EL QUIJOTE APÓCRIFO

Desde el punto de vista del autor es un contrasentido afirmar que el “Quijote” de Avellaneda es un libro apócrifo,  puesto que dicha obra tiene un autor, un verdadero autor, aunque se oculte bajo un pseudónimo. Sin embargo, desde el punto de vista de los personajes sí podría afirmarse que allí se trata de un Quijote y un Sancho apócrifos, ya que, al decir de muchos entendidos, distan mucho de ser y parecerse a los que dio vida Cervantes. Apócrifos, es decir, falsos, simulados, incluso, desautorizados por los originales.

Dos grandes autores españoles, Ortega y Gasset y Unamuno, dedican originales y emotivos trabajos al estudio e interpretación en clave nacional de la obra cervantina, y lo hacen, a priori, desde diferentes puntos de vista. Mientras que el primero encuentra el verdadero quijotismo en el autor más que en el personaje, Unamuno dice sentirse “más quijotista que cervantista”.

De entre las “Meditaciones del Quijote” que Ortega nos ofrece, una de las más clarificadoras nos parece la siguiente: “Seamos sinceros: el Quijote es un equívoco. Todos los ditirambos de la elocuencia nacional no han servido de nada. Todas las rebuscas eruditas en torno a la vida de Cervantes no han aclarado ni un rincón del colosal equívoco. ¿Se burla Cervantes? ¿Y, de qué se burla? De lejos, solo en la abierta llanada manchega la larga figura de Don Quijote se encorva como un signo de interrogación: y es como un guardián del secreto español, del equívoco de la cultura española.”

Esta meditación parece encontrada al pie de la letra cervantina, no prejuiciada,  y es ello lo que podría darle valor de clave interpretativa. Porque esta meditación también nos viene a decir de una forma no equívoca, sino clara y tajante, que sobre la cultura española no se puede dar una respuesta unívoca, ni será ésta la que mejor desvele el “secreto español”.

A pesar de ello, en lugar de mantenerse en la vía fecunda del equívoco cervantino, una y otra vez intentará Ortega volver unívoco aquel “secreto español”, cuadrado, claro, sistemático; tal vez se exigía ser más filósofo que analista. Pero la vía del equívoco es más fecunda. Siempre deja abierta la posibilidad de nuevas rutas de sentido imprevistas por lo prefigurado del pensamiento unívoco.

Ortega está íntimamente afectado por una grave pregunta cuya mejor respuesta ansiaba encontrar en el Quijote: “Es, por lo menos, dudoso que haya otros libros españoles verdaderamente profundos. Razón de más para que concentremos en el Quijote la magna pregunta: Dios mío, ¿qué es España?”

Y, ciertamente, nuestro pensador encuentra la respuesta que da el Quijote, como vimos más arriba, pero aquella no parece cuadrarle, con lo cual seguirá su búsqueda, un tanto extraviada, por otros lares, sobre todo lares germánicos, como se pone también de manifiesto en su “España Invertebrada”. De allí extraemos algunas de sus reflexiones: “la diferencia entre Francia y España se deriva, no tanto de la diferencia entre galos e íberos como de la diferente calidad de los pueblos germánicos que invadieron ambos territorios. Va de Francia a España lo que va del franco al visigodo. Por desgracia, del franco al visigodo va una larga distancia. Si cupiese acomodar los pueblos germánicos inmigrantes en una escala de mayor a menor vitalidad histórica, el franco ocuparía el grado más alto, el visigodo un grado muy inferior.”

Como vemos, Ortega parece interpretar el carácter hispano, más que en clave cervantina, en clave germánica.

“Pero los visigodos, que arriban ya extenuados, degenerados, no poseen esa minoría selecta. Un soplo de aire africano los barre de la Península, y cuando después la marca musulmana cede, se forman desde luego reinos con monarcas y plebe, pero sin suficiente minoría de nobles. Se me dirá que, a pesar de esto, supimos dar cima a nuestros gloriosos ocho siglos de Reconquista. Y a ello respondo ingenuamente que yo no entiendo como se pudo llamar reconquista a una cosa que dura ocho siglos. Si hubiera habido feudalismo, probablemente hubiera habido verdadera Reconquista, como hubo en otras partes Cruzadas, ejemplos maravillosos de lujo vital, de energía superabundante, de sublime deportismo histórico.”

