar ese dinero para que ella pueda cumplir aquella venganza. Se diría que para él los deseos de Polina son órdenes. Cuando vuelve con el dinero, ella, para compensarlo, pasa la noche con él, y una vez que se ha ganado ese dinero, se lo tira a la cara y se marcha.

Aleksei Ivanovich no entiende nada, y en su confusión ensaya respuestas que expliquen el extraño comportamiento Polina: “¿El amor propio lastimado? ¿La desesperación por haber decidido venir a verme? ¿Acaso di muestra de jactarme de mi buena fortuna, de que, al igual que Des Grieux, quería desembarazarme de ella regalándole cincuenta mil francos”. Finalmente lo atribuye a un estado delirante provocado por algún tipo de enfermedad. A pesar de que poco antes había caído en la cuenta del enamoramiento de Polina, luego parece olvidarse y termina por no incluirlo entre las posibles causas explicativas.

Hay una particular afinidad entre estos personajes. Son los que más se buscan, los que más hablan entre ellos, incluso se podría decir los más predispuestos al encuentro amoroso. Y, sin embargo, este encuentro resulta particularmente difícil, lo cual nos lleva a preguntarnos acerca del carácter específico de esta relación.

Como motivo central de este cuento encontramos a tres hombres interesados por una mujer, cada uno de los cuales ocupa un lugar específico en la estructura amorosa. Al inglés, a Mr Astley, Polina sólo le interesa como esposa. Está en la posición del marido. La quiere bien, la cuida, la protege. Es un hombre honrado, sincero, de palabra, razonable y el más rico de todos, pero también excesivamente respetuoso, tímido, aburrido y mojigato en el amor. Polina no se interesa demasiado por él. Busca otra cosa.

El francés estaría más en la posición del seductor, de aquél hombre que sabría cómo conquistar a las mujeres, como enamorarlas, pero a las que, finalmente, siempre abandona. Se trata, en todo caso, de un cazador de dotes. Polina parece estar más encaprichada de él.

Por último está Aleksei. Su lugar no está tan claro. Resulta más difícil de ubicar, saber de qué va, dado que él casi nunca se plantea como un tercer hombre en disputa por la conquista de Polina, sino en un lugar marginal, siempre fuera de sus preferencias amorosas. Actúa, más bien, de casamentero, dando consejos sobre cual de los que podríamos considerar verdaderos pretendientes, debe ser elegido. Él prefiere que elija al inglés –el cual la tendría como a una reina-, pero ella, talvez con la finalidad de provocarlo, se empeña en cantarle las alabanzas del francés. A partir de ese momento Aleksei llevará su particular cruzada contra el francés intentando hacerlo caer de ese supuesto lugar de objeto de amor en el que Polina parece tenerlo. Y esto talvez nos lleve a confundirnos respecto a la posición que ocupa Aleksei en esa estructura pensando que son los celos la causa de ese enfrentamiento que mantiene con el francés. Aleksei no se postula como conquistador sino, en todo caso, como esclavo de la dama. Pero si no son los celos, ¿qué es lo que provoca en Aleksei esa animadversión hacia el francés?

Cuanto más y mejor le habla Polina de Des Grieux, más convencido está él de la esclavitud amorosa de ella: “¡Así son todas las mujeres! Aun las más orgullosas acaban por ser las esclavas más indignas. Polina sólo es capaz de amar con pasión y nada más”.

Pero él sólo puede verla dominante, no dominada, humilladora, no humillada. De lo que se trata entonces es de rebajar a Des Grieux para hacerla triunfar sobre él: “por mi parte, quizá tenga un deseo vehemente de tirar de la nariz al marqués Des Grieux en presencia de usted”, a lo que Polina le responde: “Palabras propias de un mocosuelo. Si hay lucha, que sea noble y no humillante”.

Digamos que Aleksei más que querer triunfar sobre el francés, lo que intenta es humillarlo delante de la que debe aceptar como su señora. Más que buscar una relación amorosa con ella se mete como elemento auxiliar de la mujer en la relación que ella mantiene con el francés. Una función que Polina intenta una y otra vez corregir viniéndole a decir que se porte como un hombre, no como un mocoso y que, en todo caso plantee la lucha por ella de una forma noble y no humillante, ni para Des Grieux ni para él mismo.

