Acerca de las veinticuatro horas del deseo de una mujer, por Maricruz Alba

La elección de la novela “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” de Stefan Zweig para la inauguración de las tertulias de Literatura y Psicoanálisis Deletreados atiende a varios aspectos de interés. Por un lado por ser una joya literaria, por otro por su vinculación con la obra psicoanalítica y por la relación que hubo entre Zweig y Freud.

Zweig tenía una profunda afinidad con el movimiento analítico y tuvo una relación casi familiar con Freud, tanto en Viena como durante el exilio de ambos en Londres, donde coincidieron durante el último año de vida de Freud. Fue en Londres, cuando Zweig llevó de visita a Salvador Dalí a la casa de Freud, momento en que Dalí pintó el ya famoso retrato de Freud[1], retrato que nunca vio, porque Zweig  lo impidió, pues pensaba que Dalí había reflejado la muerte en él.

Zweig y Freud mantuvieron un intercambio epistolar durante 31 años, del que se han publicado 77 cartas[2], que constituyen un valioso material para conocer a los autores más allá de sus estudios y sus publicaciones y,  por supuesto, la relación que entre ambos existió.

En las cartas, Zweig le manifiesta a Freud en repetidas ocasiones la admiración y el afecto que sentía por él, y por su descubrimiento del psicoanálisis. Hay una anécdota que puede servir de botón de muestra: cuando Freud acababa de recibir el premio Goethe,  Zweig le escribe para felicitarlo por tan merecido premio y  aprovecha para manifestarle abiertamente su intención de influir decididamente en la lucha  para que también le concedieran el premio Nobel, premio que Freud, no es que despreciara, pero si al que restaba importancia por ser ya un deseo abandonado.

Por su parte Freud, si bien en ocasiones elogiaba algunas de las obras de Zweig, calificándolas incluso de obras maestras,  al respecto de otras Freud era muy crítico, llegando incluso a mostrarse enfadado, sobre todo con aquellas en las que habían referencias a su obra o a su persona. En cuanto a la relación de amistad, Freud se  mostraba casi siempre cordial, algunas veces afectivo, pero siempre con cierta distancia.

Cuando Zweig publica por primera vez la novela “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, Freud la lee inmediatamente  y le escribe el 4/9/1926, elogiándola de obra maestra de alto nivel de un creador de primera categoría, y haciendo una interpretación psicoanalítica de la historia allí contada. Para ello Freud toma dos datos: por un lado el hecho de que los amantes de ambas mujeres maduras sean hombres jóvenes y con cara femenina. Por otro que la protagonista esté tan dispuesta al sacrificio por “salvar” al  joven en peligro de muerte. Tras este sacrificio Freud descubre con facilidad la libido incestuosa. Una mujer viuda, que ha guardado fidelidad a  la memoria “de su marido, rechazando en su vida el erotismo y la sexualidad  no escapa, como madre, a una transferencia erótica inconsciente sobre la persona del hijo”. Punto este de máximo dramatismo en la obra. Allí donde la protagonista se pensaba madre surge la mujer para su máxima confusión, confusión que solo veinte años después puede transformarse en saber.

Zweig es considerado  el maestro de la novela psicológica.  “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, nos cuenta la historia de dos mujeres corrientes, con una vida familiar y acomodada que en un momento dado se encuentran en manos de impulsos desconocidos que escapan al sentido común y a la moral convenida, impulsos  que  van más allá de  sus voluntades.

Con ello Zweig  nos muestra de una manera genial  algo de lo  paradójico y cotidiano de la naturaleza humana,  pues ¿cuántas veces no nos hallamos enfrentados en nuestra vida cotidiana con sentimientos y  pensamientos que  decimos no querer tener y no por ello desaparecen o, incluso, que nos resultan ajenos y extraños a nosotros mismos?  ¿Quién no se ha visto avocado a repetir lo que una tras otra vez se ha propuesto dejar de hacer o, por el contrario, impedidos para hacer aquello que repetidas veces decimos que deseamos sin que podamos dar un paso para conseguirlo?