La sombra –más que la luz- de Don Quijote parece proyectada sobre aquella forma de contar la historia. La vehemencia, el entusiasmo y, sobre todo, la parcialidad de estos juicios históricos serían más propios de un literato que de un historiador. Pasajes como el anterior son más propios de un libro de caballerías que de un libro de historia. Y ni siquiera es de ese tipo de batallas que trata el libro que podría servir de guía a la vertebración de España. De las aventuras quijotescas se puede salir, a lo más, descalabrado o con los lomos apaleados. La guerra de Don Quijote se parece mucho más a la de Gila –dicho sea con todos los respetos- que a la de aquéllos valerosos cruzados a los que el ejercicio de su deporte favorito dejó ahítos de destrucción y masacre.

Más allá de esto Ortega deja claro que, puesto que duró ocho siglos, la reconquista no tiene valor como tal reconquista ni debería nombrarse así. Y de nuevo nos parece que el maestro da en el clavo. En ocho siglos dio tiempo suficiente para que la cultura arábiga arraigase profundamente pasando a ser elemento conformador de lo hispano. Demasiado tiempo, como bien señala el pensador, para que el término “reconquista” no  pierda gran parte de su sentido. ¿Cómo es posible reconquistar las ciudades que fundaron los propios árabes, toda la obra que en ocho siglos hicieron en España? Como distinguir, cómo separar ocho siglos de guerra y convivencia y hacerlo de una forma limpia. Aquella sociedad no sólo se componía de cristianos y musulmanes, además de judíos. Había también mozárabes y mudéjares, conversos, muladíes y moriscos, así como otras subdivisiones y diferenciaciones dentro de estos grupos. Además de guerra había mezcla y engarce, también en los diferentes bandos guerreros, un tejido social que, ya conformado, sólo podía separarse desgarrándose. Ocho siglos es demasiado tiempo para no considerar el elemento arábigo como propiamente hispano y hacerlo sin ningún tipo de remordimiento intelectual.

Más aún si consideramos que fueron nueve y no ocho los siglos que duró aquélla “Reconquista”. Si bien sus hechos heroicos finalizaron el año 1492, con la toma de la Granada nazarí, los menos heroicos se prolongaron hasta el año 1613, con la definitiva expulsión de los moriscos por parte del estado español.

La obra de Cervantes es contemporánea de dicho acontecimiento y dejó testimonio del mismo. Sancho se encuentra con su vecino, el morisco Ricote, que vuelve del exilio para llevarse familia y hacienda en las condiciones menos desfavorables. El libro se detiene durante varios capítulos en esta historia que culmina un reencuentro y en la que Don Quijote apenas tiene papel. Pero no dejamos de preguntarnos  qué habría hecho nuestro caballero si, al igual que encontró en su camino la cadena de galeotes, el grupo de mercaderes o la procesión funeraria de los monjes, hubiese tropezado con una cadena de moriscos llevados al exilio. Posiblemente Cervantes, para evitarle males mayores, prefirió que fuese Sancho el que se encontrase con el morisco Ricote y tuviese el protagonismo mayor, Sancho, que no era caballero andante ni era su misión desfacer entuertos, porque, a no dudar, lo que aún quedaba de Don Quijote se habría interpuesto valientemente entre aquellas gentes y aquélla “Reconquista”.

Pero Ortega seguirá insistiendo en la recuperación del ideal hispánicogermánico, desbrozando, en ese camino hacia atrás, aquellos elementos islámicos que podrían desviarlo de su meta, del encuentro con los auténticos y esenciales orígenes de lo hispano.

En el siglo XI Ibn Hazm escribió “El collar de la Paloma”, libro sobre el que Ortega afirma ser “el más ilustre sobre el tema del amor en la civilización musulmana”. El autor era un andalusí de Córdoba y, al parecer, provenía de una familia muladí, uno de esos grupos sociales donde, como ya dijimos, las diferentes culturas se trababan y hacían tejido social; en este caso, también, texto social. Así lo cree  Emilio García Gómez, arabista y autor de la primera traducción al castellano que se hizo de esta obra, para la cual pidió el prólogo a Ortega. En su estudio introductorio, a propósito del linaje del autor arábigo, el traductor escribe lo siguiente: “Lo más verosímil, aunque no sea seguro, es que se trataba de un adocenado linaje muladí, es decir, indígena español, recién convertido al Islam”.

