“MEMORIAS DE UN LOCO”: LAS CUITAS DEL JOVEN FLAUBERT. COMENTARIO DE GABRIEL HERNÁNDEZ

Si leemos este relato a la luz del comentario aclarativo que los estudiosos de la obra de Flaubert suelen ponerle, “escrito de juventud”, entendemos con ello que se trata de un escrito de iniciación o transición entre el joven Flaubert y el escritor que llegará a ser autor de Mme. Bovary, tránsito que lo será, sobre todo, de estilo. La obra de Flaubert se sitúa entre dos movimientos o estilos literarios: Romanticismo y el Realismo.

El romanticismo se inicia a finales del dieciocho. El año 1774 se publica el Werther de Goethe, obra que podríamos considerar el pistoletazo de salida de este movimiento artístico que se extingue a mediados del siglo diecinueve, bajo la hegemonía del Realismo. En ese tiempo -año 1851- Flaubert comienza a escribir “Madame Bovary”, obra que muchos consideran paradigma del nuevo estilo.

“Memorias de un Loco” se escribe en el año 1838. Pero no es la fecha de su producción, es, sobre todo, la forma literaria que adopta este relato, lo que podría llevarnos a considerarlo como un escrito propio del romanticismo. Recordemos alguno de los caracteres que definen el movimiento romántico y que son reconocibles en este escrito de juventud flaubertiano.

– Espíritu rebelde y desafiante frente a la sociedad y sus valores directivos.

– Concepción de mundo en la cual el “yo” es el centro y la finalidad fundamental del escritor romántico expresar sus propias experiencias, sensaciones y emociones.

– El “yoismo romántico” –incluso la “yocracia”, en el caso de Lord Byron- trae aparejado un hondo sentimiento de vacío y soledad que llevan al individuo hacia la melancolía, el pesimismo y la desesperación ante la imposibilidad de alcanzar el ideal.

– Por último, esta insatisfacción puede dirigirse por tres caminos diferentes: la evasión de la realidad social concreta del artista, siendo típico del romanticismo buscar escenarios propios de otros tiempos y lugares, como la edad media, los países exóticos de oriente y sur de Europa etc, así como temáticas que tienen que ver con lo esotérico, lo desconocido, misterioso o paranormal; habría una literatura de evasión; otro de los caminos sería la melancolía, la tristeza existencial, la enfermedad nerviosa, y el tercero sería el suicidio, vía romántica puesta en circulación con la “fiebre de Werther”.

Hay una deriva patológica, una clínica propia del estilo romántico. Incluso podríamos suponerle a cada movimiento o estilo artístico su particular tipología nerviosa. Alfred Le Poittevin, el amigo del alma al que Flaubert dedica este relato, es un ejemplo de aquella deriva melancólica que caracteriza al romanticismo, un amigo al que Flaubert siempre intentó dar ánimo y mantener a flote. En una de las cartas que le dirige encontramos una descripción del estado en el que Alfred solía encontrarse: “Pereces de hastío, revientas de rabia, te mueres de tristeza, te ahogas…”.

El amigo muere en el año 1848. Poco después, Flaubert inicia un viaje de dos años por Egipto, Jerusalén y Constantinopla, esos lugares exóticos a los que los románticos solían acudir para encontrar temas. Pero, a la vuelta, ya no es un romántico, escribe de otra forma, ya es realista.

Esta es la tesis que Nieves Soriano Nieto desarrolla en su trabajo “Romanticismo y Oriente en Gustave Flaubert. El viaje ético de la estética”.

La idea que apunta en este trabajo es que un cambio en la estética no se da sin un cambio en la ética. La autora entiende el viaje de Flaubert como un viaje hacia sí mismo, un reencuentro, un rodeo del que regresa como escritor a su mundo propio, a su realidad, la Francia burguesa de mediados del diecinueve. De ese viaje ético sobre la estética romántica, Flaubert vuelve con otra ética, otra forma de considerar su deber como artista, lo cual supone otra estética, la del estilo realista

El primer cambio se da cuando el escritor deja de hacer literatura de evasión, manteniéndose anclado a la realidad social que le ha tocado vivir. Los personajes ya no van a ser héroes o heroínas de otras épocas y mundos más o menos idealizados, sino una pequeña burguesa, algo neurótica, aburrida e insatisfecha y con la cabeza llena de ideales amorosos sacados de la literatura romántica, es decir, Madame Bovary, de la cual dice Nieves Soriano en su trabajo: “Más allá de que Madame Bovary dedique su tiempo a la cuestión del amor, no cabe leerla como una novela de amor sino como un escrito que refleja de una manera paradigmática una forma de ser, el malestar de una época, como señala Eric Gans. En ella están incluidos todos los burgueses, entre los que están los Románticos y el mismo Flaubert”.

