LA CIUDAD DE CRISTAL: EL ESPEJISMO DEL AUTOR. COMENTARIO DE GABRIEL HERNÁNDEZ

Al principio  Quinn no era un vagabundo, pero ya le gusta vagabundear: “Mientras vagaba sin propósito, todos los lugares se volvían iguales y daba igual dónde estuviese”. No había un sitio concreto donde alguien esperase su llegada, un lugar desde donde recibir una llamada, una casa a la cual ser invitado; no tenía otra casa o cosa que sí mismo. Desde que su mujer y su hijo murieron, Quinn ya no era Quinn para nadie. En la medida en la que nadie lo nombra con él, este nombre va perdiendo sentido, quedando arrinconado, fuera de uso, “…y aunque en muchos sentidos Quinn continuaba existiendo, ya no existía para nadie más que para él”.

Es entonces cuando decide adoptar un pseudónimo, William Wilson, un nombre-tapadera que le permite acompañar su soledad mientras permanece oculto bajo esa forma de pseudonombrarse. Nadie reconoce a Quinn bajo ese nombre, ni sus lectores ni aquellos que fueron sus amigos.

Con ese pseudónimo se dedica a escribir novelas de misterio, todas ellas protagonizadas por el detective Max Work. Son varios los momentos del relato en los que se intenta explicar la relación entre estos tres nombres o funciones: “El detective es quien mira, quien escucha, quien se mueve por ese embrollo de objetos y sucesos en busca del pensamiento, la idea que una todo y le dé sentido. En efecto, el escritor y el detective son intercambiables”. Como vemos, el autor queda al margen de la pareja escritor-personaje. Asimismo, desplegando la expresión en argot, Quinn descubre varios sentidos a la función del detective privado: “private eye” significa textualmente «ojo privado», y, además, la palabra eye se pronuncia igual que la letra i, que, escrita con mayúscula, significa «yo». “Desde hacía cinco años Quinn vivía presa de este juego de palabras.”

El término “yo” y el término “ojo” son intercambiables, como el Quinn escritor y el Max Work detective. Pero en lugar de decir que este ojo y este yo son privados, diremos que están privados, privados de sujeto. Al yo le basta con un ojo que lo mire o en el que mirarse dentro de una relación narcisista, pero sujeto sólo puede haber para otro ojo y otro yo distintos de los privados, de los propios. A esos otros Quinn ya los había dado por  perdidos.

Desde allí escribe libros con títulos como el que estaba leyendo la chica de la estación: “Abrazo Suicida”. Un abrazo sólo puede ser suicida si se lo da uno mismo. En otro caso sería homicida. Quinn vivía en un abrazo mortífero entre su ojo y su yo.

En esas estaba cuando recibió la llamada telefónica. Preguntaban por el detective Paul Auster. Quinn niega ser tal persona, pero la llamada se repite. Esa otra voz que le habla por el auricular ya lo reconoce como tal. Él ya es el detective Paul Auster para ese otro y, al final, Quinn se deja acoger y acude allí donde se lo convoca de forma reiterada; decide ser para ese otro el detective Paul Auster. Lo importante no es a quien se llama, sino quién responde, y él decidió responder a esa llamada.

Y de nuevo Quinn se renombra. Pero el proceso ha sido diferente. El pseudónimo se lo pone uno mismo, y el nombre siempre lo pone otro. En el primer caso se trata de desligarse de su nombre propio, retirarse como sujeto de ese nombre para ocultarse detrás del pseudónimo a la búsqueda de un ser sin el otro. Es un paso hacia atrás. En el segundo caso se trata de aceptar el nombre que le asigna el otro, ser ese por quien el otro lo toma, ser para el otro. Es un paso hacia adelante, pero demasiado hacia adelante, desesperado, tanto que, por cumplir con ese nombre, se olvidará de sí mismo, dejará perder la casa de Quinn y todas sus pertenencias, para ir a morir a la casa vacía de aquellos para los que él era el detective Paul Auster. Esto le ocasionó alguna pérdida, no pudo cobrar el cheque extendido al nombre con el que ese otro lo nombra, porque ese no es el nombre con el que él figura en los archivos de la identidad de bancos y ayuntamientos, esos archivos donde sólo se reconoce el nombre, no al sujeto que lo porta. Pero en este caso, dice el propio Quinn, el dinero no importaba. Lo importante fue la llamada de ese otro, el lugar donde lo acogió y el trabajo que le encargó. Como diría Lacan a propósito del psicoanálisis, se trata de una oferta que crea una demanda. Mas allá del pedido urgente de ayuda para el que se lo solicita de forma equivocada, la llamada es también una oferta, le ofrecen ser el detective Paul Auster y, a partir de ese momento, hará todo lo humanamente posible para cumplir con las obligaciones de ese que alguien le dijo que era.