Ortega utilizará el prólogo solicitado  como nueva tribuna desde la cual seguir exponiendo sus ideas sobre la españolidad, y es aquí donde nos parece ver la otra cara de su filia germánica: “Claro está que, al llamar a Ibn Hazm árabe “español”, le atribuyo el arabismo en serio y la españolía informalmente. Sin que yo pretenda estorbar que los demás hagan lo que les plazca, no estoy dispuesto, por mi parte, a correr la aventura de llamar en serio “español” a cualquiera que nace en el territorio peninsular, aunque sea de sangre “indígena” y aunque haya vivido aquí toda su vida”.

Todo nos lleva a suponer que, para el filósofo, una de las razones por las que se puede llegar a perder la españolía, o, en el mejor de los casos, dejarla cuestionada y atribuida sólo de manera informal, sería un cambio de credo en el sentido musulmán. En su caso la españolía difícilmente podría marchar sin el cristianismo.

Si sólo nos quedásemos con este comentario, publicado en los últimos años de su vida, los que admiramos a Ortega nos sentiríamos dejados de su mano, a la intemperie y sin una mínima indicación que orientase nuestra investigación. “Haced lo que os plazca”, nos dice. “No estoy dispuesto, por mi parte…”. Por fortuna ya mucho antes nos había dejado indicado a quien deberíamos tomar como guía en lo relativo al carácter de lo hispano: a Cervantes y su Quijote. Y es allí que leemos a propósito del autor de ficción del Quijote: “Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor arábigo y manchego…”. Y si Cervantes no consideró necesario matizarle el carácter entre el arábigo serio y el manchego entrecomillado, sería porque entendía que manchego y arábigo podían ser rasgos de carácter concordantes y no necesariamente excluyentes, salvo cuestiones El quijotismo de Cervantes, fuente original de la meditación orteguiana, no parece dejarse llevar el agua al molino del filósofo.

También Unamuno hace uso del Quijote para encontrar allí claves de lectura e interpretación de la historia de España. En teoría su perspectiva de lectura es otra que la de Ortega. Mientras que para éste el verdadero quijotismo se encuentra en el autor, en Cervantes, para Unamuno Cervantes podría pasar incluso por antiquijotista

Pero lo que ambos ensayistas tiene en común es su dificultad para tomar y hacerse cargo del conjunto Cervantes/Quijote. Ambos se ven precisados a dividirlo, quedarse con una de las partes y, más o menos, desdeñar la otra. Y entendemos que si se ven precisados a hacer esta división excluyente es porque ellos mismo quedaron divididos por la obra. En definitiva podría decirse que ninguno de ellos trata con el Quijote de Cervantes, sino con un Cervantes sin Quijote o con un Quijote sin Cervantes. Y dejar a un personaje sin la cobertura y el amparo de su autor, o expropiarle a un autor su personaje, no parece ser una lectura puesta en razón

En su estudio Sobre la Lectura e Interpretación del “Quijote” lo primero que llama la atención es que el término “Quijote” aparezca entrecomillado. Posiblemente ya esté dando a entender que no se trata exactamente del personaje de Cervantes.

Dos son las ideas raíl por las que circula este ensayo. Una la subestima literaria en la que se pone  a Cervantes, otra la sobrestima en la que se coloca a su libro, sobreestima tal que lleva a considerarlo algo más que una gran novela; el Quijote “debería ser la Biblia nacional de la religión patriótica de España”.

Respecto al autor del Quijote dice Unamuno: “Y no me cabe duda de que Cervantes es un caso típico de un escritor enormemente inferior a su obra, a su Quijote. Si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, cuya luz resplandeciente baña a sus demás obras, apenas figuraría en nuestra historia literaria sino como ingenio de quinta, sexta o decimotercia fila. Nadie leería sus insípidas Novelas Ejemplares, así como nadie lee su…” etc, etc. Cervantes sale tan mal parado de este juicio que más que literario parece serlo personal. A este respecto traemos una nueva cita: “Pues basta leer atentamente el Quijote para observar que cada vez que el bueno de Cervantes se introduce en el relato y se mete a hacer consideraciones por su parte, es para decir alguna impertinencia o juzgar malévola y maliciosamente a su héroe”.

