Conferencia de Borges sobre los sueños y las pesadillas

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http://www.youtube.com/watch?v=LjZjT2P7qdc

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El ALEPH. UN COMPLEJO FAMILIAR. Comentario de Gabriel Hernández

El cuento se inicia con un lamento, más que por la muerte de la amada, por la constatación de que la vida seguirá sin ella, el universo no dejará de renovarse y los inevitables cambios irán alejando su recuerdo hasta hacerlo perder. Conservarlo sin que sufra ningún tipo de deterioro sólo sería posible en un universo inmutable; “cambiará el universo, yo no”. Ese yo es el universo inalterable en el que el personaje Borges intentará conservar a su amada. Para ello hará periódicas visitas a la casa familiar de Beatriz, convertida ahora en el santuario donde se conservan y veneran sus imágenes, sus retratos.

Es muy poco lo que sabemos sobre ese marco familiar en el que se desarrolla la trama del cuento; apenas tres pinceladas dadas de forma discontinua y circunstancial a lo largo del texto, las cuales arrojan tanta o más sombra que luz sobre este complejo familiar en el que el personaje Borges se esfuerza por encontrar un lugar. Lleva una peculiar celebración, el cumpleaños de un muerto. En aquellas visitas no se conmemora  el día de la muerte de Beatriz, sino el de su nacimiento, un aniversario que suele ser celebrado a los vivos más que a los muertos.

Allí viven el padre y el primo de Beatriz. Es la única vez que se nombra a este padre. Durante los catorce años siguientes se repetirán estas visitas, pero no se lo volverá a mencionar; suponemos que durante todos aquellos años siguió estando allí. Asímismo queda sin aclarar porqué el primo vivía con su tío y su prima.

Cuando Danieri informa a Borges del próximo derribo de la casa se refiere a ella como la casa de sus padres. Tampoco sabemos porqué su tío y su prima vivían con él en la casa de sus padres.

Más adelante, y a propósito del relato sobre el hallazgo del Aleph, Danieri cuenta que lo descubrió durante su niñez, antes de la edad escolar, y añade que sus tíos le tenían prohibido bajar al sótano. Lo que no sabemos ahora es porqué eran sus tíos y no sus padres los que le dictaban las normas educativas cuando era niño ¿Sus padres habían muerto? ¿Talvez sólo alguno de ellos y el otro inició lejos de allí una nueva relación? ¿Vivían pero eran despreocupados con la educación de su hijo? ¿Por qué los tíos y la prima no estaban en su propia casa? ¿Desde cuando y porqué los primos hermanos Beatriz y Danieri vivían en la misma casa y con los mismos padres? ¿La casa del Aleph era la casa de todos? Son detalles sobre los cuales el narrador se muestra indiferente y descuidado.

Podría decirse que a este relato familiar le faltan lo que en lingüística se denomina conectores. El conector es una palabra que une partes de un mensaje y establece una relación lógica entre oraciones. Sin esos conectores tenemos los datos, los hechos pero nos falta la conexión lógica entre ellos, nos falta el sentido, eso que podría dar alguna respuesta a las preguntas que nos planteábamos antes. En estos casos uno suele imaginarse las respuestas. Pero antes de llegar a eso sería preciso convenir que la relación entre padres y tíos, primos y hermanos queda algo confusa. Destacar, asimismo, que antes de llevar a cabo la conexión es preciso una separación, separar lo que en el niño aparece como holofrase. Uno de los ejemplos típicos es “magua”, que mediante el conector terminará siendo “mamá dame agua”, pero antes habrá sido necesario separar lo que presumiblemente se contiene en “magua” y llegar hasta el “mamá agua”. Sin algo que separe y conecte los datos no hay sentido.

Esta referencia lingüística podría ser de utilidad para la comprensión del Aleph.

Algo parecido se podría decir sobre la exposición del complejo amoroso. Los datos sobre el personaje Beatriz aparecen, asimismo, uno tras otro pero sin la suficiente conexión explicativa; su historia, su biografía, se nos presenta de un modo casi telegráfico mediante la sucesión de imágenes o retratos. primera comunión, matrimonio, poco después del divorcio…, sin otros elementos que permitan conectar y situar el amor del personaje Borges en esa secuencia vital. ¿Cuando surgió el amor por Beatriz?, ¿fue un amor que venía desde la infancia, un amor de juventud, sucedió antes del matrimonio, durante, después…? El texto nada aclara tampoco sobre esta circunstancia, simplemente, como decíamos, acumula datos, pero sin enlazarlos suficientemente.

