¿A QUÉ JUGAMOS?, Comentario de El Jugador, de Dostoievski. Concha Miralles

¿Cuál es el propósito de los llamados juegos de azar? Por sus especiales características, no del todo parece tratarse de juegos, al menos en lo que al sentido gratificante y de diversión se refiere…

Detengámonos en las peculiaridades del juego de la ruleta, ese juego que forma parte de los juegos de azar. ¿Adónde conducen, si es que llevan a alguna parte? Si, como dice el gato de Alicia en el País de las Maravillas, todo conduce hacia alguna parte, ¿hacia dónde conduce éste?, y, ¿a qué se juega verdaderamente?

No es el del Jugador de Dostoievski un juego al uso, inocente y sin consecuencias. Mortífero y destructivo, adictivo, el juego de la ruleta que se describe en esta historia pone el acento del goce en la pérdida y la destrucción, en la aniquilación y en la ruina personal de quien se deja atrapar en su delirante compás. Y, si pensamos que, por lo común, el juego también es una actividad compartida, de disfrute con alguna o algunas otras personas en cuya grata compañía se pretende pasar un buen rato…, no encontraremos que sea éste donde tal cosa suceda.

El jugador de ruleta no comparte nada. Sus ganancias serán las pérdidas de otros y lo que él pierda será lo que ganen los demás…, esas son las reglas. Esa es la entrada de los otros en el juego, la de aves de rapiña disfrutando el botín de la ruina de algún otro semejante, porque si unas veces se gana, al final siempre se pierde y en todo caso el deleite de disfrutar la ganancia en carne propia, en otra ocasión se convertirá en el dolor por ver cómo vuela en otras manos. En todo caso, picados por el aguijón de la probabilidad el verdadero jugador no podrá detenerse hasta el final, cuando ya no le quede nada. O…¿hay algo que jamás puede perderse, a pesar de perder todo lo que se tiene en el juego? Tener y ser, esos dos viejos conocidos parece que se confrontan también en este asunto. Porque ¿qué es eso que aún puede quedar, además de deudas, cuando se ha perdido todo? Si no es algo del orden del tener, debe ser algo de la naturaleza del ser. ¿El nombre?, ¿la dignidad acaso? ¿Qué nombre y qué dignidad permanecen en tales condiciones?

Dicen los que saben de ello que el juego es el nexo entre fantasía y realidad. Y Freud fue el primero que lo describió en el juego de un niño de 18 meses que hacía aparecer y desaparecer su carrete para calmar su angustia por la desaparición de su madre, aunque controlando él la aparición y desaparición del carrete. Este pasaje, llamado del fort-da, explica cómo nace el símbolo como una manera de dar significado para representar una ausencia. En ese juego inicial, el niño sustituye el objeto originario –la madre-, cuya pérdida se teme y se lamenta, por otro objeto que lo reemplaza –el carrete-. Y este juego primigenio va a sentar las bases de la actividad lúdica y en un futuro de la capacidad de amar. Si este es el origen del juego, de todo juego, ¿qué es lo que ocurre en los juegos de azar?, ¿por qué objeto se reemplaza el objeto originario cuando el juego precisamente consiste en perderlo todo? El goce es ganar para perder una y otra vez, con la esperanza de volver a ganar para así acabar perdiendo. Un circuito diabólico: volver a perderlo todo para tener la excusa de volver a empezar.

Hay, dentro del casino, muy cerca del jugador que está a punto de perderlo todo personas, voces amables y salvadoras que le susurran cuando ya ha amasado una buena cantidad que deje de jugar, que se aleje, que se vaya, que no continúe, pero él no les presta atención. Son voces sabias, que conocen las fuerza maligna del azar, tal vez porque las han experimentado en sí mismas. Y hay una voz potente, que convence al jugador para que lo pierda todo igualmente. Alekséi Ivánovich, el protagonista de la obra consigue ganar una fortuna para su amada Polina, pero ante el rechazo de ésta acepta la proposición de Mademoiselle Blanche de Cominges, que actúa como la banca: “todo para la casa”, al proponerle gastar lo que ha ganado en unas semanas de lujosa vida a su lado, en París. Aleksei acepta, como hubiera aceptado acabar perdiéndolo todo apostando al número incorrecto, qué más da a la banca que a la bella señorita….  Él y ha decidido su apuesta, y esta es la de perder. Ella le anima a que viva a lo grande durante unos días y que, cuando no le quede nada vuelva a probar suerte en la ruleta. Perder se ha convertido irremediablemente en el destino del jugador. Ninguna cantidad prestada, ninguna ayuda económica servirán para sacarlo de su situación, como bien le dirá el caballero inglés.

Entonar en el aire el sonido de la fortuna, el girar de la ruleta y el capricho del azar situándose acaso en la casilla y en el número deseado. La suerte viene o abandona, pero siempre se espera con anhelo que ocurra lo primero, que toque con su varita y proteja de todo mal. La suerte, así descrita, parece ser algo omnipotente, grande, como el amor incondicional de una madre. No hay mayor acto de confianza que apostar por el amor incondicional de una madre, porque se sabe que ella nunca abandona, a pesar de todo… ¿Es acaso el juego de la ruleta un juego de amor, así pensado, como aquel juego primigenio del niño del fort-da, que la convoca y la actualiza cada vez que tira del carrete?

En todo caso ¿a qué se juega cuando se juega la vida en ello?

Parece como si la palabra juego resultara frívola para designar algo tan trágico. Pero es preciso aceptar las reglas y ésta, y no otra, es la palabra que tenemos. Sólo queda por aceptar o rechazar el reto y saber parar a tiempo. ¿A qué jugamos?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s