La Ley de la Desproporción en la Carta al padre, de Kafka. Concha M. Miralles

La carta que Kafka dirige a su padre no es uno de sus escritos literarios, sino que corresponde a los estrictamente biográficos, en esa serie de diarios escritos a lo largo de más de diez años, cartas, etc. que finalmente –y aún contra su voluntad- quedaron como testimonio de su vida. “La carta al padre” nunca llegó a su destino, su padre jamás la leería, pero por el contrario, con su publicación póstuma, alcanzó un destino universal. Julie, la madre de Kafka, lo convenció para que no se la entregara, de forma que Hermann Kafka nunca leyó lo que su hijo pensaba sobre él.

Toda la obra del escritor, tanto la biográfica como la de ficción, no es más que un eco de este esfuerzo por explicar la relación con su padre, quizá indagando un conocimiento íntimo de una relación que le era dolorosa, para poder así  desprenderse y tomar distancia. Según su amigo y editor, Max Brod, Kafka le había confesado que quería poner toda su obra bajo un solo título: “Intento de escapar de la esfera paterna”.

También los escritos literarios de Kafka parecen tener ese fondo de litigio con el padre: La condena, El castillo, En la colonia penitenciaria… todas ellas plantean un proceso difícil de resolver, interminable, y la ley que podría regir un orden o no existe o es desconocida por alguna de las partes.

En relación a la carta ésta no concluye, sino que apunta a que el proceso continúe abierto, pues cada cual, padre e hijo, permanecen impasibles en el lugar en el que cada uno está y ha estado desde siempre. La carta es como una fotografía, estática e inamovible, y no concluye porque no es una misiva de reproche ni de súplica, sino de reconocimiento. El hijo reconoce al padre su falta de responsabilidad y por lo tanto, de culpa, en sus actos como padre y en las consecuencias que ha tenido en él. Al igual que nadie es responsable de sus sueños, K. intuye que la relación padre-hijo está guiada por fuerzas independientes de la voluntad. Sólo el hecho de ser padre ya significa estar en una posición de relevancia con respecto al hijo y, por lo tanto, la relación entre ambas partes siempre va a ser desproporcionada (“Te ruego una vez más. No olvides que nunca, ni remotamente, creí en culpa alguna por tu parte. Tu influjo era tal como debía, solo que debes dejar de considerar como una especial maldad por mi parte el hecho de haber sucumbido a él”. Pag.5). Hay un punto, sin embargo en el que el planteamiento es diferente, y es cuando habla de sus intentos frustrados de matrimonio: de que entienda eso el padre “dependerá el éxito de la carta”. Sin embargo el padre no intervino prohibiendo esos matrimonios, sino mostrando su desacuerdo por ellos.

Se sabe que Kafka le entregó a su madre la carta y que ésta en lugar de dársela al padre, se la devolvió al hijo. Ella no consideró conveniente hacerlo. ¿Por qué hace esto Kafka?, ¿por qué no le entregó directamente  la carta a su padre y decidió que fuera la madre la intermediaria? ¿A quién va dirigida la carta entonces?  ¿Qué teme la madre que ocurra si el padre lee la carta? ¿Qué cabe esperar que haga el padre de Kafka teniendo en cuenta lo que ya conocemos sobre su forma de ser, de pensar y de actuar? ¿Dónde y cómo quedaría el hijo, F.K, una vez que sus palabras llegaran al padre? ¿Tanto es el poder que tiene el padre sobre él y tan poca la fuerza del hijo como para defender el deseo de ser escuchado –o leído- por el padre? ¿Por qué se dejó convencer K. por su madre?, ¿bajo qué argumentos lo convencería y qué efectos subjetivos tendría en K. no haberle dicho nunca a su padre lo que sentía? Son muchas las preguntas que surgen.

Un hijo que no llega a cumplir el ideal que el padre tiene puesto sobre él; un padre que es el ideal a los ojos del hijo y que, por serlo, tiene todas las armas a su favor para ganar esa batalla de yo a yo que supone sin remedio una rivalidad entre ambos, en una relación dual pero desigual que se decide a favor de quien tiene la autoridad y el don del ideal propio y del que espera de su vástago. Y este es un don que concede el lugar del padre, independientemente del estilo educativo, de los valores morales y de la ética que gobiernen su vida. Si “A” fuera el padre y “B” el hijo en una fórmula imaginaria que expresara la relación entre ambos, “A” siempre iría elevado a una potencia “X” que haría que los dos términos no puedan jugar sus papeles en igualdad de condiciones, porque entre padre e hijo –o hija- siempre rige la Ley de la Desproporción. Y aunque la relación entre ambos sea subjetiva, la misma regla será privilegio o condena del padre  tirano y del cabal,  del sacrificado y generoso que cuida con esmero y se desvive por sus hijos y del que los abandona, ignora o maltrata, porque en la fórmula de la relación que une o desune al padre y al hijo, el primero siempre lleva la parte poderosa, determinante, elevada siempre a una potencia que le hace superior al otro sólo por el hecho de ser padre. E intuyo que, se quiera o no, en esto no se decide nada… Por eso, ¿qué hacer cuando esta relación se plantea en el sentido de lucha, rivalidad o simplemente cuando se convierte en dañina?

Quizá haya que atreverse a cuestionarse que es algo de uno mismo lo que concede los valores a los términos de  esa relación desproporcionada; algo de la verdad más íntima, y que para salir de la fórmula, siendo entonces ni “A” ni “B”, sino un término nuevo en la vida, habrá que estar dispuestos a perder algo dentro de ella. Y, si fuera necesario, hay que estar dispuestos a perderlo todo, porque  si no se quiere saber ni perder nada, posiblemente se pagará un precio bastante más caro, instalados en la queja, en la dependencia o en la culpa. Desprenderse entonces de la fórmula cuándo ésta cobra dimensiones insoportables, salir de ella a fin de conquistar territorios nuevos y algo mejor para la propia vida; poder elegir a los amigos, a la pareja, el trabajo, perseguir los proyectos y deseos propios y entregarse a ellos. Hasta que la vida empuje y de nuevo, al convertirnos en padres, nos denomine con la letra “A” y un exponente “X” del que desconoceremos los efectos que pueda provocar en nuestra descendencia. Ley de vida…; aunque de eso también habremos sido responsables.

Concha M. Miralles

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