Llama la atención que el relato sea tan parco y fragmentado en lo referido a las condiciones familiares y amorosas de los personajes directamente implicados en la trama y tan exhaustivo y bien argumentado en los análisis y criticas literarias que allí se desarrollan. Aquí brilla el narrador personaje, allí nos parece algo oscuro.

Esta forma simplemente acumulativa de contar, sin atender a la conexión lógica o causal de lo contado, es también lo propio del Aleph. De su visión no se extraen explicaciones, simplemente datos, imágenes sobrepuestas. El Aleph es esa memoria donde todo ha quedado conservado, donde todo está contenido. Aquí la referencia a Funes el memorioso parece obligada. En Funes también queda todo registrado y conservado. Borges teme olvidar; Funes no olvida nada, es como si llevase un Aleph interno ¿Porqué Funes puede, sin apenas esfuerzo, memorizar todo lo que cae dentro de su campo perceptivo y el personaje Borges necesita de la continua evocación, la periódica conmemoración y la decidida voluntad de no olvidar para poder mantener el recuerdo de Beatriz?

Lo que Funes almacena son datos, no exactamente recuerdos, datos que para él no tienen ningún sentido, datos que en nada lo afectan. De Funes no hay noticia de que el amor o el odio lo perturben. Por un lado manifiesta una actividad casi voraz en la acumulación de datos, por otro es afectivamente plano, desapasionado, nada lo toca a nivel subjetivo. El personaje Borges, sin embargo, si está afectado por ese dato que intenta no olvidar y que para él  forma parte del sentido de su vida. Lo más esquivo al recuerdo, lo más difícil de conservar, sería el afecto, lo más fácil el dato desafectado. Posiblemente los ordenadores tengan tanta memoria porque nada les afecta.

De Funes, sin embargo, sospecha su autor que no era muy capaz de pensar, porque pensar es olvidar las diferencias, generalizar, abstraer, y en su mundo no había sino detalles,  y el trabajo inútil e insensato de acumularlos.

Así se nos muestra lo contenido del Aleph: “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años…” Podemos detener la secuencia aquí, pararnos y preguntar qué significa todo eso, qué explica, qué sentido tiene, para qué sirve, a dónde nos lleva. De momento a ningún lado, en ningún sentido.

Esta frenética sucesión de imágenes se va frenando a medida que se va mostrando el lado más obsceno y despersonalizado del personaje Borges y su amada. Las cartas obscenas de Beatriz, su reliquia atroz, lo real de los cuerpos y su funcionamiento, el engranaje del amor y la modificación de la muerte. Ahí se detiene el recuento.

A esa serie heteróclita de objetos dispares que se amontonan en el Aleph sin orden ni concierto, sólo puede darles un cierto orden y sentido la mirada particular de un sujeto: “y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado”.

El personaje se siente afectado porque lo visto ha significado algo para él y sólo para él. De la visión de aquellas imágenes Danieri extrae un sentido diferente. Uno ve los desechos de su amor por Beatriz, desechos que acaban deshaciendo aquella relación. Danieri ve los paisajes de un poema que circundará la tierra. De ese conjunto abigarrado de elementos alguno de ellos es elegido para, desde allí, mirar y ordenar el resto. El sentido no está en el Aleph, lo pone cada uno de los sujetos que ve lo allí contenido.

Finalmente, y tras haber empezado el relato con un elogio a la memoria, el personaje Borges termina haciendo un elogio del olvido, el olvido que permite vivir y dormir, y escribir. Meses después del derribo de la casa y la pérdida del Aleph,  el hasta entonces menospreciado Danieri consigue un premio literario, premio, dice ahora el personaje Borges, concedido a su afortunada pluma, no entorpecida ya por el Aleph.

