“CYRANO DE BERGERAC”. UN HOMBRE A UNA NARIZ PEGADO. Comentario de Gabriel Hernández

La nariz de Cyrano es demasiado grande. Tan grande que sería capaz de proyectar su sombra sobre el resto de los personajes de la obra –incluido el propio Cyrano- dejándolos en penumbra. A pesar de ello, intentaré centrar mi comentario en uno de esos otros personajes: Roxana.

Es Roxana la que pone los cimientos del entramado amoroso que se desarrolla en la obra, la que da entrada a ambos hombres, Cristian y Cyrano, en sus asuntos amorosos y les adscribe papel y función. Uno es el objeto de su elección amorosa, y el otro el encargado de cuidar y proteger ese objeto de amor. Se podría pensar como una triangulación familiar. Cristian es un chico muy hermoso, pero demasiado joven e inexperto como para seducir a una mujer. Educarlo e instruirlo en ese terreno, además de protegerlo, serán las funciones que tome a su cargo Cyrano.

A pesar de que Roxana se siente enamorada de Cristian desde el primer día, se podrían diferenciar dos tiempos a través de los cuales va cambiando su posición subjetiva frente a ese objeto de amor; uno sería el de la elección y  otro el de la confirmación del elegido.

En un primer momento elige al hombre que le gustaría que la sedujese. Puede que esté enamorada, pero aún no está seducida. Es la tarea para la que ha sido elegido Cristian, y a partir de ese momento se trata de verificar si está a la altura de la misma y si aquella elección inicial obtendrá o no su confirmación. Se trata de saber si Cristian será capaz, no sólo de enamorarla a primera vista, sino, también, de provocar en ella un deseo por él. Ahí es donde Cristian flaquea, no sabe hablar de amor, carece de ingenio y es despedido sin contemplaciones por Roxana.

Cristian pensaba que bastaría con saber abrazarla y pedirle un beso, pero Roxana sólo puede entregar su cuerpo a cambio de palabras, ese es el trato, cuerpo por palabras, porque sólo puede entregar un cuerpo deseante, y ese cuerpo se construye con palabras. Ella pone condiciones al goce, una ley que hace al deseo, y si Cristian no es capaz de cumplirla, es que no la ama

Esta es la empresa en la que Cyrano ofrece su colaboración. Con él no es posible el amor a primera vista, pero es un gran seductor, aunque sea una nulidad como conquistador; de hecho, odia a los donjuanes y los espanta cuando los sorprende poniendo cerco a alguna mujer, como sucede en el caso de la mujer del pastelero.

Se trata de una empresa que también Cyrano toma como suya. “¿No quieres completarme y que yo te complete?”, le propone a Cristian.

Pero si necesitan completarse, hacer uno entre los dos, debe ser que cada uno de ellos sólo se ve mediohombre en relación al ideal amoroso de Roxana. Y la cosa parece funcionar cuando se trata de construir un hombre ideal, pero no se puede construir un simple hombre con dos mediohombres.

Uno cree que no será aceptado por su cara fea, y el otro estaba convencido de que lo sería sólo por su cara bonita. Sin embargo, lo que termina seduciendo a Roxana son las palabras, y aquí también se muestran como hombres a medias. De uno se puede decir que es palabra sin sujeto –palabrería-, y del otro que es sujeto sin palabra. Entre ambos tampoco pueden construir un sujeto deseante que pueda responder de las palabras que han enamorado a Roxana, uno porque no se atreve, otro porque no son suyas.

La crisis final llega cuando Roxana se siente capaz de atravesar un campo de batalla para encontrarse con su amado y entregarse a él sin condiciones. Es este deseo decidido el que divide a los hombres. La sociedad amorosa de Cyrano y Cristian se rompe, ambos entran en pánico porque ya no pueden seguir escondiéndose el uno detrás del otro, ha llegado el momento de la verdad y ninguno de ellos puede responder, hacerse cargo de aquel impulso amoroso. Lo único que han conseguido es darle gato por liebre al deseo de Roxana.

Que sea ella la que elija a uno de los dos, como plantea Cristian, es una insensatez. Ella no puede elegir entre los dos hombres porque no hay dos hombres entre los que elegir. Ninguno de ellos por separado es capaz de sostenerse frente a la mujer: Cyrano no da la cara y Cristian no tiene palabra. Tampoco es ninguno de ellos el hombre que la ha enamorado. Cristian fue el elegido, pero no ha podido confirmar esa elección, y Cyrano siempre estuvo oculto en la penumbra de su nariz. En todo caso no es de él de quien estaría enamorada Roxana, sino de sus palabras.

Roxana termina en un convento sin haber podido elegir a ningún hombre. Se encierra allí en memoria de Cristian, el marido que la dejó virgen. Posiblemente terminó donde Cyrano la quería, recluida en su pureza, como el amor que él sentía por ella, un amor que terminó perdiendo la partida frente al honor.

Cyrano siempre tenía el honor por las nubes. Entraba al campo de batalla con honor y salía aún con más honor . Pero resulta difícil entrar con honor al campo del amor, y mucho más difícil salir sin haber perdido allí casi toda la honorabilidad.

Murió complacido de sí mismo, con el honor íntegro, como su prima, y el amor sin empezar. En la hora de la muerte sólo reconoce en sí mismo una cosa aún brillante y digna de ser presentada ante Dios. ¿Sería aquél gran amor secreto, generoso y sacrificado? Roxana le pregunta, aún no ha perdido la esperanza de oírselo decir mirándola a los ojos. Sin embargo, lo que Cyrano quería llevarse al cielo era otra cosa: “Mi penacho, lleno de gallardía, y la brava apostura de mi fiera nariz”.

Gabriel Hernández

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