A lo largo del texto, Zweig, en varias ocasiones, nos presenta a la protagonista “flirteando insconscientemente con el desconocido” (pag. 8)[3], o en la página 43 [4]Me sentí arrebatada. ¡Tenía que seguirle! Y, ajenos a mi voluntad, mis pies echaron a andar. Obraba así inconscientemente, movida por una fuerza superior a mí misma y, echando corredor adelante, me dirigí a la salida”

¿Qué es entonces lo inconsciente? Evidentemente, en todo caso,  apunta a algo enigmático para el propio sujeto, pero que  sin embargo al mismo tiempo  es lo más íntimo, lo más singular, y que posee una fuerza, una fuerza con tanto empuje que se escapa a la voluntad, y a la razón, es decir al yo creyente de ser el  dueño de su vida.

Mientras que para Freud el inconsciente son pensamientos que no pensamos, que no sabemos, pero que determinan nuestra vida, Lacan aporta el concepto de inconsciente como un agujero. En psicoanálisis se trata de un saber hacer con el inconsciente, con ese agujero.

El yo, ante tal desconocimiento y la fuerza de tales impulsos arrebatadores,  hace lo que puede, defenderse. ¿De qué se defiende? El narrador nos lo dice en la pag. 14[5] ”Tanta resistencia a reconocer el hecho evidente de que una mujer, en ciertas horas de su vida, pese a su voluntad y a la conciencia de su deber, se encuentra indefensa ante el poder de fuerzas misteriosas, revelaba miedo del propio instinto, miedo del fondo demoníaco de nuestra naturaleza.” Así la protagonista se defiende justificando su arrebato con causas justas e intenciones altruistas, intentando salvar al joven de la perdición del juego y de la muerte. Mecanismo  de defensa  que deja de hacer su función ante el acontecimiento contingente de la repetición de una historia parecida, que hace serie con la suya y tiene el efecto de cambiar el sentido de su historia para ella misma a modo de revelación.

¿Qué la anima a contar la historia que había vivido 20 años atrás y que hasta ese momento no había contado a nadie?  La fuga de Madame Henriette, es el hecho desencadenante, pero no es baladí  la opinión del narrador al que la protagonista interpela directamente: “¿Usted cree, que una mujer, cualquiera que sea, puede lanzarse inocentemente a una aventura; que hay acciones que una mujer juzgaría imposibles una hora antes de cometerlas y de las cuales no cabe hacerla responsable? Lo creo firmemente, señora. “ (pag 16) [6].

Podemos pensar que el hecho mismo de la fuga de Madame Henriette, sin duda tiene un efecto provocador, despierta la imaginación hacia la aventura, hacia experiencias placenteras y goces libidinales, provocación ante la cual la protagonista no puede resistirse a rememorar  “aquellas 24 horas que fueron más excitantes que cualquier juego y turbaron por muchos años mi existencia.” (pag 28)[7].

Pareciera que lo que la anima a contárselo al narrador  es la defensa que éste hace de la huida de Madame Henriette, pero sobre todo, a mi parecer, porque ella capta algo en él, capta que él ha entendido algo de ese arrebato, de esa excitación irresistible, placentera y angustiante a la vez.

Es significativo que la protagonista, la mujer que cuenta la historia de su enamoramiento repentino no tiene nombre, es nombrada Mrs. (Sra) C. Con esto el autor nos habla de una mujer, de la mujer C, C de Cualquier mujer.

Freud se preguntó ¿qué quiere LA mujer? y Lacan formuló la pregunta ¿Qué quiere UNA mujer? Esto apunta a que no hay un conjunto cerrado de todas las mujeres, una identidad propiamente femenina.

Quizás sería interesante que el discurso feminista diera un giro y apuntara a preservar la diferencia, el deseo y el efecto de las palabras frente a la universalización de lo cuantificable, pues si algo está del lado de lo singular quizás sean las mujeres. Es familiar y cotidiano que la mujer es un enigma, incluso para sí misma.

Se trataría entonces de encontrar el modo de lograr construirse a sí misma inventándose un ser: Si como define Lacan, el inconsciente es un agujero, pues con un agujero se pueden hacer muchas cosas. Se puede inventar algo, como la literatura.

   Murcia, 27 de abril de 2012


[2] Zweig, Stefan. Correspondencia con Sigmun Freud, Rainer María Rilke y Arthur Schnitzler. Paidós Testimonios. 2004

[3]  Zweig, Stefan. “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”. Acantilado. 2001

[4] Zweig Stefan. Ibídem.