En su “Vida de Don Quijote y Sancho” Unamuno seguirá abundando en las mismas dos ideas. Dice en el prólogo: “No creo deber repetir que me siento más quijotista que cervantista y que pretendo libertar al Quijote del mismo Cervantes”, empresa justificada en la idea de que Cervantes no entendió cabalmente a su personaje por venirle demasiado grande a sus limitadas virtudes como autor, extraña y original tarea a la que, sin embargo, se le podría encontrar un precedente en aquél otro intento que hizo Avellaneda, también de liberar a los personajes de su autor, operación de la cual no salieron indemnes , sino desfigurados y apócrifos.

Pareciera que Unamuno se empeñase en argumentar de contrario. Ponderar la grandeza de la obra no es argumento para rebajar la consideración de su autor, ya que el autor se califica por su obra. El autor sólo capaz de producir una obra que le esté a la altura, será un autor mediano. El gran autor es el que crea una obra que lo supera. Por lo tanto, el mismo hecho de verse sobrepasado por su obra es lo que convierte a Cervantes en un gran autor, en alguien que ha sabido y podido superarse a sí mismo, sacrificar su mismidad en beneficio de su obra.

En este texto Unamuno lee al “Quijote” encerrado entre los paréntesis de Ignacio de Loyola y el Cid Campeador, podríamos decir, entre el cristiano y el germánico. Don Quijote es caballero tan hazañoso como el Cid y lo mueve la misma fe cristiana que a Ignacio de Loyola. A los de  “La Triste Figura” y “De Los Leones”, Unamuno añade un tercer apodo al Quijote: “Caballero De La Fe”. Sin embargo entendemos que la fe de Don Quijote, más que religiosa es fe en la vigencia de un código de honor, una base normativa, un sistema de valores y principios: el de la caballería andante. Don Quijote nunca actúa a tontas y a locas, sino en base a aquellos principios, y cuando es interrogado sobre sus actos,  no suele dar razones de fe para explicarlos, sino razones que hacen al oficio de caballerías.

Respecto al paralelismo espiritual y anímico que Unamuno pretende establecer entre Don Quijote y el Cid Campeador, pensamos que nuestro ingenioso hidalgo se habría mostrado algo reticente a prestarse a tal emparejamiento. Cierto es que tenía en buena estima al Cid, pero tampoco puede decirse que estuviera entre sus caballeros preferidos: “Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos…”. Y la cita de esos otros héroes a los que sí tenía en sobreestima y dignos de emulación, continúa. Asímismo, respecto a Rocinante, “le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban.”

Pero Unamuno no vacila en tacharlo de “nuevo Cid Campeador”, a propósito de la aventura de los leones, capítulo XVI de la segunda parte del Quijote. Y es en relación de este comentario que parece interesante destacar, asimismo, lo que dicho comentario de no comenta. El apartado que en su ensayo le dedica a este capítulo XVI incluye, asimismo en su título al XVII, sin embargo, de este último no encontramos comentario alguno. En este capítulo, sobre el que el ensayo de Unamuno, aunque lo anuncie, no pasa, Don Quijote diserta largo y tendido sobre la educación de los hijos y las lenguas en que deben escribir los poetas:  “En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya”.

Difícilmente podría acordar Unamuno con este Quijote cervantino, ya que es notoria su desconsideración del euskera como idioma apto para ser una lengua de cultura. De ello incluso da testimonio en este mismo ensayo, en el comentario que dedica al capítulo IX de la primera parte. A propósito de la aventura del vizcaíno derrotado por Don Quijote, Unamuno se dirige a sus “hermanos de sangre” de la siguiente manera: “Aprended, a la vez, a encarnar vuestro pensamiento en una lengua de cultura, dejando la milenaria de nuestros padres; apeaos de la mula luego y nuestro espíritu, el espíritu de nuestra casta circundará en esa lengua, en la de Don Quijote, los mundos todos, como circundó por vez primera el orbe la carabela de nuestro Sebastián Elcano”.

