El comentario de Juan Serrano a “Niebla”, de Unamuno

 

http://blao-blao.blogspot.com.es/2013/11/niebla-lectura-no-apta-para-el-verano.html

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NIEBLA, de Miguel de Unamuno. Apuntes sobre “el autor”. Gabriel Hernández

Mi propuesta de lectura consiste en dividir este relato justo allí por donde entra “el autor”. Tendríamos un antes y un después de esta intromisión. El relato quedaría cortado y la novela propiamente dicha suspendida; lo que viene después sería otra cosa.

La polémica entre el autor y el personaje es sobre todo un golpe de efecto que, si bien puede impresionar al lector, no deja de poner de manifiesto el carácter absurdo de dicho recurso. Dentro de esa estructura de ficción que es la novela no parece viable que el autor hable con su personaje sin que se desvirtúe todo el sentido de la estructura novelesca. El personaje, para hacerse cargo de su función, no puede saber que lo es, que todo lo que siente y padece es invención de un autor. Pero tampoco el autor puede meterse en la escena, ya que entonces él mismo dejaría de ser autor para convertirse en personaje, pasaría de ser el autor del personaje a ser el personaje autor.

Hay una barrera que no se puede traspasar si queremos seguir manteniéndonos en ese género de ficción que es la novela. Si se tratase de una obra de teatro, sí sería posible que el actor hablase con el autor de la obra, pero el actor no es el personaje, el actor interpreta al personaje. Pero en esta novela lo que se consigue es mermar la credibilidad al personaje haciendo de él un actor en desacuerdo con su papel y convirtiendo los últimos capítulos en una especie de farsa, subgénero teatral.

Otro es el apelativo con el que se  nombra en el propio texto a estos capítulos finales. Cuando la polémica entre el “autor” y el personaje está en su punto más álgido, aquél, muy indignado ante las impertinencias del personaje, exclama: “esto no sucede nada más que…”, “en las nivolas”, concluye el personaje.

Nivola es un apelativo puesto en circulación por el propio Unamuno para referirse a sus novelas y sobre cuyo carácter como género literario no vamos a intentar hacer ninguna aclaración o definición salvo la del propio Unamuno: “Esta ocurrencia de llamarla nivola fue otra ingenua zorrería para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea”. Lo bueno y lo malo de Unamuno es que parecía querer decirlo todo y estar en todos los lugares.

En cualquier caso a nosotros nos puede servir para marcar ese punto de separación que decíamos al principio, señalado por la entrada en escena del “autor”, entre novela y nivola.

A partir de ese momento se va gestando un final alejado de aquella lógica interna del relato que en algún momento reivindica el personaje frente a los abusos del autor, una lógica que no tiene autor, ya que se trata de un efecto devenido del propio acto de narrar, efecto del cual algunos escritores dan noticia cuando informan de episodios en los que la narración se les va de las manos, va sola y los personajes adquieren vida propia. Pero este autor no permite que su personaje se le escape de las manos y tenga el final que le sea propio.

Esta intromisión del autor podría ser un rasgo del tantas veces comentado –sobre todo entre sus contemporáneos- egotismo unamuniano. Ortega y Gasset decía no haber conocido un yo más compacto y sólido que el de Unamuno.

La cuestión sería qué incidencia puede tener este rasgo sobre la producción literaria. Si hacemos uso de Augusto Pérez como ejemplo paradigmático, podríamos decir que el yo del autor supone una traba para el desarrollo de sus personajes en tanto no puede dejar de inmiscuirse en sus vidas, dificultando con ello su despliegue según esa lógica interna de la que hablábamos antes.

Durante el transcurso de la discusión el autor manifiesta que ya no sabe qué hacer con su personaje. Por su parte, Augusto Pérez, tras su fracaso amoroso, ha quedado huérfano de autor. Que tenga que dejar su ciudad, su casa, sus sirvientes, sus amigos, para irse a Salamanca en busca del autor, es signo de esta orfandad, de que ya sus peripecias vitales no son dirigidas por un autor. Por eso tiene que ir a buscarlo. Y eso es lo que le confiesa el propio autor, que ya no sabe qué hacer con él. Parafraseando el título de la obra de Pirandello, en ese momento Augusto Pérez es también un personaje en busca de autor.