[5] Zweig, Stefan, ibídem.

[6] Zweig, Stefan, ibídem.

[7] Zweig, Stefan, ibídem.

Crónica de las Veinticuatro horas. Tertulia 1

El pasado viernes tuvo lugar la primera reunión de Deletreados en la asociación cultural La Azotea de Murcia. Inspirados y apoyados por la tertulia madrileña Liter-a-tulia, unas 25 personas se dieron cita para hablar de la primera obra elegida: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, de Stefan Zweig.

¿Por qué una mujer estaría dispuesta a arriesgar todo por un joven al que acaba de ver perder toda su fortuna en un casino? En torno a este extraño impulso que Zweig describe en su novela, los contertulios hacían intervenciones, entrando a escena como las letras sueltas de un juego dispuestas en la mesa para formar e intercambiar pensamientos.
“A Mrs C solo se le hace soportable su pasión por ese joven cuando la reviste de un acto caritativo”, apuntaba una asistente sobre el deseo de salvarle la vida que la protagonista de la novela siente hacia el jugador desconocido.

Se planteó la diferencia entre una mujer y una mujer histérica. Alguien comentó que la protagonista se enamora de un suicida. “¿Qué deseo hay puesto ahí? Solo ve el goce de él en el juego, las manos que ella miraba con tanto embeleso sólo le servían a él para jugar”, comentaba otro participante, haciendo referencia a la voluntad frustrada de Mrs C de que el joven intercambiara su pasión por el juego por pasión hacia ella misma.

Otra intervención se centró en el momento histórico y cultural en el que se desarrolla la historia. Se trata del periodo de entreguerras, muy fructífero en el ámbito cultural, pero, a la vez, una época convulsa y de incertidumbre que llevó al suicidio a algunas de las personalidades más relevantes de la cultura europea del momento.
Un lector se mostraba inquieto por la fijación de Mrs C en las manos del jugador cuyo nombre no llega a conocer. “Las manos solo las quería para jugar; lo que tendría que haber hecho es mirarle a los ojos”, decía convencido.

En su recta final, la charla dio un giro hacia la vida, el oficio creador y el suicidio decidido y ordenado de Zweig. ¿Se debió este a su pesadumbre por pertenecer a una Europa en ruinas, donde se censura su obra y se la persigue, o su suicidio está vinculado a una patología? “El problema del suicida es que cuando lo consigue, ya no habla”, concluía un asistente.

Post-tertulia.

Me contaron que, a la salida, algunos de los tertulianos se fueron a cenar a un restaurante argentino. Allí brindaron por todos los personajes de la obra, Mrs C, Mme Henriette, su marido, el joven jugador, el conde ruso, el que escucha sin juzgar ni condenar, etc. A la altura de los postres se volvió a brindar, en esta ocasión por Argentina, y luego por los argentinos. Algunas lo hicieron por las carnes de los argentinos y otros, no menos entusiastas, por sus vinos. Y también, claro está, por esta primera reunión que dio por inauguradas las tertulias de Deletreados.


Veinticuatro horas en la vida de una mujer: historia de una hipnosis amorosa, por Gabriel Hernández García

¿Puede una mujer respetable, casada y con dos hijos, abandonarlo todo en un súbito arrebato de pasión para seguir a un desconocido veinticuatro horas después de haberlo visto por primera vez?

Este será el tema de un acalorado debate surgido entre un grupo de veraneantes que comparten mesa y tertulia en un pequeño hotel de la Riviera. Solamente uno de ellos parece estar a favor de esta posibilidad, que defenderá obstinadamente frente a sus opositores, un matrimonio italiano y otro alemán, los cuales sostienen que sólo una cocotte sería capaz de algo semejante.

La polémica dará pie para que una de las contertulias, la anciana y distinguida Mrs.C. escoja al defensor de aquel tipo de comportamiento -que, como él mismo dice, ni juzga ni condena-, como confidente de una historia nunca relatada anteriormente, sucedida hacía 25 años. Fue entonces cuando ella vivió sus particulares veinticuatro horas de pasión, dos años después de la muerte de su marido.

