“La hora de la estrella”, de Clarice Lispector. El rastro de un vómito inexistente.

La historia narra las vicisitudes, los dilemas, las angustias por los que pasa un autor hasta poder liberarse de un personaje, de su personaje, entendiendo el “su” no en el sentido de lo que se posee, sino de aquéllo por lo que se es poseído. Todo indica que es el propio autor el que se siente poseído por este personaje, para liberarse del cual hará uso de un narrador particular que intermedie o haga puente entre ambos, que esté con un pie puesto en la función de personaje y con el otro en la del autor, un narrador en el que el autor pueda delegar la función de escribir al personaje, pero que, a la vez, tendrá que ser el personaje literario que represente los dolores del parto del personaje protagonista de la historia, un narrador al que disfrazará con un nombre y una imagen, personaje más ficticio que de la propia ficción literaria, y que, a la vez, será desenmascarado al principio, en la “Dedicatoria del Autor”, con aquélla sorprendente aclaración entre paréntesis: “En verdad, Clarice Lispector”.

Este narrador, ni es un personaje más de esos que narran en primera persona una historia que han vivido, ni es el simple notario del autor, narrador en tercera persona que se dedica a escribir de forma impersonal lo que aquél le dicta. Es algo más y ambas cosas. Personifica al autor en los avatares de su proceso creativo. Si bien Rodrigo S.M no se encuentra entre los personajes de la historia de Macabea, sí se le puede considerar uno de los personajes de la novela, no de la historia concreta de Macabea pero sí de la novela. En este sentido está dentro y fuera, haciendo posible el trato del autor con un personaje que le es demasiado cercano, tan íntimo que, como diría Lacan, podría ser éxtimo, y en este sentido no es sólo uno más de los recursos literarios o estilísticos entre los que un autor puede elegir a la hora de disponer el relato de una historia, es casi un recurso existencial, la condición para que el personaje pueda ser revelado. Narra y va dando a luz al personaje de una forma casi desesperada. Le duele que Macabea sea tan poquita cosa. En una ocasión dice: “quisiera tanto que ella abriese la boca y dijese: estoy sola en el mundo y no creo en nadie; todos mienten, a veces hasta en el momento del amor. Yo no creo que un ser hable con otro, la verdad sólo me surge cuando estoy sola”. Pero esta verdad no le sale por la boca, aunque amargue, como decía Quevedo.

A Macabea tampoco le sale el vómito. Pero en el relato se puede seguir el rastro de este vómito que no fué. De ello habla con Olímpico de Jesús, su casi novio:

“-No me gusta ver la sangre en el cine porque me dan ganas de vomitar. -¿De vomitar o de llorar? -Hasta el día de hoy, gracias a Dios, nunca vomité. -Sí, de esa vaca no sale leche.”

La falta de vómito es entendida por este interlocutor como una especie de retención emocional y de infecundidad. Su escucha establece una equivalencia primera entre vómito y llanto, que luego extiende hasta otro término que tendría que ver con la fertilidad y la donación, la leche.  En tanto llanto, el vómito sería signo de duelo, un resto que, en el caso de darse, traería con él otro, fecundo y productivo que sería el de la leche, pero que Macabea sigue conteniendo, manteniéndose en un casi vómito, casi llanto, casi leche, casi cuerpo y casi novia.

En otra ocasión Olímpico la invita a un café, “que ella llenó de azúcar hasta que casi vomita, pero se controló para no pasar vergüenza”.

También la colonia que usaba su amiga Gloria casi la hacía vomitar. Cuando aquélla se quedó con su novio la invitó a chocolate espeso con galletas, talvez para reparar la falta. Macabea acepta y come. Al día siguiente se siente mal “pero terca no vomitó para no desperdiciar el lujo del chocolate”

Lo que el otro le ofrece son naderías. A lo único a lo que la invitó Olímpico fue a aquél café que ella sobreendulza hasta hacerlo indigesto. Gloria se lleva a su novio y luego le ofrece chocolate con galletas, pero ¿qué es eso comparado con un novio? Otra nadería.

Lo interesante es lo que hace Macabea con las naderías que le ofrece el otro. En lugar de rechazarlas se las traga, pero lo hace de forma tal que, a la vez, den ganas de vomitar. Le pone tanto azúcar al café de Olímpico y come tanto chocolate de Gloria que, al final, transforma las invitaciones en vomitivos. Pero vomitivos con los que tampoco se permite vomitar el tacaño e interesado regalo del otro.

Macabea es una especie de objeto que la gente va poniendo y quitando de diferentes lugares sin que ella se rebele.  Es un objeto porque toda la subjetividad se la queda dentro, ni la dice ni, en último término, la vomita. Ni siquiera parece ser capaz de permitirse un síntoma.  Cuando visita al médico, éste le pregunta por los síntomas. “¿usted tiene a veces crisis de vómitos? Nunca –exclamó muy espantada- pues no era loca por desperdiciar comida”. La dimensión subjetiva y la afectación emocional están del lado del narrador.

La clave sobre el misterioso vómito inexistente de Macabea llega, como siempre, al final, cuando es atropellada por el Mercedes amarillo: “En esta hora exacta Macabea sintió unas profundas náuseas en el estómago y casi vomitó. Quería vomitar lo que no es cuerpo”.

Cuando Macabea se provocaba las ganas de vomitar quería vomitar lo que no era cuerpo. El problema es que en ese vómito también se le iba el cuerpo, y Macabea tampoco era capaz de otras formas equivalentes al vómito que permitiesen sacar del cuerpo lo que no era cuerpo, por ejemplo, el grito.

El grito que no da Macabea lo vuelve a poner el narrador, que a veces da la sensación de narrar a gritos. Ya antes de presentar al personaje y dar comienzo a su historia, exclama: “porque existe el derecho al grito. Entonces grito. Grito puro, sin pedir limosna”. Y más adelante: “a través de esa joven doy mi grito de horror a la vida, la vida que tanto amo”. Ya al final nos aclara que Macabea “pertenecía a una resistente raza enana obstinada que un día tal vez reivindique el derecho al grito”.

Lo cierto es que Macabea no se autoriza a vomitar, a gritar, a sacarse fuera la nada del Otro, y el grito del narrador de nada le sirve al personaje.

Gabriel Hernández

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