ALBERTO ESTÉVEZ

La noticia de la muerte de Alberto me pilló luchando por no perder la flotabilidad en medio de la vorágine de los trabajos y las preocupaciones de todos los días.  Cuando lo supe, todo quedó en calma. Era uno de los estados que Alberto me transmitía, pero, a diferencia de las anteriores, se trataba de una calma estuporosa y paralizante.

He dejado pasar unos días antes de hacer este escrito, seguramente porque a la muerte no es posible saludarla, sólo despedirla cuando ya la vemos alejarse un poco.

A quien sí vamos a seguir saludando, a pesar de todo, es a nuestro amigo Alberto, a su forma de ser, de hacer y de estar, a ese estilo que te ganaba a las primeras de cambio. No era necesario ser íntimo de Alberto para saber que podías contar con él, y por eso él seguirá contando, incluso para los que sólo tuvimos ocasión de intercambiarle algunos trabajos, algunas informaciones y algunas felicitaciones. Pero es que su marca personal, la marca Alberto, estaba en todo lo que transmitía. Por breve o esporádico que fuese el contacto, con él siempre había contacto. Ni su palabra ni su escrito estaban huecos; Alberto siempre estaba allí, y es allí donde lo vamos a seguir encontrando y donde lo tenemos ganado.

Ya que no puedo transmitírselo a él, envío mi agradecimiento y reconocimiento a los que más cerca de él estuvieron; tal vez ellos sí puedan hacérselo llegar.

Gabriel Hernández.

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