Y lo que cuenta en primer lugar Mrs. C. es que no fue un rostro o una figura atractiva, una conversación brillante o alguna otra cualidad personal sobresaliente, lo que propició aquél amor a primera vista; fueron unas manos, unas manos que hacían pareja compartiendo desesperación ante el caprichoso recorrido de una bolita danzante sobre las casillas de una ruleta. Mrs. C. hará a su confidente una extensa descripción de aquéllas manos cuya primera visión la sobresaltó. Nunca había visto manos como aquellas, tan bellas, elocuentes y apasionadas, y cuando, por fin, consigue subir la mirada hasta el rostro de su dueño, lo que ve allí es un fiel reflejo de lo que ya las manos habían anticipado. La pasión se mostraba impúdicamente en el rostro de aquél joven, al que ella calculaba unos veinticuatro años, y cuyas “pupilas de poseso… semejaban inanimadas bolas de vidrio en las cuales se reflejaba el brillo de aquella otra, de color caoba, que locamente rodaba y saltaba entre las casillas de la ruleta”.

Lo que ve Mrs C cuando mira a los ojos del joven es la bolita de la ruleta, lo que ella ve en aquellos ojos es lo que aquellos ojos estaban viendo. Podríamos decir que lo que ve reflejado en aquellas pupilas es el objeto de la pasión del joven, un objeto cuyo recorrido incierto e imposible de predecir es precisamente lo que hace que esas manos se impacienten mientras esperan ver dónde parará la bolita.

Podríamos establecer una primera serie, la serie de las miradas. En primer lugar circula la bolita del casino, luego está el jugador que la sigue con la mirada y luego, por último,  Mrs C. fijada a la mirada del jugador.

A partir de ese momento todo se difumina a su alrededor y la visión del joven centra completamente su atención. “Si alguien me hubiese observado entonces, hubiera tomado mi inmovilidad de acero por un caso de hipnosis”. No será la única vez que la protagonista intente explicar aquella atracción como un caso de enamoramiento hipnótico, en cuyo trance la hizo caer no ya la visión de las manos sino, inmediatamente antes, “un extraño ruido, como un crujido de articulaciones que se rompen. Me quedé estupefacta”. Parecía ser la señal, el chasquido, la voz de mando mediante la que el hipnotizador se hace cargo de la voluntad del hipnotizado. Mientras tanto el joven jugador se mantenía al margen de todo este proceso. Ni se había percatado de la presencia de aquella señora. La misma atracción que él, sin saberlo, estaba ejerciendo sobre ella, la ejercía sobre él la bolita de la ruleta, de la que no separaba la vista ni por un momento.

Cuando el joven abandona el salón de juego, ya completamente arruinado, ella no puede evitar irse tras él. Pero el joven detiene bruscamente su marcha. Su vida parecía no tener más sentido que el indicado por aquella ruleta que ya no podía seguir haciendo girar. Mrs. C. lo vio desplomarse sobre un banco como un muñeco de trapo y temió lo peor. En ese momento, olvidando que ese no era su lugar, toma el mando. Intentará pilotar el deseo del joven. Quiere ayudarlo, reanimarlo, y sin mediar ningún tipo de presentación, tira de él hasta ponerlo a cobijo de la lluvia. Lo lleva a un hotel y le ofrece dinero para pagarlo. En el momento de despedirse, él la coge del brazo. La había tomado por una cocotte y ella no se decide a sacarlo de su error.

Lo único que Mrs. C. quería era salvar a aquel joven de su destructiva inclinación por el juego.  Sin embargo las cosas van más allá. Su fantasía hará que esa buena intención vaya tomando un sentido imprevisto, pero al que ella se pliega dócilmente. Ya no se trata solo de que el joven abandone su pasión, sino de que la redireccione en el sentido de su  “salvadora”, y pase a ser la suya, y no la de la saltarina bolita del casino, la imagen que se refleje en sus pupilas. En la medida en la que cree estar alejándolo de la ruleta, más dispuesta se siente a ocupar esa vacante, a ser el nuevo objeto de su pasión, un cambio que, sin embargo, el jugador terminará rechazando para volver al casino y a ese otro amor del que Mrs. C. no podrá despegarlo.

