LA PERLA. Historia del hombre al que una perla convirtió en ostra. Gabriel Hernández.

Kino era un hombre feliz. Feliz en su mundo, ese al que todas las mañanas se asomaba, cuando las estrellas aún lucían, para contemplar el amanecer mientras escuchaba el suave romper de las olas sobre la playa. Todo aquello era música a la que el nacimiento del día iba añadiendo nuevos motivos melódicos, en un in crescendo cuyo colofón ponía el rítmico sonido de la muela donde Juana trituraba el grano para hacer las tortas. Kino habría llamado a  esta sinfonía la Canción Familiar.

Cuando su hijo fue picado por el escorpión, otra canción sonó; era la Canción del Mal o la Canción del Enemigo, tan ancestral como la primera. Fue entonces cuando Kino salió en busca de la perla con la que pagar al médico que salvaría la vida a su hijo. Sin embargo, fueron los remedios maternos los que empezaron a curarlo y él se encontró con una perla que ya no necesitaba. La perla había perdido gran parte de su utilidad, pero era muy grande y, si bien apenas tenía ya valor de uso, Kino sabía que tenía un gran valor de cambio, no entre la gente de su pueblo, que no habría podido darle casi nada por ella, porque casi nada tenían, pero sí en ese otro mundo que representaba la ciudad en cuyos arrabales vivían. A partir de ese momento cambia la lógica de su vida. Lo importante no será tener lo que se necesita sino necesitar lo que no se tiene, aunque se trate de cosas innecesarias para la vida. Coyotito ya estaba curado, Kino ya tenía a su hijo, sin embargo empieza a concebir la idea de que, con la perla, su hijo podría ser otro diferente al que él y Juana habían concebido desde el principio; otro del cual podría sentirse, incluso, más orgulloso. Quería la perla para ese hijo. Cuando el niño muere, la perla ya no tendrá valor. Kino no necesitaba una perla para tener un hijo; necesitaba un hijo para tener una perla. El cuento relata la historia de esta confusión.

La perla pone a Kino entre dos mundos, dos culturas, dos formas de entender la vida. Uno de ellos es antiguo, mágico, primitivo, sobrevive aún fuera de la ciudad, pegado a la naturaleza, tanto que si se alejase de ella desaparecería. El otro es un mundo urbano, moderno, que vive del negocio; no del trabajo, de hacer negocio con la explotación de los recursos naturales de aquel mundo primitivo. Kino y sus compatriotas extraen perlas del fondo marino y con ello alimentan la voracidad, cada vez mayor, del mundo moderno. Lo que sacan con este trabajo les basta para seguir viviendo en su mundo y seguir conservándolo frente a las amenazas del enemigo urbano. Se trata de un estilo de vida que el mundo moderno  ve como deficitario o insuficiente, ya que está regido por una economía de subsistencia, una economía sin crecimiento sostenido, que produce sólo lo necesario para subsistir. Producir un exceso sobre lo que se necesita para vivir no tiene allí demasiado sentido. Lo tiene en ese mundo moderno que monta su mercado sobre el excedente de lo necesario.

Cuando Kino extrae su perla produce un exceso, y eso le va a traer problemas. Tiene más de lo que necesita para subsistir y querrá hacer un buen negocio con ese exceso. La condición será abandonar su mundo, su casa, sus amigos, su música y emigrar a la gran ciudad; a ese mundo moderno donde se hacen mejores negocios.

Desde que la tiene en su poder, Kino ya no dice las mismas cosas que antes, su discurso cada vez se adecua menos al de su grupo social. Cuando decide marcharse, su hermano, que siempre ha estado cerca de él, ya no sabe qué decirle. Con su esposa apenas necesitaba hablar para entenderse; ambos escuchaban la misma música, tanto la familiar como la del enemigo. Sin embargo la perla trae también incomprensión y falta de entendimiento entre ellos.

Kino ya no se entiende con los de su pueblo. Todos opinan que lo mejor sería deshacerse de la perla, bien rompiéndola entre dos piedras, pagando misas o dándola a los pobres.“Todos deseaban que la súbita riqueza no enloqueciera a Kino, no hiciera de él un verdadero rico, no lo sumergiera en toda la maldad del orgullo, el odio y la frialdad”. Al decir de su gente, la posesión de la perla podría tener sobre Kino un efecto enloquecedor y de ruptura con el mundo al que pertenecía.“Has desafiado no sólo a los compradores de perlas, sino a la organización entera de nuestra vida, y temo por ti.” -dice su hermano. La cuestión es si Kino va poder vivir fuera de su mundo.

La perla, efectivamente, está maldita. Dirige la vida de Kino, lo embruja con su reflejo haciéndole ver cosas que sólo están en su imaginación y lo obliga a seguir caminos extraños que nunca pensó recorrer.

