“Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. En el nombre del padre, por Concha M. Miralles

Páramo es un terreno yermo, sin vegetación, un lugar frío e inhóspito donde la vida es tan difícil que uno desearía no nacer allí para no tener que construir ninguna historia en ese sitio. Poca o ninguna sensación de calidez y seguridad puede proporcionar una tierra yerma.

Pedro Páramo es un hombre y un padre tirano, que abandona y no reconoce a sus hijos, que no cuida ni siente responsabilidad alguna sobre ellos. Los tiene sin cuidado; le tienen sin cuidado… Y, sin embargo, uno de ellos, Juan Preciado, viajará hasta Comala para encontrar y conocer a su padre y será ese viaje el motivo inicial de la novela. Ir al encuentro del padre es el encargo que le hace a Juan Preciado su madre en el lecho de muerte; un encargo que, sin mucha convicción, él se decide a cumplir. Y ese viaje a través de espacios irreales y tiempos que se mezclan hasta rozar las fronteras en las que se difumina la vida y se confunde con la muerte, deja de ser pronto el argumento del libro para pasar a contar algo que sucedió alguna vez. Lo que sucede ya había sucedido cuando Juan Preciado llegó a Comala buscando a un padre con el que nunca se encontraría, y lo que se cuenta, además, no es esa historia que él inicia, sino otra en la que él mismo queda atrapado. La historia que, entre todas las voces de Comala, construyen sobre Pedro Páramo. Esas voces, por otra parte, en sí mismas, ya son una de las grandes historias de Pedro Páramo, la novela.

Pedro Páramo es una novela enigmática, un cruce de caminos y de gentes, una historia ya contada y otra que puede renovarse y ser distinta una y otra vez, según cómo y quién venga a contarla, porque Comala está llena de almas vinculadas a Pedro Páramo, hombre y personaje, y cada una de ellas desgrana alguna anécdota o aspecto de su vida o de su muerte.

A Pedro Páramo lo reconocen como padre todos sus hijos pero él, de todos ellos, sólo admitió a uno: a Miguel Páramo.

De todos los hijos, nacidos todos ellos fuera de su relación con la única mujer a la que amó, Susana, Pedro Páramo sólo quiso y reconoció al que sería el más pendenciero de los habitantes de Comala. Fue únicamente a él a quien le concedió su apellido y su herencia maldita de tierra baldía, él fue el vástago que lo magnificó y lo trascendió en villanías y falta de escrúpulos. Al igual que el padre, tampoco él hubiera reconocido a su descendencia, forzada siembra entre las muchachas del lugar.

La naturaleza de Pedro Páramo es la de esa misma materia hostil que es el páramo que lo nombra. Él es ese espacio, ese área dudosamente terrenal que es Comala, un lugar que parece tener una ubicación geográfica precisa, pero que está más allá de todas partes, en unas coordenadas que no son de este mundo, entre el cielo y el infierno, allá donde vagan las almas en pena. Ese es el reino de Pedro Páramo, el dueño y señor de Comala, el que ordena y dispone según su antojo. Y, sin embargo, en el fondo de su bravura se vislumbra a un hombre débil y vulnerable. Su talón de Aquiles es el amor que siente por su enfermiza y estéril mujer, Susana.

Juan Preciado no conseguirá llegar con vida ante su padre y éste no sabrá de su existencia, ni aquel podrá reclamarle lo que no les diera a él ni a su madre, y eso ocurre bastante antes de que acabe la novela, pero la historia continúa a pesar de esta resolución. Tiene que continuar, al menos hasta que el padre también muera. Otro de sus ignorados hijos, Abundio, será la mano ejecutora, el hijo que finalmente lo apuñale y acabe con su vida. La muerte, condición de todos los habitantes de Comala, llega a Pedro en último término, en las últimas líneas de la novela. El padre desconocido, buscado e inventado, ese enigma que se cuenta a voces, acaba desangrándose a manos de uno de sus propios hijos.

Se apunta en la novela como motivo del parricidio la embriaguez de Abundio, pero podemos preguntarnos por el verdadero motivo: ¿venganza?, ¿odio?, ¿resentimiento?, ¿necesidad de hacer justicia?… Tal vez la falta, la ausencia, el vacío que experimentan los desheredados, los expatriados y exiliados del lugar que les corresponde. Espacio e identidad; estar y ser, y para ser, para existir, antes hay que ser nombrado. Tal vez, y sobre todo, la clave esté en el nombre, el daño del páramo en la historia de alguien al que se le ha privado del derecho de poner en su boca y en su propio nombre el nombre del padre.