Pero Aleksei es incorregible, incapaz de entender lo que ella no deja de manifestarle, incapaz de desprenderse de la fantasía que ha creado sobre la mujer: “sólo el que Polina llegase a pensar que yo me daba cuenta justa y cabal de su inaccesibilidad para mí, de la imposibilidad de convertir mis fantasías en realidades, sólo el pensarlo, estaba seguro, le producía extraordinario deleite. Sí, muchas veces me consideraba como sí no fuese hombre…” Según él a Polina le producía un extraordinario deleite considerarlo como si no fuese hombre. Sin embargo lo que a ella le gustaría sería convertirlo en un hombre y que la quisiese como tal. De tal forma que esa única ocasión en la que ella parece prestarse a los juegos humillantes que él no deja de proponerle, aquella en la que le ordena que se dirija de forma inconveniente a la baronesa para provocar la ofensa del barón, no lo hace por el deleite que le causaría ver a su enamorado apaleado, sino para que alguien le de un escarmiento y le espabile el deseo por una mujer. Sin embargo Aleksei lo sigue entendiendo todo a su manera. Incluso en ese último encuentro que citábamos al principio, y a pesar de que al fin parece entender que es de él de quien Polina está enamorada, se limita simplemente a procurarle el dinero con el cual ella podrá vengarse de Des Grieux y salir victoriosa de aquella relación.

Este personaje es un escapista del amor. Es incapaz de afrontar el amor de una mujer. Cada vez que Polina pone de manifiesto su amor por él termina refugiándose en la fantasía de que lo que ella verdaderamente quiere de él es usarlo como esclavo, no como hombre. “Aprovéchese, aprovéchese de mi esclavitud”, le dice en otra ocasión, un pedido ante el cual ella no deja de manifestarle su indignación, su risa o su asco, pero sin llegar nunca a conseguir que él vea otra cosa en ella que un imaginario deleite ante su ofrecimiento. Al final Polina termina acorralándolo en su propia casa, pero él consigue escaparse para ir a traerle el dinero con el que humillar a Des Grieux.

Dado que Polina no quiere jugar ese juego, será sustituida por  Blanche, que no está enamorada de él y sí se muestra dispuesta a expoliarlo y a tomar todo el poder que él quiera darle. En París Blanche tiene otros amantes, pero no es eso lo que a él le preocupa. Respecto de uno de ellos le hace la siguiente advertencia: “No debes despedirlo si fue mi predecesor y tú le quieres. Ahora bien, no le des dinero, ¿me oyes?” Lo único que le pide es que no dé a otros hombres el dinero que le da a ella, es decir, que no dé ese poder a otros hombres, que no se deje expoliar por ellos y  que mantenga la posición dominante que el dinero proporciona; para él ese sería el único gasto mal gastado de todos los que permite que Blanche haga con su dinero.

La posición de Aleksei sería la de aquél sujeto capaz de dotar a una mujer de un objeto mediante el cual ella podría sojuzgar amorosamente a otros hombres. Este jugador, como él mismo dice, juega a ser el zéro. El zéro es algo más que nada, es lo que marca el inicio de la relación. Siempre juega a perder, pero, siempre, para que otro gane. Ese otro siempre ha de estar ahí, sea Polina, Blanche o la banca. Su fantasía es que todo lo que él pierde otro lo gana. Se trata de un goce sin entropía, sin pérdida real. En última instancia juega a perder su posición viril, pero sólo para que la gane una mujer. Sin embargo hay algo a lo que no se arriesga: nunca juega al deseo, a la posibilidad de perder algo que nadie podría ganar, a la pérdida irrecuperable que motoriza al deseo, a eso a lo que no se atrevió a jugar con Polina.

Gabriel Hernández

¿A QUÉ JUGAMOS?, Comentario de El Jugador, de Dostoievski. Concha Miralles

¿Cuál es el propósito de los llamados juegos de azar? Por sus especiales características, no del todo parece tratarse de juegos, al menos en lo que al sentido gratificante y de diversión se refiere…

Detengámonos en las peculiaridades del juego de la ruleta, ese juego que forma parte de los juegos de azar. ¿Adónde conducen, si es que llevan a alguna parte? Si, como dice el gato de Alicia en el País de las Maravillas, todo conduce hacia alguna parte, ¿hacia dónde conduce éste?, y, ¿a qué se juega verdaderamente?

No es el del Jugador de Dostoievski un juego al uso, inocente y sin consecuencias. Mortífero y destructivo, adictivo, el juego de la ruleta que se describe en esta historia pone el acento del goce en la pérdida y la destrucción, en la aniquilación y en la ruina personal de quien se deja atrapar en su delirante compás. Y, si pensamos que, por lo común, el juego también es una actividad compartida, de disfrute con alguna o algunas otras personas en cuya grata compañía se pretende pasar un buen rato…, no encontraremos que sea éste donde tal cosa suceda.

El jugador de ruleta no comparte nada. Sus ganancias serán las pérdidas de otros y lo que él pierda será lo que ganen los demás…, esas son las reglas. Esa es la entrada de los otros en el juego, la de aves de rapiña disfrutando el botín de la ruina de algún otro semejante, porque si unas veces se gana, al final siempre se pierde y en todo caso el deleite de disfrutar la ganancia en carne propia, en otra ocasión se convertirá en el dolor por ver cómo vuela en otras manos. En todo caso, picados por el aguijón de la probabilidad el verdadero jugador no podrá detenerse hasta el final, cuando ya no le quede nada. O…¿hay algo que jamás puede perderse, a pesar de perder todo lo que se tiene en el juego? Tener y ser, esos dos viejos conocidos parece que se confrontan también en este asunto. Porque ¿qué es eso que aún puede quedar, además de deudas, cuando se ha perdido todo? Si no es algo del orden del tener, debe ser algo de la naturaleza del ser. ¿El nombre?, ¿la dignidad acaso? ¿Qué nombre y qué dignidad permanecen en tales condiciones?