Alguien debería haberle advertido a Mrs. C., parafraseando el título de aquel instructivo cuento: “No olvide que usted va detrás”; es decir, que no es usted quien comanda el deseo de ese joven, sino ese objeto casi insignificante, esa bolita caprichosa y juguetona, respecto a la cual usted siempre irá rezagada.

Aunque a veces piense que va delante, sólo al final de la historia Mrs. C. caerá en la cuenta de que durante sus veinticuatro horas de trance amoroso siempre fue detrás, enganchada a esa pasión que había visto reflejada tanto en las manos como en las pupilas del jugador.

La escena final rememora la del principio, el jugador dominado por el loco frenesí de las apuestas y, detrás, la señora que lo observa sin hacer notar su presencia. El joven había vuelto al casino y en ese momento hacía sus apuestas siguiendo él mismo a otro, repitiendo las jugadas de otro jugador, un viejo conde ruso al que le suponía el saber sobre algún tipo de combinación ganadora. Ahora era el conde ruso el que miraba a la bolita y el joven jugador el que miraba al conde. Pero de esta nueva serie pasional Mrs C había quedado completamente descolgada. Había pasado de verse como el objeto más amado a sentirse como el más despreciado, rechazada como si fuese una prostituta, y era ella la que ahora salía del casino con el amor completamente arruinado para sentarse en el mismo banco en el que la noche anterior se había desplomado el joven jugador después de haberlo perdido todo.

La circularidad que nos muestra esta historia de amor, podría hacernos pensar precisamente en la ruleta, en la ruleta del amor, a pesar de que la historia también nos ofrece argumentos para pensar que el amor no está gobernado únicamente por el factor azar.

La historia, como digo, también nos da indicios de que ese hallazgo, ese encontronazo que tuvo Mrs C con el objeto de su pasión, no estuvo regido sólo por la casualidad. Ese encuentro no fue totalmente nuevo ni completamente azaroso. Hubo allí también algo que tuvo que ver con un reencuentro.

En primer lugar es el recuerdo de su marido, muerto hacía dos años, lo que la lleva al casino donde encontrará al jugador. A él también le gustaba frecuentar las salas de juego. Pero, además, era un apasionado de la quiromancia. Fue precisamente en un casino donde él le enseñó aquel modo especial de mirar que consistía en no fijar la mirada en los rostros, sino en las manos, en su forma de moverse, en su actitud y disposición, un método mediante el cual, según él, podía adivinarse con la mayor de las certidumbres el carácter de las personas. Esta “pasión secreta” de su marido –como ella misma la llama-  es determinante para que Mrs. C. se quede fascinada precisamente ante las manos de un jugador, se deje atrapar por ellas y pueda, a su vez, vivir su propia pasión secreta.

Por otro lado, el texto deja una interrogante permanentemente abierta sobre la figura del jugador. Podríamos decir que Mrs. C. se enamora antes de saber de quién se ha enamorado, antes de haber visto la cara del joven. Cuando por fin sube la mirada desde las manos hasta el rostro, lo que allí  encuentra es a un hombre joven al que ella calcula unos veinticuatro años. Más adelante dirá que apenas contaba veinticinco años. En otra ocasión llegará a verlo  “inmensamente más joven”, también,  “semejante a un adolescente”. Estas diferentes formas de ver al personaje del jugador, de reconocerlo, contrastan con esos otros momentos en los que Mrs. C. siente una total extrañeza ante su presencia, como sucede cuando se despierta en la habitación del hotel después de haber pasado la noche con él. “…entonces vi, junto a mí, a un hombre semidesnudo, un hombre extraño, absolutamente desconocido para mí…” Mrs. C. parece caer entonces en la cuenta de que no sabe absolutamente nada de ese hombre al que la noche anterior trataba con tanta naturalidad. Entre esos dos tiempos la sexualidad ha hecho su entrada rompiendo la familiaridad del trato y colocando ese punto de extrañeza entre los dos amantes. Mrs. C. se siente invadida por el terror e intenta huir, pero inmediatamente recompone la escena, vuelve a mirar al hombre con nuevos ojos y aquella extrañeza siniestra con la que despertó se difumina. El hombre que había junto a ella ya no se parecía en nada al que había conocido la noche anterior, aquel en  cuyo rostro la pasión se mostraba impúdicamente, ahora mostraba una cara diferente, “infantil, pueril, radiante de pureza y serenidad”.

