EL ALEPH, UN OBJETO PARA OLVIDAR. Concha M. Miralles

La mayoría de los objetos que hoy  día  ofrece el mercado están concebidos para hacer la vida un poco más placentera o más fácil, desde una lavadora hasta un videojuego pasando por una serie casi infinita de útiles concebidos para satisfacer las necesidades más insospechadas, reales o ficticias. A veces hay objetos que uno preferiría no haber comprado nunca, por inútiles o inservibles, y cuya existencia pronto cae en olvido, pero ¿podemos imaginar o recordar algún objeto que pueda servir para olvidar? Con un simple repaso mental no parece venir ninguno al recuerdo, aunque después de la lectura de El Aleph podemos identificar al menos uno, el propio Aleph, como un objeto dotado de esa propiedad. Para explicar este objeto y sus magníficas propiedades haremos antes un breve repaso de cómo Borges, no el autor, sino el personaje del cuento, llegó a verlo.

Precisamente es su obstinado empeño por mantener viva la memoria de su amada, Beatriz Viterbo, muerta desde hace 14 años, la que lo lleva a la casa donde se encuentra el Aleph. La mañana de febrero en que ella murió, él promete consagrarse a su memoria y no olvidarla nunca: “cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad” Considera entonces cumplir con un “acto cortes, irreprochable, casi ineludible”, que diera fe del cumplimiento de su promesa: cada 30 de abril, día del cumpleaños de ella, visitaría la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano. Es a los pocos meses del 14 cumpleaños de la fallecida cuando ocurre esta visión. No me detendré en los hechos fundamentales en el cuento por los que Daneri lo hace partícipe de este, su secreto desde niño.

El Aleph es un objeto misterioso; un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos. Para verlo es preciso adoptar incómodas posiciones: “el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, y cierta acomodación ocular. Borges, personaje, sigue dócilmente las recomendaciones que le dicta Carlos Argentino Daneri y se acuesta en el piso de baldosas, luego fija los ojos en el decimonono escalón de la escalera que baja al sótano. Cumpliendo estos raros requisitos, es como el personaje Borges puede ver el Aleph:

“En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo”. Dentro del Aleph también Borges pudo ver algunas cosas que no hubiera querido nunca saber, vio unas cartas obscenas de Beatriz dirigidas a su primo hermano. Dentro del Aleph, Borges descubre lo que desconocía de ella, la parte oscura y secreta que la hará caer de su pedestal. Con ese juego de hechos y tiempos que permite el Aleph, Borges podrá establecer una relación dialéctica entre la memoria que guarda de la mujer amada, esa historia por él construida y conservada, y la historia real, desconocida hasta la reveladora visión.

Pero hay otras cosas importantes que ve el protagonista;  también vio “tu cara”, que es la tuya, o la mía, o la de cualquier lector que se sitúe en esa precisa línea del cuento, como si también se tratara de un aleph, porque todo y todos estamos dentro del Aleph. Borges sintió vértigo y lloró, porque sus ojos habían visto “ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”  Y afirma: “Sentí infinita veneración, infinita lástima”.

Las consecuencias que siguen a esta insólita visión no se hacen esperar en el relato. Si bien Carlos Argentino Daneri temía que con la pérdida del Aleph no podría seguir escribiendo, a los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, no sólo había terminado su libro, sino que recibió por él el Segundo Premio Nacional de Literatura. Y Borges deja de ser fiel al recuerdo imborrable de Beatriz.

Olvido tiene que ver con memoria y con pasado, pero Borges no sólo olvida este recuerdo lejano ya en el tiempo sino que parece estar olvidándose del propio Aleph. “¿Existe el Aleph en lo íntimo de una piedra?, ¿lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado?” El  final del cuento nos muestra el verdadero regalo que le concede el Aleph; le concede el olvido, y con él la libertad: “ Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.”

Olvido. Libertad. Esperanza. Inicio. Podemos imaginar a un nuevo Borges, libre para siempre del recuerdo mortífero de Beatriz, que surge a partir de entonces.

Hay una doble pérdida de Beatriz, una producida con su muerte, antes de que Borges conozca la existencia del Aleph, y otra después de que el Aleph desaparezca, al desaparecer también la casa donde habitan los recuerdos de ella.

Afirmaba Aristóteles que por el recuerdo experimentamos no sólo el carácter pasado de las cosas ausentes, sino el propio tiempo. No ha de hablarse de un desplazamiento de recuerdos en el tiempo en El Aleph, sino de un olvido lento, poroso, pero progresivo y definitivo. El olvido, a su vez, rescata el olvido del olvido mismo en que consiste en ocasiones la memoria, y el tiempo inscrito en ella. Y la noción de pasado. La memoria no es sólo retrospectiva, ni el olvido no sólo actúa sobre hechos pasados, sino que es asimismo memoria crítica, en tanto permite cuestionarse el valor subjetivo de lo perdido. Perder, olvidar, para ganar. En este caso, poder desanudar los lazos trágicos con los que a veces ata la memoria cuando ésta es “in memoriam” de alguien, y poder ser así más libres y viajar más livianos por la vida, como dicen que decía Borges, aunque no fuera cierto que lo hiciera.

Concha M. Miralles

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