La risa de Medea. Comentario al libro de Eurípides “MEDEA”

En el relato del mito de Medea podemos diferenciar dos partes. En la primera -viaje de Jasón y los argonautas- se nos cuenta lo que Medea es capaz de hacer por unirse al hombre que ama. En la segunda, lo que es capaz de hacer contra ese hombre cuando se siente abandonada por él.

La obra de Eurípides se centra en esta segunda parte, aunque hace continuas referencias a la primera, a los hechos que motivaron el encuentro de Medea con Jasón y los actos que llevó a cabo para escapar con él de la casa paterna: traicionó a su padre, a su nación y mató a su hermano. Sin embargo, el hacer de Medea en uno y otro momento de la historia podría tener la misma causa y los mismos efectos. Medea destruye la Casa de Jasón al igual que destruyó la Casa de su padre, cuando mató al heredero, su hermano, y se llevó de la tierra patria su emblema más importante, el vellocino de oro.

Partamos de una de esas exclamaciones que la angustia hace surgir a borbotones de uno de los personajes, en este caso, de Jasón, y que podría traer consigo algo de la verdad: “Deberían los hombres buscar otra manera de engendrar a la prole sin sexo femenino, y así no sufriría mal alguno el varón.”

No es un deseo, es un anhelo –siempre es más fácil elegir los anhelos que los deseos-, y este Jasón anhelante lo que pone de manifiesto es que la feminidad, en último extremo, siempre se opone a la paternidad, a pesar de que, bajo el semblante de la maternidad, se presente como su aliado.

En su proyecto inicial Medea incluye la muerte de Jasón, aunque aún no ha decidido cómo llevarlo a cabo, y de estas meditaciones hace partícipe al Coro: “a mis tres enemigos voy a matar, el padre, la muchacha y mi esposo. Conozco muchas vías que la muerte les den, mas no sé, mis amigas, con cuál he de actuar”. Aún no tiene decidido matar a sus hijos.

Finalmente matará a Jasón, pero lo matará como padre. Medea se hace amo de la función paterna, es ella la que da y quita paternidades, como podemos ver, asimismo, en relación a Egeo, rey ya anciano y sin descendencia, al que ella promete la paternidad -que podrá conseguirle haciendo uso de sus poderes mágicos- si él le permite vivir exiliada en su reino.

Sin embargo, cuando Medea se pone a sacar las cuentas del goce que le supondrá su acto –en el que ya va incluida la muerte de sus hijos- percibe que hay un desfase en su contra,  ella sufrirá más que Jasón. Las cuentas no le salen y para equilibrarlas incluirá un elemento que, no sólo le permitirá hacer un ajuste contable entre el debe y el haber del goce, sino que dejará de su lado un plus de goce. Se tratará, además, de impedir la risa del otro, de hacer que sus enemigos no se burlen de ella.

Es este un argumento que sorprende a primera vista, ya que a Medea todos se la toman muy en serio, nadie se ríe de ella, es objeto más bien de temor e inquietud que de risa. El coro, la nodriza, Creonte y el propio Jasón así lo ponen de manifiesto, sobre todo debido a la fama que la precede. Sin embargo será este el motivo que la saque de su vacilación y la determine a llevar a cabo su acto: “¡No puedo! ¡Adiós, proyectos! ¿Por qué doblar mis penas sólo por un afán de hacer sufrir al padre con las desdichas de ellos? ¡No puedo, de verdad! ¡Adiós los planes míos! Mas ¿qué es lo que me pasa? ¿Me resignaré a ser objeto de ludibrio permitiendo que impunes mis enemigos queden?”. Y más adelante, ya plenamente decidida, volvemos a encontrar el mismo argumento: “y así, tras destruir la casa de Jasón, me obligará a marchar de esta tierra la muerte de mis hijos amados y mi crimen inicuo; que tolerable no es, amigas, que se rían de mí mis enemigos”. ¿Qué risa, qué goce es el que hay en juego?

El odio de Medea tiene una causa que Jasón vislumbra desde el principio y que en diferentes momentos de la obra intenta calmarle. Se trata de la mujer con la que él se va a casar: “Pues bien, sabe que no es una mujer la causa de mi entrada en el lecho principesco que ocupo, sino, como te dije, mi afán de protegerte y de dar a mis hijos hermanos de la estirpe tiránica que fueran baluarte de mi casa”. Pero esta razón de política familiar no convence a Medea y Jasón sigue apuntando a la causa de su malestar: “Tú misma lo aceptaras si no te irritase el pensar en la cama”.

La burla, el goce y la risa que Medea quiere a toda costa impedirle a sus enemigos pasa por el goce supuesto, o en su puesto, de la hija del rey con Jasón, un personaje que no tiene actor, que está en el decir de los otros, pero que no tiene dichos. Algo parecido se podría decir de la madre de Medea.

Medea quiere privarles del plus de goce, de las risitas en el lecho nupcial que ella piensa irían a su costa. Es un plus de goce pequeño, que Jasón le niega para ponerle ante los ojos el gran montante de goce que supondría para él, así como también en parte para ella y para sus hijos, el emparentamiento con la casa real. Sin embargo Medea será capaz de renunciar a todo aquello a cambio de ese plus de goce.

Su parlamento final con Jasón concluye en ello:

-JASÓN ¿Sólo a causa del lecho te atreviste a matarlos?

-MEDEA ¿Crees que es leve ese asunto para cualquier mujer?

Medea sale de la escena montada sobre un carro de dragones alados, mientras Jasón yace derrotado entre las ruinas de su Casa. Se lleva con ella los cuerpos de los niños, privando a Jasón hasta de las tumbas de sus hijos.

A pesar de todo, Medea rió la última, y si hacemos caso del dicho, rió mejor.

Gabriel Hernández

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