La perla y sus oscilaciones. Comentario a La perla, de J. Steinbeck, por Concha M. Miralles

Si se lee y se escucha con atención, La perla de Steinbeck es un relato con reiterativos movimientos pendulares: lo conocido y lo desconocido se alternan; también la historia oscila entre dos mundos enfrentados: el de los ricos y el de los pobres, el de los colonos y el de los indígenas.Las relaciones sociales son de dominio, control y poder de los ricos sobre los indígenas, a quienes oprimen y explotan. El destino de éstos es de lucha y oposición o bien de aceptación y sumisión; no hay otro. Las escala de valores de  uno y otro lado son no sólo diferentes, sino contrarias, y será la perla el objeto que haga oscilar también el deseo de abandonar los propios valores de Kino para abrazar los valores del lado de los ricos. Otro eje de oscilaciones es el de la fortaleza y la debilidad: referida a las clases sociales y  también presente en la escena del bebé indefenso picado por el maligno escorpión.

Kino y Juana viven tranquilos, conformes y hasta felices con la vida que les ha tocado. Nunca antes había ocurrido porque era algo innacesible para ellos, pero ahora se atreverán a acudir al médico de los ricos para pedirle el remedio, la cosa mágica y terapéutica que salve al hijo herido de muerte por la picadura de un escorpión. Ya no están conformes con lo que tienen en su pequeño mundo, porque necesitan algo que tienen los ricos y de lo que ellos carecen: dinero para pagarle al médico que salvaría la vida del pequeño.

Hay una fantasía de curación frente al mal-dolor-muerte del pequeño Coyotito y en esa fantasía el dinero es la condición. El médico es un sujeto de poder, un burgués ávido de riqueza y poder; cura el mal, el dolor y la enfermedad con sus remedios y éstos se compran con dinero. Imposible para los pobres y los  indígenas acceder a este privilegio… Pero Kino y Juana  necesitan urgentemente remedios para impedir la muerte de Coyotito provocada por la picadura de un escorpión, y tanta es la fuerza de su deseo que “la perla del mundo” viene en su ayuda mientras Juana la convoca con sus plegarias al cielo. El discurso de la posibilidad de la muerte genera desesperanza –música del mal- ; el antídoto –la perla, que traerá el remedio- repara, recupera y restaura, y se acompaña de la música del bien.

La perla traerá la posibilidad de sanar al pequeño envenenado por el escorpión, pero a cambio también traerá otro tipo de veneno. La música familiar se altera en los oídos de Kino y surge la música del mal para avisarle, a modo de intuición, de las malas intenciones de algunos: envidia, avaricia, deseo de robar, matar o hacerles daño con tal de arrebatarles la perla… Se alterna la música pacífica y tranquilizadora de su mundo con la amenazante del mundo al que pretende acercarse. Juana habla de que está maldita y querrá devolverla al mar, pero Kino se lo impide.

El veneno de la perla hace que aparezcan el reverso de los propios sentimientos, pero ahora contrarios y nuevos: la envidia, la avaricia y el deseo de poder y de conseguir un supuesto saber frente a la humildad, el conocimiento ancestral y la aceptación de la vida sencilla que antes llevaban.

Las relaciones sociales que se describen en el relato son las que se establecen entre dos mundos enfrentados, de amos y esclavos. Los indígenas trabajan para los ricos, cogen las perlas con las que ellos se enriquecen y por las que les pagan una miseria. El relato y la denuncia de las injusticias sociales son una constante en la obra de John Steinbeck, y La perla es otra historia que las ejemplifica. El médico manipulador quiere y necesita enfermos que le autoricen en su poder ilimitado sobre la vida y la muerte. Enfermos al borde de la muerte que justifiquen su saber y le consoliden en su poder.

¿Qué hacer con la amenaza de muerte, con la impotencia, el destino, con el fracaso y el miedo cuando no se tienen armas con las que luchar para vencerlo? Kino y Juana tendrán dos opciones: resignarse o luchar por intentar cambiar ese destino. El cielo está de su lado, y por una vez sus ruegos son escuchados. La perla es el comodín, el objeto de poder que podrá darles lo que necesitan y, si bien al principio sólo la necesitaban para pagarle al médico poco a poco Kino acaricia la idea de que gestionándola bien podrá conseguir mucho más para su hijo y para ellos mismos, pero no es tan fácil salir del mundo de los pobres para pasar al de los ricos.  La historia de  La perla remite a la inevitable imposibilidad de alcanzar el paraíso y el sueño americano.

Kino y Juana, a medida que avanza la historia y tienen que protegerse de la amenaza de muerte y robo de la perla, se convertirán en otros nuevos Ulises de Homero. Harán un arriesgado viaje que finalmente volverá a llevarlos al mismo lugar, derrotados pero con un íntimo conocimiento de la crueldad de sus destinos. Al final es como si nada en realidad hubiera ocurrido. Al final vemos cumplido el destino de muerte que en las primeras páginas se escribía para Coyotito, cerrándose así un sencillo círculo que parece ampliado en espirales concéntricas, al indagar en los anhelos, en las debilidades  y en las pasiones de los distintos personajes.

Dice el Talmud: Si no es ahora, ¿cuándo? Si no soy yo, ¿quién? Kino, tratando de poner a salvo la perla, hará todo lo posible e imposible no sólo por salvar la vida de su hijo y las suyas propias, sino también por cambiar el destino de pobreza y miseria. La perla también se convierte en un objeto del mal en sí misma (Juana quiere deshacerse de ella).

Decía Alphonse Lamartine: un solo ser  os falta y todo queda despoblado. No basta con tener vecinos, con vivir rodeado de personas para estar integrado en una comunidad. Para ser un ser social hay que estar vinculado al mundo con los otros, hay que hacer lo que se llama lazo social; es preciso poder crear y mantener vínculos de afecto. Pero a veces estos son tan intensos que si se rompe esa relación o la persona desaparece entonces es el desierto, el vacío, el autismo…

Con la muerte de Coyotito el mundo entero deja de tener sentido para Kino y Juana y todas las ilusiones se desvanecen a medida que regresan, con el hijo muerto en brazos, sobre sus pasos y vuelven al poblado de donde partieron. El mundo de pobreza y penuria en el que vivían será a partir de ese momento sólo la imagen especular de su propio estado anímico, el refugio donde únicamente se podrán alojar a partir de ese momento, fijando un determinismo en sus vidas que va más allá de lo meramente social o geográfico.

Concha M. Miralles

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