“Pedro Páramo”. El libro de los muertos. Comentario de Gabriel Hernández

Juan Preciado nunca pensó en cumplirle la promesa a su madre de que iría a Comala en busca de su padre. “Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo”. Al parecer nunca fue en vida. Cuando llegó a Comala ya estaba muerto. También su padre. Se lo dice Abundio, el arriero con el que se cruza en el camino. Si lo sigue buscando ya sólo puede hacerlo entre los muertos

Cuando llega a Comala ya había pasado todo, Abundio también estaba muerto. Su testimonio abre para Juan Preciado el relato sobre la vida de su padre, una vida a la que el propio Abundio, también hijo de Pedro Páramo, se encargó de poner fin. Es lo único que Juan Preciado podrá obtener de su padre, el cuento de su vida.

Pedro Páramo no es uno más de los muertos que habitan Comala. No está entre ese gentío de ánimas que andan sueltas por la calle cuando oscurece. Él está bien muerto, no entre los que viven después de muertos, no entre los aparecidos, entre los fantasmas y las almas en pena que aún siguen viviendo en Comala, entre aquellos cuyos pecados, aún sin expiar, no les permiten descansar definitivamente. El relato no nos cuenta nada acerca de cómo le va de muerto. Todo lo que sabemos de él es relativo al tiempo en que estuvo vivo.

De este modo la historia diferencia entre dos tipos de personajes. Por un lado están aquellos de los cuales se sabe no sólo cómo les fue en la vida y cómo murieron, sino que, además, se manifiestan en un presente actual como ánimas, animados por algo que tuvo que ver con aquella vida y aún sujetos a aquellos quehaceres. Son la mayoría. Por otro lado está el caso de Pedro Páramo, del cual sólo conocemos aquella dimensión histórico biográfica, y su falta entre las ánimas de Comala. Tiene un carácter excepcional dentro del conjunto de los personajes: hay al menos uno que está muerto del todo. Ciertamente hay otros que tampoco aparecen entre las ánimas, pero a los que podríamos considerar como una prolongación de Pedro Páramo. Es el caso de Fulgor Sedano, su brazo derecho, el que ejecutaba sus órdenes.

El relato se desarrolla entre aquellos dos niveles o dimensiones del tiempo, el tiempo histórico, biográfico, el de aquellos que estuvieron vivos, y el fuera de tiempo en el que viven los muertos. Pedro Páramo se sitúa únicamente en el primer nivel, él es sólo un recuerdo, mientras que el conjunto de los otros vagan entre lo que no fueron y lo que ya no pueden ser, entre lo que no tuvieron y lo que ya no podrán tener: el reconocimiento de Pedro Páramo.

Juan Preciado es uno más de los hijos que buscan ser reconocidos por el padre. De estos hijos sólo conocemos a tres, el propio Juan Preciado, Miguel y Abundio, pero todo hace pensar que Comala estaba llena de hijos y nietos de Pedro Páramo. ¿Cómo hacerse reconocer por él?

Juan Preciado pensó en ello y antes de partir se colgó el retrato de su madre, “pensando que podría dar buen resultado para que mi padre me reconociera.” Sabía que sólo sería reconocido como hijo si su padre reconocía a su madre como su mujer. Ese era el problema de Pedro Páramo para reconocer a sus hijos, que no reconocía a las mujeres con las que los tuvo; para él no significaban nada, ninguna de ellas fue considerada por él como su mujer, y con la única a la que pudo haber tenido en tal estima, nunca tuvo hijos. El amor por una mujer tenía en Pedro Páramo algo de imposible.

La estructura del relato se puede pensar a partir de este esquema: un personaje que hace excepción, revestido de un carácter mítico, y luego todos los que vagan por las calles de Comala sufriendo el purgatorio de la falta de reconocimiento del padre. Un reconocimiento que también esperaban aquellos que no tenían vínculo de sangre, personajes como el licenciado Trujillo o el padre Rentería que sirvieron fielmente a Don Pedro sin perder nunca la esperanza de que algún día les llegaría la recompensa de su agradecimiento, con una lealtad que siempre traía consigo el envilecimiento y la complicidad criminal, culpas de las que posiblemente se habrían sentido absueltos si en algún momento les hubiese llegado aquella gratitud.

Juan Preciado no encontrará a su padre ni en el mundo de los vivos ni en el de los muertos. La diferente dimensión temporal por la que transitan cada uno de ellos hará imposible ese encuentro, una imposibilidad que podríamos considerar como motivo central de la historia. En Comala sólo se cruzará con aquellos que, como él, son almas en pena. Pero Pedro Páramo no es un alma en pena, ha pasado a ser pura leyenda.

En correspondencia con la dimensión temporal está la dimensión narrativa. También aquí es posible distinguir entre dos tipos de narrador. Uno de ellos es el propio Juan Preciado, como personaje narrador, narrando en primera persona. Él se  encarga de contar todo lo concerniente a las ánimas de Comala. El otro es el narrador omnisciente, impersonal, que narra en tercera persona. Él se ocupa de contarnos la vida de Pedro Páramo.

Durante la primera parte del relato el protagonismo narrativo pertenece al narrador personaje, pero a partir del momento en el que Juan Preciado es enterrado será el narrador impersonal el que vaya tomando las riendas del relato.

El hecho de que las historias de Juan Preciado y Pedro Páramo sean narradas de forma diferente vuelve a acentuar la imposibilidad del encuentro. Para que dicho encuentro fuese posible seria necesario un único narrador, alguien que pudiese vincularlos en una frase, un juicio o un pensamiento, una función narrativa que tampoco cumplió la madre.

Con ella volvemos al principio de la historia, al inicio de ese viaje a través del mundo de los muertos en el que se embarca Juan Preciado por su causa. “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”, le dice antes de la partida. El olvido en el que la tuvo su marido es la deuda que la madre pretende saldar. Pero no es eso lo que al hijo le interesa, y promete sin pensar en cumplirle esa promesa. Lo que él puede exigir sin pedirlo, porque supone que ya es suyo, es que Pedro Páramo sea su padre. Y para eso no es necesario que su padre se acuerde de él, sino que él pueda acordarse de su padre. Eso es lo único que va a conseguir en Comala, recuerdos de su padre, cuentos, narraciones, alguna noticia sobre sus dichos y hechos, fragmentos de una historia que tuvo que ir a buscar allí porque su madre no se la pudo contar. Para Juan Preciado  el olvido importante era aquel en el que su madre tuvo a su padre, ese padre que no recordó para él y del cual nada le transmitió, ese padre demasiado real, siempre demasiado vivo para ella, un padre del que sólo pudo hablarle a las puertas de la muerte, un padre terrible al que sólo las almas en pena de Comala se atrevían a poner en relato y a cuyo encuentro  Juan Preciado sólo pudo dirigirse tras su propia muerte.

Gabriel Hernández

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s