El autor deja de identificarse con el objeto romántico y pasa a convertirlo en personaje de su relato, un personaje que lo representa –“Madame Bovary soy yo”, dirá Flaubert- en sus caracteres más terrenales y menos idealizados. Como afirma Nieves Soriano, el autor se difumina, se disocia en los personajes que va creando.

Hay una marcada diferencia entre este desvanecimiento de la figura del autor Flaubert en el cuerpo de su relato y la presencia, casi intrusiva, del autor Lord Byron en alguno de los suyos, como es el caso de su “Don Juan”. Allí el autor interrumpe frecuentemente la historia para darse entrada exponiendo sus opiniones personales, juicios de valor, consideraciones suplementarias, análisis de sucesos políticos, estilísticos, históricos etc. A la vuelta de uno de aquellos rodeos, expresa lo siguiente: “Pero vuelvo a mi relato. He de confesar que, si tengo algún defecto, es el de la digresión, que permite que mis personajes vayan solos mientras yo parloteo incansablemente. Pero estas son las enseñas de mi soberanía…”.

Se diría que quien parlotea incansablemente dejando de lado historia y personajes es el yo del autor, que muestra, de esta forma, “las enseñas de su soberanía”. Para Lord Byron sus comentarios, opiniones y análisis forman parte de la historia, y es allí donde las incluye; no son notas al margen.

De este autor omnipresente pasamos, con Flaubert, al narrador omnisciente. De él mismo, sólo la ciencia de su saber escribir tendrá presencia en el relato. Allí será simplemente narrador, notario de las peripecias de los personajes. Flaubert se pone totalmente al servicio de su obra. “Madame Bovary” es mucho más importante que Flaubert.

Esta posición del artista en relación a su obra es otra de las dimensiones éticas que tienen consecuencias sobre la estética.

Pero, talvez, el elemento más importante de esta imbricación entre ética y estética, sea el trato a las palabras. Son varias las ocasiones en las que el joven de “Memorias de un loco” se queja amargamente de que las palabras son un pobre instrumento para dar cuenta de la grandeza de sus sentimientos, sus alegrías y sus penas. Es casi al final del relato cuando mejor consigue cernir el objeto de esa dificultad: “¿Podéis decir mediante palabras la pulsación del corazón? ¡Pobre debilidad humana!, con tus palabras, tus lenguas, tus sonidos, hablas y balbuceas; defines a Dios, el cielo y la tierra, la química y la filosofía, y no puedes expresar, con tu lengua, toda la alegría que te produce una mujer desnuda… o un pudín de ciruela!”

Por un lado, cualquier cosa parece ser explicable, justificable, argumentable: Dios, el cielo, la tierra etc. Por otro lado, hay algo que no se puede decir y que tiene que ver con el goce. Las relaciones amorosas del personaje quedan truncadas justo en el momento en el que ya no se puede seguir hablando, hablando de amor, allí donde una mujer podría ofrecerle desnudo un cuerpo de goce que se impone a la palabra, un cuerpo que no se atreve a pedir a María ni a tomar cuando se lo ofrece Carolina. Entonces buscará un goce no mediado por la palabra y el discurso amoroso, pero encuentra un goce culpable y vergonzoso, pues no se pudo ajustar  al amor y al deseo: “¡Oh!, María, había arrastrado al fango el amor que tu mirada había creado, lo había derrochado caprichosamente, en la primera mujer que apareció, sin amor, sin deseo, impulsado por una vanidad infantil”.

Entre aquellos discursos que parecen poder decirlo todo y el goce que no se puede decir, Flaubert dedicará su vida como artista a la búsqueda incansable de la “mot juste”, la palabra justa, la palabra más adecuada, según la ocasión, que es posible encontrar dentro del limitado conjunto de las que se dispone.

Para Flaubert sólo la palabra justa merece escribirse. La ética que acompaña a su estética es también una ética del bien decir y, posiblemente, la labor a la que dedicó su vida, ese ir tejiendo letras alrededor del agujero que no pueden colmar las palabras, fue su mejor defensa frente a la fascinación romántica por el vacío.

Gabriel Hernández.

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