Dos cuentos del destino “El muro” de Jean Paul Sartre y La muerte en Samarra (cuento persa), por Concepción M. Miralles

 

Aviso para navegantes que no hayan leído todavía El muro, de Sartre: esta entrada desvela su final.

Sartre, filósofo y ensayista, es uno de los máximos exponentes del Existencialismo, corriente filosófica alejada de conceptos como el destino divino o de una predisposición vital. Sartre, filósofo, defendía la idea de que el hombre es el único responsable de sí mismo (lo que somos depende de nosotros mismos, de lo que hemos elegido ser).

Pero Sartre, como escritor de ficción, tal vez se permitía algunas licencias con respecto a sus convicciones filosóficas. En su relato El muro se aborda la cuestión de un destino que dirige las vidas con sus hilos invisibles y que, se haga lo que se haga, siempre sale a nuestro encuentro.

En “El muro”, tres anarquistas de la guerra civil española condenados a muerte comparten celda la última noche antes de ser fusilados frente a un muro. Es al protagonista, al que, en el último momento, le ofrecen salvar su vida a cambio de delatar a Juan Gris, uno de los principales líderes anarquistas.  Jamás delataría a su buen y admirado amigo, pero en sus últimas horas de vida decide engañar a los policías dándoles una falsa información. Sabe que Juan Gris está escondido en la casa de un amigo común, pero les dice que se encuentra en el cementerio. A la mañana siguiente, en lugar de ser fusilado, lo sacan al patio de la prisión y es allí donde se entera de que Juan Gris fue encontrado en el falso lugar que él describió, en el cementerio. El relato acaba con el ataque de risa enloquecida del protagonista al conocer tan inesperada noticia. Una risa que podría ser la propia risa de Sartre, desconcertante y desconcertada, como su mirada divergente.

Recuerda esta historia de destinos inevitables a aquella otra, muy antigua, de origen persa, titulada “El criado del rico mercader” o “La muerte en Samarra”.

Cuento de origen persa: El criado del rico mercader

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

—Amo —le dijo—, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Samarra.

—Pero ¿por qué quieres huir?

—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Samarra.

Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.

—Muerte —le dijo acercándose a ella—, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

—¿Un gesto de amenaza? —contestó la Muerte—. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Samarra, porque esta noche debo llevarme en Samarra a tu criado.

 

 

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