Dicen los que saben de ello que el juego es el nexo entre fantasía y realidad. Y Freud fue el primero que lo describió en el juego de un niño de 18 meses que hacía aparecer y desaparecer su carrete para calmar su angustia por la desaparición de su madre, aunque controlando él la aparición y desaparición del carrete. Este pasaje, llamado del fort-da, explica cómo nace el símbolo como una manera de dar significado para representar una ausencia. En ese juego inicial, el niño sustituye el objeto originario –la madre-, cuya pérdida se teme y se lamenta, por otro objeto que lo reemplaza –el carrete-. Y este juego primigenio va a sentar las bases de la actividad lúdica y en un futuro de la capacidad de amar. Si este es el origen del juego, de todo juego, ¿qué es lo que ocurre en los juegos de azar?, ¿por qué objeto se reemplaza el objeto originario cuando el juego precisamente consiste en perderlo todo? El goce es ganar para perder una y otra vez, con la esperanza de volver a ganar para así acabar perdiendo. Un circuito diabólico: volver a perderlo todo para tener la excusa de volver a empezar.

Hay, dentro del casino, muy cerca del jugador que está a punto de perderlo todo personas, voces amables y salvadoras que le susurran cuando ya ha amasado una buena cantidad que deje de jugar, que se aleje, que se vaya, que no continúe, pero él no les presta atención. Son voces sabias, que conocen las fuerza maligna del azar, tal vez porque las han experimentado en sí mismas. Y hay una voz potente, que convence al jugador para que lo pierda todo igualmente. Alekséi Ivánovich, el protagonista de la obra consigue ganar una fortuna para su amada Polina, pero ante el rechazo de ésta acepta la proposición de Mademoiselle Blanche de Cominges, que actúa como la banca: “todo para la casa”, al proponerle gastar lo que ha ganado en unas semanas de lujosa vida a su lado, en París. Aleksei acepta, como hubiera aceptado acabar perdiéndolo todo apostando al número incorrecto, qué más da a la banca que a la bella señorita….  Él y ha decidido su apuesta, y esta es la de perder. Ella le anima a que viva a lo grande durante unos días y que, cuando no le quede nada vuelva a probar suerte en la ruleta. Perder se ha convertido irremediablemente en el destino del jugador. Ninguna cantidad prestada, ninguna ayuda económica servirán para sacarlo de su situación, como bien le dirá el caballero inglés.

Entonar en el aire el sonido de la fortuna, el girar de la ruleta y el capricho del azar situándose acaso en la casilla y en el número deseado. La suerte viene o abandona, pero siempre se espera con anhelo que ocurra lo primero, que toque con su varita y proteja de todo mal. La suerte, así descrita, parece ser algo omnipotente, grande, como el amor incondicional de una madre. No hay mayor acto de confianza que apostar por el amor incondicional de una madre, porque se sabe que ella nunca abandona, a pesar de todo… ¿Es acaso el juego de la ruleta un juego de amor, así pensado, como aquel juego primigenio del niño del fort-da, que la convoca y la actualiza cada vez que tira del carrete?

En todo caso ¿a qué se juega cuando se juega la vida en ello?

Parece como si la palabra juego resultara frívola para designar algo tan trágico. Pero es preciso aceptar las reglas y ésta, y no otra, es la palabra que tenemos. Sólo queda por aceptar o rechazar el reto y saber parar a tiempo. ¿A qué jugamos?

El comentario de Juan Serrano sobre El jugador de Dostoievski

Subjetivo, por supuesto. Pero es lo que me transmitió la lectura de El jugador.

Un abrazo.

Juan Serrano

Blog: Blao
Entrada: Amor y suerte (El Jugador de Dostoievski)
http://blao-blao.blogspot.com/2014/01/amor-y-suerte-el-jugador-de-dostoievski.html

LA CITA QUE VIENE

“Debe comprender que, conmigo, no puede enfadarse: estoy sencillamente loco. Aunque, por lo demás, puede enfadarse. No me importa. Cuando estoy en mi cuartucho me basta recordar el frufrú de su vestido, y estoy dispuesto a morderme los puños. Y, ¿por qué se enoja conmigo? ¿Porque me declaro su esclavo? ¡Aprovéchese, aprovéchese de mi esclavitud! ¿Sabe usted que un día la mataré? No porque haya dejado de quererla, ni por celos. Sencillamente la mataré porque, a veces, siento deseos de comérmela.”

El Jugador, capítulo V, Fedor DostoievskI