Pero lo interesante  es que este desfallecimiento de la función del autor, esta dificultad para seguir haciéndose cargo de su personaje, tiene otra cara completamente distinta: la de la omnipotencia yoica. Así se nos muestra el “autor” en su combate dialéctico con el personaje, todopoderoso y capaz de hacer con él lo que le dé la gana. A pesar de que ya no sabe que continuidad darle a las aventuras de su personaje, allí se va a seguir haciendo lo que él mande. Y lo que él manda es un final pegoteado, más absurdo cuanto más lo va retrasando y que alcanza la cima de su patetismo con el epílogo canino. Resulta evidente que este autor, aunque siga conservando el poder, ha perdido toda su autoridad sobre el personaje.

Sin duda lo que termina llevando el relato a ese punto de bloqueo que hace precisa la intervención personal del autor, es el tema que hasta ese momento había sido el argumento mayor de la novela: la relación de Augusto Pérez con las mujeres, con su madre, con Eugenia, con la tía de Eugenia con Liduvina, con Rosario… Qué puede hacer con ellas y qué es lo que ellas hacen con él, así como todas aquellas graves cuestiones relativas a la psicología femenina por las que poco a poco se va sintiendo abrumado, el alma, la palabra y el deseo de las mujeres.

Posiblemente el autor no supo cómo salir de esta encrucijada y fue por eso que se metió en el relato; pero lo hace  corriendo un tupido velo sobre aquello y cambiando de tema. La causa –una mujer- que ha llevado a Augusto Pérez a plantearse el suicidio y a ir en busca de consejo queda fuera del debate. Allí es sustituida por una causa yoica, de puro prestigio, de ver quién puede más. Causas opuestas, difíciles de conciliar, ya que suele pasar que una de ellas venga a tirar por tierra a la otra. En esos tres últimos capítulos lo importante ya no será la cuestión femenina, sino la cuestión autor, un autor que finalmente vendrá a demostrar que tiene sobre Augusto un poder incluso mayor que el de las mujeres. No lo matará una mujer, lo matará él.

Gabriel Hernández

Juan Pablo Castel y Augusto Pérez, dos personajes que no sabían amar a las mujeres. Comentario a “Niebla”, de Unamuno. Concha M. Miralles

 El mundo es un caleidoscopio, dice Augusto Pérez, el protagonista de “Niebla”, de Miguel de Unamuno. Y en ese juego de imágenes caleidoscópicas, rememorando la lectura reciente de El túnel me encuentro con dos personajes, dos hombres de ficción: Augusto Pérez y Juan Pablo Castel, que tienen en común el fracaso en el intento de amar a las mujeres. Los dos se enamoran de mujeres que no les corresponden y sufren por amor o, mejor dicho, por desamor. Y si bien las diferencias entre una y otra historia son demasiado grandes como para establecer paralelismos, también puede encontrarse cierta semejanza en la imagen que podríamos dibujar de esos dos personajes dolientes por el rechazo amoroso de la mujer en la que han puesto sus ojos. ¿Es casual esa elección amorosa? El caso es que, una vez que la han hecho, ninguno de los dos puede salir a salvo de ella: el uno acaba matándola, el otro quiere suicidarse.