El desenlace final de la historia nos llevaría a concluir que, si bien Kino es un buen hombre, no fue un buen padre. No supo proteger la vida de su hijo, no cumplió aceptablemente con esa función. Coyotito tal vez habría estado mejor bajo la protección de su tío paterno. A pesar de que el motivo que lo impulsa parece tener que ver con el porvenir y el bienestar futuro de su hijo, es otra la cuestión que finalmente se impone. Se va a tratar más de una cuestión de hombría que de paternidad. Así es como se reivindica en varias ocasiones frente a su esposa: “Había dicho: «Soy un hombre», y esto significaba algunas cosas para Juana. Significaba que era a medias loco y a medias dios, quería decir que Kino era capaz de medir sus fuerzas con una montaña o contra el mar”. Si se cree medio Dios es porque ya es medio loco; una cosa lleva la otra. Más que un hombre, Kino parece creerse un superhombre, un gran hombre. El cura del pueblo también le transmite esta idea, haciendo alabanzas a esa nueva condición humana que parece haberle traído la perla: “Te llamas como un gran hombre, como un Padre de la Iglesia”, le dice. “Tu homónimo civilizó el desierto y pacificó las mentes de tu pueblo”. Son palabras de alguien que pertenece a una tradición religiosa en cuyo origen está Abraham, aquél que para ser reconocido como un gran hombre por Dios no hubiera dudado en sacrificar a su hijo. Siempre debería ser motivo de preocupación para los hijos el hecho de tener como padre a un gran hombre, ya que, como sucedió en el caso de Abraham, podría sentirse llamado a ejercer su paternidad sobre los pueblos, incluso a costa del sacrificio de sus hijos.

Si la función paterna es algo que se transmite de padres a hijos, resulta evidente que Kino se aleja de esa función en la medida que avanza perdiendo lo que tenía para transmitir a su hijo. Sus amigos, sus familiares, su cabaña, su canoa, todo lo que él ha recibido y debía pasar a su hijo se va quedando en el camino. Pero Kino sigue adelante. Cree haber encontrado para su hijo algo de más valor que lo que él mismo recibió de padres y abuelos.

La perla viene a romper la cadena de lo que, hasta ese momento, generación tras generación, había sido la transmisión paterna. De haber llegado al final de su viaje por este derrotero y logrado venderla, Kino no habría tenido nada que transmitir a su hijo, salvo el dinero ganado con la venta. De esta forma se habría convertido en el primer eslabón de una nueva cadena  de transmisión paterna, pero por la cual ya circularían otro tipo de valores, los adquiridos en el mercado de valores de la gran ciudad. Sin embargo, lo que se va dejando en el camino tiene para él un valor imposible de ajustar al valor de mercado. Su canoa es mucho más que una canoa. Si cuando pierde la suya no se permite coger la de otro hombre, es porque, según su sistema de valores, nunca  sería posible compensar esa canoa con otra, ya que esa otra canoa, por muy moderna y costosa que fuese, ya no sería la de ese hombre, la que recibió de su padre y éste de su abuelo y que estaba destinada a su hijo. La compensación económica, cualquiera que fuese, nunca habría tenido una equivalencia de valor y, por lo tanto, nunca habría sido suficiente para compensar el delito cometido contra ese hombre. El dinero no es aún en la cultura de la que procede Kino, ese operador universal mediante el cual se podría establecer una equivalencia de valor entre cualesquiera tipos de objeto.

Esta es la tragedia del personaje, que se obstina en hacer un viaje cargado con un equipaje moral totalmente inservible en ese mundo al que se dirige, y del que tendrá que ir desprendiéndose, lo quiera o no, conforme avance hacia ese destino. Sería como el esquimal que se empeña en irse a vivir al desierto vestido con su anorak y llevando sus herramientas de caza y pesca, todo aquello sin lo cual, como es bien sabido, un esquimal no podría vivir.

De esta forma, Kino avanza hacia un destino que lo convertirá en el primer padre de una nueva saga, una nueva dinastía en la que ya no será la canoa, ni las canciones del amanecer, de la familia y del enemigo, ni aquellas palabras propias que sonaban allí como en ninguna otra lengua, lo que se transmita de padres a hijos, sino…, quién sabe qué.

Pero esta confusión o conflicto que podríamos catalogar de ideológico o cultural, se sostiene sobre otra, cuya vertiente subjetiva pone de manifiesto ese desconcierto de músicas que acompaña a Kino durante su viaje. La música del enemigo se va confundiendo con la música familiar, pegándose a ella tanto como lo estuvo la perla a la ostra. Cuando ya no se puedan diferenciar vendrá la locura.