De Quinn podría decirse que, al igual que los seis de Pirandello, era un personaje en busca de autor, a la búsqueda de un papel en el argumento de ese Otro que sería el autor. Su primera tentativa fue inventar él mismo al autor de sus novelas. William Wilson sería su autor, el autor de las aventuras de ese Max Work que le hace de espejo. “Aunque Wilson fuera una ilusión, justificaba las vidas de los otros dos. Aunque Wilson no existiera, era el puente que le permitía a Quinn pasar de sí mismo a Work. Y, poco a poco, Work se había convertido en una presencia en la vida de Quinn, su hermano interior, su camarada en la soledad.”

Wilson no era real, pero la voz que le habla a través del auricular, sí. Desde allí le proponen un nuevo papel y le dan un nuevo nombre, y Quinn pone su vida al servicio de la interpretación de ese personaje. Finalmente también resultó ser  un autor fallido, inexistente; no responde a sus llamadas y la casa en la que vivía y a la que Quinn acude como a su último refugio, estaba vacía.

Antes de ese final Quinn visita al que estaba en mejor disposición para ser su autor, aquél Paul Auster escritor. Es el único que lo reconoce como Quinn. El escritor aún recordaba en sus menores detalles un libro de poemas que Quinn publicó con su nombre propio, antes del pseudónimo. Pero también fue este un encuentro fallido entre personaje y autor.

No deja de ser sorprendente la aparición, casi al final del relato, del personaje que hace de supuesto autor de la novela cuando todo parecía indicar que el autor de la historia de Quinn era Paul Auster el escritor. De forma totalmente imprevista aparece en la última página alguien que había estado ausente durante todo el tiempo del drama, viajando por África, según dice él mismo, del que en ningún momento se dice que sea escritor ni que mantenga una relación particular con la escritura. Entra en escena y de una manera bastante brusca y poco razonable, desplaza a ese otro al que Quinn había contado su historia y que era conocedor de su obra. Es como si el autor esperado se detuviese  al borde del final, poco antes de verse obligado a rubricar la obra, diese un paso atrás y colocase a otro en su lugar. Pero ese otro autor viene con un reproche para el Paul Auster escritor, el reproche de no haber tratado bien a Quinn, y ello a pesar de que le abrió su casa, le presentó a su familia, lo invitó a comer, le ofreció su ayuda en caso de necesitarla y durante dos meses estuvo intentando ponerse en contacto con él sin recibir respuesta.

Quinn escribía las aventuras del detective Max Work, pero el autor era William Wilson y, “Dado que no se consideraba autor de lo que escribía, tampoco se sentía responsable de ello, y por lo tanto no estaba obligado a defenderlo en su corazón.”

Esta irresponsabilidad del escritor Quinn con el personaje de Max Work se duplica en la relación del escritor Paul Auster con el personaje Quinn. Escamotearse como autor en la última página del relato, es la forma en la que el Paul Auster escritor no trató bien a Quinn, y fue esto lo que ocasionó la enemistad, de la que se da cuenta en esa última página, entre el autor que firma la obra, Paul Auster, y el escritor Paul Auster. En su caso no fue posible el buen entendimiento que Cervantes, traído al relato como paradigma del autor, mantuvo con sus personajes, en tanto autor barrado y fragmentado por los dichos, siempre irónico con la función del autor y nunca creído de la misma.

Gabriel Hernández.

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