DON JUAN TENORIO. BREVE RECORRIDO LITERARIO

La obra “El Burlador de Sevilla” –atribuida a Tirso de Molina- se publicó en el año 1630. Según recientes estudios, trece años antes, en 1617, se estrenó “Tan largo me lo fiáis”, obra en la que ya aparece el personaje de Don Juan Tenorio y toda la temática argumental sobre la que giran sus andanzas. Sería ésta la primera versión literaria del mítico personaje, lo cual deja abierta polémica sobre la autoría literaria del mismo, que algunos críticos atribuyen, no a Tirso, sino al dramaturgo murciano Andrés de Claramonte[1].

Más allá de esta cuestión, lo que nos interesa señalar es que el nacimiento de la figura del Tenorio es coetáneo de la muerte literaria de un personaje  que durante varios siglos ocupó un lugar destacado en la literatura, desde el siglo XI con la novela caballeresca, y a partir del XIV con los libros de caballerías, y cuyo último y trasnochado héroe será Don Quijote de la Mancha.

Cervantes publica la segunda parte de su obra en el año 1615, poniendo fin y dando entierro a la figura del Caballero Andante. Dos años después salta a  escena el Tenorio de “Tan largo me lo fiáis”, el cual podría considerarse sucesor e hijo literario del Quijote, un hijo, eso sí, granuja y calavera, que no respeta los ideales caballerescos con los que el hidalgo manchego regía su trato con las damas, y al que, de haberlo conocido, habría traído continuos quebraderos de cabeza y puesto en vergüenza la nobleza de su estirpe, todo lo cual viene recogido en la propia obra del Tenorio. Allí, el conflicto con la paternidad pasa a ser argumento central.

Pero algo se mantiene en Don Juan de aquélla figura del caballero andante, y es que sigue siendo un guerrero. La palabra conquistador  conserva en él ecos de batalla. No en vano, en el Tenorio, el verbo amoroso que seduce a las mujeres ha de ir siempre acompañado de la espada que entra en lid con los hombres.

Aquélla filiación caracteriza y liga de forma significativa la figura del Don Juan con la cultura española. El Don Juan francés, inglés, italiano o de cualquier otra nacionalidad, no deja de ser un personaje desenraizado cuyo trasplante cultural sólo consigue hacer de ellos, en muchas ocasiones, malas copias del original que sacó a la luz la literatura española del siglo de oro.

Durante el siglo diecinueve Don Juan renueva su protagonismo literario. Pero ya los usos y costumbres han cambiado. Su época ha pasado y vuelve sólo para anunciar su declive. En el año 1837, la obra de Espronceda “El Estudiante de Salamanca” da vida a don Félix de Montemar, segundo Don Juan, se dice allí, personaje cuya adhesión a los principios del Burlador sigue siendo notable, a pesar de que ya descuida alguno de sus preceptos. Al igual que su antepasado, no temerá llegar hasta el infierno siguiéndole los pasos  a una mujer. En este caso se trata de doña Elvira. Pero será también la primera vez que Montemar siga dos veces a la misma mujer. Doña Elvira pondrá fin a su carrera donjuanesca. Don Félix se pierde por no haber seguido el precepto según el cual una mujer, ya conquistada, ha de ser luego  definitivamente abandonada. Tal y como se pone de manifiesto en esta historia, la mujer ya conquistada está muerta para el Don Juan.

La dificultad en el cumplimiento de aquélla prescripción se hará aún más notoria en el Tenorio de Zorrilla, publicado siete años después. De este nuevo Don Juan dice Pérez de Ayala que “al habérselas por vez primera frente a la feminidad selecta y cándida adolescencia de Doña Inés se entrega como un doctrino, abomina de su mala vida pasada y quiere contraer matrimonio. Si en tal coyuntura el Don Juan de Zorrilla, no ingresa en el apacible gremio de los casados, es por culpa del Comendador, que es un bruto, y no achaque ni tibieza de Don Juan”

Doña Inés no es una conquista más, sino la que pone fin a una serie de conquistas, al igual que lo hizo Doña Elvira con el estudiante.