 Gabriel Hernández

EL ALEPH, UN OBJETO PARA OLVIDAR. Concha M. Miralles

La mayoría de los objetos que hoy  día  ofrece el mercado están concebidos para hacer la vida un poco más placentera o más fácil, desde una lavadora hasta un videojuego pasando por una serie casi infinita de útiles concebidos para satisfacer las necesidades más insospechadas, reales o ficticias. A veces hay objetos que uno preferiría no haber comprado nunca, por inútiles o inservibles, y cuya existencia pronto cae en olvido, pero ¿podemos imaginar o recordar algún objeto que pueda servir para olvidar? Con un simple repaso mental no parece venir ninguno al recuerdo, aunque después de la lectura de El Aleph podemos identificar al menos uno, el propio Aleph, como un objeto dotado de esa propiedad. Para explicar este objeto y sus magníficas propiedades haremos antes un breve repaso de cómo Borges, no el autor, sino el personaje del cuento, llegó a verlo.

Precisamente es su obstinado empeño por mantener viva la memoria de su amada, Beatriz Viterbo, muerta desde hace 14 años, la que lo lleva a la casa donde se encuentra el Aleph. La mañana de febrero en que ella murió, él promete consagrarse a su memoria y no olvidarla nunca: “cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad” Considera entonces cumplir con un “acto cortes, irreprochable, casi ineludible”, que diera fe del cumplimiento de su promesa: cada 30 de abril, día del cumpleaños de ella, visitaría la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano. Es a los pocos meses del 14 cumpleaños de la fallecida cuando ocurre esta visión. No me detendré en los hechos fundamentales en el cuento por los que Daneri lo hace partícipe de este, su secreto desde niño.

El Aleph es un objeto misterioso; un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos. Para verlo es preciso adoptar incómodas posiciones: “el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, y cierta acomodación ocular. Borges, personaje, sigue dócilmente las recomendaciones que le dicta Carlos Argentino Daneri y se acuesta en el piso de baldosas, luego fija los ojos en el decimonono escalón de la escalera que baja al sótano. Cumpliendo estos raros requisitos, es como el personaje Borges puede ver el Aleph:

“En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo”. Dentro del Aleph también Borges pudo ver algunas cosas que no hubiera querido nunca saber, vio unas cartas obscenas de Beatriz dirigidas a su primo hermano. Dentro del Aleph, Borges descubre lo que desconocía de ella, la parte oscura y secreta que la hará caer de su pedestal. Con ese juego de hechos y tiempos que permite el Aleph, Borges podrá establecer una relación dialéctica entre la memoria que guarda de la mujer amada, esa historia por él construida y conservada, y la historia real, desconocida hasta la reveladora visión.

Pero hay otras cosas importantes que ve el protagonista;  también vio “tu cara”, que es la tuya, o la mía, o la de cualquier lector que se sitúe en esa precisa línea del cuento, como si también se tratara de un aleph, porque todo y todos estamos dentro del Aleph. Borges sintió vértigo y lloró, porque sus ojos habían visto “ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”  Y afirma: “Sentí infinita veneración, infinita lástima”.

Las consecuencias que siguen a esta insólita visión no se hacen esperar en el relato. Si bien Carlos Argentino Daneri temía que con la pérdida del Aleph no podría seguir escribiendo, a los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, no sólo había terminado su libro, sino que recibió por él el Segundo Premio Nacional de Literatura. Y Borges deja de ser fiel al recuerdo imborrable de Beatriz.

Olvido tiene que ver con memoria y con pasado, pero Borges no sólo olvida este recuerdo lejano ya en el tiempo sino que parece estar olvidándose del propio Aleph. “¿Existe el Aleph en lo íntimo de una piedra?, ¿lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado?” El  final del cuento nos muestra el verdadero regalo que le concede el Aleph; le concede el olvido, y con él la libertad: “ Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.”

Olvido. Libertad. Esperanza. Inicio. Podemos imaginar a un nuevo Borges, libre para siempre del recuerdo mortífero de Beatriz, que surge a partir de entonces.

Hay una doble pérdida de Beatriz, una producida con su muerte, antes de que Borges conozca la existencia del Aleph, y otra después de que el Aleph desaparezca, al desaparecer también la casa donde habitan los recuerdos de ella.

