BARTLEBY EL COPISTA. Comentario de Gabriel Hernández sobre “BARTLEBY EL ESCRIBIENTE”

Hace ya algunos años que leí por vez primera este relato. Entre aquella primera lectura y la relectura actual se coló un elemento sorpresa sobre la base de un falso recuerdo. Me sorprendió comprobar que Bartleby, al final, se muere, cuando lo que recordaba era que sólo se marchaba de la ciudad y ya nadie volvía a tener noticias suyas, pero seguía rodando por el mundo.

Resulta evidente que aquél engañoso final pasó a formar parte de mi lectura, y es por eso que, antes de desecharlo, una vez comprobada su inexactitud, me planteo la siguiente cuestión: ¿acaso es posible que Bartleby se muera? Ese final me parece ahora lo menos bueno de un relato magnífico, una salida desesperada, como si el autor hubiese tenido que matarlo porque ya no sabía qué hacer con él ni dónde ponerlo, para quedarse tranquilo y no tener que seguir sufriendo una presencia insoportable. Me pregunto si Kafka habría matado a un personaje como éste.

Dónde colocar a Bartleby para hacer soportable su presencia es la tarea más complicada a la que se enfrentan el resto de los personajes que lo acompañan en este relato, sobre todo en el caso del abogado que lo contrata, para el que ésta acabará siendo una cuestión personal. Talvez a Bartleby no se lo pueda tomar de otra forma que como una cuestión personal. La cuestión laboral queda, desde el principio, en un segundo plano. No se trata de que haga o no las tareas que se supone le corresponden como empleado, sino de porqué las hace o no.

“Son sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le ahorrará trabajo, pues un examen bastará para sus cuatro copias. Es la costumbre. Todos los copistas están obligados a examinar su copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!”

Este es el gran problema con el que se presenta el caso Bartleby. Prefiere no cotejar sus copias, preferencia que ya en su misma forma expresiva da a entender que nada tiene que ver con el otro, ya que no la sitúa bajo la modalidad de la confrontación o la oposición. Más que una negativa, es una especie de dispensa para llevar a cabo una tarea de la que se siente excusado, por muy de sentido común que sea llevarla a cabo. La exquisita cortesía de su contestación deja la impresión de que Bartleby está respondiendo más a una invitación que a una orden, invitación que él se permite declinar. En buena medida esta sería también la conclusión del abogado que lo contrata. No es que Bartleby tenga la intención de oponerse a él, sino que Bartleby es así, tiene esas preferencias. Y dado que este peculiar empleado no le responde como a su jefe, el jefe tampoco puede contestarle como tal. Bartleby lo deja fuera de lugar, tanto que terminará abandonando ese local y yéndose a otro donde poder sentirse más confiado en su lugar de jefe.

Es cierto que Bartleby también excusa la realización de otros encargos, pero se trata de tareas que no tienen que ver con su función de copista. Él no es el mozo de los recados; en la oficina ya hay otro empleado que se ocupa de eso, y lo que entonces no parece razonable ni de sentido común es pedirle que haga una tarea que no es la que le corresponde. Se trataba de demandas que, fuesen maliciosas o bienintencionadas, siempre tenían como única finalidad descentrarlo, hacer de él un personaje tan excéntrico como lo eran sus compañeros de oficina.

Lo que sí parece quedar claramente fuera del sentido común es su falta de interés por el cotejo de las copias que transcribe de los originales, siendo como es un trabajador responsable, además de meticuloso.

El sentido común dice que al copiar un documento de forma manuscrita, por muy buena vista que se tenga, habilidades en la ejecución de la escritura y conocimientos sobre el sentido y la grafía de las palabras, siempre existe la posibilidad de que nos equivoquemos, es decir, de que cometamos un acto fallido. Es de sentido común contemplar la posibilidad del acto inconsciente. Entonces, ¿por qué Bartleby no se siente obligado a revisar sus copias? Talvez él estaba fuera del sentido común y no era como las personas que se equivocan. Talvez él no se equivocaba nunca, y esa era su enfermedad.

Tras sus primeros días de trabajo, la impresión que deja en el abogado es que se trata de un copista modelo: “Como si hubiera padecido un ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos. No se detenía para la digestión. Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente”.

Bartleby copiaba como una máquina, apenas necesitaba mantenimiento, no se distraía, casi no descansaba, ningún elemento ajeno a su tarea venía a perturbarla. Incluso la ubicación y disposición de su lugar de trabajo en la oficina, parecía más apropiado para colocar muebles o herramientas que para situar empleados. Estaba en un “costado del cuarto que originariamente daba a algunos patios traseros y muros de ladrillos, pero que ahora, debido a posteriores construcciones, aunque daba alguna luz no tenía vista alguna. A tres pies de los vidrios había una pared, y la luz bajaba de muy arriba ” El habitáculo se completa con un alto biombo verde para que, dice el abogado, “enteramente aislara a Bartleby de mi vista, dejándolo sin embargo al alcance de mi voz”. Se trataba de un rincón oscuro y algo claustrofóbico, pero tampoco esto parece afectar al trabajo mecánico y constante de Bartleby.

