“El baile”, de Irene Nemirovsky. La madrastra que era y la Cenicienta que no fue

Cuando Antoniette echó a perder aquel baile que tanto significaba para su madre y en el que tantos sueños y esperanza de goces tenía puestos, posiblemente fuesen la envidia y la venganza lo que la impulsaron a hacerlo. Sin embargo, y a tenor de los efectos que aquello tuvo, también se podría decir que hizo justo lo que había que hacer, ya que, con ello, restauró el orden familiar poniendo a cada uno en el lugar que le correspondía.

Una carta siempre llega a su destino, dice Lacan. Si es así, el destino de aquellas cartas o invitaciones al baile eran la propia Antoinette y luego el río Sena. Sería como si, más allá del goce particular que conlleve para cada uno su acto, hubiese una lógica, un orden que, antes o después, de una forma o de otra, termina imponiéndose y haciéndose valer por sus efectos.

Y desde este punto de vista, también podría decirse que Antoinette actuó en legítima defensa, en el sentido de que su madre había prefijado y dispuesto para ella un destino que excluía la posibilidad de que pudiera inscribirse en el discurso social como mujer deseante y deseada.

El diálogo que mantienen las dos mujeres da cuenta de ello: “Sé que a los quince años se hace la presentación en sociedad; yo ya los aparento, y el año que viene… Su madre estalló súbitamente. —¡Pero bueno! —exclamó con la voz enronquecida por la cólera—. Asistir al baile esta chiquilla, esta mocosa, ¡habrase visto!… Espera y verás cómo hago que se te pasen todos esos delirios de grandeza, niña… ¡Ah!, y encima crees que vas a presentarte «en sociedad» el año que viene. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? Que sepas, niña, que apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?, yo, y que no tengo intención de preocuparme tan pronto por una hija casadera…”

Tras aquel episodio, la guerra de guerrillas que mantenían madre e hija desde que en Antoinette empezaron a manifestarse los primeros signos de la mujer que llegaría a ser, pasa a ser una franca declaración de guerra, no ya entre madre e hija, sino entre dos mujeres.

Hay un lugar para la madre y un lugar para la hija, pero, entre ellas, sólo parece haber uno para la mujer, para la mujer de la casa o para la mujer del baile y este se lo disputan en la tensión imaginaria del o tú o yo, un registro sobre el que el deseo se pierde o se extravía. Como apunta Alberto Estévez, la madre es llevada a “preparar un baile sin desearlo, no hay deseo en ello”. No puede poner en juego su deseo femenino, su ser de mujer, si no es siendo la mujer, la única, una empresa que sólo le es posible mantener invirtiendo grandes cantidades de maquillaje y disimulo. A la hija, sin embargo, esto no le  hace falta, y se sonríe lastimosamente de una madre sonrojada cada vez que es sorprendida cubriendo apariencias ante los criados, a los que toma como el agente encargado de llevarle un buen semblante al discurso social.

Hay cierta semejanza entre esta madre y la madrastra de Cenicienta. Tampoco la Sra. Kampf deja que su hija acuda al baile por temor a que luzca demasiado. También una notable diferencia entre esta Antoniette y aquélla Cenicienta.  Antoniette no es obediente y sumisa, no se queda encerrada en el trastero esperando al hada madrina o al príncipe azul. Quiere ser mujer y para eso debe dejar de ser hija, quiere ganar un hombre y para eso ha de perder una madre. Al final la madre todopoderosa se ha convertido en una débil, fracasada y avejentada mujer con la que ya es posible no mostrar tanto odio y sí un poco más de ternura. Ese “pobre mama” del final, que también subraya Alberto Estévez, sustituye al “pobre hija mía” que la madre dirigía a su hija. Uno servía para aplastar una feminidad naciente; el otro no está claro que incluya, el lamento por la pérdida de una madre caída de un pedestal en el que sólo hubiesen podido mantenerla unos invitados que no vendrán. Esperemos, como sugiere Alberto, que Antoinette termine el combate con su madre y pueda  empezar a hacer su duelo.

 

Gabriel Hernández

 

 

 

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