Dadas las diferentes versiones sobre el personaje del jugador que Mrs. C. va construyendo, cada vez resulta más difícil precisar de quien o de qué se ha enamorado. Ese hombre es ahora un muchacho al que ella ve como un hijo: “contemplaba maternalmente a aquel muchacho dormido, a quien de nuevo -¡con dolor, como a mis propios hijos! –había dado el ser”, salvándolo de un posible suicidio.

Efectivamente hay alguna coincidencia entre esas diferentes formas de ver al personaje del jugador y sus propios hijos. Entre un hombre joven de unos 24 años y un adolescente hay una evidente diferencia, diferencia similar a la que había entre sus dos hijos, de los cuales  nos dice el texto que dos años antes el mayor ya prestaba servicio en el ejército, mientras que el menor aún estaba en el colegio.

El hecho de que a pesar del tiempo transcurrido desde aquel encuentro, Mrs C no hubiese podido elaborar lo que de traumático tuvo para ella, nos hace suponer que hubo allí algo más que una aventura amorosa con un extraño, pues lo traumático siempre tiene que ver también con lo que nos resulta más familiar.

Comentario al libro “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, de Stefan Zweig, por Concepción M. Miralles

A pesar de sus escasas 100 páginas, estamos ante una de las obras maestras de la literatura, cuyo autor, Stefan Zweig,  hemos escogido para iniciar estas tertulias de literatura y psicoanálisis.

Zweig fue un escritor sobresaliente, de enorme talento, que gozó de excelente reputación como uno de los mejores escritores, biógrafos y ensayistas de su época, sobre todo entre los años 20 y 40, pero que también sufrió la represión y el oprobio de ver sus obras prohibidas y reducidas a cenizas por los nazis de la Segunda Guerra Mundial. Tras su suicidio en Brasil en 1942, su obra fue cayendo en el olvido hasta que recientemente, con la reedición de sus libros por algunas editoriales,  vuelve a cobrar el lugar en la cultura que siempre ha merecido.

En primer lugar me gustaría situarles este relato largo, o en esta novela corta, Veinticuatro horas de la vida de una mujer, publicada primero en inglés, y  editada posteriormente en Leipzig en 1926. En su primera edición apareció junto a otros dos relatos, dentro de una trilogía titulada “Confusión de sentimientos”, en cuyos relatos se trataba el tema tabú de la homosexualidad y planteamientos de corte feminista.  Los hechos narrados en la historia transcurren, según se nos indica en el primer párrafo, diez años antes de la guerra (Primera guerra mundial).

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una novela de fino trazado literario, donde destacan algunas descripciones memorables. Es una novela de corte psicológico, que trata el tema de la voluntad y sus flaquezas, del temor a ser dominado por la inmediatez y la fuerza de pasiones desconocidas que puedan anular el control de la voluntad. También se podría considerar una novela de amores tortuosos, prohibidos y dañinos.

La historia arranca con un suceso imprevisible ocurrido en el apacible y relajado escenario de un hotel de la Riviera cercano a Montecarlo: Mme Henriette, refinada y respetable mujer de un comerciante y madre de dos niñas, se ha dado a la fuga con un atractivo joven francés alojado en el hotel, al que sólo conocía desde el día anterior.

La tranquilidad de los siete huéspedes de la pensión se ve alterada por este  incidente,  inadmisible desde su moral burguesa, y durante la comida se desencadena una acalorada, que torna a violenta discusión, en la que se condena la conducta disoluta e inconsciente de Mme. Henriette.  Todos coinciden en condenarla, excepto uno de los allí presentes, que es precisamente el que contará la historia, el narrador de la misma. Frente a las críticas de sus contertulianos, éste defiende el honor de la dama, sosteniendo que el modo en que  obró demuestra en realidad mayor valentía y franqueza que el de aquellas mujeres que se someten a pesar suyo a una vida que las asfixia y las hace desgraciadas (pag. 14: “encuentro más digno que una mujer ceda a su instinto, libre y apasionadamente, que no, como ocurre por lo general, engañe al marido en sus propios brazos y a ojos cerrados”). Su atrevida opinión anima a la distinguida anciana inglesa, Mrs. C.  a pronunciarse sobre el asunto, cuestionando más bien al atrevido contertulio sobre la fortaleza de su defensa, quedando la cuestión planteada en los términos siguientes: ¿puede lanzarse una mujer cualquiera inocentemente a una aventura movida por un impulso desconocido, por una fuerza que la mueve a actuar de un modo que juzgaría imposible una hora antes de hacerlo,  y de lo cual no cabe hacerla responsable?