Afirmaba Aristóteles que por el recuerdo experimentamos no sólo el carácter pasado de las cosas ausentes, sino el propio tiempo. No ha de hablarse de un desplazamiento de recuerdos en el tiempo en El Aleph, sino de un olvido lento, poroso, pero progresivo y definitivo. El olvido, a su vez, rescata el olvido del olvido mismo en que consiste en ocasiones la memoria, y el tiempo inscrito en ella. Y la noción de pasado. La memoria no es sólo retrospectiva, ni el olvido no sólo actúa sobre hechos pasados, sino que es asimismo memoria crítica, en tanto permite cuestionarse el valor subjetivo de lo perdido. Perder, olvidar, para ganar. En este caso, poder desanudar los lazos trágicos con los que a veces ata la memoria cuando ésta es “in memoriam” de alguien, y poder ser así más libres y viajar más livianos por la vida, como dicen que decía Borges, aunque no fuera cierto que lo hiciera.

Concha M. Miralles

CRONICAS TERTULIANAS. EL ALEPH, de Borges.

Antes del inicio dimos la bienvenida y celebramos la asistencia de varias personas que acudían por vez primera a la tertulia. Sus novedosos puntos de vista animaron el posterior debate.

En esta ocasión el autor del libro estuvo más presente que otras veces, dada la coincidencia de su nombre con el del personaje narrador protagonista del relato. ¿El Borges autor se enamoraba de las mujeres de la misma forma, con el mismo estilo que el Borges personaje? ¿Debía su asombrosa erudición a la visión de algún tipo de Aleph, tal vez escondido entre los libros de la biblioteca de su padre?

Hubo comentarios acerca de las oscuras peripecias amorosas de Beatriz, oscuras tanto por el estilo más alusivo que explícito de su descripción, como por el carácter, digamos, enfermizo, de la relación triangular que allí se planteaba entre el protagonista y los primos Viterbo-Danieri.

Se hizo mención al origen del término Aleph, situándolo, más allá de la cultura propiamente judía, en los jeroglíficos egipcios, donde ya era escritura sagrada antes de que el pueblo hebreo lo llevase consigo.

Hubo entre los contertulios diferentes versiones sobre este objeto: objeto maravilloso, infernal, deseable, indeseable, objeto para recordar, para olvidar, ayudaba a escribir, solo a describir, al cuento, al recuento. El Aleph generó confusión, y algunos se prometieron volver a leerlo para revisar  las sombras que el debate había  arrojado sobre la claridad de la lectura con la que habían llegado a la tertulia.

Se habló, con cierta ironía, de Borges como de un adelantado a su época. Hoy en día ya es posible fabricar el Aleph de bolsillo; cualquiera puede llevarlo encima; las tabletas y los esmarfones podrían contener todos los datos del universo.

También se habló de Borges hijo, colgado impenitente del brazo de una madre casi eterna que murió poco antes de cumplir los cien años.

Y, por supuesto, no se pasó por alto mencionar ese momento de angustia que saca al personaje fuera de ese laberinto de espejos que es el Aleph y sus incontables imágenes permitiéndole, al fin, dejar de mirar.

La próxima cita quedó fijada en el mes de enero. A ella nos convoca el jugador de Dostoievski.

Feliz Navidad.

Alguien que estuvo allí.

El Aleph versus A,B,C…Z. Comentario de Antonio Villahermosa

La palabra que más cuenta para Borges en este cuento no es la de su titulo: El Aleph, es, y contémoslas, BEATRIZ…, el nombre de una mujer: Beatriz Elena Viterbo… Beatriz.

Arranca el cuento en 1929, año en el que muere Beatriz, y acaba, el cuento, en 1943, sobre marzo. Aproximadamente transcurren unos 14 años. Para Borges no es un número indiferente. En otro de sus cuentos, La casa de Asterión dirá, son infinitos

Es un cuento sobre el enamoramiento obsesivo que siente el protagonista por esta mujer, después de muerta, también. Cada 30 de abril, cumpleaños de ella, y año tras año,  hace el ritual: ir a la casa; casa en la que todo es ella: Beatriz de perfil, con antifaz, casada, divorciada, en tal o cual sitio, con tal o cual persona; de frente, de tres cuartos, sonriendo, con la mano así, etc., presentándonos así a una mujer caleidoscópica, fragmentada. ¿Serán todas las mujeres en una?, ¿o una mujer que son todas? Qué más da…

El segundo personaje que aparece es Carlos Argentino Daneri, primo de Beatriz (curiosa similitud con la obra que ya vimos de Ernesto Sábato, El túnel).

