“EL MURO”, de Sartre.

Sartre no deja de ser una figura singular dentro del mundo de las ideas. No es frecuente que un filosófo sea reconocido como un gran literato ni que un escritor destaque, asimismo, por sus ideas filosóficas.

Al parecer, el propio Sartre no se definía ni como una cosa ni como la otra; prefería nombrarse como intelectual. Para él un intelectual es todo aquél que toma conciencia y vive la contradicción que puede surgir entre el ejercicio de su profesión y su desacuerdo con los efectos que dicho ejercicio puede traer consigo, desacuerdo, en tanto aquéllos efectos no se ajustan a su personal sistema de valores. Se trata de una contradicción en la que hay que existir, más que resolver, y que en el caso del propio Sartre podríamos situar entre su posición como filósofo y su posición como escritor, ya que lo que dice en sus escritos filosóficos parecen desdecirlo sus personajes literarios, y viceversa.

Desde su filosofía Sartre proclama una libertad absoluta en el hombre que lo lleva a ser autor de sí mismo, así como el rechazo a todos los determinantes que no sean lo que el propio sujeto hace de sí mismo consciente y racionalmente. Pero esto parece un ideal en relación a la realidad que se muestra en su obra literaria. Sartre, como gran escritor, inventa personajes reales, no entes abstractos, personajes únicos, singulares, difíciles de hacer encajar en una definición general sobre “el hombre”, sobredeterminados por hechos y dichos ajenos que tomarán como propios y, más que contradictorios, divididos por aquello mismo que los constituye.

La obra sartreana acoge la diferencia lacaniana entre saber y verdad. La filosofía es un saber. La literatura apunta a una verdad. Lugares diferentes cuya contemplación simultánea precisa el estrabismo de una mirada.

“El muro” es un cuento que forma parte de un libro en el que se incluyen otros relatos y que se publicó con el mismo título.“La Cámara”, “Eróstrato”, “Intimidad”, y “ La infancia de un jefe” son, asimismo, relatos, donde también el muro está presente.

“La Cámara” representa el muro que separa a una persona loca de otra que quiere serlo y no puede. En “Eróstrato” el muro que protege la vida propia de la agresión del semejante se ha derrumbado y alguien decide salir a la calle a matar gente anónima e indiferenciada. También “Intimidad” nos evoca un espacio cuya existencia depende de una barrera que la proteja de las tendencias invasivas o exhibicionistas. Por último, “La infancia de un jefe” pone en escena lo que Lacan llamó “el muro del lenguaje”, relatando la vida de un sujeto que sólo puede hacerla discurrir entre los significantes materno y paterno que ya desde su infancia lo predestinaron.

Tras leer todas estas historias sobre muros se podría plantear que la diferencia entre el odio y el amor es una diferencia de muro, o un muro de diferencia. El odio es lo único capaz de derribar todos los muros, mientras que en el amor es posible, aún,  mantener alguna barrera desde la que la diferencia pueda seguir protegiéndose.

Eva, la protagonista de “La Cámara”, convive con su marido loco. No quiere ingresarlo, quiere sentir como siente él y ver lo que él ve. Se encierra con él en la cámara, la habitación donde aquél se ha recluido. Quiere atravesar, derribar el muro que los diferencia y los separa, y ha tomado una determinación: cuando haya que ingresar al marido en un sanatorio porque el muro se haya solidificado hasta el punto que ya no sea posible seguir intentando entrar en esa cámara, en ese mundo particular del marido, cuando la diferencia sea absoluta e insalvable, lo matará.

El relato que da nombre al libro se sitúa al final de la guerra civil española. Pocos años después la Alemania nazi derribará todos los muros que diferenciaban a las naciones europeas, con el objetivo de exterminar lo diferente y conseguir que toda Europa termine siendo sea Una Alemania. Ese proceso ya había empezado en España. La diferencia será liquidada, expulsada o recluida y lo que quede de ello también será Una (grande y libre). Los protagonistas del relato están viviendo este proceso. Han sido encarcelados por sus diferencias de bando ideológico y están a la espera de ser llevados al paredón. Previamente han pasado por ese muro del lenguaje que vuelve impermeable un discurso a las razones del Otro. Lo que para unos será un simple interrogatorio que busca pruebas de acusación, es ya para otros un juicio donde se hará saber a los acusados la condena que dictó un juez ausente.

Mientras esperan la ejecución de su sentencia, reciben la visita de un médico. No va a verlos a ellos, sino las reacciones de sus cuerpos ante una situación extrema como es la que están viviendo. De todo ello va tomando notas. Para este personaje ya están muertos, sólo existen sus cuerpos. Y poco a poco también ellos se verán así y empezarán a sentir sus cuerpos como si ya no les pertenecieran. Dice Pablo: “mi cuerpo, yo veía con sus ojos, escuchaba con sus oídos, pero no era mío; sudaba y temblaba solo y yo no lo reconocía… Estaba obligado a tocarlo y mirarlo para saber lo que hacía como si hubiera sido el cuerpo de otro”.

Entre aquellos muros que no defienden de nada –puesto que ya han sido vencidos- a los que allí están recluidos bajo la mirada de aquél personaje invasor, el cuerpo se descarga de subjetividad, deja de ser propio y pierde su diferencia para pasar a ser un cuerpo real, un objeto de observación, uno más entre el resto de los cuerpos anónimos que se hacen estar en el mismo sitio.

El relato acaba con la risa desesperada de Pablo, el único de aquéllos condenados que no irá al paredón. Será su recompensa por haber denunciado a un camarada. No era su intención, había aguantado a pie firme los interrogatorios. Al final dio una falsa dirección pero, azarosamente, aquél había cambiado de escondite y estará en el sitio indicado. Sin saberlo, Pablo dijo la verdad. Una casualidad, un imprevisto había permitido atravesar el muro del lenguaje establecido entre él y sus interrogadores y, finalmente, consiguieron  entenderse.

Gabriel Hernández

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