“OTRA VUELTA DE TUERCA”: Desvelando al Fantasma. Comentario de Gabriel Hernández

 

Peter Quint ya estaba muerto el día que la institutriz de Bly vio la extraña figura de un hombre perfilada sobre la almenada torre de la casa donde estaba al cuidado de los niños Miles y Flora. Estaba muerto, pero aún no era un fantasma. Ni siquiera empezó a serlo ese día. Al principio fue sólo la incógnita a despejar de una ecuación, el inicio de un proceso cuya serie de operaciones la propia institutriz irá relatando.

Volvamos al escenario de aquél primer encuentro. La protagonista, finalizadas las tareas del día, pasea ociosa por el hermoso jardín arbolado, orgullosa de la fidelidad y el rigor con los que está cumpliendo el contrato pactado con el tío de los niños, contrato que incluía, además  del cuidado y educación de los mismos, la condición de no importunarlo nunca, mantenerlo al margen y ser ella la que tomase en cada caso las decisiones que creyese más convenientes, algo que llegó a pedirle, más allá del mero contrato laboral, como un favor personal. Él no quiere saber nada, pero ella se recrea en el ensueño de que por algún medio recibirá noticia de su bien hacer y se presentará allí para mostrarle su agradecimiento:  “lo único que pedía era que él se enterara; y la única manera de estar segura de que él se había enterado era viéndolo reflejado en su hermoso rostro. Estaba pensando eso exactamente cuando, al final de aquel largo día de junio, me detuve en seco”. Su sueño parece materializarse. Esperaba encontrarlo en alguno de los recodos del camino y es en el interior de la casa donde lo vislumbra, observándola desde la torre: “lo ansiado por mi imaginación se volvía realidad. ¡Allí estaba él!”

Sin embargo, este primer reconocimiento lleva aparejado un sentimiento de extrañeza: “no era aquella altura el lugar más indicado para que apareciera la figura que tan a menudo había invocado”.

En aquella igualdad sin incógnita, aquella sintonía amorosa por la que iba discurriendo el sueño diurno, surge un elemento difícil de encajar. Aquél se parecía, pero no era el hombre soñado. A pesar de ello, la tonalidad erótica del sueño se mantiene: “Un hombre desconocido en un lugar solitario es un objeto justificado de temor para una joven bien educada”.

Aún no se trata de un fantasma, si lo fuese sería motivo de temor tanto para la joven mal educada como para la bien educada, pero cada vez resulta más difícil conciliar ese sueño sin desvelarse. Ese hombre resulta grato y familiar mientras permanece oculto en la intimidad soñada, y se vuelve extraño cuando sale de allí y se manifiesta en lo exterior. Freud define el sentimiento de lo siniestro como lo familiar que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado y aparece donde no debería. Lo familiar siempre es el objeto, lo extraño, el lugar en el que se muestra.

Para que el sentimiento de lo siniestro termine dominando la escena, es necesaria aún otra operación: hay que pasar del escenario al marco. Todo sucede en un instante: “desde aquel instante y por el puro hecho de su presencia, el lugar se había vuelto un desierto. Fue como si, mientras me concentraba en aquello, todo el resto de la escena quedara herido de muerte. Mientras escribo aún puedo oír el hondo sosiego en que iban cayendo los ruidos de la tarde… Las cornejas dejaron de graznar, el cielo dorado y la amable hora habían perdido todas sus voces en un minuto y el hombre que me miraba por encima de la almena estaba tan nítido como enmarcado en un cuadro”.

El paisaje se difumina y el cuadro se resalta. Es un efecto teatral similar al que se logra dirigiendo sin previo aviso el foco de luz intensa y exclusivamente sobre uno de los elementos de la escena a la vez que se deja en penumbra el resto del escenario –curiosamente, para la institutriz, Peter Quint tenía aspecto de actor.

Dicho efecto se repetirá en las sucesivas apariciones, casi siempre a través del marco de una ventana. Allí quedarán enmarcado, no ya la figura del fantasma, más bien, su cruce de miradas con la institutriz.

La imagen de aquél hombre sigue un proceso que va desde el “parecido-a” hasta el “a-parecido”. El “a” insiste en ponerse a la izquierda, que es también el lugar que el analista -a pesar de no estar muerto- se esfuerza por ocupar; incluso como cero a la izquierda. Sin embargo, al final de esta jornada, Peter Quint sigue sin ser un fantasma de pleno derecho. Seguía siendo otra cosa: “algún viajero sin escrúpulos, con curiosidad por las casas antiguas, se había abierto paso sin ser visto y había disfrutado del panorama desde el mejor punto de vista, y luego había escapado de la misma forma que entró”, incluso podría tratarse de “algún pariente loco e innombrable, confinado sin que nadie lo sospechara”.

