Comentario al cuento “Los lisiados serán los primeros” de Flannery O`Connor

De los personajes de este relato el que más me ha interesado ha sido, asimismo, el que más antipático me ha resultado, Sheppard, el padre de Norton y esperanzado salvador de Johnson. Me ha interesado por su afición desmedida al uso de la explicación psicológica y la pseudointerpretación de las que hace gala en su trato con los dos chicos, y me ha resultado antipático porque, mediante esa práctica, se otorga un saber y una autoridad que nadie le reconoce, además de argumentos para justificar descaradas ingerencias en la vida ajena, una práctica abusiva que podríamos calificar como despotismo psicológico.

Sheppard no escucha ni atiende lo que le dicen su hijo y su ahijado. Le preocupa más encontrar explicaciones sobre el porqué no dicen y hacen lo que él espera y considera razonable y positivo. Para ello utiliza una especie de contra psicología con la que explicar y justificar teóricamente, no lo que aquéllos dicen y quieren, sino lo que ni dicen ni parece querer, pero que, al parecer, deberían querer y decir, y todo ello animado por una generosidad y un espíritu de sacrificio notables; él sólo quiere lo mejor para los muchachos. Tal vez le hubiese ido mejor en su empresa si hubiese tenido en cuenta también alguno de aquéllos saberes no académicos, pero saberes, a fin de cuentas, como el que dice que los caminos del infierno están empedrados de buenas intenciones.

Se nota que el hombre ha leído manuales de psicología y adquirido conocimientos teóricos que luego usa como instrumento para conformar personalidades generosas, adaptadas, útiles y provechosas. En sus fórmulas y explicaciones sobre el comportamiento de los chicos resuenan Adler y Fromm, así como un batiburrillo de saberes psicológicos generales que más que filiarse a un autor concreto aspiran a autorizarse en algún sentido común.

Sin embargo estos saberes resbalan sobre aquellos a los que los dirige sin producir ningún efecto. Ni Johnson ni Norton se sienten aludidos o concernidos por esas teorías, por un discurso que no los comprende y que, al dejarlos fuera del mismo, tiene el efecto primero de generar una extraña camaradería entre ellos, y en última instancia, el de provocar una salida real y definitiva de cualquier discurso: Norton se suicida.

Pero el que, finalmente, va a comprender algo, será el propio Sheppard. Y no será a partir de un decir del maestro, sino del alumno, de Johnson. Tampoco se tratará de una teoría sabiamente argumentada, sino de un decir loco, a pesar de lo cual tendrá efectos  imprevistos sobre el propio Sheepard. «Satán te tiene en su poder», le grita el muchacho mientras se lo llevan los policías.

Aquello supone el fracaso total de su empresa redentora con el ahijado, y ello lo obliga a presentarse a sí mismo alguna justificación. “—No tengo nada que reprocharme —empezó de nuevo—. He hecho más por él que por mi propio hijo”.

Pero este pensamiento comienza a resonar en su cabeza de una forma especial: “Oyó su voz como si fuera la de su acusador”. Sheppard escucha su frase como si le viniese de fuera. Por un instante ha pasado de ser el amo del discurso, como diría Lacan, el que dice, el que enarbola teorías que conciernen a los demás pero no a sí mismo, a ser el paciente del discurso, el que es dicho, dicho por su propio discurso. Ha podido escucharse a sí mismo, y ha entendido: “La frase resonaba en su mente, cada sílaba era un golpe seco. Su boca se torció y cerró los ojos para no ver la revelación. El rostro de Norton surgió ante él, vacío, melancólico, el ojo izquierdo casi imperceptiblemente desviado hacia la comisura como si no pudiera soportar la visión del dolor. El corazón se le encogió con una repulsión tan clara e intensa hacia sí mismo que se quedó sin aliento. Había atiborrado su propio vacío de buenas obras como un glotón. Había olvidado a su propio hijo para alimentar la imagen que tenía de sí mismo”.

Esta “revelación”, como dice el propio texto, sólo puede ser efecto de una interpretación, no de una teoría psicológica o de un saber académico o universitario, de una interpretación que, lejos de agrupar a los sujetos en diferentes tipologías o diagnósticos, apunta a lo más íntimo del propio sujeto y, a la vez, a lo que, en sí mismo, más extraño le parece. Sheppard se ve Otro, pero también allí es capaz de reconocerse.

Posiblemente lo que ha entendido es que no quiere a su hijo. Y correrá en su busca para darle el afecto y reconocimiento que le negó, pero ya será tarde.

Una teoría se puede sostener sólo con argumentos teóricos, pero una interpretación sólo la sostiene un sujeto. Un sujeto conmovido y  afectado por una verdad particular cuya revelación conlleva el desvanecimiento de algunos saberes pantalla que sirven para reflejarle una imagen consistente de sí mismo, imagen que aquella verdad sólo puede venir resquebrajar.

                                                                                                                               Gabriel Hernández

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