“DEMASIADA FELICIDAD”, PARA EL DESEO. Gabriel Hernández

El final de este relato te deja una interrogante puesta sobre su principio. Demasiada felicidad es el título de la historia y demasiada felicidad es lo último que dice Sofía antes de morir, una muerte que le llega no precisamente cuando va sobrada de felicidad, sino, más bien, cuando aún sigue esperándola. Entonces, ¿por qué demasiada felicidad desde el principio hasta el final? ¿A qué se refiere el título y, sobre todo, esa frase final de la protagonista que bien podríamos entender como el epitafio que resume su vida?

Sofía se va muriendo de una forma muy particular, sin darse cuenta, sin ser consciente de la gravedad de su enfermedad, con el ánimo puesto en los grandes proyectos matemáticos y literarios que aún se veía capaz de llevar a cabo. Hablaba a todos del que iba a ser su nuevo relato, así como del estudio matemático que estaba preparando, y que sería “el más ambicioso, el más importante y más hermoso que había investigado hasta entonces”. Y parecía muy feliz, tanto que no se daba cuenta de que se estaba muriendo. Se diría que ese exceso de felicidad actúa como un narcótico que hace perder la conciencia sobre la propia muerte, deteniendo y entreteniendo el tiempo en el ajetreo de los goces presentes y futuros.

 Lo cierto es que Sofía no es un personaje que se contente fácilmente. A pesar de haber conseguido superar todos los obstáculos que se oponían a su plan de vida, a la realización de su vocación científica y literaria, a pesar de los éxitos y el reconocimiento alcanzado, no es suficientemente feliz, y es entonces cuando lo abandona todo y se vuelve a Rusia con Vladimir en busca de ese plus de felicidad que parece encontrar como mujer casada con un hombre al que no ama pero gracias al cual puede instalarse cómodamente en una entretenida vida familiar y social. “Adquirir lo necesario para una vida cómoda y después llevar una vida pública y social de entretenimiento te evita el aburrimiento e incluso la ociosidad, y al final del día tienes la sensación de haber hecho exactamente lo que complace a todo el mundo. Sin necesidad de angustiarse”.

Complacer a todos. Esta parece ser la gran tarea personal y, a la vez, el íntimo conflicto de Sofía. Cómo dedicarse a las matemáticas y a la literatura y, a la vez, contentar a todos aquellos que pensaban que esas no eran tareas propias de una mujer, incluidos su padre y su marido Vladimir Kovalevski, por no citar al propio Maksim, el cual también parece molesto y envidioso de sus éxitos profesionales. Complacer a todos para evitarse la angustia de la falta de amor

 Weiertrass le rogó que no abandonase el mundo de las matemáticas, que siguiese trabajando y publicando. En aquél momento a Sofía no le interesó lo más mínimo. Guardó su título académico y allí lo dejó olvidado durante varios años. Hasta que la burbuja de aquella felicidad explotó en medio de la ruina económica y los conflictos conyugales. Entonces Sofía vuelve a interesarse por las matemáticas, y lo hace tan bien que le conceden el premio Bordin y con ello el reconocimiento a su trabajo de todos los grandes matemáticos de la época.

Pero Sofía vuelve a estar enamorada, y cuando le anuncia a Weiertrass su proyectado enlace matrimonial con Maksim, el maestro se entristece y le dice que ese matrimonio de nuevo pondrá fin a su trabajo con las matemáticas. Ella le contesta que con ese matrimonio será libre, vivirá en un clima maravilloso, en el sur de Francia, tendrá muy buena salud y trabajará más. Como ya sabemos, nada de eso fue posible.

Lo cierto es que se trata de una relación sobre cuya bondad no dejan de planear sombras. No parece estar muy claro que ese hombre la quiera. En una ocasión, al final de una carta en la que se niega a recibirla en su casa de la costa francesa, le escribe: “Si te amara, habría escrito de otra manera.” Se casará con ella sólo porque le dio su palabra y es un caballero.

Pero siempre que alguno de estos nubarrones planea sobre aquélla, Sofía intenta ahuyentarlo a base de ilusión, optimismo y esperanzas poco fundadas. Poco antes de uno de sus encuentros con Maksim, le escribe a su amiga Julia para decirle que no sabía  si iba camino de la felicidad o de la amargura. Luego, durante la entrevista, nota en él una cierta reserva respecto al proyecto matrimonial, pero se dice a sí misma que no debe pensar en eso y vuelve a escribirle a la amiga para decirle que “después de todo, va a ser feliz. Después de todo, felicidad. Felicidad”.

Se trata de una felicidad a la que se dirige de una forma un tanto alocada y  que siempre parece dejar al margen su vocación profesional y su deseo por las matemáticas. Sofía ha demostrado con creces su talento, rigor y capacidad analítica para afrontar las verdades matemáticas, pero cuando se trata de la verdad que dirige su elección amorosa y su búsqueda de la felicidad, esas virtudes parece volatilizarse y dejar paso a la falta de objetividad, al descuido de datos y observaciones y a ese autoengaño ilusionante del que hablábamos antes.

Sofía pone de un lado la felicidad que da el amor y el reconocimiento de amigos y familiares y de otro el deseo por las matemáticas y la investigación, una vía llena de obstáculos que, si bien tuvo el tesón y la valentía de irse abriendo, también abandona para ir en busca de una felicidad que nunca termina de encontrar.

Aquélla felicidad imaginada es también refugio y protección frente a ese deseo que la llevó por caminos inexplorados, rutas que ella misma despejó y volvió transitables, pero que, a su vez, la apartaron de aquéllos otros caminos-paseo prediseñados por la sociedad de la época para las mujeres. Sofía parece añorar la felicidad tranquila del ámbito conyugal y familiar, el trato fraterno y las ocupaciones sencillas. Tal vez sea una reminiscencia infantil. Pero su deseo está puesto en las matemáticas, y fue movida por ese deseo que tuvo que abandonar a su familia, su gente, los paisajes de su infancia y juventud en Rusia para irse al extranjero, para ser extranjera no solamente en un país sino, dada su condición de mujer y la época que le tocó vivir, extranjera también en su vocación y en su profesión. Se diría que el deseo la apartó de la felicidad, de una felicidad que ella se empeñaba en recuperar, pero que, en su demasía, le paraba el deseo.

Gabriel Hernández

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