EL QUIJOTE Y EL AUTOR

Por las páginas del “Quijote” circulan dos historias paralelas. Una es la del personaje central y otra la del propio libro en la que aquella se contiene.

Sobre esta última solemos pasar deprisa y sin apenas detenernos. Y, sin embargo, para Cervantes parece ser casi tan importante como la otra. El narrador recopilador interrumpe la historia de continuo para contar las peripecias que llevaron al hallazgo de los manuscritos a partir de los cuales se compuso el libro, explicar el proceso de recopilación y traducción y dar noticia de las circunstancias de sus diferentes autores, el más importante de los cuales es  Cide Hamete Benengeli, “historiador arábigo”, según se hacía constar en los papeles encontrados por el narrador en el Alcaná de Toledo, autor principal de la historia a partir del noveno capítulo, al que se harán periódicas referencias en relación a los comentarios y anotaciones que fue dejando en el manuscrito que llevaba su firma, y según las cuales cabe pensar que, además de autor, fue también recopilador de partes de la historia escritas por otros anteriores a él. De esta forma, la figura del autor único se fragmenta en múltiples autores, y la del autor original se va alejando hasta perderse en la noche de los tiempos

Que Cervantes juegue desde el principio a no ser el autor único y original de una obra que resultó ser grandiosa es una sugerente cuestión, máxime teniendo en cuenta que su personaje aspira precisamente a todo lo contrario, a ser el autor de grandes obras, hazañas y aventuras que cuando se convierten en desventuras lo son también bajo la clara autoría de magos y nigromantes con los que anda en continua disputa, encantamiento y desencantamiento. Mientras uno parece alejarse de la figura del autor, el otro la necesita presente.

Don Quijote necesita imperiosamente un autor que escriba y deje eterna memoria de sus hechos. Este es uno de los primeros ensueños con los que se entretiene el día que abandona su casa para dedicarse al oficio de caballerías: “¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere, no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera? “Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos…”. Y algunos renglones después: “¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista de esta peregrina historia!”.

Don Quijote sale a la ventura habiéndose olvidado de llevar camisas limpias y dineros, como  le hace notar el alcaide-ventero que lo arma caballero en aquél castillo-venta donde tiene lugar su primera aventura-desventura, pero se va con el autor a cuestas. Por el contrario, Cervantes parece descreer de la autoría y no deja de ironizar sobre la misma. El delirio del uno y la cordura del otro giran en torno a la constitución y destitución de la figura del autor.

Don Quijote no quiere ser un simple caballero andante. Quiere ser el personaje del caballero andante en un libro de caballerías. De ahí que necesite un autor que vaya con él. De esta forma, cualquier referencia a la realidad con la que se intente refutarle la veracidad de sus locas aventuras resulta vana, porque él sólo se ve  en el registro de la ficción literaria, y allí funcionan otras lógicas. Que un solo caballero andante pueda derrotar a todo un ejército es algo ciertamente posible, talvez no en la realidad, pero sí en los libros de caballerías. Además, si fuese cierto que aquéllos libros nada encierran de verdad, ¿por qué se escriben y por qué se leen?

Hace falta un autor para ser un personaje diferente del que se es. El delirio de Alonso Quijano es llegar a ser Don Quijote. En este sentido podríamos llamarlo “delirio impropio”. Los que están aquejados del mismo dicen y hacen “locuras”, pero no están propiamente locos. Estos suponen una minoría, mientras que aquéllos constituyen la mayoría delirante. Mas que alucinaciones, Don Quijote sufría espejismos. Veía lo que quería ver. Pero el que sufre una alucinación de verdad siempre preferiría no ver lo que ve ni escuchar lo que oye.

Esta posición de Cervantes respecto a la autoría deja abiertas algunas cuestiones:

¿Habría estado Cervantes de acuerdo con eso que se llama los derechos de autor o le habrían preocupado, sobre todo, los derechos de la obra y de sus personajes? ¿Por qué tendría que tener el considerado como autor la última palabra sobre lo que puede hacerse o no con una obra?¿Debería Max Brod haber respetado los supuestos derechos de Kafka sobre su obra y quemado sus manuscritos como le pidió, o hizo bien en conservarlos defendiendo los derechos de la obra misma sobre los derechos del autor? Y por último, ¿porqué se pueden hacer adaptaciones “libres” de obras, en las que se trata a los personajes como el adaptador cree oportuno dejando a su arbitrio o conveniencia la decisión de respetar más o menos el relato original? ¿Quién cuida de que el trato con la obra se dé sin maltrato ni tergiversación?

La palabra autor viene del latín auctor que significa fuente, instigador o promotor. Auctor viene de augere, que significa aumentar, agrandar o mejorar. Así que un autor no tiene que crear nada, no crea nada. Sólo tiene que perfeccionar algo que ya existía, y luego promoverlo. Esta es la función de aquellos autores que Cervantes imagina para el Quijote, y en los que posiblemente se vea reflejado.

Creer en el autor, como creador y dueño de una obra no estaría muy lejos de un delirio de atribución y referencia.

Posiblemente algo de este efecto delirante sufrieron aquellos que intentaron a toda costa ver en la figura de Don Quijote la cristalización de un espíritu nacional forjado durante la reconquista. Pero ahí estaba Cervantes para complicar las cosas. Hacer recaer la mayor parte de la autoría de la obra sobre un “historiador arábigo”, y no sobre algún castellano, navarro o aragonés de pura cepa y cristiano viejo, es difícil de hacer encajar en un sistema que pretende unificar el sentido de lo nacional por encima de lo hispano afianzándolo sobre la expulsión y segregación de lo sentido como extraño y supuesto extranjero.

Esas cosas ya pasaban mientras se escribía el Quijote. El tiempo que transcurre desde la aparición del primer tomo hasta la publicación del segundo es el de la expulsión de los moriscos de España, de lo cual se hace eco la obra dedicándole varios capítulos a las peripecias del morisco Ricote y su familia, bajo la forma de una parodia realista.

Aquél mismo espíritu nacional –hoy europeo-, unificado en la segregación y la incapacidad de componer lo hispano recopilando y ordenando los manuscritos de sus diferentes épocas y autores, posiblemente habría desterrado también al “autor arábigo y manchego”, ese Cide Hamete Benengeli, al que Cervantes confio su ficción literaria.

 Gabriel Hernández

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