Y en este punto nos parece interesante volver a aquélla primera traducción española de “El Collar de la Paloma” que Ortega prologó. Lo menos que puede decirse es que se trató de una traducción bastante retrasada respecto a otras lenguas de cultura. Cuando llegó al idioma español la obra ya se podía leer en ruso, ingles, alemán, francés e italiano

Hasta ese momento, y en palabras del propio Ortega, “nadie se había atrevido a irle al cuerpo y verterlo al castellano”. ¿Es posible que esta lengua de cultura que tan justamente pondera Unamuno, sea, a la vez, pusilánime y desdeñosa con algunas de las grandes obras brotadas en su propio terreno, aunque no en su lengua oficial?

Volvamos a buscar guía en el Quijote de Cervantes, ya que a ello vamos. ¿Acaso el narrador-recopilador-editor de la obra se conformó con dar a la edición sólo los manuscritos que le llegaron en idioma castellano? Cuando encontró aquéllos otros escritos en morisco aljamiado, ¿le faltó, acaso, diligencia para ir a la busca del traductor que los vertiese al castellano?

Observamos que nuestros ensayistas apenas dedican comentario a todos aquellos sucesos que llevaron al descubrimiento de los manuscritos ni a los menesteres relativos a su recopilación, traducción etc, y a los que la obra no deja de referirse. Tal vez la consideran cuestión secundaria, tareas de atrezo que no afectan a la esencia más íntima del personaje, ya que, efectivamente, Don Quijote parece ajeno a las mismas. Sin embargo, Cervantes muestra un interés especial por dejar noticia en la propia obra de ficción de todo lo relativo al proceso de su descubrimiento y edición, cuestión no baladí, ya que todas aquellas coyunturas y contingencias que, según el relato, permitieron el rescate de la historia de Don Quijote, no sólo forman parte del libro, sino que hablan de sus orígenes y afectan al cuerpo de su letra, ese al que hacía referencia Ortega, de una letra que pesa y de cuyo peso sólo es posible desprenderle el espíritu descontextualizando al personaje del marco narrativo donde se encuentra situado o leyéndolo a medias.

Unamuno se permite enmendarle la plana a Cervantes, lo cual, por otro lado, no tendría mayor importancia si la cosa quedase entre autores. Pero la argucia consiste en utilizar la supuesta mediocridad del autor para enmendar, corregir y enmarcar la propia obra con elementos de juicio y lectura que en muchas ocasiones no encontramos allí. Con ello lo único que consigue es desautorizar, no a Cervantes, al que sólo puede autorizar o desautorizar su obra, sino a la propia obra, precisamente aquélla cuya grandeza y universalidad pondera, lo cual lleva a pensar que el suyo es un discurso sostenido sobre una cierta denegación.

Nos parece razonable que interprete  la obra a su manera, que cuente o descuente lo que allí leyó, pero lo que no queda claro es su afán por desautorizar a los personajes de Cervantes y reautorizarlos de Unamuno, ni su empeño en hacer de Don Quijote un híbrido entre el Cid Campeador e Ignacio de Loyola, lo que, desde el punto de vista literario, lo convierte en uno más de los Quijotes apócrifos. La interpretación que Unamuno hace de la figura del Quijote es tan suya que, posiblemente, la habría podido encontrar en cualquier otro personaje.

La mayor parte de la verdad sobre Don Quijote y Sancho es la que dejó escrita Cervantes. Luego está la verdad de cada uno de sus lectores. Pero intentar sumarlas, mezclarlas o sustituirlas movido por la convicción de una verdad Una, podría ser un proyecto tan delirante como el del propio Don Quijote. Otro, no el mismo. Ser un genio no es vacuna contra la producción de ideas de carácter delirante.

No dejamos de agradecer su magisterio a estos grandes ensayistas, pero, en cuanto a la lectura del Quijote, pensamos que filosofías y trascendencias deben ser las justas, ya que, en ocasiones, sólo sirven para desconsiderar el hecho de que Cervantes eligió como autor de la obra más española, buque insignia de su literatura, a Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo y manchego, hecho que podría ser motivo de escándalo y confusión espiritual para alguno de sus lectores.

Gabriel Hernández

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