Eva fuera del paraíso. Comentario a “El diario de Adán y Eva”, de Mark Twain, por Gabriel Hernández

Eva da inicio a su diario con la siguiente reflexión: “me siento como un experimento, me siento exactamente como si fuese un experimento; sería imposible que alguien se sintiese un experimento más que yo, y por eso estoy llegando al convencimiento de que eso es lo que soy: un experimento, sólo un experimento y nada más”. Y poco más adelante, añade: “¿Mi posición está asegurada o tengo que vigilarla y cuidarla?”.
Sobre Eva pesa una duda: el hecho de que ella exista, ¿es algo natural o experimental? Ser un experimento podría indicar que su aparición sobre la tierra no va de suyo, que no se ajusta exactamente al orden natural de las cosas, orden programado por la mente divina y sujeto a leyes inmutables respecto a las cuales su presencia podría introducir algún desajuste. En el orden natural las cosas siempre suceden como deben suceder. Pero cuando se trata de un experimento el resultado no está asegurado, las cosas pueden salir bien, mal o regular.
En el Génesis hay dos relatos diferentes sobre la creación del hombre y la mujer. El primero de ellos va sobre la creación del universo. Allí se dice: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: “Procread y multiplicaos…”
El siguiente relato habla sobre el paraíso. Allí la creación del hombre y la mujer se explica de forma algo diferente. Dios modela a Adán en arcilla y le inspira el aliento divino. Luego plantó el jardín del Edén y ordenó a Adán que lo cultivase y guardase, dándole el mandato de no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Después, Dios se queda pensativo, hasta que se dice a sí mismo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él”. Pero esta primera reflexión divina aún no trae consigo a la mujer. “Y Yavé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y aves del cielo formó de la tierra para que viese cómo los llamaría,”.
Detengamos un instante el proceso creativo: como no era bueno que el hombre estuviese sólo, Dios le manda a todos los animales para que se entretenga poniéndoles nombre. ¿Es posible que la primera ocurrencia divina para mitigar la soledad de Adán fuese llevarle algo así como animales de compañía?
Pero Dios siguió reflexionando, hasta darse cuenta de que en todas aquellas bestias del campo “no había para el hombre ayuda semejante a él”, y es entonces cuando hace dormir a Adán, le saca una costilla y de allí forma a la mujer.
Creo que no sería exagerado afirmar que la venida al mundo de la mujer no fue el simple acto de la potencia creadora divina, un “¡hágase!” fulminante, “y se hizo”, sino que también fue necesario llevar a cabo un proceso reflexivo y analítico, quizás más propio de la invención humana que de la creación divina. Tuvo su dificultad llegar a hacerse una idea más o menos acabada de lo que podría ser una mujer y de cómo se la podría hacer encajar en el paraíso con el resto de las criaturas, y especialmente con Adán.
De hecho, la Eva del diario nunca terminó de adaptarse al paraíso. No cesaba de hacer cosas raras e inconvenientes, ponía carteles indicadores, hablaba con su propia imagen, lloraba, tenía miedo –a pesar de estar en el paraíso-, quería construir un puente con un brontosaurio etc, y en este sentido Adán era muy crítico con ella, porque para él todo estaba perfecto, cada cosa en su sitio y cualquier necesidad cubierta en aquél paraíso. El último comportamiento inadaptado que tuvo Eva fue comer del árbol prohibido.
Volvamos a los dos relatos bíblicos sobre la creación de Adán y Eva. Vemos que en el primero se hace alusión a la creación de la especie humana en su vertiente animal, es decir, como macho y hembra. En tanto que macho y hembra podrían haberse creado a la par, como suponemos se creo cualquier otra pareja animal. En algún momento del relato de Twain también dice Eva que fue creada el mismo día que Adán. Podríamos remitir este dato a esa fase de la creación, a su creación como hembra de la especie.
Por otro lado, y ya ciñéndonos al segundo relato, no parece muy razonable que cuando Dios se plantea que el hombre no esté sólo le traiga vacas y cabras en lugar de una mujer. Lo que sí podría tener algún sentido –siguiendo con nuestra particular exégesis bíblica- sería pensar que entre esas especies animales que Dios le lleva en primera instancia, también se incluía la que a Adán le correspondía, y que ya estaba creada desde el primer relato, es decir, su hembra. La dificultad divina, la vacilación creadora que transmite el relato bíblico, habría estado en el pasaje desde la hembra del macho Adán a la mujer del hombre Adán, en el cómo fabricar una mujer a partir de una hembra, dificultad que también se pone de manifiesto el caso del propio Adán. También a él le llevó su tiempo ver una mujer en Eva. El relato bíblico nos dice que, una vez que estuvo formada la mujer y Dios se la presentó a Adán éste le puso por nombre “varona”, porque de varón había sido tomada.
