LO VISTO Y LO EXPUESTO. Comentario de Concepción M. Miralles a “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James

Otra vuelta de tuerca es una historia de difícil explicación. En primer lugar porque es un poco tortuoso descifrar de dónde y cómo nos llega esta historia de terror, y en segundo lugar porque el misterio que se cuenta es de una naturaleza oscura y siniestra, pero no sólo por los fantasmas que la habitan, sino por las sorprendentes intuiciones que la institutriz – a quien no podremos llamar por su nombre porque no se desvela en todo el relato- tiene sobre lo que acontece.  ¿Qué es lo que  ésta ve? Los fantasmas de un hombre y una mujer, las apariciones de dos seres perversos que está segura de que vienen a cumplir con lo que no pudieron concluir en vida: arrastrar a los pequeños Miles y Flora a la pérdida de su inocencia, a la perversión y al pecado. Ella está segura de que esas apariciones se producen bajo la atenta mirada y complicidad de los pequeños y que precisamente el que ella pueda verlos será lo que permita librar a los niños de su influencia demoníaca.

Son muchas las certezas que tiene la institutriz, aunque no todas se desvelan explícitamente: los niños ocultan que ven y se ven con los aparecidos, los fantasmas vivían en pecado y se dejaban ver sin pudor por los niños, corrompiéndolos. Los niños, bien aleccionados por estos seres malvados, guardaban celosamente los secretos que les habían sido revelados –que no se sabe bien cuáles son, pero que parecen tener una relación con la sexualidad.

Se dice que la imaginación es mucho más atrevida que la realidad, y esto es así tanto en lo que cabe suponer que imagina la institutriz más allá de lo que en realidad ocurre, y también por lo que puede imaginar el propio lector, preguntas que se suscitan mientras el texto avanza: ¿mantienen los niños una complicidad sobre un conocimiento sexual precoz? Relaciones que presenciaron alguna vez y para las que fueron iniciados por sus anteriores maestros sin escrúpulos… Porque esa es otra de las certezas de la institutriz: los seres perversos y malignos venidos del infierno para corromper sus almas puras cometían actos sexuales prohibidos, y esto a ella la trastorna y hace que su imaginación vuelva una y otra vez sobre ellos. Los fantasmas que ella ve no vienen a mostrarse a ella en realidad; su interés son los niños. En su responsabilidad de cuidar de ellos hasta el extremo, ella se autoerige con el deber y la posibilidad de salvarlos. De salvar más bien sus almas, porque el daño del maligno ya parece a ojos de la institutriz demasiado profundo, y sólo eso es ya lo único que puede ser salvado en esa tarea de exorcismo en la que se va empleando. Una extraña enfermedad,  una fiebre repentina, acabará con sus vidas –al menos con la de Miles- que muere en sus brazos. Nada se sabe de cómo evoluciona la enfermedad de la niña al apartarla de la influencia de las visiones…

¿La perversión en la mirada o la mirada de la perversión?, ¿de qué se trata en este relato?

La institutriz repite visiones que le traen la aberración que siente por los actos que imagina. Si el otro –el fantasma- la ve a ella, se fija en ella –y de hecho esto es lo que ocurre, aunque venga en realidad por los niños- también ella está en el punto de mira de la perversión. La mirada como nominación. Ella puede verlos, y ellos a su vez la ven a ella –sobre todo el hombre, Quint- y esta mirada la señala. Y, si bien no le dará nombre, sí le otorga una función: “si tú nos ves, ellos dejarán de vernos, y  por lo tanto se salvarán”. La institutriz acepta el reto y carga con esa responsabilidad. Su mirada carga con el pecado y con el horror de un deseo reprimido sólo visto bajo la óptica de lo prohibido y lo demoniaco.

Lo expuesto. Lo narrado.

El narrador relata una experiencia en la que estuvo presente. Unos amigos, entre los que él mismo se encontraba, están reunidos en una casa una noche de invierno. Junto al fuego se cuenta una historia de terror, en la que un niño ve una visión fantasmal. Douglas es uno de los presentes que escuchan la historia, que le recuerda otra historia que sólo él dice conocer, puesto que sólo a él le ha sido rebelada. La historia la conserva en un manuscrito guardado dentro de un cofre, bajo llave, que le entregó una mujer fallecida hace más de 20 años que había sido institutriz de su hermana y por la que sintió una gran atracción, a pesar de la diferencia de edad que mediaba entre ellos. También la institutriz parecía corresponderle: Sí, sí, no se rían: me gustaba enormemente y hasta el día de hoy me alegra pensar que también yo le gustaba a ella. De no ser así, no me lo habría contado.  Sí, estaba enamorada. Me di cuenta y ella se dio cuenta de que yo me daba cuenta; pero ninguno lo dijimos. Contárselo es posible precisamente porque hay una relación de atracción o de deseo que parece necesaria para la confesión. A su vez, Douglas, de entre todos los contertulios dirige su mirada al que será el narrador de la historia, como si entre ellos también mediara algún tipo de atracción. La mirada tiene un valor misterioso, secreto y de complicidad a lo largo de este relato, incluso para que el relato sea posible desde su origen. Será a él a quien entregue, pasados los años, el manuscrito con el relato de terror.

Resumamos: Una historia que alguien cuenta frente al fuego una noche de invierno. La historia que recuerda a la que uno de los presentes tiene en un manuscrito guardado dentro de un cofre, que una mujer le contó y escribió para él hace muchos años -¿sólo eso?-, y que pide que le traigan para poder leérsela a los presentes. La historia que uno de los presentes, el narrador, dejará escrita para nosotros, y por quien la hemos conocido… ¡Cuántas vueltas de tuerca!

Concepción M. Miralles

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