La diferencia entre su forma de trabajar  y la de los otros empleados es notable. El trabajo de aquellos se ve continuamente afectado por múltiples cuestiones, tanto personales como ambientales. Cada uno de ellos se comporta y trabaja de forma diferente si se trata de la mañana o la tarde, interrumpen su tarea para comer helados, se distraen y estampan “un bizcocho de jengibre como sello en un título hipotecario”, borronean los documentos, rechinan los dientes cuando cometen errores de copia o muestran un permanente descontento con la disposición de su mesa de trabajo.

Frente a esta cambiante disposición anímica que, de una forma u otra terminaba afectando la ejecución de la tarea, Bartleby presentaba un ritmo de trabajo monótono, permanente, calmo, distante y maquinal.

A diferencia de las personalidades cambiantes de sus compañeros de trabajo, Bartleby siempre era Bartleby. Nada se sabía de él, no había otra referencia otra opinión u otro relato que el que dibujaba su presencia real. De él solo se podría decir que era el que era, y siempre igual a sí mismo. Nada en él ponía de manifiesto dudas, conflicto o división. Se diría que sólo él habitaba su ser, y por eso estaba tan sólo. No es normal que alguien así cometa un acto fallido.

Una vez acabadas, sus copias serían como un segundo original, y qué sentido tiene cotejar dos originales. Llevar a cabo la tarea que se pedía habría estado tan fuera del sentido común como ponerse a comprobar una fotocopia con su original. Ese sí que sería “un asunto cansador, insípido y letárgico” como admite el propia abogado, y, además, sin sentido. Sería un trabajo que estaría a la altura del castigo que los dioses impusieron a Sísifo.

Probablemente si Bartleby, el mejor de los copistas, el más fiel, el más íntegro, el menos dividido –entre su carácter matinal y vespertino- hubiese asumido la tarea de cotejar copias íntegras y fidedignas, su vida habría perdido el poco de sentido que tenía.

POST SCRÍPTUM

LEYENDO A BARTLEBY CON ALBERTO.

Acabado de escribir y leer lo que antecede, encuentro correspondencias con el comentario que hizo en su día Alberto Estévez sobre este personaje, y creo que no son únicamente efecto de la simpatía, sino también de la lectura que cada uno hizo de este relato. Correspondencias y nuevas cuestiones que plantearle al texto.

Cuando él señala su preferencia por el personaje más fácilmente interpretable del abogado –comodidad a la que, sin embargo, su comentario no cede-, dice lo siguiente: “…sus lapsus y equivocaciones me invitan a adentrarme en sus profundidades, me resultan mucho más ricos que ese otro tipo de personajes perfectamente trazados y acabados, imponentes en su resultado final.”

Tampoco Alberto sitúa lapsus y equivocaciones en Bartleby, el personaje árido cuya dificultad de interpretación estribaba precisamente en aquella ausencia, ausencia que será en lo que él insista y alrededor de la cual hará surgir su comentario: “Fíjense, fue el folio en blanco el que me inspiró. Un folio vacío que evocaba la sensación que experimenté tras la lectura de Bartleby.”

El mérito del trabajo de Alberto con este personaje consiste en haber sabido entresacarlo de ese folio en blanco que también eran las propias copias de Bartleby.

Las únicas diferencias que pueden darse entre un original y una copia manuscrita las pone el escribiente, en tanto está capacitado para tener un lapsus. Es su forma de añadirse al escrito. Pero a Bartleby sólo se lo puede encontrar donde no está, en el folio en blanco, en tanto vacío de sí mismo, de sus copias.

También algo de aquél falso recuerdo del texto leído por primera vez y ahora releído, es recogido por Alberto. Lo hace bajo la forma de una interrogación que, si bien parece venir a interrumpir, colándose de forma sorpresiva, el curso de su exposición,   quiere apuntar hacia alguna verdad: “…el hecho de que nuestro escribiente pierda la vida, ¿pierda la vida sería oportuno decir para el caso de Bartleby?, bueno, pierda la vida, decía,”

Hay, además, otra pérdida que Alberto hace resonar con la de vida. Se trata de un párrafo que, si bien dentro del conjunto del texto de Melville podría parecer algo retórico y alejado del personaje real, relumbra en su cita: “Bartleby es una pérdida irreparable para la literatura.”

Bartleby no puede poner nada de sí mismo en su escrito, y en este sentido representa uno de los límites de la literatura. Él no puede hacer literatura. Es la conciencia de que no se puede decir ni escribir todo.  Más allá de Bartleby ya no hay literatura y, posiblemente, tampoco vida. Por eso es una obra fundamental.

                                                                                                                                          Gabriel Hernández

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