El ALEPH. UN COMPLEJO FAMILIAR. Comentario de Gabriel Hernández

El cuento se inicia con un lamento, más que por la muerte de la amada, por la constatación de que la vida seguirá sin ella, el universo no dejará de renovarse y los inevitables cambios irán alejando su recuerdo hasta hacerlo perder. Conservarlo sin que sufra ningún tipo de deterioro sólo sería posible en un universo inmutable; “cambiará el universo, yo no”. Ese yo es el universo inalterable en el que el personaje Borges intentará conservar a su amada. Para ello hará periódicas visitas a la casa familiar de Beatriz, convertida ahora en el santuario donde se conservan y veneran sus imágenes, sus retratos.

Es muy poco lo que sabemos sobre ese marco familiar en el que se desarrolla la trama del cuento; apenas tres pinceladas dadas de forma discontinua y circunstancial a lo largo del texto, las cuales arrojan tanta o más sombra que luz sobre este complejo familiar en el que el personaje Borges se esfuerza por encontrar un lugar. Lleva una peculiar celebración, el cumpleaños de un muerto. En aquellas visitas no se conmemora  el día de la muerte de Beatriz, sino el de su nacimiento, un aniversario que suele ser celebrado a los vivos más que a los muertos.

Allí viven el padre y el primo de Beatriz. Es la única vez que se nombra a este padre. Durante los catorce años siguientes se repetirán estas visitas, pero no se lo volverá a mencionar; suponemos que durante todos aquellos años siguió estando allí. Asímismo queda sin aclarar porqué el primo vivía con su tío y su prima.

Cuando Danieri informa a Borges del próximo derribo de la casa se refiere a ella como la casa de sus padres. Tampoco sabemos porqué su tío y su prima vivían con él en la casa de sus padres.

Más adelante, y a propósito del relato sobre el hallazgo del Aleph, Danieri cuenta que lo descubrió durante su niñez, antes de la edad escolar, y añade que sus tíos le tenían prohibido bajar al sótano. Lo que no sabemos ahora es porqué eran sus tíos y no sus padres los que le dictaban las normas educativas cuando era niño ¿Sus padres habían muerto? ¿Talvez sólo alguno de ellos y el otro inició lejos de allí una nueva relación? ¿Vivían pero eran despreocupados con la educación de su hijo? ¿Por qué los tíos y la prima no estaban en su propia casa? ¿Desde cuando y porqué los primos hermanos Beatriz y Danieri vivían en la misma casa y con los mismos padres? ¿La casa del Aleph era la casa de todos? Son detalles sobre los cuales el narrador se muestra indiferente y descuidado.

Podría decirse que a este relato familiar le faltan lo que en lingüística se denomina conectores. El conector es una palabra que une partes de un mensaje y establece una relación lógica entre oraciones. Sin esos conectores tenemos los datos, los hechos pero nos falta la conexión lógica entre ellos, nos falta el sentido, eso que podría dar alguna respuesta a las preguntas que nos planteábamos antes. En estos casos uno suele imaginarse las respuestas. Pero antes de llegar a eso sería preciso convenir que la relación entre padres y tíos, primos y hermanos queda algo confusa. Destacar, asimismo, que antes de llevar a cabo la conexión es preciso una separación, separar lo que en el niño aparece como holofrase. Uno de los ejemplos típicos es “magua”, que mediante el conector terminará siendo “mamá dame agua”, pero antes habrá sido necesario separar lo que presumiblemente se contiene en “magua” y llegar hasta el “mamá agua”. Sin algo que separe y conecte los datos no hay sentido.

Esta referencia lingüística podría ser de utilidad para la comprensión del Aleph.

Algo parecido se podría decir sobre la exposición del complejo amoroso. Los datos sobre el personaje Beatriz aparecen, asimismo, uno tras otro pero sin la suficiente conexión explicativa; su historia, su biografía, se nos presenta de un modo casi telegráfico mediante la sucesión de imágenes o retratos. primera comunión, matrimonio, poco después del divorcio…, sin otros elementos que permitan conectar y situar el amor del personaje Borges en esa secuencia vital. ¿Cuando surgió el amor por Beatriz?, ¿fue un amor que venía desde la infancia, un amor de juventud, sucedió antes del matrimonio, durante, después…? El texto nada aclara tampoco sobre esta circunstancia, simplemente, como decíamos, acumula datos, pero sin enlazarlos suficientemente.

