El despertar de la ternura. Comentario a “El capote”, de Gogol. Concepción M. Miralles

Normalmente, las tertulias de Deletreados arrancan con una breve presentación del perfil del autor y de la obra que nos convoca y, aunque es una tarea que podría hacer muy bien cualquiera de las personas que asisten a la tertulia, suelo ser yo quien lo hace. De la información que extraje sobre Gogol y “El capote” selecciono dos ideas importantes:

La primera, que “El capote” es el primer relato ruso que habla del hombre de la calle. Hasta entonces la literatura rusa sólo escribía sobre personas importantes y fabulosos viajes a países extranjeros, como si la cultura rusa y sus gentes no fuesen dignos de ocupar las páginas de la literatura. Este nuevo acto de escribir a pie de hombre de calle ejerció gran influencia en autores como Dostovieski, Chejov o Tolstoi.  «Todos venimos de El capote de Gógol.» escribió Dostoiesvki. De tal suerte que podemos decir que gracias a “El capote” nació “Ana Karenina” y “La madre”, entre otras obras destacadas.

La segunda, que el hombre de la calle que tiene tal relevancia para las letras rusas, el protagonista de “El capote”, es un hombre muy humilde, Akaki Akákievich Bashmachkin, un conmovedor personaje capaz de despertar la ternura y la compasión en el lector. Y es de esto de lo que quiero hablar…

Pienso en el punto justo del relato en el que verdaderamente sentí una ternura irremediable por Akaki, y creo identificarlo con claridad. Es ese momento en el que Akaki todavía se resiste a la desorbitada idea de tener que comprarse un capote nuevo e intenta por todos los medios convencer al sastre, ese curioso personaje tuerto y aficionado al alcohol, para que le arregle su viejo y desgastado abrigo y no vérselas teniendo que afrontar un gasto imposible para él. Akaki, tan parco en palabras propias como minucioso en la reproducción manuscrita de las de los demás, ensaya la vuelta al sastre con la esperanza de encontrarlo ebrio y así, mermado su juicio crítico sobre el estado de la tela, consienta en ponerle unos remiendos. No lo consigue, claro. Petrovich, el sastre, ni harto de vino consiente en ello, pues se toma muy en serio su oficio y no malgasta su tiempo en coser lo que no tiene remedio, pero Akaki ahí, en ese momento, tocó con punzada de aguja mi corazón lector y enhebró la ternura a su favor. Tanto que, aunque se trate de costuras bien diferentes, su nombre alcanza el pódium de esos que nunca más se olvidan, junto a Gregor Sansa y al singular Bartleby el escribiente.

 

 

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