Para el protagonista, este personaje es su antagonista, su alter ego: ha tenido el amor de Beatriz, es escritor, como el protagonista, escribe muy barrocamente, cosa caricaturizada en el relato –aunque el propio Borges dirá que él mismo empezó a escribir así. Protagonista y antagonista desarrollarán y mostrarán la tensión mortífera que existe entre ellos: cuando Carlos le cuenta al protagonista que encontró el aleph, este pensará de aquél que está loco; pero cuando en su decir, aquel junta el aleph a Beatriz éste no duda en ir a verlo, y ya en el sótano y después de haber tomado un licor pensará que Carlos quiere matarlo.

¿Cuál es la locura de Carlos Argentino amén de proteger y resguardar el Aleph?

Se propone versificar toda la redondez de la tierra, del planeta, en un poema, “La tierra”, todo en un poema. ¿Era un loco, o lo está por haber encontrado el aleph?

Pero, ¿qué es el aleph? Dirá: “Un punto en el espacio que contiene todos los puntos; el lugar donde están todos los lugares vistos desde todos los ángulos. Todo…, el infinito.

En este punto, el protagonista –Borges-, planteará su conflicto: “este es el centro de mi relato; empieza aquí mi desesperación de escritor: todo lenguaje es un alfabeto de símbolos y su ejercicio supone un pasado, ¿cómo trasmitir a los otros el infinito, el aleph, que mi memoria apenas abarca?” Y concluye, y menos mal, diciendo: “el problema es irresoluble; no es posible enumerar el infinito…” y cuando va a hablar de lo que vio, de lo que sus ojos vieron, dirá: “ todo estaba en el mismo punto, simultáneamente, sin superposición. Pero para escribirlo: “lo transcribiré en sucesivo, porque el lenguaje lo es”. No puede decir todo lo que ve al mismo tiempo, sino sucesivamente, y este es el trabajo, la falta que nos convoca al ser hablante; y no situarse en ese límite, su desbordamiento, sería “la cosa loca”, o la casa loca. Al final, la casa es destruida, y con ella el Aleph.

Pienso que este símbolo, el Aleph, el autor, lo saca, y apelo a su biografía, tres lugares:

  1. De su abuela materna, de la que Borges hablará impresionado: “Se sabía toda la biblia de memoria; la tenía toda en su cabeza, y siendo de familia de predicadores el mundo todo estaría en ella, en la biblia, y en la cabeza de la abuela.
  2. La herencia de su padre: la biblioteca para Borges. La biblioteca de su padre lo era todo. Desde muy pequeño leía y leía, y muy pronto también escribiría, a los 10 años. Siempre estaba leyendo, dirá su hermana Norah. El mismo Borges dirá: “la biblioteca de mi padre es el episodio fundamental de mi vida; de ella nunca salía, nunca he salido, y con 80 años –cuando lo dijo- sigo leyendo las libros de la biblioteca”.
  3. Pero el jovencito Borges no salía de casa porque LA MADRE, doña Leonor, así lo disponía debido a sus temores y angustia sobre las infecciones y enfermedades del hijo. Ella era la que gobernaba en la casa, ya que el marido quedó prematuramente ciego y ella era su luz. A los 55 años, Borges ya no puede leer, se va quedando ciego, y ella, la madre, haría lo mismo que con el marido, con el padre. Quiere ser la luz para su hijo.

Si el nombre de Beatriz se repite hasta la saciedad en el texto, querría entresacar uno que solo sale una vez: la persona a quien Borges le dedica el cuento: Estela Canto. ¿Era el cuento un canto a Estela?, ¿cantó y esto es otro cuento del que no quiere hablar Borges?

Pero, retomando el cuento que cantó Estela Canto  hay otro cuento: el de la madre, doña Leonor, que es el cuento de todos los cuentos.

Termino diciendo algo que Borges contó, en donde vemos solaparse escritura y mujer: las mujeres fueron lo único que me hizo pensar en el suicidio. Cuando una no me quería, yo estaba dispuesto a matarme; pero entonces siempre tenía que terminar un cuento o un poema, y mientras tanto llegaba otra mujer. Me pasaba la vida pensando en ellas, y al escribir trataba de evadirme de ellas.

Antonio Villahermosa