Llama la atención que el relato sea tan parco y fragmentado en lo referido a las condiciones familiares y amorosas de los personajes directamente implicados en la trama y tan exhaustivo y bien argumentado en los análisis y criticas literarias que allí se desarrollan. Aquí brilla el narrador personaje, allí nos parece algo oscuro.

Esta forma simplemente acumulativa de contar, sin atender a la conexión lógica o causal de lo contado, es también lo propio del Aleph. De su visión no se extraen explicaciones, simplemente datos, imágenes sobrepuestas. El Aleph es esa memoria donde todo ha quedado conservado, donde todo está contenido. Aquí la referencia a Funes el memorioso parece obligada. En Funes también queda todo registrado y conservado. Borges teme olvidar; Funes no olvida nada, es como si llevase un Aleph interno ¿Porqué Funes puede, sin apenas esfuerzo, memorizar todo lo que cae dentro de su campo perceptivo y el personaje Borges necesita de la continua evocación, la periódica conmemoración y la decidida voluntad de no olvidar para poder mantener el recuerdo de Beatriz?

Lo que Funes almacena son datos, no exactamente recuerdos, datos que para él no tienen ningún sentido, datos que en nada lo afectan. De Funes no hay noticia de que el amor o el odio lo perturben. Por un lado manifiesta una actividad casi voraz en la acumulación de datos, por otro es afectivamente plano, desapasionado, nada lo toca a nivel subjetivo. El personaje Borges, sin embargo, si está afectado por ese dato que intenta no olvidar y que para él  forma parte del sentido de su vida. Lo más esquivo al recuerdo, lo más difícil de conservar, sería el afecto, lo más fácil el dato desafectado. Posiblemente los ordenadores tengan tanta memoria porque nada les afecta.

De Funes, sin embargo, sospecha su autor que no era muy capaz de pensar, porque pensar es olvidar las diferencias, generalizar, abstraer, y en su mundo no había sino detalles,  y el trabajo inútil e insensato de acumularlos.

Así se nos muestra lo contenido del Aleph: “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años…” Podemos detener la secuencia aquí, pararnos y preguntar qué significa todo eso, qué explica, qué sentido tiene, para qué sirve, a dónde nos lleva. De momento a ningún lado, en ningún sentido.

Esta frenética sucesión de imágenes se va frenando a medida que se va mostrando el lado más obsceno y despersonalizado del personaje Borges y su amada. Las cartas obscenas de Beatriz, su reliquia atroz, lo real de los cuerpos y su funcionamiento, el engranaje del amor y la modificación de la muerte. Ahí se detiene el recuento.

A esa serie heteróclita de objetos dispares que se amontonan en el Aleph sin orden ni concierto, sólo puede darles un cierto orden y sentido la mirada particular de un sujeto: “y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado”.

El personaje se siente afectado porque lo visto ha significado algo para él y sólo para él. De la visión de aquellas imágenes Danieri extrae un sentido diferente. Uno ve los desechos de su amor por Beatriz, desechos que acaban deshaciendo aquella relación. Danieri ve los paisajes de un poema que circundará la tierra. De ese conjunto abigarrado de elementos alguno de ellos es elegido para, desde allí, mirar y ordenar el resto. El sentido no está en el Aleph, lo pone cada uno de los sujetos que ve lo allí contenido.

Finalmente, y tras haber empezado el relato con un elogio a la memoria, el personaje Borges termina haciendo un elogio del olvido, el olvido que permite vivir y dormir, y escribir. Meses después del derribo de la casa y la pérdida del Aleph,  el hasta entonces menospreciado Danieri consigue un premio literario, premio, dice ahora el personaje Borges, concedido a su afortunada pluma, no entorpecida ya por el Aleph.

 Gabriel Hernández

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