La historia de El túnel la sabemos porque Juan Pablo Castel decide relatarla por escrito desde la celda de la prisión donde cumple condena por haber asesinado a María Iribarne. Le preocupa encontrar un editor que la publique después. Quiere que esa historia tenga un público que la lea, de  forma que además de autor será personaje, o tal vez ahora es autor porque antes fue personaje… Augusto Pérez, de Niebla, descubre con gran desolación que  él es sólo  un personaje de ficción hablado y narrado por un autor al que se rebela sin lograrlo; su existencia es como la imagen de otro reflejada en un espejo. Uno es dueño de sus propios actos, el otro no; uno se reivindica como autor, cuando antes no fue sino un personaje; el otro es el personaje creado por un escritor que querría no serlo. Ser real o ente de ficción…, nadie parece ser lo que es, o se es lo que no parece… Lo cierto es que, siendo lo que sean, los dos se ven sumidos en el drama de un amor que los tortura verdaderamente. El sufrimiento por amor es la trágica verdad de ambos. Falta saber si el amor, esa pieza central en la frase y en sus vidas, es ente de realidad o de ficción.

Por otro lado, en este baile de autores y personajes podríamos cuestionarnos la posición con respecto a sus personajes de los respectivos autores en estas dos obras literarias: Ernesto Sábato y Miguel de Unamuno, y seguro que habría mucho y muy distintas cosas que decir en cada caso, pero es el turno en este artículo de los personajes que han creado.

Augusto Pérez se enamora de Eugenia como si hubiera sido herido por las flechas de Cupido, sólo con verla por la calle y oír su voz, y a partir de ese momento la convierte en la obsesión de su vida y de sus sueños. Y este sentimiento es tan nuevo y grande para él que “así que me enamoré de una me sentí en seguida enamorado de todas las demás”. Descubre a partir de una mujer que existen todas las demás, y esto le fascina.

Juan Pablo Castel, en cambio,  sólo puede querer a María, no tiene ojos para otras mujeres. Es celoso, duda de ella, la pone a prueba, la espía, la persigue, la quiere sólo para él y no soporta la idea de que pueda querer o estar con otro que no sea él.

Para los dos hombres, Juan Pablo y Augusto Pérez, la mujer de sus sueños pasa a ser la mujer de sus pesadillas. Quizá, por ello, el tono de las obras, tragicómico, una, más trágico que cómico en la otra, acompaña perfectamente el palpitar de las tramas. No hay poesía en Niebla, sí en El túnel…  Juan Pablo Castel dice tener una sensualidad introspectiva, casi de pura imaginación, y se emociona con el color de un tronco, de una hoja seca, de un bichito cualquiera, con la fragancia del eucalipto mezclada al olor del mar… Y esa poesía, estilísticamente, cumple una importante misión literaria dentro de la obra, porque consigue reforzar aún más el contraste con los violentos hechos que suceden. No hace falta nada de esto en la trama de Niebla ni al personaje de Augusto Pérez, un personaje creado por su autor que quiere gozar de vida plena, ser de carne y hueso, como Pinocho en manos de Gepeto, y al que le falta voluntad y determinación.

Cuando salió Augusto de su entrevista con Paparrigópulos íbase diciendo: «De modo que tengo que renunciar a una de las dos o buscar una tercera.¡No, dos no!, ¡de ninguna manera! De no contentarse con una, que yo creo es lo mejor y es bastante tarea, por lo menos tres. La dualidad no cierra.”

Y, como no hay dos sin tres, seguro que en este ir y venir deletreando por los vericuetos de la literatura nos encontramos pronto con otra historia de algún otro enamorado al que no le salen las cuentas con su Julieta, y quizá entonces ese tercer hombre nos ayude a conocer mejor ese misterio que habita entre el deseo y la literatura, el amor, y de paso, también a comprender un poco más el alma femenina pues en esta “nivola” queda un poco en entredicho.

Llego al final del artículo y encuentro otro título posible para el mismo: “Negro y blanco”; el negro del túnel, el blanco de la niebla. El blanco de una página sobre la que se escribe una historia y se inventa un personaje –Augusto Pérez-, y el negro de los trazos que dibuja la mano del autor de su propio personaje – Juan Pablo Castel-. Al fondo, tal vez, un alegre aleteo de faldas y tacones. Mujeres ocupadas en sus cosas, comprometidas con otras historias, ajenas al sentimiento amoroso que han despertado en tan singulares personajes.

Concha M. Miralles