La institutriz no puede construir sola el fantasma de Peter Quint. Este fantasma hay que construirlo entre dos. La obra sólo quedará terminada cuando la señora Grose haga su aportación. Será después de la segunda aparición. En esa ocasión el extraño está fuera de la casa, mirando por la ventana hacia el interior. Cruza la mirada con la institutriz, pero no es a ella a quien busca. Ella sale para encararse con el extraño y cuando llega al lugar desde el que la miraba ya había desaparecido. Entonces ella misma se pone en el lugar del aparecido y mira hacia el interior como lo había hecho él. Esa mirada sorprende a la señora Grose que acababa de entrar en la misma habitación de la que ella había salido: “Ella me vio como yo había visto a mi visitante; en seguida se sobresaltó, como yo me había sobresaltado… Me pregunté qué habría podido espantarla tanto ”.

Tras esta repetición de la escena fantasmática llevada a cabo entre las dos, ambas mujeres inician una conversación que terminará en un completo acuerdo; una cuenta lo que ha visto y la otra lo que sabe. La institutriz, que no sabe, cuenta dónde vio al visitante y qué aspecto tenía, y la señora Grose, que no ha visto, lo identifica y explica su relación con la casa. Una aporta el objeto y la otra le pone nombre y lo ubica en una historia. La señora Grose es una excelente colaboradora en esta tarea, ya que ella cree en fantasmas. Ella le pone el delirio al objeto alucinado por la institutriz. Ambas se hermanan en esta tarea. O lo ven las dos o ninguna. Así concluye la institutriz: “Cuando la señora Grose se marchó ambas estábamos convencidas de que yo había visto exactamente lo que había dicho”.

Llegados a este punto, no deja de ser ilustrativo comparar éste “visitante” con otro de los fantasmas literarios mejor caracterizados. Me refiero al Horla, de Maupassant; las diferencias son notables:

– Aquí la producción fantasmática precisa de dos personas. Allí no es posible compartir la tarea

– Este fantasma no se interesa personalmente en el sujeto al que se manifiesta, la institutriz; iba por los niños; el Horla sí se interesa por todas las cosas del sujeto que siente su presencia.

– En este relato el fantasma tiene forma, una imagen perfectamente nítida y definida; El Horla apenas es un borrón en el espejo.

– Con este fantasma se hace vínculo social, se comparte, hermana a las mujeres; aquél deja al sujeto en la más absoluta soledad.

– Éste hace vínculo social en tanto se inscribe en un discurso, en una historia, la historia de la casa y sus sirvientes. En el caso del Horla nadie conoce su historia, no está inscrito en ningún discurso

– Tanto la institutriz como la señora Grose creen en fantasmas. El sujeto del Horla no. No reconoce a su visitante en el catálogo de fantasmas del doctor Hermann Herestauss.

– El fantasma de esta historia habitaba en la casa, era de la casa. El Horla viene del exterior, de un país muy lejano.

Hablemos ahora del circuito que siguen las apariciones del fantasma de Bly.

Es una de las cuestiones que preocupan a los habitantes de la casa, por dónde entra y por dónde sale Peter Quint. A veces está dentro, observando desde la torre, a veces está fuera, mirando a través de la ventana. Y nadie lo ha visto escalar muros ni pasar de un lado a otro utilizando puertas o ventanas. Habría que pensar que el borde que delimita interior y exterior de la casa funciona, para él, como una banda de Moebius, y que le basta seguir ese borde para estar dentro o fuera. Lo interesante de este recorrido es que casi siempre lo sitúa en el lado opuesto al de la institutriz, no a su lado. Si ella está fuera, él está dentro, y viceversa. Hay una pantalla entre ellos. Cosa que no sucede con las apariciones de la señorita Jessel; ella siempre aparece en el lado de la institutriz, o fuera, o dentro de la casa. La función de cada uno de estos personajes es diferente.

Al decir de Lacan, el objeto fantasmático nunca va sólo, siempre se acompaña del sujeto. La señorita Jessel es la pareja del fantasma. Ella hace función de sujeto. Por eso la vemos siempre sintomatizada, afligida, melancólica, en actitud pesarosa…, así es descrita por la institutriz. Nada que ver con la voracidad escópica, la ausencia de afecto y la naturaleza pulsional que transmite la figura de Quint

Dicha naturaleza pulsional se manifiesta, sobre todo, en la mirada. Se trata de la mirada de un sujeto muerto, es decir, de una mirada sin sujeto, una mirada que va sola, un resto, un objeto que tiene la facultad de transitar por diferentes personajes. La institutriz ve también la mirada de Quint en Miles, y la señora Grose la ve en la propia institutriz. Eso es lo que tanto la espanta el día que la sorprende mirando a través de la ventana.

La historia termina sin resolver la enigmática relación entre la institutriz, autora del manuscrito donde se contiene,  y Douglas, el hombre al que ella hizo depositario y custodio del documento. Ninguno de los asistentes a la reunión en la que Douglas presenta y lee la historia queda satisfecho con las aclaraciones que da al respecto. Según les informa, la institutriz cuidaba de su hermana, y él la conoció durante un período vacacional a la vuelta del colegio. Con Miles también fue así. Además, Douglas cuenta a sus oyentes que la institutriz tenía diez años más que él. En la época del relato ella tenía veinte años y Miles diez.

Posiblemente la historia no aguantaría otra vuelta de tuerca: ¿Douglas era Miles?

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