Declaración de amor. Comentario a El diario de Adán y Eva, por Concepción M. Miralles

 La lectura de El diario de Adán y Eva, de Mark Twain me trajo a la memoria este párrafo de Rayuela:

 “Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque la aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.”

El amor es mágico, loco, irracional, ciego, azaroso. Dispara sus flechas y te deja herido de pronto y, con frecuencia, para siempre. Es todopoderoso. Maneja según su misterioso capricho y deja la voluntad libre de fuerza, dormida en un sueño inocente, ingenuo y feliz. El amor es libre y niño. Exige ser valientes. Decía Ovidio en “El arte de amar”, que, como la milicia, rechaza a los tímidos y a los pusilánimes que ignoran con qué ardor se defienden las banderas.

La poesía es su territorio más legítimo. Allí, como una planta sagrada, vive el amor, crece y hasta agoniza y muere. Decía Nietzche que la poesía se escribe con sangre porque sale de lo más profundo del corazón. Tal vez, la poesía entienda tanto al amor porque sabe leer en sus heridas, en las cicatrices y marcas que deja en la piel el duro camino del exilio.

Nunca volveremos al Edén, ese maldito paraíso. Ni falta que nos hace. Yo no quiero billete de retorno. Sabremos, por las heridas visibles e invisibles, que desobedecimos y fuimos arrojados al vacío, y verlas nos servirá para recordar que fuimos desterrados una vez. Quiero mis ojos para eso, y para no olvidarlo.

La cicatriz en la piel es el grito de un dolor antiguo convertido en susurros con el tiempo. Voz secreta, palabra misteriosa, eco al viento que pasa a ser canción, metáfora alada dentro de un poema. Quiero mis manos, mis oídos y mi boca para servir voluntaria de instrumento.

Qué muerte. Qué suerte. Qué oportunidad no prevista en el divino castigo: poder caer para encontrarte y comer manzanas juntos. Y si la herida roza de cuando en cuando, siempre habrá tiritas.

Concepción M. Miralles

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