CARTA AL PADRE FANTASMA. Gabriel Hernández

Kafka tenía miedo de su padre. Por eso le escribe la carta, para explicarle las razones de su miedo. Tal afecto parecería estar referido a un padre de naturaleza malvada y feroz . Sin embargo la carta nos va mostrando del mismo otras caras que no se ajustan a ese perfil y que no es precisamente miedo lo que suscitan en el hijo.

Para dar cuenta de ello he escogido algunas de las referencias que allí se hacen a ese padre no tan feroz y he ido subtitulando cada una de ellas con el rasgo que me ha parecido corresponderle.

 “Es verdad que tú, en el fondo, eres un hombre blando y bondadoso”: El padre blando

 “No se podían roer los huesos, tú sí. No se podía sorber el vinagre, tú sí. En la mesa sólo había que ocuparse de la comida, pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, afilabas lápices, te limpiabas los oídos con un mondadientes”: El padre inconsecuente y maleducado.

 “Los insultos los reforzabas con amenazas…«Voy a despedazarte como a un pez», aunque yo sabía que eso no iba seguido de nada malo (cuando era muy pequeño, sin embargo, no lo sabía), pero encajaba casi plenamente con la idea que yo tenía de tu poder el que también fueses capaz de eso. También era horrible cuando corrías dando voces en torno a la mesa para agarrarle a uno, por lo visto no querías hacerlo, pero fingías quererlo y la madre, por fin, parecía salvarlo a uno”: El padre comediante.

 “También es verdad que apenas me has pegado alguna vez de verdad. Pero aquellas voces, aquel rostro encendido, los tirantes que te quitabas apresuradamente y colocabas en el respaldo de la silla, todo eso era casi peor para mí”: El padre asustaniños.

 “En total desacuerdo con esa actitud frente a tus hijos parecía estar el hecho, muy frecuente, de que te lamentases públicamente. Confieso que de niño no podía comprenderlo en absoluto (de mayor sí) y no veía cómo podías esperar que sintieran compasión por ti. Tú eras tan gigantesco en todos los sentidos”: El padre quejica.

 “Qué fácilmente, por ejemplo, te dejabas deslumbrar por personas que eran, casi siempre, sólo aparentemente superiores a ti, por otra parte, me dolían también esas cosas, que tú, mi padre, creyeses necesitar tales vanas confirmaciones de tu valía y que te dieras tono con ellas”: El padre vano.

 “O también observaba tu afición a las expresiones indecentes, dichas en voz bien alta, riéndote con ellas como si hubieses dicho algo verdaderamente genial, siendo como eran una pequeña y vulgar indecencia”: El padre vulgar.

“Pronto empecé a observar, a catalogar, a exagerar pequeñas ridiculeces que veía en ti”: El padre ridículo.

“Cosas que al principio me parecían normales, ahora me hacían sufrir, me abochornaban, sobre todo tu forma de tratar al personal”: El padre que abochorna.

A los empleados los llamabas «enemigos pagados», sólo te disculpaba un poco la inconsciencia de tu furia. Pero como eran gente adulta, casi siempre con unos nervios a toda prueba, se sacudían tranquilamente tus insultos y el daño terminaba siendo mucho mayor para ti que para ellos”: El padre perdonavidas.

Estas diferentes versiones del padre dan cuenta de una atomización o fragmentación de la función paterna que la vuelven inoperante. Se podría decir que Kafka no sabe a qué atenerse con este padre. Son varias las ocasiones –como hemos podido ver en algunos de los fragmentos citados- en las que diferencia entre la imagen que tenía de él cuando era un niño -aquel ogro feroz del que lo salvaba su madre- y la vanidad, vulgaridad e inconsistencia con las que se lo representa cuando ya es adulto. La carta sería la crónica donde se va relatando el progresivo e imparable desmoronamiento de aquel padre de la infancia firme, poderoso, sabio, valiente, cuyo exceso de vitalidad siempre constituía una amenaza para los más débiles, y del cual sólo parece haber quedado la fachada, también a punto de derrumbarse, sin nada que la sostenga, salvo el propio hijo.

En este sentido podría resultar ilustrativo un sueño que Kafka escribe en su diario: en la calle hay un desfile militar. Para su padre es un espectáculo memorable. Se asoma a la ventana para seguirlo con todo detalle, abre los brazos y está a punto de caer. Kafka consigue agarrarlo por la bata y evitar su caída, pero el peso del padre lo va arrastrando. En esa situación piensa que si él pudiese agarrarse a otra cosa podría sujetarlo mejor, pero no tiene ningún asidero lo suficientemente cerca, tendría que soltar al padre para poder alcanzarlo. El padre sonríe con malicia, no hace nada para evitar la caída. En ese estado de tensión Kafka se despierta. No llegamos a saber si ha soltado al padre o se ha dejado arrastrar por él.