Adán no es capaz aún de darle un nombre propio de mujer, un nombre separado de sí mismo y de su género, el masculino. Sigue planteando la diferencia sólo a nivel genital, de macho y hembra, pero no sexual, de hombre y mujer. El relato de Twain también hace alusión humorística a esta confusión de Adán: “Dice que ella no es un lo, es una la. Esto es dudoso; sin embargo me da lo mismo; no me importa lo que sea si ella me deja en paz y no habla”. Este pasaje no tendría ningún sentido si lo remitiésemos simplemente a la cuestión genital. Está claro que Adán ha visto a Eva y sabe perfectamente que se trata de una hembra. Esa duda respecto al género habría que referirla a la condición de mujer.
Está claro que Eva es una hembra muy peculiar. Una peculiaridad que el relato de Twain pone particularmente de manifiesto. Su comportamiento la diferencia apreciablemente del resto de las hembras. Es ella la que busca de forma activa al macho, y siempre espera de él algo más que el simple apareamiento. Quiere que le hable, que la mire, que la abrace porque sí. Tal vez esto también tenía a Adán bastante confundido. Qué genero ponerle a esa mujer cuyo comportamiento no se ajustaba exactamente a su condición de hembra.
La mujer fue la última obra de la creación, la más difícil, la que más quebraderos de cabeza supuso para el creador, llegó casi in extremis y después de algún intento fallido. Es una especie de apéndice a la creación, un suplemento que, por lo visto, no se incluía en el proyecto inicial divino. ¡Cómo no se va a sentir Eva un poco al margen del orden necesario y natural de la creación! ¡Cómo no se va a sentir un experimento!
Otra de las cosas que caracterizan a Eva y la diferencian del resto de los creados, es que ella fue la única criatura que no surgió de la nada o fue hecha de arcilla. Es el resultado de una operación sobre Adán, y en este sentido podría decirse que es también el primer ser en cuyo origen hubo ya algo humano, no sólo divino, lo que, posiblemente, la hizo capaz de querer a un hombre tanto o más que a Dios, aunque ella no sepa muy bien por qué. “Porque es masculino y es mío”, termina diciendo la Eva de Twain. Pero Adán no fue del todo suyo hasta que no se separó de Dios. Quién sabe si todo aquello de la manzana no fue una estrategia para conseguir que Dios y Adán se enemistasen y así poder alejar a ese hombre de la influencia divina y estar con él a salvo de miradas indiscretas. Lo que Eva le toma a Dios no es sólo una manzana, es también un hombre
Como vemos, el proceso de creación de la mujer fue complejo. Se alargó, como mínimo hasta el tiempo de la caída. Hasta ese momento, como decíamos antes, Adán la llama “varona”. Sólo es capaz de nombrarla como Eva después de la caída. Sólo la reconoce como mujer, no solo como varona o hembra de su especie, después de la caída, sólo entonces “El hombre llamó Eva a su mujer, por ser la madre de todos los vivientes”. Con este nombre Adán está reconociendo a Eva no por su semejanza con él mismo, sino por su diferencia, por aquello que ella es y él no. Podría decirse que sólo hubo Eva fuera del paraíso.
Respecto al hombre, lo único que hizo Dios fue poner allí la premisa fundamental, como diría Freud, pero es Eva la que culmina su proceso creativo. Se suele decir que es una mujer la que hace a un hombre, no Dios, o la que lo hace no-Dios.
Y dado que detrás de toda esta historia se encuentra el árbol de la ciencia como motivo de disputa y exclusión, es necesario destacar aquél principio que la Eva de Twain propone a la ciencia del hombre: “Algunas cosas no pueden descubrirse; pero adivinando y suponiendo nunca se sabrá que no se puede: no, hay que ser paciente y seguir experimentando hasta descubrir que no se puede descubrir.” Podría ser éste un principio femenino para la ciencia, el principio del no-todo se puede descubrir, principio que debería servir para regularla y orientarla, fruto que Eva extrajo de aquél árbol del paraíso pero que no deja de ser un fruto prohibido para una ciencia sin principios.
Gabriel Hernández

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