Tras conseguir la perla, Kino empezó a verse reflejado en ella. Todos sus proyectos y fantasías tenían allí cabida, hasta el punto de que la perla le transmitió su gran valor. Cuando su hermano le pregunta por última vez si quiere desprenderse de ella, le contesta: ”Esta perla es ya mi alma…Si me desprendo de ella perderé mi alma”. Kino se confunde con la perla, creía ser la perla cuando, en realidad, sólo era la ostra. Esta es su mayor confusión. Y de ahí su cerrazón ante las advertencias y consejos de los suyos: cuanto más le piden que la deje caer, con más fuerza cierra el puño sobre ella.

Cuando Kino encuentra la perla entra en una cadena depredadora. Se deshizo de la ostra y se quedó con la perla, y a partir de ese momento es él quien ocupa la función de la ostra. Él es ahora la ostra que contiene a la perla y otros depredadores más poderosos intentarán hacer lo mismo, deshacerse de él para arrancarle la perla. Más que matarlo, lo que quieren sus perseguidores es pescarlo o cazarlo. Su muerte vale para ellos tanto como para Kino la de la ostra a la que quitó la perla.

Creerse un hombre siempre, contra viento y marea, en cualquier lugar y al margen de todo contexto sociocultural, forma parte de su delirio. Cuanto más hombre cree ser más ostra se vuelve. Su viaje es esta metamorfosis durante la cual va perdiendo aquellos objetos y vínculos sociales que hacen a su condición humana, mientras se dirige a un mundo donde no tendrá ningún valor como hombre, donde sólo será reconocido como el contenedor de la perla.

Los hechos no son nunca los hechos. Son siempre hechos dentro de un determinado contexto social y discursivo que es del que reciben su sentido y valor. Tampoco una perla, por muy grande que sea, tiene un valor en sí misma. El cuento nos explica cómo una perla puede ser un objeto diferente dependiendo del mundo en el que se ubique. Veamos cuales son los efectos de la perla sobre la ciudad: “La noticia despertó algo infinitamente negro y malvado en la ciudad; el negro destilado era como el escorpión, como el hambre al olor de la comida, o como la soledad cuando el amor se le niega. Las glándulas venenosas de la ciudad empezaron a segregar su líquido mortífero y toda la población se inflamó, infectada”.

En el pueblo de Kino la perla ocupa otro lugar: “Los vecinos sabían ya que acababan de presenciar algo maravilloso. Sabían que en adelante el tiempo se contaría a partir de la perla y su hallazgo, y que este momento sería discutido durante largos años”. Aquí la perla será motivo de leyenda, una historia que los padres contarán a los hijos. Pasará a formar parte del acervo cultural del pueblo y la gente se sentirá orgullosa de poder decir que estuvo allí y vivió ese momento histórico. Aquí la perla sirve para hacer discurso y favorecer la cohesión social; allí sirve para amontonar dinero mediante la estafa, la muerte y la destrucción de los bienes. Aquí “La música de la perla se había unido con la de la familia de tal modo que una embellecía a la otra”. Allí la perla suena de forma diferente, hace sonar la música del enemigo. Ambas músicas, como ya vimos, estarán confundidas mientras Kino siga escondiendo su perla.

Tampoco un gran hombre es el mismo en las diferentes culturas. En aquella a la que se dirige Kino para vender su perla, un gran hombre es un hombre rico y exitoso en los negocios. En esa otra de la que le habla el cura, el gran hombre, incluso el gran dios, es aquél capaz de sacrificar a su hijo a cambio de ejercer su paternidad sobre los pueblos. En la cultura de la que proviene Kino son otros los caracteres que definen al gran hombre.

Cuando Kino encuentra la Perla del Mundo da el primer paso para convertirse en un gran hombre, no en cualquier lugar, sólo entre los suyos. Pero no basta con eso para reconocerlo como tal, queda otra condición: que, después de haberla encontrado, sea capaz de desprenderse de ella.

La historia muestra que no es posible proteger la perla como lo haría una ostra y proteger a un hijo como lo haría un padre.

Como venimos diciendo, la perla se ubica en dos diferentes comunidades sociales, dos diferentes sistemas de valores. En uno de ellos la perla sigue una deriva sin posible salida, pasando de mano en mano y contaminando a su paso todo lo que toca. Siempre encontrará un hombre ostra que la proteja. Allí sería impensable que nadie quisiese desprenderse de ella. En el otro sistema sí hay previsto un lugar para que la perla sea evacuada. El objeto perla podrá ser metabolizado y de ella sólo quedará una leyenda, un mito, una historia, un resto que será fructífero en tanto dará cohesión  a dicho sistema de valores y reforzará el vínculo social de los sujetos implicados en el mismo. Todo lo contrario de lo que sucede en el primer caso, donde el efecto de esa perla, que ha llegado allí para quedarse, es el de una continua degradación de los valores sobre los que se cimenta la relación social.

Gabriel Hernández.

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