Concha M. Miralles

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“Pedro Páramo”. El libro de los muertos. Comentario de Gabriel Hernández

Juan Preciado nunca pensó en cumplirle la promesa a su madre de que iría a Comala en busca de su padre. “Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo”. Al parecer nunca fue en vida. Cuando llegó a Comala ya estaba muerto. También su padre. Se lo dice Abundio, el arriero con el que se cruza en el camino. Si lo sigue buscando ya sólo puede hacerlo entre los muertos

Cuando llega a Comala ya había pasado todo, Abundio también estaba muerto. Su testimonio abre para Juan Preciado el relato sobre la vida de su padre, una vida a la que el propio Abundio, también hijo de Pedro Páramo, se encargó de poner fin. Es lo único que Juan Preciado podrá obtener de su padre, el cuento de su vida.

Pedro Páramo no es uno más de los muertos que habitan Comala. No está entre ese gentío de ánimas que andan sueltas por la calle cuando oscurece. Él está bien muerto, no entre los que viven después de muertos, no entre los aparecidos, entre los fantasmas y las almas en pena que aún siguen viviendo en Comala, entre aquellos cuyos pecados, aún sin expiar, no les permiten descansar definitivamente. El relato no nos cuenta nada acerca de cómo le va de muerto. Todo lo que sabemos de él es relativo al tiempo en que estuvo vivo.

De este modo la historia diferencia entre dos tipos de personajes. Por un lado están aquellos de los cuales se sabe no sólo cómo les fue en la vida y cómo murieron, sino que, además, se manifiestan en un presente actual como ánimas, animados por algo que tuvo que ver con aquella vida y aún sujetos a aquellos quehaceres. Son la mayoría. Por otro lado está el caso de Pedro Páramo, del cual sólo conocemos aquella dimensión histórico biográfica, y su falta entre las ánimas de Comala. Tiene un carácter excepcional dentro del conjunto de los personajes: hay al menos uno que está muerto del todo. Ciertamente hay otros que tampoco aparecen entre las ánimas, pero a los que podríamos considerar como una prolongación de Pedro Páramo. Es el caso de Fulgor Sedano, su brazo derecho, el que ejecutaba sus órdenes.

El relato se desarrolla entre aquellos dos niveles o dimensiones del tiempo, el tiempo histórico, biográfico, el de aquellos que estuvieron vivos, y el fuera de tiempo en el que viven los muertos. Pedro Páramo se sitúa únicamente en el primer nivel, él es sólo un recuerdo, mientras que el conjunto de los otros vagan entre lo que no fueron y lo que ya no pueden ser, entre lo que no tuvieron y lo que ya no podrán tener: el reconocimiento de Pedro Páramo.

Juan Preciado es uno más de los hijos que buscan ser reconocidos por el padre. De estos hijos sólo conocemos a tres, el propio Juan Preciado, Miguel y Abundio, pero todo hace pensar que Comala estaba llena de hijos y nietos de Pedro Páramo. ¿Cómo hacerse reconocer por él?

Juan Preciado pensó en ello y antes de partir se colgó el retrato de su madre, “pensando que podría dar buen resultado para que mi padre me reconociera.” Sabía que sólo sería reconocido como hijo si su padre reconocía a su madre como su mujer. Ese era el problema de Pedro Páramo para reconocer a sus hijos, que no reconocía a las mujeres con las que los tuvo; para él no significaban nada, ninguna de ellas fue considerada por él como su mujer, y con la única a la que pudo haber tenido en tal estima, nunca tuvo hijos. El amor por una mujer tenía en Pedro Páramo algo de imposible.

La estructura del relato se puede pensar a partir de este esquema: un personaje que hace excepción, revestido de un carácter mítico, y luego todos los que vagan por las calles de Comala sufriendo el purgatorio de la falta de reconocimiento del padre. Un reconocimiento que también esperaban aquellos que no tenían vínculo de sangre, personajes como el licenciado Trujillo o el padre Rentería que sirvieron fielmente a Don Pedro sin perder nunca la esperanza de que algún día les llegaría la recompensa de su agradecimiento, con una lealtad que siempre traía consigo el envilecimiento y la complicidad criminal, culpas de las que posiblemente se habrían sentido absueltos si en algún momento les hubiese llegado aquella gratitud.

Juan Preciado no encontrará a su padre ni en el mundo de los vivos ni en el de los muertos. La diferente dimensión temporal por la que transitan cada uno de ellos hará imposible ese encuentro, una imposibilidad que podríamos considerar como motivo central de la historia. En Comala sólo se cruzará con aquellos que, como él, son almas en pena. Pero Pedro Páramo no es un alma en pena, ha pasado a ser pura leyenda.

En correspondencia con la dimensión temporal está la dimensión narrativa. También aquí es posible distinguir entre dos tipos de narrador. Uno de ellos es el propio Juan Preciado, como personaje narrador, narrando en primera persona. Él se  encarga de contar todo lo concerniente a las ánimas de Comala. El otro es el narrador omnisciente, impersonal, que narra en tercera persona. Él se ocupa de contarnos la vida de Pedro Páramo.