Este detonante, que sólo ocupa unas pocas páginas en el inicio del libro, es en realidad una excusa literaria del autor para dar paso a la verdadera historia, la que contará la Mr. C. precisamente al único que ha defendido a Mme Henriette. Ella necesita contar lo que ha callado durante más de veinte años: las veinticuatro horas más tortuosas de su vida, que ha mantenido en secreto durante todos esos años. Ahora, sin embargo, siente la necesidad de hablar de ello, y no es casual la elección de su confidente: sabe que él no la va a juzgar ni a condenar, ni le hará ningún reproche después, y tampoco busca su consejo ni su aprobación. En realidad sólo necesita ser escuchada y escucharse a sí misma relatar lo sucedido, poner orden a sus ideas, expresarlas por primera vez. Para ello lo invita a subir a su habitación del hotel, y en la más estricta intimidad le relata lo sucedido un día de su vida de veinte años atrás: al igual que Mme. Henriette –de quien en realidad no conocemos nada- ella misma también arriesgó su vida, en este caso para “ayudar” a un desconocido, un jugador que esa noche lo había perdido todo en el juego. Pero detrás de la loable intención de salvarle la vida a un hombre que estaba a punto de suicidarse, lo que Mr. C. descubre con temor, a medida que va poniendo en orden  ese recuerdo,  es que hubiera sido capaz de sacrificarlo todo por un desconocido: su fortuna, su honor, su reputación. (Pag. 82: “Si aquel hombre me hubiera abrazado y me hubiera pedido que le siguiera hasta el fin del mundo, no habría vacilado en deshonrar mi nombre y el de mis hijos. (…) no existe bajeza que no hubiera hecho por él. (…) Pasaría con él aquella noche y también las siguientes…, todas las que él quisiese, todo el tiempo que se le antojase”.

Por varios motivos, de clara percepción, recuerda esta escena más que a una confesión espiritual a una sesión de análisis.

Quiero hacer una observación sobre la figura del narrador, que es precisamente la persona elegida para escuchar la confesión de Mr.C. Por un capricho literario, o quizá obedeciendo a una intencionada estrategia, si bien una mujer, Mr. C., es quien cuenta en primera persona los hechos, pensamientos y deseos más oscuros y escondidos de su vida,  va a ser un hombre el verdadero narrador de esta historia, un espectador y testigo de todo lo sucedido, un sujeto pasivo en la escucha, pero activo en la escritura –lo hace muchos años después-, que ha accedido a escucharla y que luego narra a su vez la historia, con lo que esto supone al darla a leer y conocer. Claro, si no estuviera esto, no habría libro que comentar, pero no deja de ser una curiosidad que algo contado tan en secreto venga luego a ser publicado a los cuatro vientos, lo cual me lleva a la primera de las cuestiones que me ha planteado esta lectura, que tiene que ver con la ética profesional del psicoanalista: el temor o sospecha que, sobre todo al inicio, tienen algunas personas a que su terapeuta no sea un buen guardián de los secretos que se le confían, temor que algunas veces puede hacer zozobrar la terapia.

Por otra parte, y atendiendo al contenido de la confidencia, me planteo otra cuestión: lo que asusta a Mr. C es precisamente el descubrimiento de que hubiera sido capaz de ponerse en las manos de otro, de un desconocido, y de someterse a su voluntad y sus caprichos, abandonando su vida segura y estable para dejarse arrastrar por un instante de pasión. Ella está dispuesta a aceptar el estrago de su posición de víctima en una relación de la que ni siquiera puede imaginar los límites.

De nuevo se me plantea otra cuestión: ¿Es esta la posición de una víctima, por ejemplo de casos de mujeres maltratadas?