Lo que sí sabemos es que Kafka nunca pudo alejarse demasiado de su padre, nunca lo suficiente. La última parte de la carta gira en torno al tema del matrimonio. En las últimas diez páginas es una palabra que aparece más de treinta veces. Al parecer el tiempo en el que se escribe es contemporáneo al de la ruptura de su segundo compromiso matrimonial, y hay estudiosos de su vida y obra que hacen de esta ruptura la causa de la carta.

¿Qué le pasa a Kafka con el matrimonio? “desde el punto y momento en que decido casarme, no puedo dormir, la cabeza me arde día y noche, ya no vivo, desesperado doy tumbos de un lado a otro.” El matrimonio lo pone enfermo, lo sintomatiza.

Así explica la relación ente el padre y esta dificultad para contraer matrimonio: “El matrimonio es sin duda lo más grande y confiere la independencia más noble pero al mismo tiempo está estrechamente ligado a ti”. “…el matrimonio me está vedado precisamente por ser tu terreno más personal”.

Sólo su padre puede ser un hombre casado y tener hijos, ser el padre. Si Kafka formase una familia se metería en su terreno, y eso podría ser horrible. Horrible porque sería como tirar al padre por la ventana y ocupar su lugar. Para Kafka no hay otra posibilidad, dado que no ha habido una transmisión simbólica de esa función en la que pueda sentirse autorizado. Y si no ha habido transmisión de esa función es porque al padre tampoco parece que nadie se la haya transmitido. Se trata de un hombre de esos que se hacen a sí mismos. Es otro de los mensajes que transmite a su hijo. Que tuvo que trabajar desde niño sin un padre que se ocupase de él como él se ocupa de su hijo. No hay en la carta ninguna referencia a ese abuelo transmisor de la función paterna . El padre de Kafka se presenta como un padre que se ha hecho a sí mismo. Nada tiene, entonces, que transmitir.

Kafka no puede llevar su relación con una mujer al marco legal. Su deseo por una mujer sólo puede ser ilegal, es decir, culpable. En su caso ha habido una falta de articulación entre la ley y el deseo que los hace irreconciliables. Es lo que sucede en su novela El Proceso. Allí, casi todas las escenas donde se instruye la causa abierta contra Josef K., llevan pegada otra de naturaleza sexual, cuyo carácter ilícito implica tanto a acusados como a acusadores, volviendo insensato y sin sentido todo el proceso.

 Kafka escribe una carta al padre, pero se la da a leer a la madre –supuestamente para que sea ella quien la entregue al padre. Lacan dice que una carta siempre llega a su destino, un destino que no tendría porqué coincidir con el destinatario al que la dirige el remitente. La madre lee la carta y entiende que en lugar de pasarla a su marido tiene que devolverla a su hijo. Tras este primer recorrido la carta deja de lado al destinatario y sigue otro derrotero. Si esa carta hubiese llegado a su padre posiblemente ahora no se encontraría entre sus obras completas. Pero el destino final de esta carta nos indica que realmente se trataba de una obra de ficción, es decir, una obra literaria, y es el propio Kafka el que tiene que hacerse cargo de su obra, de ese padre que es suyo en tanto él lo sostiene y le da vida como personaje central de su novela infantil. Así podríamos interpretar el gesto de la madre: le devuelve la carta porque lo que ahí va escrito forma parte de la propia creación kafkiana. Kafka, en esa carta, se representa a sí mismo como la obra de su padre, lo que su educador ha creado y hecho de él. El acto de la madre invierte el mensaje para venir a decir que el padre que va escrito en la carta también es una obra de Kafka, con lo cual señala una diferencia entre su marido, Hermann Kafka, y el padre kafkiano; no son figuras completamente superponibles. Esta carta cumple su destino cuando se edita y llega a nosotros, los lectores de Kafka.

Al final de su vida hizo algo parecido, le encarga a otro que se ocupe del destino de su obra, le dice a Brod que la destruya, y Brod, al igual que la madre, tampoco carga con la responsabilidad de una obra que no es la suya. Fue Kafka quien nos dejó su obra, no Max Brod, y fue también él quien no hizo llegar a su padre la “Carta al Padre” dejándola vagar hacia su propio destino, un destino, podríamos decir, a su pesar, pero también a su deseo. En esta carta Kafka se cita a sí mismo: «Teme que la vergüenza aún le sobreviva», alusión a la última frase de la novela El Proceso, publicada póstumamente. La vergüenza, síntoma freudiano del deseo. Por suerte la vergüenza de Kafka no se llevó por delante ésta y otras obras. Pudieron sobrevivir a aquella verguenza.

Kafka propone y su obra dispone. Él también sufrió las consecuencias de ser un gran escritor; fue sobrepasado por su propia obra. Incluso por aquella parte de su obra que no publicó en vida porque estaba inacabada, falta de fin, algo en lo que, sin embargo, la posteridad reconoce uno de los rasgos más característicos del universo kafkiano, la inacabable espera, el interminable deambular, el continuo ir y venir por caminos, pasillos y despachos en busca de una ley que, en definitiva, pueda dar cuenta del deseo que habita al sujeto.

Gabriel Hernández

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