Durante la primera parte del relato el protagonismo narrativo pertenece al narrador personaje, pero a partir del momento en el que Juan Preciado es enterrado será el narrador impersonal el que vaya tomando las riendas del relato.

El hecho de que las historias de Juan Preciado y Pedro Páramo sean narradas de forma diferente vuelve a acentuar la imposibilidad del encuentro. Para que dicho encuentro fuese posible seria necesario un único narrador, alguien que pudiese vincularlos en una frase, un juicio o un pensamiento, una función narrativa que tampoco cumplió la madre.

Con ella volvemos al principio de la historia, al inicio de ese viaje a través del mundo de los muertos en el que se embarca Juan Preciado por su causa. “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”, le dice antes de la partida. El olvido en el que la tuvo su marido es la deuda que la madre pretende saldar. Pero no es eso lo que al hijo le interesa, y promete sin pensar en cumplirle esa promesa. Lo que él puede exigir sin pedirlo, porque supone que ya es suyo, es que Pedro Páramo sea su padre. Y para eso no es necesario que su padre se acuerde de él, sino que él pueda acordarse de su padre. Eso es lo único que va a conseguir en Comala, recuerdos de su padre, cuentos, narraciones, alguna noticia sobre sus dichos y hechos, fragmentos de una historia que tuvo que ir a buscar allí porque su madre no se la pudo contar. Para Juan Preciado  el olvido importante era aquel en el que su madre tuvo a su padre, ese padre que no recordó para él y del cual nada le transmitió, ese padre demasiado real, siempre demasiado vivo para ella, un padre del que sólo pudo hablarle a las puertas de la muerte, un padre terrible al que sólo las almas en pena de Comala se atrevían a poner en relato y a cuyo encuentro  Juan Preciado sólo pudo dirigirse tras su propia muerte.

Gabriel Hernández

Crónica tertuliana. “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo

Fuimos menos que en otras ocasiones los reunidos en la tertulia del viernes 8 de noviembre, pero pudimos estar más juntos, algo que más de uno seguro agradeció dado el carácter de la historia que esa noche llevábamos entre manos: los muertos vivientes de Juan Rulfo. Ya antes del inicio alguno de los contertulios manifestó la conmoción y el mal cuerpo que le había dejado la lectura de Pedro Páramo.

Se empezó haciendo una pequeña semblanza de Juan Rulfo y de su producción literaria, parándonos, como suele ser habitual, en el carácter excepcional de esta obra, no sólo en lo referente a su calidad e innovación estilística, sino en el hecho de que, después de ella, el escritor apenas volvió a escribir. Aquella novela no pudo hacer serie, ni Rulfo ajustarse al patrón habitual del escritor profesional. Al parecer, y según aclara él mismo, no se gana la vida escribiendo, sino trabajando, y escribir no es en él una actividad habitual sino muy esporádica. A este respecto la idea que más cuajó entre los contertulios es que Juan Rulfo escribió lo que necesitaba escribir: Pedro Páramo, y poco más.

Se puso de manifiesto la dificultad que presenta este texto para articular algo coherente sobre el mismo. O bien te deja con la boca abierta, fascinado, o bien un poco molesto con el autor por no haber redactado la historia de una forma más sencilla, con un estilo menos rebuscado y más comprensible.

Las mayores dificultades de lectura que allí se pusieron de manifiesto fueron relativas a la confusión entre la naturaleza viva o muerta de los personajes y a la identificación del narrador que en cada momento da cuenta de los hechos, quién habla y desde dónde.

Esta facultad que tiene el lenguaje de vincular espacios de tiempo, lugar y estado vital aparentemente irreconciliables se ilustró con la anécdota del niño enfermo que viendo rezar cerca de él a su anciana abuela, se le ocurrió preguntar, no sin una cierta inquietud: mamá, ¿es que me he muerto ya?

Se habló de Comala como un purgatorio, y se dejó planteada la pregunta acerca de cual sería la culpa que llevaba  a sus habitantes en pena por aquellas desiertas calles y páramos donde Pedro Páramo hizo de la ley un despiadado ejercicio de venganza, crimen y corrupción. La referencia al padre primordial de Tótem y Tabú tuvo aquí el efecto de una clave de lectura.

Y se nos quedó en el tintero comentar la curiosa relación que tienen las ánimas de Comala con las palabras, esas palabras sin sonido, que se sienten pero no se oyen, y esos murmullos que son voces pero no palabras. Ya era tarde y este tema no suscitó demasiado agrado. Al parecer en la casa de algunos de los contertulios se escuchan sonidos que era mejor no empezar a confundir con murmullos.

No sabemos hasta qué punto Pedro Páramo y las almas en pena de Comala tuvieron algo que ver, pero me consta que esa noche casi todos volvimos a casa antes de la hora que suele sernos habitual.

Alguien que estuvo allí.