Llama la atención el manejo de los tiempos que hace Zweig en este relato. En la primera parte de la historia, la que se refiere a la huída de Mme. Henriette, hay un tiempo presente que podríamos calificar de “abortado” o quebrado, en tanto que rompe con lo que es esperable y previsible, y que apunta a un futuro más que incierto. Por otro lado hay una presencia constante del pasado, protagonizada por Mr. C., que rememora un suceso oscuro de su pasado, que ha mantenido en secreto hasta ahora. Las dos historias confluyen en ese punto inquietante en el que los tiempos dejan de marcar una diferencia, esa especie de triángulo de las Bermudas, también llamado Triángulo del Diablo y Limbo de los Perdidos, donde ocurren sucesos inexplicables que tienen que ver con un funcionamiento extraño del espacio y del tiempo. El manejo de tiempos, de vidas y de historias, aquí es un recurso literario que utiliza Zweig para poner de manifiesto que, con más de veinte años de diferencia entre lo sucedido a una y otra mujer, el problema que se plantea es el mismo, mantiene la misma vigencia social y moral, porque el conflicto planteado arranca de aspectos consustanciales de la subjetividad humana  que están más allá de cualquier época.

Pero hay una particularidad en la historia pasada y rememorada, la de Mrs. C.: precisamente esa lejanía en el tiempo le ha permitido realizar cierta elaboración y distanciarse emocionalmente, y por eso puede hablar de ello, analizar sus actos y valorarlos con mayor frialdad.

Y es a partir de esta apreciación sobre el tiempo que me planteo una tercera cuestión: ¿en el análisis, facilita el tiempo dialectizar con mayor capacidad crítica y analítica un hecho traumático vivido?

Por poner un punto de humor, relacionado en cierta manera con el tiempo en el análisis hay una escena en la película  El dormilón, cuando Woody Allen, tras descubrir que se ha pasado doscientos años durmiendo, suspira y explica apesadumbrado que, de haberse pasado todo ese tiempo yendo a terapia, ahora ya casi estaría casi curado. Casi. Faltaría saber si el tiempo de sueño, el de durmiente, también obró su labor en la conciencia de W.A.
Hay una estructura que insiste y gira en torno a dos movimientos casi pendulares en el relato: uno es la rebeldía, la insumisión. Las dos protagonistas son mujeres que hacen algo que no deberían porque se rebelan a una situación determinada: la una supuestamente  a un matrimonio que no la satisface, la otra, movida por el altruismo, quiere evitar que un desconocido se suicide, pretende salvar una vida que se ha condenado a la perdición. Son, en cierto modo, dos heroínas en el sentido clásico de los cuentos, al asumir la función de convertirse en insurgentes frente a la ley y la moral que gobierna sus mundos, pues ponen en riesgo su propia vida en el empeño. Y en relación con esta posición de valor y rebeldía, hay otro elemento, que sólo conocemos en el caso de Mrs. C.: el temor por un algo desconocido que la impulsa a su propia perdición y que provoca el descontrol absoluto de su voluntad, llegando al extremo de  abandonarse a la voluntad de otro. Del atrevimiento a la perdición…  Hay un punto en el que la vida, que era serena, segura y apacible, se pone en peligro y deriva al naufragio. Y después de eso ya nada es igual que antes, pero no por el acto cometido en sí, sino por el temor a esa fuerza desconocida e interna capaz de hacer peligrar toda la vida en cuestión de horas.

Y esta es la última cuestión que me planteo, a raíz de esta última observación: ¿en qué consiste esa fuerza demoníaca?, ¿dónde radica su fuerza? Y…, puesto que en los dos casos relatados se trata de mujeres, ¿tiene alguna relación con una dimensión  femenina del ser humano, independientemente de ser un hombre o una mujer quien la experimente?

Tertulia 1

Viernes 27 de abril a las 19 horas en La Azotea asociación artística y cultural-, en C/ Estrella 2 (junto a la Plaza San Juan), Murcia.

LIBRO: “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, de Stefan Zweig

 

Pdf:http://fisikanglo.files.wordpress.com/2010/09/veinticuatro-horas-de-la-vida-de-una-mujer-stefan-zweig.pdf