Pero la transformación del mito ha seguido avanzando. Don Félix de Montemar aún le guarda al Tenorio la suficiente fidelidad como para aceptar condenarse al fuego eterno por sus principios, mientras que el de Zorrilla será un Don Juan salvado. No irá al infierno, sino al purgatorio. Gracias a la intercesión de doña Inés “el amor salvó a Don Juan al pie de la sepultura”. Este Don Juan ya no se condena, se arrepiente de ser Don Juan Tenorio y a partir de ese momento sólo se le exigirán penitencias y purga culpas: “Mas es justo: quede aquí al universo notorio que, pues me abre el purgatorio un punto de penitencia, es el Dios de la clemencia el Dios de Don Juan Tenorio”.

El que sí se queda en el infierno es el Comendador, el padre.

La obra de Zorrilla supone un punto de clivaje, un cambio de agujas que llevará al personaje, o lo que vaya quedando de él, por otro derrotero, otra vía distinta de aquella que lo trajo, casi intacto, desde el diecisiete hasta el diecinueve.

Pocos años después surge otra figura literaria ya notablemente alejada de los orígenes donjuanescos. Se trata de seductor decimonónico. El Rodolphe de Madame Bovary, el Mesía de la Regenta y, sobre todo, el Vronsky de Ana Karenina, cada vez tienen menos que ver con los rasgos que caracterizan al Burlador.

Lo primero que van perdiendo es aquél espíritu guerrero puesto al servicio de la conquista. Ahora se trata de nobles de posición acomodada, desoficiados con la vida resuelta que quieren disfrutar tranquilos de sus negocios amorosos, que evitan enfrentamientos y duelos de honor y que cuando estos llegan se ponen a temblar –como le sucede a Mesía en su enfrentamiento con Quintanar, o los desmorona el remordimiento y la culpa, como a Vronsky, que, tras una entrevista con Karenin, llega a hacer un intento de suicidio. Nada más alejado del espíritu del Tenorio

Cambia, asimismo el objeto de seducción. En el caso del Burlador suele tratarse de mujeres ya comprometidas, pero aún no entregadas. En el caso del seductor decimonónico, se trata siempre de mujeres casadas. Ello hace que, más que el marido, sea el padre o el representante paterno el que da la réplica al Tenorio y sale en defensa de su honor.

Además, de la misma forma que el amante decimonónico no hace de Don Juan, Don Juan tampoco hace de amante. Abandona su conquista una vez conquistada, mientras que aquél juega su rol de amante todo el tiempo que le sea posible, lo cual termina por hacer de aquélla relación extraconyugal una relación casi conyugal.

Conforme avanza el siglo los rasgos propios del Don Juan se van desfigurando y el estallido final le llega en el año 1897 con la obra de Edmond Rostand “Cyrano de Bergerac”. Dos son las herramientas de las que hace uso el conquistador cuando se va de conquista, la apostura y la elocuencia, y cada una de ellas sólo extrae su eficacia de su combinación con la otra. Pero en la obra de Rostand apostura y elocuencia se han separado y caído sobre personajes diferentes. El Don Juan se ha desintegrado, la apostura la lleva Christian y la elocuencia Cyrano, lo cual vuelve una y otra totalmente ineficaces. De ahí que ambos intenten unir esfuerzos para conquistar a Roxane, fundirse en un solo hombre que haga de Don Juan, algo que a estas alturas del siglo ya parece tarea imposible. Ni siquiera les bastaría con unir apostura y elocuencia. Eso sólo sería suficiente para alcanzar el grado de amante decimonónico, algo a lo que tampoco ellos aspiran. Christian sólo busca convertirse en marido,  mientras que Cyrano sólo hace uso de su espíritu guerrero para defender a la mujer de los donjuanes, no para conquistarla.

Tanto en la forma como en el fondo, ambos son ya figuras antidonjuanescas.

[1] Tan largo me lo fiáis; Deste agua no beberé. Andrés de Claramonte. Cátedra.

Gabriel Hernández

 

 

 

 

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